Para Sam Winton la noticia de Haley Glen fue como una espada que le atravesó el corazón. Estaba claro que aquel pequeñín regordete tenía su mismo pelo negro y sus mismos ojos azules, pero Sam sabía mejor que Haley, aquella maestra en el arte del engaño, que su sangre no podía correr por las venas de ningún niño...
Haley se había colado en la lujosa casa de Sam para hacerle pagar caro a La Bestia q...