Sala de armas del castillo de don Nuño Manso de Jarama, Conde del Olmo. En el lateral derecha, primer término, una puerta. En segundo término y en ochava, una enorme chimenea. En el foro, puertas y ventanales que comunican con una terraza. En el lateral izquierdo, primer término, el arranque de una galería abovedada. En último término, otra puerta. Tapices, muebles riquísimos, armaduras, etc., etc. Es de noche. Hermosos candelabros dan luz a la estancia. En la chimenea, viva lumbre. La acción, en las cercanías de León, allá en el siglo XII, durante el reinado de Alfonso VII.
Al levantarse el telón están en escena el CONDE DON NUÑO, MAGDALENA, su hija, DOÑA RAMÍREZ, su dueña, DOÑA NINÓN, BERTOLDINO, un joven juglar, LORENZANA, ALDANA, OLIVA, varios escuderos y todas las mujeres que componen la servidumbre del castillo, dos FRAILES y dos PAJES. El CONDE, en un gran sillón, cerca de la lumbre, presidiendo el cotarro, y los demás formando artístico grupo y escuchando a BERTOLDINO, que en el centro de la escena está recitando una trova.
NUÑO
(A BERTOLDINO muy campanudamente.)
Ese canto, juglar, es un encanto.
Hame gustado desde su principio,
y es prodigioso que entre tanto canto
no exista ningún ripio.
MAGDALENA
Verdad.
NUÑO
(A BERTOLDINO.)
Seguid.
BERTOLDINO
(Inclinándose respetuoso.)
Mandad.
NUÑO
(Enérgico a varios que cuchichean.)
¡Callad!
Don Nuño
BERTOLDINO
Oíd.
(Se hace un gran silencio y recita enfáticamente.)
Los cuatro hermanos Quiñones
a la lucha se aprestaron,
y al correr de sus bridones,
como cuatro exhalaciones,
hasta el castillo llegaron.
¡Ah del castillo!—dijeron—.
¡Bajad presto ese rastrillo!
Callaron y nada oyeron,
sordos sin duda se hicieron
los infantes del castillo.
¡Tended el puente!... ¡Tendello!
Pues de no hacello, ¡pardiez!,
antes del primer destello
domaremos la altivez
de esa torre, habéis de vello...
Entonces los infanzones
contestaron: ¡Pobres locos!...
Para asaltar torreones,
cuatro Quiñones son pocos.
¡Hacen falta más Quiñones!
Cesad en vuestra aventura,
porque aventura es aquesta
que dura, porque perdura
el bodoque en mi ballesta...
Y a una señal, dispararon
los certeros ballesteros,
y de tal guisa atinaron,
que por el suelo rodaron
corceles y caballeros.
(Murmullos de aprobación.)
Y según los cronicones
aquí termina la historia
de doña Aldonza Briones,
cuñada de los Quiñones
y prima de los Hontoria.
(Nuevos murmullos.)
NUÑO
Esas estrofas magnánimas
son dignas del estro vuestro.
(Suena una campana.)
BERTOLDINO
Gracias, gran señor.
NUÑO
(Levantándose solemne.)
¡Las ánimas!
(Todos se ponen de pie.)
Padre nuestro...
(Se arrodilla y reza.)
TODOS
(Imitándole.)
Padre nuestro...
(Pausa. La campana, dentro, continúa un breve instante sonando lastimosamente.)
NUÑO
Y ahora, deudos, retiraos,
que es tarde, y no es ocasión
de veladas ni saraos.
Recibid mi bendición.
(Los bendice.)
Magdalena y vos, quedaos.
(MAGDALENA y DOÑA RAMÍREZ se inclinan y se colocan tras él, en tanto desfila ante el CONDE toda la servidumbre.)
Adiós, mi fiel Lorenzana
y Guillena de Aragón...
Buenas noches, Pedro Aldana.
Descansad... Hasta mañana,
Luis de Oliva... Adiós, Ninón...
(Quedan en escena el CONDE, MAGDALENA y DOÑA RAMÍREZ. Bueno, el CONDE, que ya es anciano, es un tío capaz de quitar, no digo el hipo, sino la hipoclorhidria; MAGDALENA es una muchacha como de veinte años, de trenzas rubias, y DOÑA RAMÍREZ una mujer como de cincuenta, algo bigotuda y tal.)
Ahora que estamos solos, oídme atentas.
Necesito que hablemos un instante
de algo para los dos muy importante.
(MAGDALENA toma asiento y el CONDE la imita, diciéndola sin reproche:)
Me sentaré, puesto que tú te sientas.
MAGDALENA
Dime, padre y señor.
NUÑO
Digo, hija mía,
y al decirlo Dios sabe que lo siento,
que he concertado al fin tu casamiento,
cosa que no es ninguna tontería.
(MAGDALENA se estremece, casi pierde el sentido.)
¿Te inmutas?
MAGDALENA
(Reponiéndose y procurando sonreír.)
¡No, por Dios!
NUÑO
(Trágicamente escamado.)
Pues parecióme.
MAGDALENA
No extrañes que el rubor mi rostro queme;
de improviso cogióme
la noticia feliz... e impresionéme.
NUÑO
Has cumplido, si yo mal no recuerdo,
veinte abriles.
MAGDALENA
Exacto.
NUÑO
No eres lerda.
Pues toda la familia está de acuerdo
en que eres mi trasunto, y si soy cuerdo,
siendo tú mi trasunto, serás cuerda.
Eres bella... ¿Qué dije? Eres divina,
como lo fué tu madre doña Evina.
MAGDALENA
Gracias, padre y señor.
NUÑO
Modestia aparte.
Sabes latín, un poco de cocina,
e igual puedes dorar una lubina
que discutir de ciencias y aun de arte.
Tu dote es colosal, cual mi fortuna,
y es tan alta tu cuna,
es nuestra estirpe de tan alta rama,
que esto grabé en mi torre de Porcuna:
«La cuna de los Manso de Jarama,
a fuerza de ser alta cual ninguna,
más que cuna dijérase que es cama.»
MAGDALENA
(Atajándole nerviosamente.)
¿Y con quién mi boda, padre, has concertado?
NUÑO
Con un caballero gentil y educado
que es Duque y privado del Rey mi señor.
MAGDALENA
¿El Duque de Toro?...
NUÑO
Lo has adivinado,
El Duque de Toro, don Pero Collado,
que ha querido hacernos con su amor, honor.
MAGDALENA
¿Y te habló don Pero?...
NUÑO
Y don Pero hablóme
y afable y rendido tu mano pidióme,
y yo que era suya al fin contestelle;
y él agradecido besóme, abrazóme,
y al ver el agrado con que yo mirelle
en la mano diestra cuatro besos dióme;
y luego me dijo con voz embargada:
Dígale, don Nuño, que presto mi espada
rendiré ante ella, que presto iré a vella,
que presto la boda será celebrada
para que termine presto mi querella...
(Levantándose.)
Conque, Magdalena, tu suerte está echada,
mi palabra dada y mi honor en ella;
serás muy en breve duquesa y privada;
no puedes quejarte de tu buena estrella.
MAGDALENA
Gracias, padre, gracias.
NUÑO
Noto tu alegría.
MAGDALENA
Haré lo que ordenas.
NUÑO
De tu amor lo espero.
MAGDALENA
Puesto que lo quieres, seré de don Pero.
NUÑO
Serás de don Pero.
(La besa.)
Adiós, hija mía.
(Se va por la puerta de la derecha.)
MAGDALENA
(Aterrada, dejándose caer sin fuerzas en una silla, digo sin fuerzas, porque si se deja caer con fuerza puede hacerse daño.)
¡Ya escuchaste lo que dijo!...
RAMÍREZ
Claro está que lo escuché,
y sólo a fuerza de fuerzas
me he podido contener,
que tal temblor dió a mi cuerpo,
tal hormiguillo a mis pies,
que no sé cómo don Nuño
no lo advirtió, no lo sé.
¡Casarte tú con el Duque
siendo amante del Marqués!...
¡Ser esposa de don Pero
la que de don Mendo es!...
¡Si el Marqués lo sabe!...
MAGDALENA
¡Calla!
RAMÍREZ
¡Si el Duque se entera!...
MAGDALENA
¡Bien!
RAMÍREZ
¡Si al Conde le dicen!...
MAGDALENA
¡Cielos!
RAMÍREZ
¡Y si tú lo ocultas!...
MAGDALENA
(Nerviosa, cargada.)
¡Eh!
¡Basta ya, doña Ramírez!
¿No ves que sufro? ¡Rediez!
RAMÍREZ
Muda seré si lo ordenas.
Si lo mandas, callaré;
pero ante Dios sólo puedes
casarte con el Marqués,
porque al Marqués entregaste
tu voluntad y tu fe;
porque te pasas las noches
en tierno idilio con él;
porque esa escala maldita
le arrojaste una vez
sólo por darle una mano
y él se ha tomado los pies.
(A un gesto de MAGDALENA.)
No te ofendas, Magdalena,
mas yo sé, porque lo sé,
que la mujer que recibe
en su castillo a un doncel,
con él se casa, o no tiene
todo lo que hay que tener.
MAGDALENA
Me insultas, doña Ramírez.
No sé cómo en mi altivez
me contengo.
RAMÍREZ
Reflexiona
que lo digo por tu bien.
MAGDALENA
¡Pero si ya no le amo;
si ya no tengo en él fe;
si es de mi padre enemigo!
¡Si no sé por qué le amé!
RAMÍREZ
El te idolatra.
MAGDALENA
¿Qué importa?
¿Qué puedo esperar de él,
si carece de fortuna
y no es amigo del Rey?
No, doña Ramírez, nunca:
no me conviene el Marqués.
Quiero triunfar en la corte,
quiero brillar, quiero ser
algo que mucho ambiciono.
¡Quiero serlo y lo seré!
RAMÍREZ
¿Pero y don Mendo, señora?
MAGDALENA
Yo sabré librarme de él.
RAMÍREZ
¿Y si don Pero se entera
de aqueste engaño?
MAGDALENA
¿Por quién?
RAMÍREZ
¿Y si don Nuño?...
MAGDALENA
Mi padre
dió su palabra antiayer
al de Toro, y yo por fuerza
le tengo que obedecer.
(Suena dentro un laúd que toca el conocido cuplé de El Relicario.)
RAMÍREZ
Entonces...
MAGDALENA
¡Calla!
(Escucha.)
RAMÍREZ
¡Dios mío!
¡Esa música!...
MAGDALENA
¡El Marqués!
Arroja presto la escala.
Déjame a solas con él.
(Se sienta pensativa. DOÑA RAMÍREZ abre una de las puertas del foro, se asoma a la terraza y arroja una escala.)
Quisiera amarle y no puedo.
Fué mi amor una mentira,
porque no es amor, es miedo
lo que don Mendo me inspira.
RAMÍREZ
(Haciendo mutis por la galería de la izquierda.)
Pues lo mandan, es razón
que sea muda, ciega y sorda,
pero me da el corazón
que aquí se va a armar la gorda.
(Vase. Por la puerta del foro que deja abierta DOÑA RAMÍREZ, entra en escena DON MENDO, apuesto caballero como de treinta años, bien vestido y mejor armado.)
MAGDALENA
(Yendo hacia él y cayendo en sus brazos.)
¡Don Mendo!
MENDO
(Declamando tristemente.)
¡Magdalena!
Hoy no vengo a tu lado
cual otras noches, loco, apasionado...
porque hoy traigo una pena
que a mi pecho destroza, Magdalena.
MAGDALENA
¿Tú triste? ¿Tú apenado? ¿Tú sufriendo?
¿Pero qué estoy oyendo?
Relátame tus cuitas, ¡oh, don Mendo!
(Ofreciéndole una dura banqueta, bastante incómoda.)
Acomódate aquí.
MENDO
Preferiría
aquel, de cuero, blando catrecillo,
pues del arzón, sin duda, vida mía,
tengo no sé si un grano o un barrillo.
Magdalena
MAGDALENA
¡Y has venido sufriendo!
MENDO
¡Mucho!... ¡Mucho!
MAGDALENA
¿Cómo no quieres, di, que te idolatre?
Apóyate en mi brazo, ocupa el catre
y cuéntame tu mal, que ya te escucho.
(Ocupa DON MENDO un catrecillo de cuero y MAGDALENA se arrodilla a su lado. Pausa.)
Ha un rato que te espero, Mendo amado,
¿por qué restas callado?
MENDO
No resto, no; es que lucho,
pero ya mi mutismo ha terminado;
vine a desembuchar y desembucho.
Voy a contarte, amor mío,
una historia infortunada:
la historia de una velada
en el castillo sombrío
del Marqués de la Moncada.
Ayer... ¡triste día el de ayer!...
Antes del anochecer
y en mi alazán caballero
iba yo con mi escudero
por el parque de Alcover,
cuando cerca de la cerca
que pone fin a la alberca
de los predios de Albornoz,
me llamó en alto una voz,
una voz que insistió terca.
Hice en seco una parada,
volví el rostro, y la voz era
del Marqués de la Moncada,
que con otro camarada
estaba al pie de una higuera.
MAGDALENA
¿Quién era el otro?
MENDO
El Barón
de Vedia, un aragonés
antipático y zumbón
que está en casa del Marqués
de huésped o de gorrón.
Hablamos... ¿Y vos que hacéis?...
Aburrirme... Y el de Vedia
dijo: No os aburriréis;
os propongo, si queréis,
jugar a las siete y media.
MAGDALENA
¿Y por qué marcó esa hora
tan rara? Pudo ser luego...
MENDO
Es que tu inocencia ignora
que a más de una hora, señora,
las siete y media es un juego.
MAGDALENA
¿Un juego?
MENDO
Y un juego vil
que no hay que jugarle a ciegas,
pues juegas cien veces, mil,
y de las mil, ves febril
que o te pasas o no llegas.
Y el no llegar da dolor,
pues indica que mal tasas