Resulta imposible, en última instancia, valorar y entender adecuadamente el universo natural si ignoramos el momento en que debemos dejar de investigarlo.
La ansiedad nos lleva a ascender a cualquier montaña con la que tropezamos para ver lo que hay más allá. Cuando envejecemos, no obstante, la sabiduría –que no la mengua de nuestra energía– nos enseña a contemplarlas desde abajo o a subir tan sólo los primeros repechos. Porque lo cierto es que cuando llegas a la cúspide de la montaña ya no puedes verla y es muy probable que, al otro lado, haya otro valle semejante a éste.
Un viejo refrán indio dice: «Lo que está más allá es lo que está también aquí».
Y no deberíamos interpretar esto como fruto del displicente fastidio de alguien hastiado de aventuras, sino del sorprendente reconocimiento de que, en el lugar en el que estamos, ya hemos llegado.
Esto es.
Lo que tan afanosamente estábamos buscando ya se encuentra, si abrimos bien los ojos, presente aquí.
Si seguimos el sendero de la montaña hasta llegar al final, acabaremos descubriendo que estamos nuevamente aquí. Aunque sólo alguien muy estúpido pensaría que es ahí donde conduce, lo cierto es que va a cualquier lugar y acaba desembocando en el mismo punto en que te encuentras. Cuando lo ves desvanecerse en las colinas, ya estás en el lugar al que conduce.
Recuerdo que, hace ya mucho tiempo, pasé un rato extraordinario disfrutando del sonido de una cascada oculta en un cañón de la montaña. Y lo más extraordinario fue que conseguí dejar de lado el impulso a desvelar el misterio. Ya no necesitaba saber de dónde venía la corriente y hacia dónde iba. Y es que, si seguimos cualquier corriente y cualquier camino hasta llegar al final, acabaremos descubriendo que no conduce a ninguna parte.
Ésta es la razón por la que la mente compulsivamente empeñada en investigar acaba siempre en lo que considera la realidad pura y dura. Tocar el violín sólo consiste, desde ese punto de vista, en el roce de tripas de gato con crines de caballo y las estrellas del firmamento no son, después de todo, sino rocas y gases radiactivos. Pero lo cierto es que es un engaño creer que la verdad sólo se descubre, como hace el niño desganado con su comida, separándola en pedazos.
Y ésa es también la razón por la que casi todos los platones del Lejano Oriente callan tantas cosas y dejan tantos detalles sin explicar. También por esta razón las pinturas orientales dejan grandes regiones vacías sin que ello suponga merma alguna en la obra. No son fondos inconclusos, son elementos integrales de la composición total, vacíos y acantilados preñados que dejan abierta la puerta a nuestra imaginación. Y nosotros no incurrimos en el error de tratar de llenar todos los detalles con el ojo de la mente. Por ello resultan tan sugestivos.
No es empeñándonos en ir más allá de la montaña como revelamos lo desconocido y persuadimos a la naturaleza de que nos descubra sus secretos. Lo que está más allá también está aquí.
Cualquier lugar en el que nos encontramos puede ser considerado el centro del universo. Y cualquier lugar en el que nos encontremos también puede ser considerado como el destino último de nuestro viaje.
Pero, si queremos entender esto, deberemos permanecer abiertos y receptivos. O, dicho en otras palabras, tenemos que hacer lo que Lao-tzu aconsejó cuando dijo que, para ser realmente un hombre, debemos conservar también cierta feminidad. Porque es entonces cuando uno se convierte en un canal para todo el universo. Y éste no es un consejo que se aplique exclusivamente a los hombres.
Pero se trata de uno de los principales malentendidos en los que, en mi opinión, se halla sumida la cultura occidental. Se desdeñan los valores femeninos y los hombres muestran una extraña resistencia a ser otra cosa más que hombres.
Necesitamos desesperadamente valorar, junto al elemento agresivo y masculino representado por la espada, el elemento femenino receptivo simbolizado quizás por una flor. Después de todo, los sentidos humanos no son cuchillos ni ganchos, sino el velo blando del ojo, el delicado tambor del oído y la suave piel que recubre nuestro cuerpo y las yemas de los dedos. Son los elementos delicados y receptivos los que nos permiten conocer el mundo.
Gracias, pues, a una combinación de debilidad y blandura, el conocimiento llega hasta nosotros.
En lugar de luchar pues, dicho de otro modo, con la naturaleza para conquistarla y en lugar de esforzarnos en mantenerla a distancia a través de la objetividad, como si de un enemigo se tratara, tenemos que ponernos de acuerdo con ella para cortejarla y descubrir que sólo abrazándola podemos llegar a conocerla.
Al final, tenemos que decidir lo que realmente queremos saber.
¿Decidiremos confiar en la naturaleza o seguiremos empeñándonos en tratar de conquistarla?
¿Queremos convertirnos en una especie de dios omnipotente que todo lo controla o queremos, por el contrario, disfrutar? Es imposible, después de todo, disfrutar de lo que ansiosamente tratamos de controlar. Una de las cosas más hermosas de nuestro cuerpo es que no tenemos que pensar continuamente en él. Si cuando despertamos por la mañana, tuviésemos que pensar en todos los detalles de su actividad, ese día no haríamos absolutamente nada.
Se dice, de forma muy acertada, en mi opinión, que «el misterio de la vida no es un problema que deba ser resuelto, sino una realidad que debe ser experimentada».
El canto de los pájaros y los sonidos de los insectos son formas de transmitir la verdad a la mente. Las flores y las hierbas nos transmiten los mensajes del Tao.
El erudito, puro y claro de mente y sereno y abierto de corazón, debe nutrirse de todo.
Pero si quieres saber de dónde vienen las flores, no olvides que eso es algo que ni siquiera sabe el dios de la primavera.
Alan Watts ha sido el principal introductor de las filosofías orientales en Occidente. En esta obra ofrece una brillante y amena síntesis del taoísmo, tal y como aparece en las enseñanzas de sus grandes clásicos: el Tao te king, el I-Ching, el Arte de la guerra y el Zhuang Zi.
A través de una exposición viva de las ideas y conceptos esenciales del pensamiento taoísta, Watts nos invita a vivir el Tao como una práctica personal de liberación y explica el papel que nos corresponde como individuos dotados de libre albedrío en un mundo cuyas pautas cambian continuamente. Así, Qué es el Tao muestra el alcance que esta antigua sabiduría oriental puede tener en nuestra ajetreada vida actual.
Alan Watts fue una de las figuras más controvertidas de la contracultura y de gran influencia en las convulsas décadas de los 1950 y 1960. Místico, poeta y apasionado ecologista, Watts era un filósofo para quien la existencia y el sentido del humor no podían separarse. Otras obras suyas publicadas en Kairós aparecen en las solapas de este libro.
Cubierta: Piedras de jardín con crisantemo, malva y begonia. Tapiz de seda. Siglo XII-XIII. Museo Provincial de Liaoning, Shenyang.
Sabiduría perenne
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Título original: WHAT IS TAO?
© 2000 by Mark Watts
© de la edición en castellano:
2010 Editorial Kairós, S.A.
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© de la traducción del inglés: David González Raga
Revisión: Alicia Conde
Primera edición en papel: Noviembre 2010
Primera edición en digital: Marzo 2022
ISBN papel: 978-84-7245-778-2
ISBN epub: 978-84-1121-020-1
ISBN kindle: 978-84-1121-021-8
Composición: Pablo Barrio
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