Ali Smith
Primavera
CUARTETO ESTACIONAL III
Traducción de
Magdalena Palmer
Ali Smith (Inverness, 1964). Tuvo una madre irlandesa, un padre inglés y una educación escocesa (hasta que comenzó su doctorado en Newnham College, Cambridge). A los veinte años, después de que un debilitante ataque de síndrome de fatiga crónica descarriló su carrera académica, comenzó a escribir. Ahora, autora de ocho novelas y seis colecciones de cuentos, crea lo que podría llamarse ficción experimental, pero con un estilo fácil, agradable y de emocionante lectura. Escribe en The Guardian, The Scotsman y el Times Library Supplement. Actualmente vive en Cambridge. Es la autora de Free Love, Like, Other Stories and Other Stories, Hotel World, Public Library y la presente colección.
Título original: Spring
© Ali Smith, 2019
All rights reserved
© De la traducción: Magdalena Palmer
Edición en ebook: junio de 2021
© Nórdica Libros, S.L.
C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B
28044 Madrid (España)
www.nordicalibros.com
ISBN: 978-84-18451-71-3
Diseño de colección: Filo Estudio e Ignacio Caballero
Corrección ortotipográfica: Victoria Parra y Ana Patrón
Composición digital: leerendigital.com
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Primavera es el tercer volumen del Cuarteto estacional. Con la mirada puesta en las migraciones a lo largo del tiempo, Ali Smith cuenta la historia imposible de una época imposible. En un momento de muros y encierros, Ali Smith abre la puerta.
«Ahora no queremos Información. Lo que queremos es desconcierto. Lo que queremos es repetición. Lo que queremos es repetición. […] Queremos que aquellos a quienes llamamos extranjeros se sientan extranjeros necesitamos que les quede claro que no pueden tener derechos a menos que nosotros lo digamos». ¿Qué une a Katherine Mansfield, Charlie Chaplin, Shakespeare, Rilke, Beethoven, el Brexit, el presente, el pasado, un hombre de luto por los tiempos perdidos, una mujer atrapada en los tiempos modernos? La respuesta está en Primavera, una novela luminosa, generosa y llena de esperanza, en la que, al igual que en Otoño e Invierno, la autora escocesa está haciendo algo más que analizar las injusticias de nuestra época: nos ilumina el camino para salir de la pesadilla. En esta tercera entrega de su Cuarteto estacional, Ali Smith nos muestra de nuevo por qué es una de las mejores escritoras del momento.
«Abro Primavera y las palabras brotan de la página, como si el momento político actual hubiera encontrado su voz».
Ellen Akins, The Washington Post
Índice
Portada
Primavera
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Promoción
Sobre este libro
Sobre Ali Smith
Créditos
Si te ha gustado
Primavera
te queremos recomendar
Misterios
de Knut Hamsun
El año pasado, en pleno verano, una pequeña ciudad de la costa noruega se convirtió en escenario de unos sucesos sumamente extraños. Apareció en la ciudad un forastero, un tal Nagel, un raro y singular charlatán que hizo una serie de cosas sorprendentes y que luego desapareció tan repentinamente como había llegado. Este hombre recibió incluso la visita de una joven y misteriosa dama que sabe Dios a qué vino y que no se atrevió a quedarse más de un par de horas antes de volverse a marchar otra vez. Pero esto no es el principio…
Todo empezó cuando el vapor atracó en el muelle sobre las seis de la tarde y aparecieron en la cubierta dos o tres viajeros entre los que se encontraba un señor vestido con un llamativo traje amarillo y un ancho gorro de terciopelo. Era la tarde del 12 de junio, pues se habían izado las banderas en muchos jardines de la ciudad con motivo del compromiso de la señorita Kielland que precisamente se había anunciado ese 12 de junio. El botones del Hotel Central subió a bordo inmediatamente y el hombre del traje amarillo le dio su equipaje y entregó al mismo tiempo su billete a uno de los oficiales; pero a continuación le dio por andar de arriba abajo por la cubierta sin bajar a tierra. Parecía estar fuertemente agitado. Al sonar la campana del vapor por tercera vez, ni siquiera había pagado su factura en el restaurante de a bordo.
Precisamente lo estaba haciendo, cuando de repente se detuvo al ver que el barco zarpaba ya. Tuvo un momento de desconcierto, luego agitó la mano hacia el botones del hotel que estaba en tierra diciéndole por la barandilla:
Bueno, lleve mi ropa al hotel, y resérveme, de todos modos, una habitación.
Y después de eso, el barco le llevó consigo fiordo abajo.
Este hombre era Johan Nilsen Nagel. El botones llevó el equipaje en una carretilla: no era más que dos maletines y un abrigo de piel —un abrigo de piel en pleno verano— además de una maleta de mano y un estuche de violín. Todo sin marcar.
Al mediodía siguiente Johan Nagel llegó al hotel en un coche de caballos. Podría haber llegado igual de fácilmente, o mejor dicho, mucho más fácilmente por el mar y, sin embargo, llegó por carretera. Traía algo más de equipaje: en el asiento delantero había una maleta y a su lado una bolsa de viaje, un abrigo y un portamantas con algunas cosas dentro. Este estaba marcado con las iniciales J.N.N. en perlas.
Todavía desde dentro del carro preguntó al dueño del hotel por su habitación, y cuando fue llevado a la primera planta, empezó a investigar las paredes para ver su grosor y si se podía oír algo de las habitaciones contiguas. De repente preguntó a la doncella:
¿Cómo se llama usted?
Sara.
Sara —y enseguida—: ¿Puede darme algo de comer? Así que usted se llama Sara. Oiga —volvió a decir—, ¿ha habido aquí una farmacia alguna vez?
Sara contestó asombrada:
Sí. Pero hace ya varios años.
¿Conque hace varios años, eh? Sí, me di cuenta al entrar. No es que lo notara por el olor, pero tuve una sensación. Bueno, bueno.
Durante toda la comida no abrió la boca para pronunciar palabra alguna. Sus compañeros de viaje en el vapor del día anterior, los dos caballeros sentados en un extremo de la mesa, se hicieron señas cuando él entró, burlándose abiertamente de la mala suerte que había tenido, pero parecía que él no se percataba de todo esto. Rechazó con un movimiento negativo de la cabeza el postre y se levantó repentinamente dejándose deslizar hacia atrás por el taburete. Encendió un puro y desapareció por la calle abajo.
Y estuvo fuera hasta bien pasada la medianoche; volvió poco antes de que el reloj diera las tres. ¿Dónde había estado? Más tarde se supo que había vuelto a la ciudad vecina, había hecho a pie todo aquel largo camino por el que había llegado en coche por la mañana. Muy necesario debía de haber sido ese asunto que le llevó de nuevo allí. Cuando Sara le abrió la puerta estaba mojado de sudor; no obstante, le sonrió varias veces mostrando un excelente humor.
¡Dios mío, qué nuca más bonita tiene usted, mujer! —dijo—. ¿Ha llegado algún correo para mí durante mi ausencia? ¿Para Nagel, Johan Nagel? ¡Vaya, tres telegramas! Oiga, hágame un favor. Llévese ese cuadro de allí de la pared, ¿quiere? Así no tengo que tenerlo delante de mis ojos. Sería muy aburrido tener que estar tumbado aquí en la cama mirándolo todo el tiempo. Porque Napoleón III no tenía una barba así de verde. Gracias.
Cuando Sara se hubo marchado, Nagel se detuvo en el centro de la habitación. Se quedó totalmente quieto. Empezó a mirar fijamente un determinado punto en la pared completamente absorto, y exceptuando el hecho de que su cabeza se desviaba cada vez más hacia un lado, él no se movió. Así estuvo largo rato.
Era más bajo de lo normal y tenía una cara morena con una extraña mirada oscura y una boca fina como de mujer. En un dedo llevaba una sencilla sortija de plomo o hierro. Era muy ancho de hombros y podía tener unos veintiocho o treinta años, seguro que no más de treinta. Tenía ya algunas canas en las sienes.
Despertó de sus meditaciones con un fuerte sobresalto, tan fuerte que podía parecer falso, como si hubiera estudiado la posibilidad de efectuarlo aunque estaba solo en la habitación. Sacó de su bolsillo algunas llaves, monedas sueltas y una especie de medalla de salvamento que colgaba de una cinta en un estado deplorable, colocando todas las cosas en la mesilla de noche. A continuación metió su cartera debajo de la almohada y sacó del bolsillo del chaleco un reloj y un frasco, un pequeño frasco de medicina con una etiqueta que indicaba que era venenosa. Mantuvo un instante el reloj en la mano antes de soltarlo pero volvió a meter el frasco en el bolsillo. Después se quitó el anillo y se lavó. Se alisó el pelo hacia atrás sin hacer uso del espejo.
Ya se había acostado cuando de pronto echó de menos la sortija que había dejado olvidada en el mueble de la palangana. Y como si no pudiera estar sin ese miserable anillo de hierro, se levantó y se lo volvió a poner. Finalmente abrió los tres telegramas, pero ni siquiera había acabado de leer el primero cuando prorrumpió en una risa corta y silenciosa. Estaba allí tumbado riéndose a solas; sus dientes eran sumamente hermosos. Su rostro se puso serio y al cabo de un rato arrojó los telegramas lejos de sí con la mayor de las indiferencias. No obstante, parecía que trataban de un asunto de mucha importancia; hablaban de una finca de sesenta y dos mil coronas, de una oferta de pagar toda la suma al contado si la venta se efectuara rápidamente. Eran telegramas de negocios, cortos y secos, sin nada que pudiera hacer reír, pero no llevaban firma. Al cabo de unos minutos Nagel se había dormido. Las dos velas que estaban encendidas sobre la mesa y que se había olvidado de apagar iluminaban su rostro rasurado y su pecho proyectando un tranquilo brillo a los dos telegramas que estaban desparramados sobre la mesa…
A la mañana siguiente Johan Nagel envió un recadero a la oficina de Correos y recibió algunos periódicos, entre ellos también unos extranjeros, pero ninguna carta. Cogió el estuche de violín y lo colocó en una silla en medio de la habitación, como si quisiera exhibirlo; pero no lo abrió, dejando el instrumento sin tocar.
Durante toda la mañana no hizo más que escribir un par de cartas y pasear por su habitación leyendo un libro. Compró, además, un par de guantes en una tienda, y en el mercado un poco más tarde pagó diez coronas por un pequeño cachorro pelirrojo que acto seguido regaló al hotelero. Al cachorro lo había bautizado con el nombre de Jakobsen, provocando las risas de todo el mundo, ya que además era perra.
No hizo, por tanto, nada en todo aquel día. No tenía ningún negocio que realizar en la ciudad, no hizo ninguna visita, no fue a ninguna oficina y no conocía a nadie. En el hotel la gente se extrañaba algo por su llamativa indiferencia ante casi todo, incluso sus propios asuntos. Los tres telegramas seguían abiertos sobre la mesa de su habitación, visibles a todo el mundo; no los había tocado desde la noche anterior cuando habían llegado. A veces también evitaba contestar a preguntas directas. Dos veces el hotelero había intentado sonsacarle su profesión y por qué había venido a la ciudad, pero en ambas ocasiones el forastero hizo caso omiso a las preguntas. Otro extraño rasgo suyo apareció durante ese día: aunque no conociera a nadie en el lugar y aunque no se había dirigido a nadie, se había detenido delante de una de las señoritas de la ciudad junto a la entrada del cementerio. Se había detenido mirándola y saludándola con una profunda reverencia sin pronunciar palabra de explicación. La dama en cuestión se había sonrojado. A continuación ese hombre tan impertinente había ido andando por la carretera hasta la casa del párroco e incluso más lejos, lo que, por cierto, volvería a hacer los días siguientes. Repetidas veces hubo que abrirle la puerta después de que el hotelero la hubiera cerrado por la noche. Así de tarde volvía de sus paseos.
La tercera mañana, justo en el momento en que Nagel salía de su habitación, el hotelero se dirigió a él con un saludo y algunas palabras amables. Juntos se fueron hacia la terraza donde se sentaron. El hotelero aprovechó la ocasión para preguntarle algo sobre el envío de una caja de pescado fresco.
¿Cómo debo enviar esta caja? ¿Usted me lo puede decir?
Nagel miró la caja, sonrió y negó con la cabeza.
No, de esas cosas no entiendo —contestó.
¿Ah, no? Pensé que usted quizá hubiera viajado y visto cómo se hace en otros lugares.
Ah, no, yo no he viajado mucho.
Pausa.
Bueno, usted quizá se haya ocupado más bien de otros asuntos. ¿Es acaso hombre de negocios?
No. No soy hombre de negocios.
¿Así que no ha venido aquí por negocios?
Ninguna respuesta. Nagel encendió un puro, fumaba lentamente mirando al aire. El hotelero le observó de reojo.
¿Querría tocarnos algo en alguna ocasión? Veo que ha traído usted su violín —dijo el hotelero.
Nagel contestó con indiferencia:
Ah, no, eso lo he dejado.
Al cabo de un rato se levantó y sin más se marchó. Al instante volvió y dijo:
Oiga, se me ha ocurrido una cosa: usted me puede dar la factura cuando quiera. A mí me da igual pagarle en cualquier momento.
Gracias —contestó el hotelero—, no corre prisa. Si usted se queda algún tiempo tendremos que hacerle un descuento. No sé si tiene pensado quedarse durante algún tiempo.
Nagel se animó de pronto y contestó inmediatamente; sin ninguna razón aparente incluso sus mejillas se encendieron ligeramente.
Sí, puede que me quede aquí algún tiempo —dijo—. Dependerá de las circunstancias. A propósito, a lo mejor no se lo he dicho antes: soy ingeniero agrónomo, agricultor. Acabo de volver de un viaje, y puede que me quede aquí algún tiempo. Quizá incluso me he olvidado de… Mi nombre es Nagel. Johan Nilsen Nagel.
Y apretó la mano del hotelero muy cordialmente, pidiendo perdón por no haberse presentado antes. No había rastro de ironía en sus gestos.
Se me ocurre que quizá le pudiéramos buscar una habitación mejor y más tranquila —dijo el hotelero—. La que tiene usted ahora está justo al lado de la escalera, y eso no es siempre muy cómodo.
Gracias, no hace falta. La habitación es excelente, estoy muy contento con ella. Además tengo vistas a todo el mercado desde mis ventanas, y eso resulta divertido.
Al cabo de un rato prosiguió el hotelero:
¿Entonces se propone tomarse algún tiempo de descanso? ¿Se quedará al menos parte del verano?
Nagel contestó:
Dos o tres meses, quizá más, no sé exactamente. Dependerá de las circunstancias. Esperaré antes de decidirlo.
En ese instante pasó un hombre que saludó al hotelero. Era un hombre insignificante, de baja estatura y vestido muy pobremente. Su modo de andar era tan dificultoso que resultaba chocante y, sin embargo, se movía con bastante rapidez. Aunque le saludara con una profunda reverencia, el hotelero ni tocó su gorro. Nagel, por su parte, se quitó totalmente el suyo de terciopelo.
El hotelero le miró y dijo:
A ese hombre le llaman el Minuto. Está un poco chiflado el pobre, pero es muy buena persona.
Eso fue todo lo que se dijo sobre el Minuto.
Leí —dice de pronto Nagel—, leí en la prensa hace unos días sobre un hombre que había sido hallado muerto en el bosque aquí cerca. ¿Qué hombre era ese? Un tal Karlsen, creo. ¿Era de aquí?
Sí —contestó el hotelero—. Era hijo de una sanguijuelera de aquí; puede usted ver su casa desde aquí, es aquel tejado rojo de allí lejos. Solo estaba en casa en las vacaciones, y así acabó su vida. Fue un gran disgusto, era un chico inteligente que pronto sería pastor. Bueno, no resulta fácil saber qué decir, pero todo es bastante sospechoso, porque con las dos venas del pulso cortadas difícilmente puede ser un accidente. Ahora se ha encontrado el cuchillo también, un pequeño cortaplumas con mango blanco; la policía lo encontró anoche. Seguramente se trataba de una historia de amor.
¿Ah, sí? ¿Pero puede quedar alguna duda de que se haya quitado la vida?
Hay que pensar bien, es decir, también hay quien cree que puede haber ido andando con el cuchillo en la mano y que ha tropezado y caído haciéndose daño en las dos manos a la vez. Ja, ja, me parece muy poco probable. Pero estoy seguro de que le enterrarán en sagrado. Pero no, no habrá tropezado, ¡desgraciadamente!
Dice usted que el cuchillo no se encontró hasta anoche. ¿No estaba a su lado?
No, se encontró a varios pasos de él. Lo habrá tirado más adentro del bosque después de haberlo usado; se encontró por pura casualidad.
Ah, sí. ¿Pero por qué iba a tirar lejos el cuchillo si de todos modos estaba allí con las venas abiertas? Resultaría evidente para todo el mundo que había usado el cuchillo.
Sí, Dios sabe por qué lo hizo; pero como ya dije, seguro que tenía que ver con una historia de amor. Nunca he oído cosa peor; cuanto más pienso en ello peor me parece.
¿Por qué cree usted que hubo una historia de amor por medio?
Por varias razones. Aunque no es fácil decir por qué.
¿Pero no podía haberse caído sin querer? Estaba en mala posición, ¿no estaba boca abajo con la cara en un charco de agua?
Sí, y estaba terriblemente manchado. Pero eso no significa nada. También puede haber hecho eso adrede. Tal vez de esa manera ha querido ocultar los dolores de la agonía marcados en su cara. Nadie lo sabe.
¿Llevaba encima algo escrito?
Se dice que iba escribiendo algo en un papel. Por cierto, solía a menudo andar por allí escribiendo algo. Lo que piensan algunos es que utilizaba el cuchillo para afilar el lápiz o algo así, y que se cayó, pinchándose primero justo la vena de una muñeca y luego la de la otra, todo en la misma caída. Ja, ja, ja. Pero sí dejó algo escrito; llevaba en la mano un papelito, y en el papelito estaban escritas las siguientes palabras: Ojalá tu acero fuera tan afilado como tu último no.
Qué disparate. ¿El cuchillo estaba desafilado?
Sí, estaba desafilado.
¿No podría haberlo afilado antes?
No era suyo el cuchillo.
¿De quién era el cuchillo?
El hotelero duda un instante, y dice a continuación:
Era el cuchillo de la señorita Kielland.
¿Era el cuchillo de la señorita Kielland? —pregunta Nagel. Y al cabo de un instante sigue preguntando—: ¿Y quién es la señorita Kielland?
Dagny Kielland. Es la hija del párroco.
Vaya. Muy extraño. ¡No he oído cosa igual! ¿Tan enamorado de ella estaba ese joven?
Pues sí, supongo que sí. Por cierto, todos están enamorados de ella, de modo que no era él solo.
Nagel se puso a pensar y no dijo nada más. El hotelero rompe el silencio diciendo:
Bueno, lo que acabo de contarle es un secreto, y le pido que…
Claro, claro —contesta Nagel—. Puede usted estar completamente tranquilo.
Cuando Nagel bajó a desayunar un poco más tarde, el hotelero ya estaba en la cocina contando que por fin había tenido una verdadera charla con el señor de amarillo del número siete.
Es agrónomo —dijo el hotelero—, y viene del extranjero. Dice que se quedará varios meses. Dios sabe qué clase de hombre es.
Para recordar
a mi hermano
Gordon Smith
y para
mi hermano
Andrew Smith
para recordar
a mi amiga
Sarah Daniel
y para
¡oh, la más floreciente!
Sarah Wood
Extranjero parece, y presenta una
rama reseca, solo verde en la punta.
Su lema: in hac spe vivo.
William Shakespeare
Mas si los infinitamente muertos despertaran en nosotros un símbolo,
quizá señalarían los amentos que cuelgan de los desnudos avellanos
o evocarían la lluvia que sobre la tierra oscura cae en primavera.
Rainer Maria Rilke
Debemos empezar, esa es la cuestión.
Después de Trump, debemos empezar.
Alain Badiou
Ya busco indicios de la primavera.
Katherine Mansfield
El año se desperezó como un niño
y se frotó los ojos en la luz.
George Mackay Brown
Ahora no queremos Información. Lo que queremos es desconcierto. Lo que queremos es repetición. Lo que queremos es repetición. Lo que queremos es a los poderosos diciendo la verdad no es la verdad. Lo que queremos es a parlamentarios electos diciendo se afila el cuchillo se le clava en el pecho y se retuerce cosas como tráete tu propia soga queremos que los diputados del partido gobernante griten suicídate en la cámara de los comunes a los miembros de la oposición queremos personas poderosas que digan que quieren ver a otras personas poderosas descuartizadas en bolsas de plástico en el congelador queremos que las mujeres musulmanas sean objeto de chanza en una columna del periódico queremos las risas queremos que el eco de esas risas las persiga allá donde vayan. Queremos que aquellos a quienes llamamos extranjeros se sientan extranjeros necesitamos que les quede claro que no pueden tener derechos a menos que nosotros lo digamos. Lo que queremos es indignación ofensa distracción. Lo que necesitamos es afirmar que pensar es elitista que el conocimiento es elitista lo que necesitamos son personas que se sientan abandonadas desposeídas lo que necesitamos son personas que sientan. Lo que necesitamos es pánico queremos pánico subconsciente también queremos pánico consciente. Necesitamos emoción queremos virtud queremos ira. Necesitamos todo ese rollo patriótico. Lo que queremos es el típico Escándalo de las madres alcohólicas Peligro de la aspirina diaria pero con más urgencia Nein Nein Nein necesitamos un hashtag #másfronteras queremos Dadnos lo que queremos o nos largamos queremos furia queremos indignación queremos palabras de lo más emotivas antisemita está bien nazi es estupendo pedófilo servirá pervertido extranjero ilegal queremos reacción visceral queremos Pruebas de edad para «niños migrantes» El 98 % de los encuestados exige prohibir la entrada de nuevos migrantes Helicópteros de combate para detener migrantes Cuántos más podemos acoger Cerrad vuestras puertas Esconded a vuestras esposas queremos tolerancia cero. Necesitamos que las noticias sean tamaño teléfono. Necesitamos evitar los medios de comunicación tradicionales. Necesitamos no mirar al entrevistador sino directamente a cámara. Necesitamos enviar un mensaje fuerte claro inequívoco. Necesitamos noticias que provoquen un estado de shock. Necesitamos más noticias perturbadoras vamos rápido siguiente shock espabila queremos imágenes de torturas. Necesitamos acosarlos necesitamos que crean que podemos acosarlos dirigir la palabra linchar a cualquiera que no sea blanco. Necesitamos amenazas de violación amenazas de muerte veinticuatro horas al día a las parlamentarias negras no solo a las mujeres que ocupen un cargo público sino a cualquiera que haga algo público no nos gustan necesitamos Cómo se atreve ella/Cómo se atreve él/Cómo se atreven ellos. Necesitamos insinuar el enemigo interior. Necesitamos enemigos del pueblo queremos que se llame a sus jueces enemigos del pueblo queremos que se llame a sus periodistas enemigos del pueblo queremos que a las personas que nosotros decidamos llamar enemigos del pueblo se las llame enemigos del pueblo queremos denunciar a voz en grito una y otra vez en tantos programas de radio y televisión como sea posible que nos están censurando. Necesitamos decir lo mismo de siempre como si fuera una novedad. Necesitamos que las noticias sean lo que decimos que son. Necesitamos que las palabras signifiquen lo que decimos que significan. Necesitamos negar lo que decimos mientras lo decimos. Necesitamos que el significado de las palabras no importe. Necesitamos un buen eslogan clásico como Gran Bretaña no mejor Inglaterra/América/Italia/Francia/Alemania/Hungría/Polonia/Brasil/ [inserte nombre del país] Primero. Necesitamos dinero algoritmos redes sociales Internet oscura. Necesitamos decir que lo hacemos en defensa de la libertad de expresión. Necesitamos bots necesitamos clichés necesitamos ofrecer esperanza. Necesitamos decir que es una nueva época que la antigua ha muerto su momento ha acabado ahora empieza el nuestro. Necesitamos sonreír mucho mientras lo decimos necesitamos reír a las cámaras ja ja ja crac hombre partiéndose de risa oíd ese silbato de la fábrica al final de la jornada esa fábrica ha muerto nosotros somos el nuevo silbato de la fábrica nosotros somos lo que este país ha necesitado siempre nosotros somos lo que necesitáis nosotros somos lo que queréis.
Queremos que lo necesitéis.
Necesitamos que lo queráis.
Vuelve a ser la hora, ¿eh? (Se encoge de hombros.)
Nada de eso me afecta. No es más que agua y polvo. Vosotros no sois más que agua y polvo de huesos. Bien. Así me resultáis más útiles al final.
Soy la niña sepultada en las hojas. Las hojas se descomponen: aquí estoy.
O imaginad un azafrán en la nieve. ¿Veis el anillo del deshielo alrededor del azafrán? Es una puerta abierta a la tierra. Yo soy el verde del bulbo y el momento en que la semilla se parte, el desplegarse del pétalo, el verdor en la punta de las ramas de los árboles, como si el verde estuviese encendido.
Las plantas que se abren paso entre la basura y el plástico, antes, después, afloran, pese a todo. Pese a todo las plantas se mueven debajo de vosotros, las personas en los talleres clandestinos, las personas que van de compras, las personas iluminadas por las pantallas de sus escritorios o que consultan sus móviles en salas de espera hospitalarias, los manifestantes que gritan donde sea, en cualquier país o ciudad, la luz se desplaza, las flores se mecen junto al montón de cadáveres y junto a los sitios donde vivís y los sitios donde os embriagáis hasta el aturdimiento, la felicidad o la tristeza, y los sitios donde rezáis a vuestros dioses y los grandes supermercados, junto a las personas que aceleran en las autopistas ante arcenes y matojos como si nada pasara. Pasa de todo. Las flores se abren entre los vertidos ilegales. La luz se desplaza por vuestras fronteras, por las personas con pasaportes, por las personas con dinero, por las personas sin nada, por cabañas y canales y catedrales, por vuestros aeropuertos, por vuestros cementerios, por todo lo que enterráis, por todo lo que desenterráis para llamarlo vuestra historia o que perforáis y extinguís para enriqueceros, la luz se desplaza pese a todo.
La verdad es una suerte de pese a todo.
El invierno no es nada para mí.
¿Creéis que no entiendo de poder? ¿Creéis que estoy verde?
Lo estaba.
Estropeadme el clima y os joderé la vida. Vuestras vidas no son nada para mí. Arrancaré narcisos de la tierra en diciembre. En abril atascaré vuestra puerta con nieve y soplaré para que ese árbol caiga sobre vuestro tejado. Haré que el río inunde vuestra casa.
Pero yo seré la razón de que renazca vuestra savia. Yo inyectaré luz en vuestras venas.
¿Qué hay ahora debajo de vuestra calle?
¿Qué hay bajo los cimientos de vuestra casa?
¿Qué alabea vuestras puertas?
¿Qué es lo que colorea vuestro mundo? ¿Cuál es la clave del canto del pájaro? ¿Qué es lo que forma el pico en el huevo?
¿Qué empuja a los diminutos brotes verdes a través de la roca hasta que la roca empieza a resquebrajarse?
Son las 11.09 de un martes de octubre de 2018 y Richard Lease, el director de cine y televisión, un hombre que la mayoría de la gente recordará por numerosas, bueno, un par de aclamadas producciones para Play for Today en los años setenta pero también por muchas otras filmaciones a lo largo de los años, o sea, que si tenéis cierta edad probablemente habréis visto alguna de sus películas, está en el andén de una estación en algún lugar del norte de Escocia.
¿Por qué está aquí?
Es la pregunta equivocada. Implica la existencia de una historia. No hay ninguna historia. Él ya se ha hartado de historias. Se está eliminando de la historia, en concreto de una historia que atañe a: Katherine Mansfield, Rainer Maria Rilke, una mujer sin techo que vio ayer por la mañana en la acera de la Biblioteca Británica y, sobre todo, la muerte de su amiga.
Olvidad todo eso de que es un director, hayáis oído o no hablar de él.
Solo es un hombre en una estación.
Por ahora no hay ningún movimiento en la estación. Debido a los retrasos no han entrado ni salido trenes, al menos desde que él está allí, por lo que en cierto modo la estación satisface sus necesidades.
No hay nadie más en el andén. Ni tampoco en el andén de enfrente.
Habrá gente por ahí, en alguna parte, los empleados de la oficina o los de mantenimiento. Seguro que todavía pagan a alguien para que se encargue en persona de cuidar sitios así. Habrá alguien mirando una pantalla en alguna parte. Pero él no ha visto a nadie. La única persona que ha visto desde que salió de la pensión y recorrió la calle mayor ha sido una mujer que vendía café por el lateral abierto de una furgoneta delante de la estación, una cafetería montada en una furgoneta Citroën que no servía café a nadie.
No es que busque compañía. No busca a nadie ni nadie lo busca a él, nadie que le importe.
¿Dónde coño está Richard?
Su móvil está en Londres, en un vaso mediado de café con la tapa puesta, dentro de una papelera en un Pret a Manger de Euston Road.
Estaba. A saber dónde estará ahora. En un vertedero. En un basurero.
Bien.
Hola, Richard, soy yo, Martin Terp aparecerá de un momento a otro, ¿a qué hora crees que llegarás, más o menos? Hola, Richard, soy yo otra vez, solo llamo para hacerte saber que Martin acaba de llegar al despacho. ¿Podrías llamarme para decirme a qué hora te esperamos? Richard, soy yo, ¿puedes llamarme? Hola, Richard, soy yo de nuevo, estoy intentando reprogramar la reunión de esta mañana porque Martin solo estará una noche en Londres, no vuelve hasta dentro de dos semanas, así que llámame y dime cómo lo tienes para esta tarde, ¿de acuerdo? Gracias, Richard, te lo agradecería. Hola, Richard, en tu ausencia he reprogramado la reunión para las cuatro de la tarde, ¿puedes confirmar cuando oigas este mensaje que has recibido este mensaje, por favor?
No.
Hace viento, Richard ha cruzado los brazos sobre la chaqueta para que deje de aletear (hace frío y no tiene botones, los ha perdido) y contempla las motas blancas del suelo del andén, bajo sus pies.
Respira hondo.
Al final de la inspiración le duelen los pulmones.
Contempla las montañas, detrás del pueblo. Son impresionantes. Realmente desoladas y auténticas. Son todo cuanto una montaña puede simbolizar.
Piensa en su casa de Londres. Las partículas de polvo estarán flotando en la luz del sol que penetra por las rendijas de las persianas, si ahora mismo en Londres hace sol.
Miradlo, historiando su propia ausencia.
Historiando su propio polvo.
Basta. Hay un hombre apoyado en una columna de la estación. Nada más.
Es una columna victoriana. El hierro forjado está pintado de blanco y azul.
Entonces retrocede bajo el tejadillo transparente que protege el andén, se acerca un poco al edificio para protegerse del viento.
Algunas de esas montañas tienen lo que parecen nubarrones de lluvia en la cima, las cimas parecen veladas. Las nubes del otro lado, dirección sur, diría él, parecen un muro, un muro iluminado desde atrás. Las nubes sobre las montañas al norte, noreste, son pura bruma.
Esta era la razón de que se hubiese apeado aquí: el tren se fue acercando a la estación y había algo limpio en las montañas, limpio como si las hubiesen barrido a fondo. Transmitían aceptación de su propia existencia, no pedían nada. Simplemente existían.
Sentimental.
Mitómano.
Ahora la robótica voz de megafonía vuelve a disculparse porque no hay ningún tren que llegue a la estación ni que salga de la estación.
Allí apenas pasa nada, a excepción de los anuncios de megafonía, algún que otro pájaro que cruza el cielo y el rumor de las primeras hojas del otoño, los matojos y la hierba al viento.
En una estación un hombre contempla las distantes montañas que lo rodean.
Hoy parecen una línea trazada por una mano gigantesca que después ha sombreado la parte inferior; parecen algo dormido, a la espera. Parecen los durmientes lomos prehistóricos de unos animales marinos imaginarios.
Historia de las montañas.
Historia de mí mismo evitando las historias.
Historia de mí mismo apeándome de un puto tren.
Niega con la cabeza.
Él era un hombre en el andén de una estación. No había ninguna historia.
Salvo que la hay. Siempre la hay, joder.
¿Por qué estaba en un andén? ¿Esperaba un tren?
No.
¿Iba a alguna parte? ¿Por qué motivo? ¿Iba a encontrarse con alguien que bajaría de un tren?
No.
Entonces ¿por qué estaba el hombre en el andén, si no iba a subirse a ningún tren ni esperaba la llegada de un tren?
Simplemente estaba, ¿vale?
¿Por qué? ¿Y por qué utilizas el pasado para hablar de ti, pringado?
Pringado, sí. En efecto. Pringue y pérdida. Algo se ha perdido. Algo.
¿Qué? ¿Qué, exactamente?
Bueno, no sé cómo describirlo.
Inténtalo.
(Suspira) No puedo.
Inténtalo. Vamos. Se supone que eres don Dramático. ¿Qué aspecto tiene?
Vale. Imagina que alguien o algo, una fuerza u otra, se abalanza sobre ti y, empezando por la cabeza, te atraviesa de arriba abajo con un descorazonador de manzanas, de modo que sigues de pie como si nada pero en realidad ha pasado algo, lo que ha pasado es que eres un hombre hueco: donde antes estaba tu ser, ahora hay un vacío.
Patético. Banal. Caricatura de Tom y Jerry. ¿Qué, buscas compasión por tu vacío interior? ¿Por tu… jodida fertilidad perdida?
Oye, solo intento expresar con palabras lo que siento, una sensación que no es fácil de describir, es…
No me vengas con historias, menuda pérdida de…
tiempo en su vida en que era capaz de amar, de enamorarse literalmente, compartir el alma, estar felizmente fascinado con algo como la simplicidad de un limón. De un limón cualquiera en un cuenco, o en un puesto del mercado, o en una red con otros limones esperando comprador en un supermercado. Hubo una época de su vida en que algo así lo había llenado de alegría.
Pero ahora parecía que esa simplicidad, sin que él se percatara, se hubiese vuelto diminuta y lejana, y que él estuviera en la cubierta de un viejo trasatlántico rumbo a un mar embravecido, agitando frenéticamente los brazos hacia una orilla que, como esa época en que la simplicidad de un limón le había causado una alegría constante, había desaparecido, se había esfumado por completo, ya no era visible.
Ya no es visible.
Pringado.