Carlos Salem nació en Argentina y lleva en España «algo más de media vida». Es novelista, poeta y periodista. En narrativa, la novela negra es su campo de acción habitual, aunque como define Fernando Marías: «Salem es un género en sí mismo».
Desde que debutó en 2007, sus obras han sido publicadas en Italia, Alemania y especialmente en Francia, donde goza de gran prestigio.
Ha ganado los premios Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón, Novelpol, París Noir, Mandarache, Internacional Seseña de Novela, Valencia Negra y Violeta Negra, además de ser finalista en varias ocasiones del Dashiell Hammett, o de los Prix 813 y SCNF en Francia.
Entre sus títulos destacados: Camino de ida, Matar y guardar la ropa, Pero sigo siendo el rey, Cracovia sin ti, Un jamón calibre 45, En el cielo no hay cerveza, Muerto el perro, Un violín con las venas cortadas o El último caso de Johnny Bourbon.
Los que merecen morir es su libro número 40, en el que presenta a Dalia Fierro, Severo Justo y la Brigada de los Apóstoles, a quienes asegura que «voy a seguirles la pista».
Ancianas degolladas mirando hacia La Meca, el líder de los musulmanes ejecutado por el rito kosher judío... El multicultural barrio de Lavapiés es una bomba con varias mechas encendidas y hará saltar Madrid por los aires.
Solo la Brigada de los Apóstoles de Severo Justo y Dalia Fierro puede evitarlo. O no. Tras un año atrapando asesinos internacionales y distraídos por sus problemas personales, los está derrotando un asesino de barrio.
En paralelo, Justo investiga el secuestro del hijo desconocido de un joven candidato a Papa que solo anhela ser papá con treinta años de retraso.
Como trasfondo, la especulación inmobiliaria, la corrupción, el ascenso de la ultraderecha, las chabolas y los barrios acomodados; una ciudad de acogida e indiferente a la vez.
Madrid puede ser una madre, pero también una diosa que exige sacrificios humanos y siempre los obtiene.
Madrid nos mata
Madrid nos mata
Segundo caso de Dalia Fierro, Severo Justo y la Brigada de los Apóstoles
Primera edición: marzo del 2022
Para Josep Forment, siempre con nosotros
Publicado por:
EDITORIAL ALREVÉS, S.L.
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08007 Barcelona
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© 2022, Carlos Salem
© de la presente edición, 2022, Editorial Alrevés, S.L.
ISBN: 978-84-18584-34-3
Código IBIC: FF
Producción del ePub: booqlab
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Esta novela está dedicada a mi compadre,
amigo y maestro Pedro Andreu,
una de esas personas —pocas—
que logran con su arte y su humanidad
que el mundo no sea una completa mierda.
A Fernando Marías
La vieja niña que no acaba de crecer
se entrega por la noche a los extraños,
usa la máscara de lo que pudo ser
y busca el paraíso en los andamios.
Esta ciudad mordisquea mis poemas,
bebe mi sangre y se marcha sin pagar,
siembra muchachas tristes por la acera,
que no están cuando las vuelvo a buscar.
Me hace el amor si solo quiero sexo,
me enamoro, y se va con otro chulo.
Se sabe lo de cóncavo y convexo,
camina lento, pero meneando el culo.
Es callejón que a veces lleva al cielo,
la mecha que recorre los andenes;
caballeros que se baten a duelo
por doncellas que no bajan de los trenes.
Aunque te deje lamerle las caderas,
nunca sabes si te volverá a llamar.
Guarda en las ingles todas las fronteras
que jamás me canso de cruzar.
Me deja pernoctar entre sus piernas,
me desaloja si le da por recordar.
Me declara su amor por las paredes.
Cuando amanezca,
Madriz
me va a olvidar.
Al mismo tiempo humilde y altanera,
corona de princesa,
bragas por los tobillos.
CARLOS SALEM & ADRIÁN NAVARRO,
«Madriz»
Justo a las seis,
en punto, vendrá a buscarte la ciudad
y esta vez quizá el apuro
no te deje ni lavarte los dientes.
Te busca día a día
con sus codos mojados,
sus ojeras de niebla,
sus manos temblorosas diciendo: ¡te devoro!
Para un golpe en la nuca de oficina,
para oxidarte todos los costados
y arrollarte con su tren de piedra.
JORGE BOCCANERA,
«Las seis y lágrima»
El carnicero sonríe triunfal y dedica al joven aprendiz un gesto con el pulgar alzado. La mano enfundada en el guante profesional de malla metálica le da al mismo tiempo un aire de emperador que perdona y gladiador victorioso. El chico sonríe, articula con los labios un cariñoso y mudo «cabrón» y se despide de los diez euros de la apuesta.
El local es pequeño y está lleno de productos de carnicería y charcutería de primera calidad reluciendo tras las vitrinas. Todo tiene un aire moderno y tradicional al mismo tiempo. Como el rótulo, que en la marquesina anuncia que estamos en el número 3 de la calle del Mesón de Paredes y el apellido del remoto fundador, trazado con la caligrafía original de tiempos de vacas más flacas y jamones pocos. La marquesina es de acrílico, pero conserva la apariencia de las de madera, que ya escasean en Lavapiés.
La cola abarca unos metros fuera del local y la gente espera sin impaciencia su turno para asomarse a uno de los tres mostradores y volver a casa con buen género. La clientela se ha modificado con los años y se alternan señoras que acumulan décadas y anécdotas, con clientas y clientes jóvenes y relativamente nuevos en el barrio, porque pese a las apariencias de hegemonía vegana, Lavapiés sigue siendo un barrio carnívoro.
El carnicero le hace un gesto al joven y marcha a la parte trasera con la excusa de buscar algo. Cuando el chico lo alcanza, lanza el desafío:
—¿Triple o nada? Si ganas, te quedas con veinte pavos…
—¿Cómo sabías que Amparito le dejaría su lugar en la cola a la francesita? Es la tercera o cuarta vez que coinciden y no había ocurrido…
—Son años, chaval. Y la nueva apuesta es que va a esperar a que termine de comprar y se irá con ella. Llevo toda la vida viendo a Amparito desde este lado del mostrador y sé cuándo viene con ganas de palique. Aunque puedo equivocarme, pero si te quieres rajar…
—De eso nada. Treinta pavos a que se van cada una por su lado, aunque salgan juntas de aquí. La francesita vive aquí cerca y la vieja al otro lado del barrio.
—Hecho.
Vuelven al local y siguen despachando, sin perder de vista a las dos mujeres. Amparito es una de esas ancianas que podrías imaginar que nació así, más cerca de los noventa que de los ochenta, aunque su carácter vivaz se empeñe en negarlo. La francesita tiene unos treinta y es dulce, y se llama Claire, como la ha llamado Amparito hace un momento, y no, no es artista; sonríe cuando la anciana le dice que en el barrio ahora son todos artistas y que cerca de su casa hay un salón donde un grupo de chicos y chicas «pintan unos cuadro raros, pero son muy majos».
—Usted cualquier día se nos hace hippie, Amparito —bromea el carnicero mientras le alcanza su paquete y recoge el dinero.
—Ojalá, hijo. Ojalá. Además, igual con un porro de esos se me quitaba el dolor de espalda. Por nacer pronto me he perdido todo lo bueno.
Le festejan la frase y se marcha conversando con Claire. El carnicero sonríe y el joven, con una excusa, sale a la acera. Amparito y la francesita bajan por Mesón de Paredes y la chica lleva las bolsas de la vieja.
El aprendiz sacude la cabeza y, cuando mira hacia dentro, el guante plateado del carnicero muestra tres dedos extendidos delante de una sonrisa.
—¿A que estaba bueno el vermú, Claire? Mejor que los que salen en la tele. Seguro que me deja ciega antes de tiempo, pero para lo que hay que ver…
Se alejan del bar tras casi una hora de charla. Claire siente la levedad del tercer vermú, la anciana está como siempre; vivaz y deslenguada.
—No tenías que desviarte por mí, maja. Que luego, remontar la cuesta es un calvario, como el nombre de tu calle.
Claire dice que le queda de paso, porque bajará hasta el Carrefour de la plaza, y la vieja le recrimina con suavidad y le dice que ella compra siempre en las tiendas del barrio, porque si no van a desaparecer.
—Aunque, la verdad, estos tiempos son mejores que los míos, Claire. Cuando yo tenía tus años, el barrio era un muermo, puro manoletismo y misa, aunque por las noches se hacía lo mismo que ahora, pero disimulando… Vosotros, en Francia, siempre habéis sido más abiertos para esas cosas. Cuando era joven, conocí a uno de tu tierra que… ¡Uf, qué hombre! Me acuerdo y se me ponen los vellos de punta…
Claire ríe con ganas y va asimilando las anécdotas pícaras de la vieja.
—… y mi padre, tan severo y religioso, no me dejaba salir a la calle en verano por las noches. A la hora de la siesta, sí. Y como no había nadie en la calle por el calor… Ya te imaginas: los zaguanes ardían. Pero mientras los vecinos no se dieran cuenta, todo estaba bien. Hipocresía, hija. Hipocresía.
—Eras una chica muy audaz, Amparo.
—Más tendría que haberlo sido, hija. Mucho más.
—¿Y no te da miedo vivir sola…, con lo que está ocurriendo?
La vieja se endereza y los ojos le brillan, feroces.
—Si lo dices por el cabrón que está degollando viejas, no me asusta. Además, en la tele exageran todo y están empeñados en culpar a los pobres moritos, como los culpan de todo.
—Puede ser… Pero ya son cinco…
—… viejas muertas. Dilo claro. En un mes. Y son seis. Ayer encontraron a otra, cerca de casa. Eso será algún loco fugado, al que no sé cómo no han pillado ya, si ahora en el barrio hay más policía que personas.
Claire tarda en entender el doble sentido de la frase y luego sonríe.
—Eres muy graciosa, Amparo. Y piensas de un modo diferente a otras mujeres mayores con las que he hablado desde que llegué.
—¿Y para qué pierdes el tiempo hablando con viejas, muchacha?
—Es para mi doctorado. Estoy investigando sobre la vida de las mujeres durante el franquismo y si ya existían formas de prefeminismo…
—Prefeminismo, no sé. Pero de la vida en el barrio, te puedo contar lo que quieras. ¿Sabes que dicen que mi calle se llama Amparo porque en ella vivo yo? Es coña, claro. Pero cuando quieras, quedamos y te cuento.
Han llegado al portal y se ofrece a subirle la compra.
—Quita, que bastante tiempo te he robado ya. Apunta mi teléfono para quedar a comer en algún restaurante hindú, que yo cocino de pena, niña.
—Pero… ¿No es mejor que te acompañe?
—No te preocupes tanto, no creo que el loco ataque a mediodía. Además, mi nieto vive en el apartamento encima del mío y estará al llegar.
Se despiden y en cuanto Amparito cierra el portal, Claire remonta la calle con vocación de riachuelo. Se acuerda del Carrefour, pero también de la reivindicación de Amparo y sigue andando. Busca la calle del Calvario, mientras piensa en la costumbre española de poner nombres católicos (y truculentos) a las calles de un barrio en el que conviven tantas confesiones diferentes. Se deja sorprender por los colores de Lavapiés, que están más en la gente que en los muros, aunque últimamente predomina el azul policía y el gris del miedo en los pocos vecinos que se dejan ver.
Se dice que Amparito ha sido un hallazgo y vuelve a sentirse culpable por no haberla acompañado hasta su piso, pero la vieja tiene razón. A mediodía, y con este sol vertical, hasta las sombras se esconden.
Llega a su portal. Si se apresura le dará tiempo a cocinar, comer y conectar con la profesora Le Ferrand. Eso la devuelve a Toulouse y Toulouse a Roland, pero no quiere pensar en Roland, no quiere llamar a Roland, aunque ahora que la lengua prestada la ha vuelto niña, descubre que Roland rima con felicidad, pero no rima conmigo, ya no, se convence a medias y sacude la cabeza recuperando su sonrisa nueva. La escalera de madera, con los peldaños gastados de tantos pasos y tantos años, parece más empinada que de costumbre y Claire se dice que si sube y baja los cinco pisos tres o cuatro veces por día, podrá ahorrarse la cuota del gimnasio.
Amparito llega hasta su puerta con la energía justa para abrirla.
Cada vez me cuesta más, o cada vez yo valgo menos, se dice.
Mientras coloca la compra en la nevera, refunfuña por tener que cocinar para su nieto, pero es lo menos que puedo hacer por él, aunque guisando como yo guiso, más que premio es un castigo.
Una corriente de aire le eriza los vellos de la nuca y se dice que tiene que pedirle a Martín que le arregle la ventana del salón, que cierra fatal, a ver si un día de estos tenemos una desgracia.
Claire abre la puerta casi sin aire, la cierra y pasa los dos cerrojos. El piso es poco más que un estudio dividido apenas por la estantería que oculta el dormitorio. El anuncio de la inmobiliaria prometía un ático, pero en realidad es una buhardilla con vistas al mar de tejados irregulares que conforman un paisaje rojizo desteñido que, según el día, le provoca nostalgia o ternura.
Lleva solo un par de meses en Madrid y ya se siente parte de la ciudad, aunque sospecha que nunca acabará de entenderla, y se dice, en ese empeño por pensar en español para hablarlo mejor, que no hace falta entender para querer. Y la palabra «querer», pensada en otra lengua que no es la suya, se le vuelve aimer y recuerda a Roland y le vuelve la tristeza.
Amparito, con la economía de movimientos de quien no puede desperdiciarlos, coloca la compra. Todo, salvo la carne, que brilla roja sobre la tabla. Prefiere cortar ella misma los filetes, que este carnicero llevará el mismo apellido, pero no tiene la mano que tenía su abuelo… ¡Qué manos! A ver si encuentro el puñetero cuchillo, con la cabeza que tengo, igual lo he dejado en el baño.
Amparito busca, canturreando una canción de la radio, de esas latinas y picantonas que le recuerdan al doble sentido de los cuplés. Va inventando la letra y rima «cuchillo» con «calzoncillos», decidida a que su mala memoria no la ponga también de mala leche. El aire de la ventana mal cerrada le provoca un ligero escalofrío.
Claire desenvuelve el jamón y lo deja respirar. Para no pensar en Roland, vuelve a pensar en Amparito y en su abuela, que se parecen bastante, y en que cuando cobre la beca comprará un jamón de los buenos y se lo mandará a su mammie. Seguro que su madre protesta, pero lo hará igual.
Amparo se agacha y recoge del suelo el cuchillo delgado a fuerza de afilarlo. Se le habrá caído cuando colocó la compra.
Claire separa una loncha de jamón y cierra los ojos, como si al hacerlo compartiera el sabor con su abuela.
—Este cuchillo ya tiene más filo que acero —murmura Amparito.
Sabor, piensa Claire en español antes de abrir los ojos.
Ya no se consiguen cuchillos como este, piensa Amparito. Ahora los hacen de cerámica, no saben qué inventar.
—Sal y sol —dice Claire.
Y no dice más, porque un filo de hielo le cercena la garganta.
Obedeciendo a una de esas costumbres que han marcado el ritmo de su vida, Severo Justo llega con media hora de anticipación a la cita en el Ministerio del Interior. Y como está aprendiendo a desobedecerse, en lugar de avanzar hacia el cuadriculado edificio de color ladrillo ribeteado de gris, callejea hasta dar con uno de esos raros bares de la zona de la Castellana que siguen pareciendo un bar y no un híbrido entre boutique de París y burdel de Budapest. Aunque no sé cómo será un burdel, se recrimina al tiempo que piensa, una vez más, que a fuerza de compartir tiempo con Dalia Fierro y Paco Bermúdez se le está pegando la forma de hablar de ambos, directa y a veces brutal, pero también divertida.
Y Dios sabe que a Severo Justo le hace falta divertirse.
Aunque el policía lleve años sin hablar con Dios.
Agacha la cabeza como si consultara la pantalla de su móvil y avanza hacia la mesa del fondo. Se siente un poco ridículo, como un famoso de tres al cuarto de la tele, pero es lo que soy, en lo que me han convertido.
Pocos funcionarios y menos policías entre la clientela del bar, en el que Justo suele recalar al final de cada visita a la sede de Interior, como un buzo que necesita descomprimir penumbras antes de permitirse la superficie.
Hoy, por aquello de llevar la contraria a sus rituales, ha venido antes.
Sigue existiendo el peligro de que algún parroquiano se pierda buscando el baño, llegue hasta su rincón, lo reconozca y le pida una selfi. Pero de conjurar esos peligros se ocupa Pepe, el camarero, que ahora llega con expresión de conspirador disimulado y evidente.
—No se asome, Justo —murmura mientras deja sobre la mesa la taza de café con leche—, pero los dos de la esquina de la barra son periodistas y preguntaban por usted. Algún cabrón del ministerio se ha chivado de que hoy vendría. Pero no se preocupe, ni se enteraron de que entraba, porque lo vi venir y señalé hacia la calle en el momento exacto.
—Muchas gracias, Pepe. —Olfatea el café, en realidad, la leche que no es leche, y arruga la nariz—. ¿Otra vez soja?
—Exacto, señor Justo. Más sana que la leche y buena para el corazón. Y en lugar de azúcar o sacarina, le traje estevia de la buena. Si no se cuida usted mismo, tendremos que hacerlo los demás.
—Hoy he venido andando desde casa. —Justo se siente como un colegial que proclama ante la maestra el mérito de haber hecho los deberes.
—¡Eso es, Justo! Usted y yo, por generación, podríamos haber sido roqueros y no lo fuimos. Pero al menos estamos a tiempo de dejar un bonito cadáver. Ahora vuelvo.
Un bonito cadáver, piensa Justo mientras da el primer sorbo de la taza y admite sin admitir que la leche de soja le da al café un dulzor recóndito al que se ha habituado. Bonito, no sé. Pero cadáver…
En un gesto veloz, de esos que la voluntad permite si se someten a la fugacidad, Justo palpa sucesivamente el bolsillo superior izquierdo de su chaqueta y luego su par derecho, como si se santiguara a medias.
Están en su sitio. Los dos pequeños pastilleros de metal.
Cada uno con su carga. Pastilla roja. Pastilla verde.
Un bonito cadáver, pero no todavía.
Primero tú, Avellaneda. Primero tú.
Justo brinda con su taza hacia la nada y Pepe, que vuelve con redoblada expresión de complicidad y ocultando algo a sus espaldas, lo interpreta como un gesto de aceptación.
—Los plumillas ya se han ido, Justo. Cierre los ojos, por favor.
Y con una mansedumbre que sorprendería al ministro del Interior que en veinte minutos lo recibirá atemorizado en su despacho, el comisario Severo Justo, jefe de la Brigada Especial de Crímenes Internacionales y la figura pública mejor valorada de España, cierra los ojos.
—Ábralos, por favor.
En la mesa, junto a la taza y dentro de una caja de cartón acondicionada para su transporte, una miniatura de tarta, decorada y con una sola vela que el camarero acaba de encender.
—Chocolate desgrasado, salvado de avena y de trigo, huevos de granja y nada de azúcar. Más sana, imposible. Felicidades, Severo Justo.
—Hoy no es mi cumpleaños, Pepe.
—Pero se cumple un año desde que le pararon los pies a Nadie.
—¿Un año, estás seguro?
—Yo no, pero los de la radio y la tele, sí. Y ya sabe que a esos no se les pasa una. Llevan con el asunto desde temprano, y si no fuera por el cabrón que está matando viejecitas en Lavapiés, abrían el Telediario con la conmemoración… ¡Hasta hay propuestas en internet para que la fecha de hoy sea declarada oficialmente el día de los Apóstoles!
Justo logra no fruncir el ceño. Ya casi no le resulta irritante el apodo que la prensa adjudicó desde el principio a la Brigada Especial de Crímenes Internacionales, a raíz de su pasado como sacerdote y la firmeza con que su gente lo siguió desde el primer caso. Alguien en las redes los nombró «los Apóstoles de Severo Justo» y así los llaman en titulares.
Pepe reitera que tiene que cuidarse y vuelve a su barra, reclamado por los clientes. Justo calcula que tendrá, como mucho, cuarenta y cinco años. Casi ocho menos que él, pero veinticinco kilos de más que transporta con buen humor y energía, alimentada su caldera de tren de cercanías con rotundos bocatas de chorizo y envidiables atracones de torreznos. Sin embargo, se preocupa por Justo, que lleva toda la vida entrenando y con el mismo peso, que no variaría un gramo aunque se dedicara a la vida sedentaria, beneficiado por una lotería genética imprevisible. Las nebulosas imágenes de infancia le dibujan a su madre pequeña y pizpireta, con esa tendencia a esferificarse de la que suele disfrutar la gente que sonríe aunque no tenga motivos; y un padre ancho y tosco, brutal por culpa ajena y por propia decisión, más borracho por el rencor del fracasado de antemano que por el pésimo vino en el que se gastaba el dinero de la comida.
¿De dónde habría salido ese chico alto, delgado, fibroso y medido, al que la sonrisa le costaba demasiado y la urgencia de creer en algo que no fuera su padre lo empujó en busca de un padre más alto y que luego también se mostró ausente?
En el último año muchas cosas han cambiado para Severo Justo.
Antes no hubiera brindado en el aire con el recuerdo de su madre para celebrar la improbable infidelidad que le habría dado a la mujer al menos un goce clandestino y a él la ilusión de tener otro padre.
Y mucho menos habría admitido, como hace mientras se acaba el café, que si ingresó en el seminario y se hizo sacerdote fue para no matar al marido de su madre.
Baja los ojos hacia la llama bailarina de la vela.
Un año ya.
Un año desde que el Gobierno lo recuperó tras un exilio disfrazado de premio en Bruselas para el policía más condecorado del país, pero tan apegado al reglamento que hasta en Asuntos Internos molestaba.
Un año desde que lo pusieron al frente de una brigada con excesiva promoción, para que llegado el momento cargara con las culpas de poder frenar al tal Nadie, el asesino en serie más peligroso de la historia de Europa.
Un año desde que él, consciente de que no podría resolver el caso siguiendo los cauces reglamentarios (y de su incapacidad para saltarse las normas), reclutó a un extraño grupo de policías y asesores externos que, contra todo pronóstico, logró detener a Nadie.
Un año ya.
Luego fue el vértigo y la sucesión de casos notorios resueltos, dentro y fuera de España, que convirtieron a la brigada en uno de los tópicos preferidos por los medios de comunicación, y a su jefe en una especie de celebridad en ausencia, de la que todo el mundo hablaba bien, pero que comparecía solo lo indispensable.
Un año ya desde que, antes de que lo detuvieran, Nadie asesinó a la única mujer que Severo Justo pudo haber amado tras veinte años de viudez y luto interno.
Un año desde que, en su afán por corromperlo, el asesino en serie puso en sus manos al culpable del atropello de su mujer y su hija.
Y en tres meses se cumplirá un año desde que Javier Avellaneda, al amparo de la benevolencia que solo obtienen los poderosos, escapó de la clínica psiquiátrica de lujo en la que estaba recluido en espera de juicio.
Justo repite el gesto horizontal de palparse los bolsillos, pero ahora con lenta profundidad, como si se estuviera rajando el pecho con un puñal.
Su pecho o el pecho de otro. El de Javier Avellaneda.
Hace un año creyó que la herida más profunda de su vida se cerraba con la detención del responsable de la muerte de su mujer y su hija, una herida con dos décadas de antigüedad, abierta cuando Avellaneda, entonces joven heredero de una familia rica y ya un consumado psicópata al volante, atropelló a las dos mujeres de su vida y se dio a la fuga, protegido por el silencio de numerosos testigos bien pagados por el dinero de su padre.
Justo ya era entonces un policía con experiencia de sobra como para hacer lo necesario, dentro y fuera del reglamento, para conocer la identidad del asesino sobre ruedas.
Pero no lo hizo.
Dejó la investigación en manos de Pedro Capiotto, el compañero al que designaron el caso, que fue cerrado casi de inmediato, pese a que era evidente que quedaban cabos sueltos. Corrieron rumores de que alguien poderoso había aconsejado no avanzar en las pesquisas.
Severo Justo fue consciente. De todo. Pero no hice nada.
Porque de hacerlo, habría desatado una ira recóndita que solo él conocía y que se multiplicó aquella mañana de domingo en que le arrebataron a sus dos mujeres.
Si hubiera abierto la compuerta, no habría podido cerrarla.
Como con mi padre. Y como mi padre, no.
Lo mejor era atenerse a un orden superior sin cuestionarlo, mejor un dios o un comisario general director, algo o alguien que marcara el límite.
Y siguió viviendo a medias.
Cuando volvió de Bruselas, traía en la maleta una decisión firme: tras resolver el caso de Nadie, se quitaría la vida. Porque casi no la usaba. Y para fastidiar a un dios en el que ya casi no creía, pero por si acaso.
Dos pastillas. Una verde y otra roja.
Como las que ahora guarda en sendos pastilleros.
Hace un año, cuando Nadie descubrió y atrapó por él a Avellaneda, Justo volvió a creer que la justicia era posible y quizás, también, la vida.
Y tiró las pastillas al retrete.
Tres meses más tarde, cuando el mismo Avellaneda escapó de una exclusiva y poco vigilada clínica psiquiátrica en la que logró entrar en espera de juicio por más de media docena de asesinatos al volante, Justo adquirió las mismas pastillas y actualizó su decisión de suicidarse.
Pero antes de hacerlo, localizará a Javier Avellaneda.
Y lo matará con sus propias manos.
—Algo huele a podrido en Lavapiés, Paco.
—No serán estas gambas, están para chuparse los dedos, hermano.
El comisario Bermúdez se chupa los dedos y Pablo Acuña, conocido como el Súper en los altos círculos policiales, imita a su amigo.
Gracias, hermano, piensa, y al mismo tiempo le resulta extraña y normal esa camaradería a punto de cumplir un año, después de décadas de guerra fría entre dos policías que representaban formas opuestas de entender el oficio: él, burócrata y atento a los cambios de poder; Paco, el último de los «hostiócratas» en un cuerpo plagado de tecnócratas.
—Muy pensativo estás tú, Súper, que te conozco. Así que te escucho, pero antes necesitamos más provisiones. ¡Antonio, Antonio, ven por favor!
La voz de Bermúdez retumba en la calle del Ave María, baña la terraza del legendario bar La Mina y horada el estrecho local como un tsunami.
El veterano camarero ya viene con dos botellines de cerveza.
—¡Tú sí que sabes, Antonio! —lo recibe festivo el comisario—. Ya que estás, tráenos dos raciones de gambas; mejor cuatro, así te ahorro el viaje. Y cuatro botellines, no está la cosa como para pasar sed. ¿A que no, Antonio?
El Súper olvida, por un instante, su preocupación:
—¿Cómo sabes que se llama Antonio, lo conoces de antes?
—No lo he visto en mi puñetera vida, pero tiene cara de Antonio. ¿A que sí? Venga, Pablo, dime qué tripa se te ha roto.
Acuña calibra a Bermúdez. El antiguo enemigo convertido es su mejor, su único amigo. La familia de Paco lleva meses ejerciendo de sustituta de la suya, evaporada como la paciencia de su mujer ante la falta de ambición de un alto funcionario siempre cerca del poder pero que nunca cobró favores. Se dice también que lo que le preocupa no es su futuro, sino el del comisario.
—No me gusta este caso, Paco. Aquí hay algo que no me cierra…
—Serán las puertas de las buhardillas de Lavapiés, que están todas torcidas. Es un caso más, Pablito. Un cabrón, o un par de ellos, que han descubierto que las viejas no creen en los bancos y guardan la pasta bajo el colchón. Cabrones peligrosos, vale. Pero tontos. Los pillamos en un pispás…
—Pues llevamos diez días metiendo miedo por el barrio y hay otras dos muertas. Y si son simples chorizos, ¿para qué degollar a las ancianas?
—¡Porque tendrán costumbre, Súper! Seguro que son un par de pastores brutos, habituados a matar ovejas…
El camarero, resignado ya a llamarse Antonio, llega con el pedido y Bermúdez se lanza sobre una de las estrechas bandejas, sobre la que se alinea media docena de gambas a la plancha, el plato estrella del local.
—¿Tú también con la teoría racista de que es obra de inmigrantes? Eso está bien para la prensa sensacionalista y la ultraderecha, pero tú…
—El racista preventivo estás siendo tú, hermano —responde Bermúdez, chupándose los dedos—. ¿Es que en España no hay pastores y garrulos para exportar? Es un caso sencillo, comparado con los marrones que nos han caído este año. Y todos los sacamos adelante. ¿O no?
—Eso es lo que me preocupa. Sabes que crearon la brigada para fracasar y cargar con las culpas cuando estallara lo de Nadie. Lo resolvimos y ya no pudieron jodernos…, de inmediato. Pero lo seguirán intentando.
—¿Con las elecciones a la vuelta de la esquina? No creo. Si los Apóstoles y Severo somos lo único de lo que puede presumir el Gobierno…
El Súper resopla.
—Eso es lo que me preocupa. —Parece recordar algo—: ¿Tú sigues sin tener redes sociales, Paco?
—¿Para que capullos que no quiero ver desde hace años me vacilen cuando pierde el Atleti? Ni loco…
—Hace dos días se puso en marcha una proposición en change.org para que Justo sea candidato independiente a la presidencia y en menos de dos días ya contaba con cinco millones de firmas…
Bermúdez se atraganta y gira para toser. Con el mismo movimiento toma un botellín de la mesa vecina y lo vacía de un trago. El supuesto Antonio avisa con gestos al cliente expoliado que le repondrá la bebida.
—Sí que se ha hecho popular… ¡Pero él no se metería en política!
—Eso lo sabemos nosotros. Pero los políticos no. Por eso te digo que este caso huele a podrido, Paco. Sé que van a intentar algo para joder a Justo y, de paso, a nosotros. Tú mismo has dicho que el degollador de Lavapiés es un caso menor, ¿correcto? Pero desde que nos lo adjudicaron…
—¡Es noticia mundial! —Pasada la sorpresa, Bermúdez se encoge de hombros—. Haremos lo de siempre: resolverlo y santas pascuas.
—Ojalá sea tan sencillo, Paco. Ojalá.
El móvil de Bermúdez resuena con el himno del Atlético de Madrid a todo volumen y el comisario atiende con los mismos decibelios:
—Frontela, ¿qué dices? Apenas se te entiende, chaval. ¿Es que has metido la cabeza en un váter o qué? Repite, que se corta. Se cortó —explica sin necesidad al Súper y al resto de parroquianos de la terraza—. ¿Por qué será tan mala la cobertura aquí si estamos a tiro de piedra del centro?
Suena la misma melodía, simplificada, y el comisario lee el mensaje:
—Se nos acabó el recreo, Pablo. Frontela me da una dirección y dice que vayamos con urgencia. Me temo lo peor.
—¿Llamamos a uno de los coches?
—Hasta que llegue, con el meandro de calles que hay en este barrio, nos habremos jubilado. Vamos andando, es en la calle del Calvario.
Bermúdez paga después de insistir varias veces, porque el camarero se niega a cobrarles, y marcha calle arriba sin esperar a su compañero.
Pablo aprovecha para preguntarle al camarero si se llama Antonio.
—Mi nombre es Mercedino —explica—. Pero desde hoy seré Antonio. Cuando un Apóstol te bautiza, es para siempre.
El Súper corre para alcanzar a Paco. Acompasan los pasos, como críos que volviendo de clase se descubren amigos para siempre.
El comisario gruñe:
—Venga, suelta el resto, que algo te guardas.
—Eh… Sí. A ver: supongamos que, como crees, salimos ilesos de esta trampa, de la próxima y de la próxima… Sabes que respeto a Justo y que cuando se formó la brigada me pusieron como espía para avisar del momento en que convenía dejarla caer…
—¡Pero cuando la cosa se puso fea, te pasaste a este lado y aquí sigues, hermano!
—Y seguiré, Paco. Pero a veces intuyo que en cualquier momento Justo va a explotar y adiós Apóstoles. ¿Comprendes?
—Si lo dices por la fuga de Avellaneda, el jefe se lo tomó con calma. Pero no te niego que a veces lo siento lejano, a Justo. Como si no estuviera…
—Y Dalia, la segunda al mando, tampoco está muy fina últimamente…
—Dalia. ¿Cuál de ellas? —bromea Bermúdez, y ríen en corto, como se hace de las bromas cuyas claves pocos conocen—. Creo que sé por dónde vas, pero no adónde, Súper.
Bajan la voz al llegar a la calle del Calvario. Un coche patrulla ocupa parte de la estrecha acera para no impedir el paso de otros vehículos. Un uniformado los reconoce y se pone firmes.
—Relaja, que te dará algo —ordena Bermúdez—. ¿En qué planta?
—La quinta, comisario. Sin ascensor.
—Lógico. Con mi suerte, el día que llueva sopa, saldré a la calle con un tenedor, como decía un amigo argentino.
Suben y Pablo vuelve a la carga:
—Yo no hablo de dejar tirado a Justo ni a la brigada, ¿vale? Además, llevamos un tiempo hablando del asunto, Paco. No te hagas el nuevo…
Bermúdez exagera su respiración al subir, para ganar tiempo.
—¿Te refieres a la idea de…?
—… montar una agencia de investigaciones. Con nuestra experiencia y el prestigio de ser Apóstoles, sería coser y cantar.
Antes de llegar al quinto, donde se asoma Frontela, Paco se detiene y le habla con ferocidad al oído:
—Yo no sé coser, Pablo. Y canto como un gato de escayola. Pero no dejo tirados a los míos. Nunca.
El Súper lo imita. Frente contra frente, parecen a punto de pegarse.
—Y yo tampoco. Solo digo que pensemos el tema con tiempo y lo hablemos con Justo. Pero cuando ya no haya peligro para él.
Bermúdez, propenso a la ira y la sonrisa, cambia, se entusiasma:
—No suena mal, Pablito: «Bermúdez y Acuña Investigaciones»…
—Señores, es mejor que vean esto —pide desde arriba, con impaciencia, el inspector Jorge Frontela.
Bermúdez derrota los escalones restantes en un esprint sorprendente. Pablo lo sigue a menos velocidad, intrigado por la alarma en el rostro del habitualmente imperturbable Frontela.
La pequeña buhardilla no parece la morada de una anciana.
Y no lo ha sido.
Sobre el suelo de la cocina yace el cuerpo de una mujer rubia y joven.
Degollada.
Todo alrededor es un caos de cajones abiertos o volcados.
Paco suelta una colección de insultos en cascada. Se detiene:
—Ya no solo matan viejas. Es casi una chavala.
—Y extranjera: francesa —agrega Frontela.
—¿Francesa? ¡La que nos va a caer! ¿Turista, estudiante?
Frontela retrocede un paso. Conoce a su jefe.
—Profesora universitaria y miembro de una organización de estudios feministas avalada por la Unión Europea.
—Llama tú a Justo, Pablo —pide el comisario en un susurro.
—Lo estoy haciendo. Pero tiene el móvil apagado.
Cuelga y le pregunta a Frontela:
—Tú que lo sabes todo, Jorge: ¿en qué dirección está el cuerpo?
El joven inspector asiente, apesadumbrado:
—La cabeza apunta al sureste.
—Mierda. Mierda. Mierda —repite el Súper.
—¿Qué hay al sureste, para que pongáis esas caras?
—La Meca —responden los dos a coro.
Mientras se apartan para dejar paso a los de la Científica, Bermúdez le pide a su amigo:
—Cuéntame más sobre eso de pasarnos al sector privado, hermano.
La sala de espera del ministro del Interior es, seguramente, la mejor acondicionada de toda la Administración. Cómodos sillones, un amplio y actualizado surtido de ejemplares de prensa y revistas de cultura e información general (sorprendente en tiempos en los que todo se lee en una pantalla), una máquina de café de calidad más que aceptable y otra con un surtido de snacks y sándwiches que merecen el apelativo gourmet a precios insignificantes.
Así lo ha dispuesto el ministro desde que llegó al cargo, en un gesto de humanidad que resultó inusitado para quienes conocían sus antecedentes políticos, pero que quedó rápidamente explicado: esa sala de espera es la mejor provista de España porque también es aquella donde más tiempo aguardan los subalternos para ser recibidos. Muchos miden el estado de ascenso o la inminente caída dentro del invisible andamiaje del poder del ministerio cronometrando al segundo las esperas a las que el titular somete a quien viene a verlo o es convocado a su despacho. Incluso los visitantes ilustres tienen que esperar, pero en una sala interior lujosamente preparada.
Un viejo funcionario, con tantos años de servicio en el ministerio que por momentos se vuelve amnésico al terror, suele afirmar, en un pub cercano y cuando lleva tres copas de más, que la muerte vino dos veces a buscar al ministro, pero se aburrió de esperar y se volvió a sus dominios.
Y casi nadie le celebra el chiste.
Porque son conocidos los accidentes protagonizados por el ministro y que pudieron resultar mortales, pero no lo fueron. Los dos implicaron los peligros de la aplicación del principio de Arquímedes y de ambos salió bien librado: el naufragio en alta mar de su yate (que él llama «bote» en tono campechano) y un percance hace unos meses, mientras practicaba kitesurf: falló la anilla de seguridad que une el arnés con las cuerdas y la cometa lo arrastró mar adentro a causa de un fuerte viento de tierra. Los testigos temieron lo peor, pero fue rescatado sano y salvo tras varias horas de búsqueda.
El mismo viejo funcionario borrachín, una vez que el comisario Bermúdez (quien estaba en un estado similar) le preguntó por la condición insumergible del titular de la cartera, respondió con precisión científica:
—Todo el mundo sabe que la mierda flota.
Nadie, salvo Bermúdez, rio la gracia. Y nadie la repitió, ni siquiera en las esperas de a veces hora y media que los funcionarios tienen que soportar confortablemente instalados en la antesala.
De estos cotilleos se ha enterado Severo Justo durante alguna celebración tras resolver un caso de los Apóstoles, con Paco Bermúdez y Pablo Acuña como principales fuentes de información. Justo escuchaba y hasta sonreía, más por camaradería con sus subalternos que por interés en el ministro y sus costumbres. Pero como hace con todos los datos a los que tiene acceso, fueron tabulados y colocados en el pertinente casillero de su cabeza.
Por eso le sorprende no ver a nadie en la sala de espera y que sea el propio ministro quien lo aguarda en la puerta, con cordial impaciencia.
Mira de reojo su reloj y comprueba que ha llegado cinco minutos antes de la hora, pero la ministerial sonrisa posterga las reflexiones para más tarde.
—¡Dichosos los ojos, Justo! Y muchas gracias por venir, sé que está usted muy ocupado con el asunto de Lavapiés. Pase, pase, por favor.
Lo conduce por una serie de antedespachos que ejercen de filtro para las visitas y demostración de la importancia de su tarea. Nadie en ninguno de los escritorios de recargado diseño. No desembocan en el excesivo despacho del ministro, sino en una coqueta sala adornada con enormes cuadros de ceñudos antecesores del hombrecillo de color naranja.
Al entrar, el ministro vuelve a sorprenderlo con un abrazo inesperado.
Los reflejos de Justo, que mantiene más activo que nunca su entrenamiento ahora que ha decidido matar, están a punto de costarle un disgusto al policía y una lesión al político. Sintiéndose absurdo, Justo convierte lo que sería un golpe en la correspondencia desganada del abrazo.
Al retirarse, el ministro tiene lágrimas en los ojos y Justo piensa en las viejas plañideras de las que le hablaba su madre cuando era niño, formidables lloronas a sueldo que cotizaban en todos los velatorios de Extremadura y que cobraban más si el muerto era poco querido en su pueblo y no tenía quien lo llorarse en condiciones. El recuerdo de su madre le duele y lo hace sonreír a la vez. Hay sonrisas que duelen por dentro, se dice.
—Disculpe la efusividad, Justo —se explica el ministro, retrocediendo un paso—. Pero es que les debo mucho a usted y a su gente. ¡España les debe tanto! En apenas un año hemos pasado de ser los graciosos de las reuniones internacionales de seguridad, a convertirnos en estrellas.
«Nieblas altas, aguas bajas», dice remota la voz de la madre, que encadenaba refranes con picardía, y por eso ahora vendría aquello de «Cuando el sapo canta fuerte, lluvia promete», y en la memoria del policía huele a dorado en la cocina materna, a migas, ajo y moléculas de chorizo y pocas pero trabajadas alegrías. Se pregunta a qué viene pensar tanto en su madre y qué querrá el ministro anaranjado para mostrarse tan cariñoso.
Lo primero tendrá que esperar. Lo segundo comienza a desvelarse.
—Y abusando de su generosidad, tengo que pedirle un favor personal.
Silencia el policía con suavidad la voz materna, que ya asoma con un proverbio sobre las vueltas que da un perro antes de dormirse, porque en el tono del ministro hay un miedo nuevo, algo que no logra catalogar.
Se deja guiar hasta unos pequeños y elegantes sillones enfrentados y espera a que el otro prosiga:
—¿Conoce al obispo Juan Lebrón? Es una pregunta retórica. Claro que sabe quién es. Lo que ignoro es si se conocen personalmente.
—No. Pero en efecto: sé quién es.
La voz de la madre ha retornado al rincón en el que llevaba dormida tanto tiempo, porque ahora Justo ha abierto el correspondiente cajón mental y revisa los datos que ya conoce.
Juan Lebrón. Cuarenta y ocho años. A los treinta y cinco fue el obispo más joven de España. Y desde hace cinco años, arzobispo de Madrid. Un personaje popular y comprometido con una renovación de la Iglesia que resulte asumible para el vetusto aparato eclesiástico, poco amigo de los focos mediáticos y quizás por ello irresistible a esos mismos focos. Proveniente de una familia acaudalada desde los tiempos en que los ricos españoles no eran nuevos, lleva una vida sencilla sin presumir de obrerismo. Deportista. Practica boxeo amateur con excelentes resultados, es quinto dan de kárate, cuarto de aikido y sexto de judo, demasiadas artes marciales para un hombre de paz, se dice Justo antes de recordar que él mismo se define como tal y tiene un historial similar al de Lebrón.
Pero yo tengo el quinto dan de aikido, piensa, y se escandaliza.
Él no es así. Él no compite con nadie porque está precavidamente muerto. Solo le falta cumplir un par de requisitos: matar a Javier Avellaneda y matar luego a Severo Justo.
Descubre que el ministro lo observa, intrigado y atemorizado:
—Se lo confío a usted, pero que no salga de aquí: el Papa está por nombrar cardenal a Lebrón. Lleva años siguiendo su carrera, y se dice que quiere tomarlo como protegido con la intención de que sea su sucesor…
—Me alegro por él. Dicen que es buena persona…
El ministro salta en su sillón:
—¿Buena persona? ¡Lebrón está segundo en todas las encuestas de popularidad y confianza por parte de la población!
—¿Y quién es el pri…? —Justo adivina, más que saber, y se detiene.
—¡El primero es usted, Severo Justo! Por eso creo que es la persona ideal para hacerse cargo del caso…
—¿Qué caso?
El sillón es cómodo, pero el ministro se revuelve, busca las palabras:
—Al arzobispo le han sustraído una cartera con ciertos documentos que, de hacerse públicos, podrían truncar su fulgurante ascenso. Mañana, cardenal; dentro de unos años, Papa! ¿Lo imagina? ¡Un Papa español! A los argentinos, desde que tienen el suyo, no hay quien los aguante…
Justo lo mira impasible.
La euforia del ministro cede. La naranja se marchita ante esos ojos que no dejan escapar ningún sentimiento humano, y el titular de Interior piensa una vez más que la mirada de Justo le recuerda por momentos a la de los santos de algunos cuadros. Y por eso le da miedo.
—¿Por qué? —La pregunta parece resonar por todo el despacho.
—Hombreee… Usted es el mejor activo que tenemos… Y además…
—Dígalo.
Por fortuna, el ministro no puede ver el puño cerrado de Severo Justo, que vuelve a interrogarse por esos cambios en su carácter. Como suele decir Dalia Fierro, «no eres un hombre manso, sino un hombre amansado por decisión, alguien que necesita creer en un orden y un escalafón para frenar la rabia. Pero la rabia está, Severo. Y cuando salga, arrasará con todo lo que tengas alrededor».
Palpa el móvil en el bolsillo de la chaqueta. Lo sabe apagado, puede que mi gente me necesite y yo aquí, perdiendo el tiempo, se dice. Ese gesto lo devuelve a los pequeños rituales de la culpa, ese irritante sentido del deber al que le debe lo poco que le queda de vida.
—Se lo diré yo: me encarga este caso porque cree que, debido a mi pasado como sacerdote, seré más prudente al investigar. ¿Es correcto?
—Eh… En cierto modo, sí. Pero no me negará que usted conoce los vericuetos del mundillo eclesiástico mejor que cualquier otro policía… En cuanto a la prudencia, comprenderá que es fundamental…
—Un favor.
—¿Cómo dice?
—Que hace un momento se refirió a este encargo como «un favor personal». Eso quiere decir que no es una orden.
—Eh… No. Dadas las características del asunto… —La cara naranja ya es de color ocre ceniciento.
—No sufra, ministro. Acepto. En principio. Antes debo saber más sobre el asunto. Pero favor con favor se paga.
—¡Desde luego! Pero ¿qué…?
El ministro no reconoce en este hombre tajante al mesurado Severo Justo de siempre.
—Javier Avellaneda. Que se lo busque de verdad y no solo para cubrir las apariencias, como hasta ahora. No hace falta que proteste, señor ministro: sabemos que tengo razón.
El político duda, pero asiente con la cabeza.
—Entonces ¿acepta?
—Lo decidiré después de hablar con el arzobispo. Que, imagino, estará esperando en su despacho, por eso me ha recibido aquí.
La naranja recobra el color y la dulzura:
—¡Es usted infalible! ¿Comprende por qué le necesito? —Se pone de pie y gira rumbo al despacho—. Venga conmigo, por favor, que le presentaré al señor…
Justo lo adelanta en dos zancadas y le bloquea el paso.
—Si no le importa, señor ministro, prefiero hablar a solas con él. De excura a cura, usted me entiende.
Y antes de que el otro reaccione, cruza la puerta y la cierra.
Lebrón es casi como lo recordaba de las fotos y la televisión. Rubio, facciones regulares y francas, espaldas anchas y hombros poderosos. Y esa barbilla que hace suspirar a las periodistas cuando hablan de él. La misma que Severo Justo, sin saber por qué, tiene ahora ganas de golpear.
Hay algo en este hombre que no había visto en las imágenes públicas: tiene la mirada preocupada de quien teme perderlo todo y la prudencia del que no sabe si en realidad quiere ganar.
Se levanta e intenta sonreír. Justo lo frena con un gesto:
—No hace falta. Seré breve: recuperaré lo que le robaron, pero si descubro algo ilegal, lo llevaré a comisaría yo mismo de las pestañas.
Una furia juvenil asoma a los ojos de Lebrón, que cuadra los hombros:
—Eso habría que verlo, Severo Justo.
—Cuando quiera. —Le tiende una tarjeta—. Medítelo un rato y si está de acuerdo con mis condiciones, quedamos mañana a primera hora en el lugar en el que le robaron…, lo que sea que le robaran. ¿Le parece justo?
Los ojos de Lebrón sonríen apenas.
—Me parece severo. Pero justo. Y acepto desde ya sus condiciones. ¿A las siete mañana en mi casa? Le envío la localización al teléfono.
No tienen más que decirse y al policía el móvil apagado le quema en el bolsillo. Amagan con darse la mano pero no concretan la intención.
Al abrir la puerta se encuentra con la cara naranja:
—No sé cómo agradecer…
—Encuentre y detenga a Avellaneda, ministro. Favor por favor.
Mientras busca la salida, Justo asume que ha cometido en minutos más faltas al reglamento que en toda su carrera, pero se siente ligero.
Para lo que me queda en el convento…, comienza a decirse.
Pero le parece excesivo y no completa la frase.
Además, al encender el móvil comienzan a brotar las notificaciones de llamadas perdidas de Bermúdez.
Severo Justo marca y se prepara para escuchar malas noticias.
La anciana sube los escalones como si en cada uno fueran a extinguirse sus fuerzas y también ella. Es menuda y parece más pequeña porque está encorvada, pero su charla es vivaz, fluida; la de alguien que no suele tener con quién hablar.
—Ay, hijo, gracias, si no hubiera sido por ti, no sé cómo habría podido con todas estas bolsas. Que me lío a comprar y después no hay quien las suba hasta el cuarto, que ya les vale a los administradores, veinte años llevan prometiendo un ascensor y aquí estamos, gastando escalones…
En su mano izquierda, el gran reloj de oro parece incongruente con el resto del cuerpo. Cuando refleja la luz de las bombillas, su brillo da en la cara del joven argelino que sube detrás de ella, con dos bolsas en cada mano.
La anciana lleva una sola bolsa, muy cargada, pero eso no impide que siga hablando mientras remontan la escalera.