Pedro Muñoz Seca

La venganza de Don Mendo

Publicado por Good Press, 2022
goodpress@okpublishing.info
EAN 4057664124456

Índice


JORNADA PRIMERA
JORNADA SEGUNDA
JORNADA TERCERA
JORNADA CUARTA
Obras de Pedro Muñoz Seca.
EXTRACTO DEL CATÁLOGO
OBRAS DE AUTORES GALLEGOS

JORNADA PRIMERA

Índice

Sala de armas del castillo de don Nuño Manso de Jarama, Conde del Olmo. En el lateral derecha, primer término, una puerta. En segundo término y en ochava, una enorme chimenea. En el foro, puertas y ventanales que comunican con una terraza. En el lateral izquierdo, primer término, el arranque de una galería abovedada. En último término, otra puerta. Tapices, muebles riquísimos, armaduras, etc., etc. Es de noche. Hermosos candelabros dan luz a la estancia. En la chimenea, viva lumbre. La acción, en las cercanías de León, allá en el siglo XII, durante el reinado de Alfonso VII.

Al levantarse el telón están en escena el CONDE DON NUÑO, MAGDALENA, su hija, DOÑA RAMÍREZ, su dueña, DOÑA NINÓN, BERTOLDINO, un joven juglar, LORENZANA, ALDANA, OLIVA, varios escuderos y todas las mujeres que componen la servidumbre del castillo, dos FRAILES y dos PAJES. El CONDE, en un gran sillón, cerca de la lumbre, presidiendo el cotarro, y los demás formando artístico grupo y escuchando a BERTOLDINO, que en el centro de la escena está recitando una trova.

NUÑO

(A BERTOLDINO muy campanudamente.)

Ese canto, juglar, es un encanto.

Hame gustado desde su principio,

y es prodigioso que entre tanto canto

no exista ningún ripio.

MAGDALENA

Verdad.

NUÑO

(A BERTOLDINO.)

Seguid.

BERTOLDINO

(Inclinándose respetuoso.)

Mandad.

NUÑO

(Enérgico a varios que cuchichean.)

¡Callad!

Ilustración

Don Nuño

BERTOLDINO

Oíd.

(Se hace un gran silencio y recita enfáticamente.)

Los cuatro hermanos Quiñones

a la lucha se aprestaron,

y al correr de sus bridones,

como cuatro exhalaciones,

hasta el castillo llegaron.

¡Ah del castillo!—dijeron—.

¡Bajad presto ese rastrillo!

Callaron y nada oyeron,

sordos sin duda se hicieron

los infantes del castillo.

¡Tended el puente!... ¡Tendello!

Pues de no hacello, ¡pardiez!,

antes del primer destello

domaremos la altivez

de esa torre, habéis de vello...

Entonces los infanzones

contestaron: ¡Pobres locos!...

Para asaltar torreones,

cuatro Quiñones son pocos.

¡Hacen falta más Quiñones!

Cesad en vuestra aventura,

porque aventura es aquesta

que dura, porque perdura

el bodoque en mi ballesta...

Y a una señal, dispararon

los certeros ballesteros,

y de tal guisa atinaron,

que por el suelo rodaron

corceles y caballeros.

(Murmullos de aprobación.)

Y según los cronicones

aquí termina la historia

de doña Aldonza Briones,

cuñada de los Quiñones

y prima de los Hontoria.

(Nuevos murmullos.)

NUÑO

Esas estrofas magnánimas

son dignas del estro vuestro.

(Suena una campana.)

BERTOLDINO

Gracias, gran señor.

NUÑO

(Levantándose solemne.)

¡Las ánimas!

(Todos se ponen de pie.)

Padre nuestro...

(Se arrodilla y reza.)

TODOS

(Imitándole.)

Padre nuestro...

(Pausa. La campana, dentro, continúa un breve instante sonando lastimosamente.)

NUÑO

Y ahora, deudos, retiraos,

que es tarde, y no es ocasión

de veladas ni saraos.

Recibid mi bendición.

(Los bendice.)

Magdalena y vos, quedaos.

(MAGDALENA y DOÑA RAMÍREZ se inclinan y se colocan tras él, en tanto desfila ante el CONDE toda la servidumbre.)

Adiós, mi fiel Lorenzana

y Guillena de Aragón...

Buenas noches, Pedro Aldana.

Descansad... Hasta mañana,

Luis de Oliva... Adiós, Ninón...

(Quedan en escena el CONDE, MAGDALENA y DOÑA RAMÍREZ. Bueno, el CONDE, que ya es anciano, es un tío capaz de quitar, no digo el hipo, sino la hipoclorhidria; MAGDALENA es una muchacha como de veinte años, de trenzas rubias, y DOÑA RAMÍREZ una mujer como de cincuenta, algo bigotuda y tal.)

Ahora que estamos solos, oídme atentas.

Necesito que hablemos un instante

de algo para los dos muy importante.

(MAGDALENA toma asiento y el CONDE la imita, diciéndola sin reproche:)

Me sentaré, puesto que tú te sientas.

MAGDALENA

Dime, padre y señor.

NUÑO

Digo, hija mía,

y al decirlo Dios sabe que lo siento,

que he concertado al fin tu casamiento,

cosa que no es ninguna tontería.

(MAGDALENA se estremece, casi pierde el sentido.)

¿Te inmutas?

MAGDALENA

(Reponiéndose y procurando sonreír.)

¡No, por Dios!

NUÑO

(Trágicamente escamado.)

Pues parecióme.

MAGDALENA

No extrañes que el rubor mi rostro queme;

de improviso cogióme

la noticia feliz... e impresionéme.

NUÑO

Has cumplido, si yo mal no recuerdo,

veinte abriles.

MAGDALENA

Exacto.

NUÑO

No eres lerda.

Pues toda la familia está de acuerdo

en que eres mi trasunto, y si soy cuerdo,

siendo tú mi trasunto, serás cuerda.

Eres bella... ¿Qué dije? Eres divina,

como lo fué tu madre doña Evina.

MAGDALENA

Gracias, padre y señor.

NUÑO

Modestia aparte.

Sabes latín, un poco de cocina,

e igual puedes dorar una lubina

que discutir de ciencias y aun de arte.

Tu dote es colosal, cual mi fortuna,

y es tan alta tu cuna,

es nuestra estirpe de tan alta rama,

que esto grabé en mi torre de Porcuna:

«La cuna de los Manso de Jarama,

a fuerza de ser alta cual ninguna,

más que cuna dijérase que es cama.»

MAGDALENA

(Atajándole nerviosamente.)

¿Y con quién mi boda, padre, has concertado?

NUÑO

Con un caballero gentil y educado

que es Duque y privado del Rey mi señor.

MAGDALENA

¿El Duque de Toro?...

NUÑO

Lo has adivinado,

El Duque de Toro, don Pero Collado,

que ha querido hacernos con su amor, honor.

MAGDALENA

¿Y te habló don Pero?...

NUÑO

Y don Pero hablóme

y afable y rendido tu mano pidióme,

y yo que era suya al fin contestelle;

y él agradecido besóme, abrazóme,

y al ver el agrado con que yo mirelle

en la mano diestra cuatro besos dióme;

y luego me dijo con voz embargada:

Dígale, don Nuño, que presto mi espada

rendiré ante ella, que presto iré a vella,

que presto la boda será celebrada

para que termine presto mi querella...

(Levantándose.)

Conque, Magdalena, tu suerte está echada,

mi palabra dada y mi honor en ella;

serás muy en breve duquesa y privada;

no puedes quejarte de tu buena estrella.

MAGDALENA

Gracias, padre, gracias.

NUÑO

Noto tu alegría.

MAGDALENA

Haré lo que ordenas.

NUÑO

De tu amor lo espero.

MAGDALENA

Puesto que lo quieres, seré de don Pero.

NUÑO

Serás de don Pero.

(La besa.)

Adiós, hija mía.

(Se va por la puerta de la derecha.)

MAGDALENA

(Aterrada, dejándose caer sin fuerzas en una silla, digo sin fuerzas, porque si se deja caer con fuerza puede hacerse daño.)

¡Ya escuchaste lo que dijo!...

RAMÍREZ

Claro está que lo escuché,

y sólo a fuerza de fuerzas

me he podido contener,

que tal temblor dió a mi cuerpo,

tal hormiguillo a mis pies,

que no sé cómo don Nuño

no lo advirtió, no lo sé.

¡Casarte tú con el Duque

siendo amante del Marqués!...

¡Ser esposa de don Pero

la que de don Mendo es!...

¡Si el Marqués lo sabe!...

MAGDALENA

¡Calla!

RAMÍREZ

¡Si el Duque se entera!...

MAGDALENA

¡Bien!

RAMÍREZ

¡Si al Conde le dicen!...

MAGDALENA

¡Cielos!

RAMÍREZ

¡Y si tú lo ocultas!...

MAGDALENA

(Nerviosa, cargada.)

¡Eh!

¡Basta ya, doña Ramírez!

¿No ves que sufro? ¡Rediez!

RAMÍREZ

Muda seré si lo ordenas.

Si lo mandas, callaré;

pero ante Dios sólo puedes

casarte con el Marqués,

porque al Marqués entregaste

tu voluntad y tu fe;

porque te pasas las noches

en tierno idilio con él;

porque esa escala maldita

le arrojaste una vez

sólo por darle una mano

y él se ha tomado los pies.

(A un gesto de MAGDALENA.)

No te ofendas, Magdalena,

mas yo sé, porque lo sé,

que la mujer que recibe

en su castillo a un doncel,

con él se casa, o no tiene

todo lo que hay que tener.

MAGDALENA

Me insultas, doña Ramírez.

No sé cómo en mi altivez

me contengo.

RAMÍREZ

Reflexiona

que lo digo por tu bien.

MAGDALENA

¡Pero si ya no le amo;

si ya no tengo en él fe;

si es de mi padre enemigo!

¡Si no sé por qué le amé!

RAMÍREZ

El te idolatra.

MAGDALENA

¿Qué importa?

¿Qué puedo esperar de él,

si carece de fortuna

y no es amigo del Rey?

No, doña Ramírez, nunca:

no me conviene el Marqués.

Quiero triunfar en la corte,

quiero brillar, quiero ser

algo que mucho ambiciono.

¡Quiero serlo y lo seré!

RAMÍREZ

¿Pero y don Mendo, señora?

MAGDALENA

Yo sabré librarme de él.

RAMÍREZ

¿Y si don Pero se entera

de aqueste engaño?

MAGDALENA

¿Por quién?

RAMÍREZ

¿Y si don Nuño?...

MAGDALENA

Mi padre

dió su palabra antiayer

al de Toro, y yo por fuerza

le tengo que obedecer.

(Suena dentro un laúd que toca el conocido cuplé de El Relicario.)

RAMÍREZ

Entonces...

MAGDALENA

¡Calla!

(Escucha.)

RAMÍREZ

¡Dios mío!

¡Esa música!...

MAGDALENA

¡El Marqués!

Arroja presto la escala.

Déjame a solas con él.

(Se sienta pensativa. DOÑA RAMÍREZ abre una de las puertas del foro, se asoma a la terraza y arroja una escala.)

Quisiera amarle y no puedo.

Fué mi amor una mentira,

porque no es amor, es miedo

lo que don Mendo me inspira.

RAMÍREZ

(Haciendo mutis por la galería de la izquierda.)

Pues lo mandan, es razón

que sea muda, ciega y sorda,

pero me da el corazón

que aquí se va a armar la gorda.

(Vase. Por la puerta del foro que deja abierta DOÑA RAMÍREZ, entra en escena DON MENDO, apuesto caballero como de treinta años, bien vestido y mejor armado.)

MAGDALENA

(Yendo hacia él y cayendo en sus brazos.)

¡Don Mendo!

MENDO

(Declamando tristemente.)

¡Magdalena!

Hoy no vengo a tu lado

cual otras noches, loco, apasionado...

porque hoy traigo una pena

que a mi pecho destroza, Magdalena.

MAGDALENA

¿Tú triste? ¿Tú apenado? ¿Tú sufriendo?

¿Pero qué estoy oyendo?

Relátame tus cuitas, ¡oh, don Mendo!

(Ofreciéndole una dura banqueta, bastante incómoda.)

Acomódate aquí.

MENDO

Preferiría

aquel, de cuero, blando catrecillo,

pues del arzón, sin duda, vida mía,

tengo no sé si un grano o un barrillo.

Ilustración

Magdalena

MAGDALENA

¡Y has venido sufriendo!

MENDO

¡Mucho!... ¡Mucho!

MAGDALENA

¿Cómo no quieres, di, que te idolatre?

Apóyate en mi brazo, ocupa el catre

y cuéntame tu mal, que ya te escucho.

(Ocupa DON MENDO un catrecillo de cuero y MAGDALENA se arrodilla a su lado. Pausa.)

Ha un rato que te espero, Mendo amado,

¿por qué restas callado?

MENDO

No resto, no; es que lucho,

pero ya mi mutismo ha terminado;

vine a desembuchar y desembucho.

Voy a contarte, amor mío,

una historia infortunada:

la historia de una velada

en el castillo sombrío

del Marqués de la Moncada.

Ayer... ¡triste día el de ayer!...

Antes del anochecer

y en mi alazán caballero

iba yo con mi escudero

por el parque de Alcover,

cuando cerca de la cerca

que pone fin a la alberca

de los predios de Albornoz,

me llamó en alto una voz,

una voz que insistió terca.

Hice en seco una parada,

volví el rostro, y la voz era

del Marqués de la Moncada,

que con otro camarada

estaba al pie de una higuera.

MAGDALENA

¿Quién era el otro?

MENDO

El Barón

de Vedia, un aragonés

antipático y zumbón

que está en casa del Marqués

de huésped o de gorrón.

Hablamos... ¿Y vos que hacéis?...

Aburrirme... Y el de Vedia

dijo: No os aburriréis;

os propongo, si queréis,

jugar a las siete y media.

MAGDALENA

¿Y por qué marcó esa hora

tan rara? Pudo ser luego...

MENDO

Es que tu inocencia ignora

que a más de una hora, señora,

las siete y media es un juego.

MAGDALENA

¿Un juego?

MENDO

Y un juego vil

que no hay que jugarle a ciegas,

pues juegas cien veces, mil,

y de las mil, ves febril

que o te pasas o no llegas.

Y el no llegar da dolor,

pues indica que mal tasas