HUBO UNA VEZ UNA GUERRA

 

 

 

JOHN STEINBECK

 

En nuestra página web: https://www.edhasa.es encontrará el catálogo completo de Edhasa comentado.

Título original: Once There Was a War

Traducción: Leonardo Domingo

Diseño de la cubierta: Edhasa

Primera edición impresa: diciembre de 2010

Primera edición en e-book: octubre de 2020

© 1943, 1958 John Steinbeck

Copyright renewed Elaine Steinbeck, John Steinbeck IV

and Thom Steinbeck, 1971, 1986

© de la presente edición: Edhasa, 2020

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ISBN: 978-84-350-4738-8

Producido en España

NOTAS

1 Juego de palabras con el apellido del oficial, que en inglés significa ‘cabra’. ( N. del T. ) 88

2 Alusión a la Guerra de las Dos Rosas, que enfrentó a las casas de York y Lancaster en 1460. (N. del T.)

HUBO UNA VEZ UNA GUERRA

INTRODUCCIÓN

 

Hubo una vez una guerra, pero hace tanto tiempo y ha sido desplazada de la memoria por tantas otras guerras y de tantas clases que quizás incluso quienes estuvieron allí la hayan olvidado. Me refiero a una guerra posterior a las armaduras y espadas de Crécy y Azincourt y un poco anterior al pequeño escupitajo de bombas atómicas experimentales en Hiro shima y Nagasaki.

Participé en parte de esa guerra; puede decirse que estuve allí de visita, pues fui en calidad de corresponsal de guerra y, ciertamente, no entré en combate; aunque tal vez no me convenga recordarla demasiado. Releer esos viejos reportajes me conduce a un intenso estado de excitación y me devuelve emociones e imágenes que creía olvidadas para siempre.

Quizá sea bueno, incluso necesario, olvidar los accidentes, y las guerras no son sino accidentes a los que nuestra especie parece muy propensa. Sería interesante mantener vivo el recuerdo de los accidentes si de ellos aprendemos algo, pero no aprendemos. En la antigua Grecia, se decía que era necesaria una guerra por lo menos cada veinte años para que todas las generaciones supieran lo que es. Sin embargo, nosotros olvidamos, o nunca hubiéramos caído de nuevo en ese sanguinario disparate.

La guerra a la que me refiero fue la última de las de su especie, lo que quizá la convierta en memorable. Nuestra Guerra Civil ha sido llamada «la última guerra entre caballeros»; la segunda guerra mundial será, con toda seguridad, la última de las guerras mundiales de larga duración. La próxima, si somos tan estúpidos para permitir que se produzca, será la última de todas. No habrá nadie que pueda recordar. Y si somos tan estúpidos no merecemos, en un sentido biológico, sobrevivir. Muchas especies han desaparecido de la faz de la tierra debido a mutaciones; no hay, por tanto, razón para creer que los hombres estemos inmunizados contra la implacable ley de la naturaleza que dicta que el armamento excesivo, la ornamentación superflua e incluso, en muchos casos, la integración excesiva son síntomas que anuncian la extinción de una especie. Mark Twain, en Un yanqui en la corte del rey Arturo, emplea la posible e hiriente paradoja del vencedor destruido por el peso de su vencido muerto.

Pero todo esto es una simple conjetura. Lo curioso es que el recuerdo de la guerra en la que yo estuve resulta para mí tan irreal como una conjetura. Mi amigo Jack Wagner estuvo en la primera guerra mundial. Su hermano Max, en la segunda.

Jack, en defensa de la guerra que él conoció, se refiere a ella como la Gran Guerra, para disgusto de Max. Por supuesto, la Gran Guerra es la que cada uno conoce.

Pero, ¿la recuerda usted? ¿Recuerda los terrores, las esperanzas, el miedo, e incluso, sí, las alegrías que sin duda experimentó durante ella? Me gustaría saber cuántos de los hombres que estuvieron en esa guerra la recuerdan bien.

No leía estos reportajes desde que fueron escritos deprisa y corriendo, y transmitidos por teléfono con urgencia a través del mar para que llegaran a tiempo a la última edición del New York Herald Tribune y otros muchos periódicos. Así era como escribía su libro acerca de la guerra un corresponsal, pero yo me resistía a ello, pensando, o asegurando pensar, que sólo las historias que tienen algún valor veinte años después merecen ocupar las páginas de un periódico cuando éstas amarillean.

Lo que me ha movido a reunir estos textos no ha sido esa consideración. Al releerlos después de tanto tiempo, me doy cuenta no sólo de cuánto he olvidado, sino también de que son testimonio de una época, de que hay en ellos actitudes que han envejecido, impulsos románticos, y, a la luz de todo lo que ha sucedido después, quizás el conjunto resulte no del todo verdadero y escorado hacia un lado.

Los acontecimientos que aquí se narran sucedieron. Pero releyendo los reportajes vienen a mi memoria otros que igualmente sucedieron y no consigné. En algunos casos fue una cuestión de órdenes, en otros de tradición, y en muchos otros poque existía una cosa llamada «esfuerzo de guerra». Y todo lo que interfiriera en ese esfuerzo era, sin discusión posible, malo. Al corresponsal se le permitía una gran libertad de criterio; pero siempre, para juzgar sus artículos, estaban los censores, el mando militar, los periódicos mismos y, finalmente, los más duros de todos, los civiles ocupados en asuntos militares

–los comandos del Club Stork, los del Time Magazine, los del The New Yorker–, para ponerlo en cintura o, en otro caso, apartarlo de sus funciones. Había grupos de ciudadanos que contribuían con tácticas y logísticas; había organizaciones de madres para velar por la moral, y por moral entiendo no sólo la moral sexual sino también otras cosas, como el juego y, en general, los malos hábitos. El secretismo campaba a sus anchas. Tal vez nuestra total e insufrible obsesión con el secretismo durante los últimos veinte años naciera en ese período. Al principio era una cosa razonable y legítima: el miedo a que se divulgaran las fechas en que iban a zarpar los barcos cargados de tropas; los submarinos del enemigo estaban al acecho. Pero esa misma obsesión se extendió hasta el punto de que hechos de fácil conocimiento en cualquier biblioteca pública se convirtieron en secretos escrupulosamente guardados, mientras que, paradójicamente, el secreto más cuidadosamente guardado era de dominio público.

No pretendo indicar que al corresponsal se le obligara a seguir unas pautas de conducta. Generalmente, él llevaba su propio libro de pautas en la cabeza, pautas entre las que se incluían algunas creadas por él mismo, en interés del esfuerzo común. Cuando The Viking Press decidió editar estos reportajes en forma de libro, me sugirieron que, no existiendo ya razón para ello, se suprimiera el «En algún lugar de...» con que iniciaba todos mis partes de corresponsalía, sustituyéndolo por los lugares exactos en que la acción ocurrió. Esto es imposible.

Fue todo tan secreto que ni yo recuerdo dónde sucedieron los hechos que relato.

Las normas, algunas impuestas y otras autoimpuestas, quizás hoy resulten divertidas. Procuraré recordar algunas de ellas. No había cobardes en el Ejército norteamericano, y los más valientes de los valientes eran los soldados de infantería.

La razón es obvia: a la infantería le estaba encomendado el trabajo más sórdido, más fatigoso y de más ínfima recompensa de toda la guerra. Además de peligrosas y sucias, muchas de las cosas que tenía que hacer la infantería eran estúpidas. Pero el soldado de infantería debía entender que aquellas cosas que sabía que eran estúpidas eran también necesarias y sensatas, y al hacerlas se convertía en un héroe. Por supuesto, a nadie se le ocurría mencionar el hecho de que el soldado de infantería no tenía elección. Si algún infante pretendía elegir, o era ejecutado inmediatamente o enviado a presidio para el resto de su vida.

En segundo lugar, no tuvimos jefes crueles ni ambiciosos ni ignorantes. Si llegamos a la locura que, por doquier, se enseñoreó de la guerra, no fue producto del azar, sino de una estrategia que nos llevaría a la victoria.

Una tercera norma sorprendente es que, durante la guerra, cinco millones de hombres y muchachos perfectamente normales, jóvenes y sanos perdieron de pronto su interés por las chicas. El que alguno de ellos tuviera imágenes de jóvenes desnudas, los populares pin-ups, era impensable. La convención se hizo ley. Cuando la Armada solicitó X millones de anticonceptivos, tuvo que poner por escrito que serían usados para proteger las cajas de armas ligeras (y no dudo que alguien los usara para eso).

Puesto que nuestros ejércitos, como todos, estaban compuestos de buenos y malos, guapos y feos, crueles y corteses, fuertes y débiles, esta convención de general nobleza puede que parezca haber sido difícil de mantener; y sin embargo no lo fue. Fuimos todos una sola pieza del vasto engranaje que precisaba la guerra. Poco a poco asumimos que conocer la verdad acerca de algo era automáticamente un secreto, que no podía airearse sin perjuicio. Por eso no creo que los corresponsales fueran embusteros. No lo eran. Todo cuanto se cuenta en este libro sucedió. Es en las cosas que no se cuentan donde reside la falsedad.

Cuando el general Patton abofeteó a un soldado enfermo en el hospital; cuando nuestra armada abandonó en Gela a cincuenta y nueve de nuestros propios hombres, el mismísimo general Eisenhower pidió a los corresponsales de guerra que no enviaran estas informaciones porque podían afectar a la moral del pueblo. Y los corresponsales no las enviaron. Por supuesto que el Ministerio de Guerra hizo pública alguna noticia a través de algún periodista local, pero en esta pequeña traición no intervino ninguno de los presentes en el campo de batalla.

Para contrarrestar esta falta de información, nacieron y se publicaron las más extrañas historias. Una de las más originales se refería a un coronel o general de las fuerzas aéreas, de quien se decía que odiaba la inactividad en la base y que deseaba de todo corazón volar con sus «chicos» en misión de guerra sobre Alemania; que prefería el combate a la inactividad. No sé de dónde surgiría el rumor, pero no parece el comentario de alguien alistado. La verdad es que jamás encontré una tripulación de bombardero que no estuviera en vuelo continuo. Y, mucho menos, una tripulación que prefiriera volar en misión de guerra a estar relativamente tranquila en la base.

No niego que existiera un poco de desenfreno, pero nadie estaba tan loco.

Hojeando estos viejos reportajes, advierto que a menudo los censores intervinieron en ellos. No tengo ni idea de qué informaciones exactamente fueron suprimidas. A los corresponsales no les convenía tener pendencias con los censores, debían velar por su puesto de trabajo, además de que no sabían si una información que intentaran dar iba a volverse contra ellos. Y, ante la duda, el censor suprimía. Los censores de la Armada eran particularmente sensibles a los topónimos, tuvieran, en realidad, alguna importancia militar o no. Era el camino más seguro. En una ocasión, harto ya de la censura, mandé, empleando frases de Herodoto, noticias de los acontecimientos de la batalla de Salamina entre los griegos y los persas, batalla ocurrida allá por el año 480 a. C., y como mi información estaba llena de topónimos, aunque clásicos, los censores de la Armada se cargaron toda la historia.

Jamás supimos exactamente a qué atenernos en cuanto a la observancia de las reglas que nos imponía la censura; sabíamos, por supuesto, que buena parte de esas reglas eran arbitrarias. Pero cuando empezábamos a poder prever, de una forma cierta, qué se nos iba a admitir y qué a desechar, se cambiaba a los censores y teníamos que volver a empezar.

Los corresponsales formaban una pandilla de gente curiosa, loca pero responsable. Las tropas, por su naturaleza y sus deberes, eran propensas a cometer errores, errores que solían ocultarse o minimizarse en los partes oficiales. En consecuencia, los jefes militares se ponían un poco nerviosos ante los corresponsales, especialmente ante los expertos. Porque muchos de ellos habían vivido más guerras que cualquiera de los militares. Capa, por ejemplo, había estado en la guerra de España, en la de Etiopía, en la del Pacífico... Clark Lee había estado en Corregidor y, antes, en el Japón. Pero, aunque al ejército no le gustaran mucho los corresponsales de guerra, nada podía hacer contra ellos, pues eran el nexo de unión con el público. Además, muchos de ellos habían llegado a ser conocidísimos y contaban con multitud de seguidores. Eran conocidos en todo el país.

Muchos de ellos habían establecido sus métodos y estilos propios. Algunos incluso habían llegado a prima donna, pero no muchos. Ernie Pyle era tan popular y tan querido por los lectores estadounidenses que su prestigio superaba al de muchos generales.

A ese grupo de curtidos profesionales me uní yo como un rezagado, una vaca sagrada, poco menos que un turista.

Creo que todos ellos sintieron que yo me estaba metiendo en sus duramente ganados dominios. Sin embargo, cuando descubrieron que no copiaba sus trabajos, que no relataba noticias exóticas o de poca importancia, empezaron a portarse amablemente conmigo y, en ocasiones, llegaron a dejar su labor para ayudarme e instruirme en las materias que yo no conocía.

Por ejemplo, Capa me dio el mejor consejo de combate que jamás haya oído. Fue: «Quédate donde estás. Si no te han acertado es porque no te han visto». Después Capa tuvo que desplazarse al Vietnam y pasear por un terreno minado, justo cuando estaba a punto de retirarse de tan terrible y arduo trabajo. Y Ernie Pyle murió durante lo que había previsto como su última misión.

Todos teníamos nuestros pequeños trucos. Leyendo estos viejos fragmentos recuerdo uno muy mío. Nunca admití haber visto algo yo mismo. Describiendo una escena, la ponía siempre en boca de algún otro. He olvidado por qué, pero lo hacía. Quizá pensaba que mis palabras serían más creíbles en boca de otro. O es posible que me sintiera un intruso en la guerra y estuviera un poco avergonzado de encontrarme allí. Sí, tal vez me avergonzaba el hecho de que yo podía regresar a casa, y los soldados, no. Pero a menudo no era seguro ni confortable el ser corresponsal. Gran parte de los servicios a que se nos destinaba eran de abastecimiento y transporte y trabajos de oficina. Incluso las unidades de combate tenían un período de descanso una vez completada la misión. Sin embargo, los corresponsales de guerra empezaban pronto a impacientarse si no se hallaban cerca de donde sucedían las cosas. El resultado era que en favor de los corresponsales jugaba mucho la casualidad. Si usted detenía a un corresponsal largo tiempo e intentaba tener noticias de lo que estaba ocurriendo, sólo por azar lo conseguiría. Leyendo estos reportajes, me aterra la cantidad de corresponsales que han muerto. Sólo un puñado de estos alegres espíritus, que asistieron a noches horribles y llenaron los días de lamentos, siguen vivos.

Pero, volviendo a las convenciones, era el modo en que se manifestaba el miedo que uno sentía constantemente.

Supongo que yo también lo sentía, y que se reflejaba en mi estilo. Deduzco que las convenciones contribuían a demostrar cuán valientes eran los soldados; pero los soldados, al fin y al cabo, eran tan valientes y tan cobardes como lo pueda ser cualquiera.

Nosotros nos corregíamos tanto como nos corregían. Nos sentíamos responsables de lo que ocurría en el frente. Reinaba un sentimiento general de protección hacia nuestro Ejército y de que la verdad podía provocar el pánico. Pensábamos que debíamos proteger de toda crítica a los servicios armados o regresarían a su tienda malhumorados, como Aquiles. Pensábamos que, de no hacerlo así, podían enojarse.

La autodisciplina, la autocensura, entre los corresponsales de guerra era ciertamente moral y patriótica, pero era también práctica desde el punto de vista de la autoconservación. Había algunos temas tabú. Había personas que no podían ser criticadas ni interrogadas. El necio redactor que rompiera con las reglas no vería publicados sus artículos y, además, sería echado del escenario de la guerra por el comandante; un corresponsal en tales condiciones queda completamente sin trabajo a los pocos días de adentrarse por esos senderos.

Nosotros sabíamos, por ejemplo, que un famosísimo general cambiaba constantemente de agentes de prensa para no verse tan a menudo en los titulares de los periódicos. Conocíamos al jefe que separó de sus funciones a un sargento del cuerpo de señales porque lo halló fotografiando su lado malo.

Diversos oficiales del campo también fueron separados de sus funciones debido a la envidia de sus superiores, que los veían admirados, según ellos en exceso, por los redactores. Hubo interminables listas de enfermos que no fueron sino gigantescos juegos de manos, espectaculares convenios entre el Ejército y la WAAC; dimisiones médicas por estupidez; brutalidad; cobardía e incluso desviación sexual. No conozco a un solo redactor que hiciera uso de alguna de estas informaciones.

Dejando al margen la moral del tiempo de guerra, habría sido un suicidio profesional el hacerlo. El único hombre que disparó el fusil y defendió el armisticio fue hundido en su profesión en la guerra y obligado a dejar su carrera.

Sí, ciertamente, nosotros escribimos sólo una parte de la guerra. Pero en aquel tiempo estábamos convencidos de que era lo mejor que podíamos hacer. Seguramente porque siempre que, con la guerra aún a cuestas, algún ex soldado escribió alguna novela, o simples relatos singulares como Los desnudos y los muertos, lo hizo mostrando el lado terrible del conflicto, y el público, cuidadosamente protegido hasta entonces del contacto con la fea realidad, se indignaba.

De todas formas, no nos faltaba material. Había una extraordinaria superabundancia de heroísmo, inteligencia y bondad acerca de los que escribir. Y quizás incluso fuimos buenos eliminando ciertas partes del cuadro. En efecto, si hubiéramos enviado ciertas noticias que sabíamos, el confusionismo habría cundido hasta límites peligrosos. Para cualquier egoísmo había un Bradley, y para la excesiva propa ganda militar había un verdadero gran hombre, como Terry Allen, además del propio general Roosevelt; mientras que en las filas había genuinos héroes, hombres buenos e inteligentes que conocían o creían conocer por qué luchaban y no se preocupaban de todo lo demás.

Profesionalmente, todos los corresponsales de guerra eran, en mi opinión, hombres de elevada moral y completamente responsables, muchos de ellos muy valientes, y todos, entregados por completo a su misión. Supongo que no éramos ni mejores ni peores que cualquier oficial o cualquier soldado. Sólo que teníamos más libertad que ellos. Se nos distinguía con grados ficticios, que iban desde capitán hasta teniente coronel, cosa que nos permitía comer del rancho de los oficiales, al que no tenían acceso los hombres alistados, sin que eso nos impidiera sentarnos a la mesa de éstos, cosa no permitida a los oficiales.

Recuerdo un baile para oficiales celebrado en el norte de África, una cosa aburrida y fría. Los oficiales bailaban mecánicamente con jóvenes militarizadas y a los acordes de viejos discos que giraban sobre un viejo gramófono de cuerda. Mientras, en los barracones de las cercanías, tocaba una de las más finas orquestas de jazz que he oído. Nosotros, naturalmente, nos trasladamos adonde había mejor música. La clase, indudablemente, conlleva sus privilegios. Y era por ello, también, por lo que, cuando habíamos mandado nuestras crónicas, a menudo nos dedicábamos al descubrimiento de lugares en que pudiera encontrarse buena comida, en que pudieran hallarse licores y mujeres del mercado negro. Y conocíamos las tarifas ilegales.

En definitiva, procurábamos pasarlo lo menos mal posible.

No tardé en aprender que ofrecerle a un sargento de transporte una pinta –un «cuartillo» de whisky– me situaba por encima de un general del mismísimo Cuartel General en cuanto a su estima. Sin embargo, ninguno de los corresponsales tuvimos un interés especial en alejarnos demasiado del ejército. No teníamos por qué hacerlo. Era algo que se nos había otorgado. Aunque, no obstante, a veces criticábamos cuanto del ejército nos pareciera preciso criticar. Recuerdo a un general de abastecimiento que, mientras leía indolentemente un reportaje acerca del envío de material desde un depósito, decía: «El soldado de Estados Unidos es el peor de los ladrones que imaginarse pueda.

¿Qué es lo que ocurre? Normalmente, nos roba cuanto puede.

Si en lugar de robarnos a nosotros robara a los alemanes, mal lo tendría Hitler entonces». Y recuerdo cómo en un destructor en alta mar, las carabinas y los 45 desaparecían incluso del lado de los oficiales, sin que luego aparecieran, pese a que el barco todo fuera registrado, incluso sus tanques de fuel y de agua. Era en verdad como una fiebre por robar.

Los corresponsales, sin embargo, no podíamos apropiarnos de demasiadas cosas, por lo menos al principio; en primer lugar, porque, como ya he mencionado, no teníamos motivos para hacerlo, y en segundo, porque estábamos tan en continuo movimiento que no podíamos llevar cosas superfluas con nosotros. El cielo sabrá cuántos cascos, rollos de ropa de cama y máscaras antigás tuve que regalar, porque yo raramente llevaba nada conmigo allí adonde fuera. En los sótanos de los hoteles de Londres, todavía hoy pueden hallarse baúles repletos de lo que, hace quince años, fue dejado allí por corresponsales que no se preocuparon de reclamarlo. Sé de dos casos.

Tenga o no tenga todo esto valor, aquí está todo, retazos de una época, cuentos de hadas, memorias de un tiempo y de unos hechos, recuerdos de una pequeña parte de una guerra que yo vi y en la que, sin embargo, no creo; una guerra irreal, tal vez forjada con el único deseo de organizar luego desfiles y manifestaciones, y que está en las mentes como puedan estarlo las pinturas de las batallas de Crécy, Bunker Hill y Gettysburg. Y, aunque todas las guerras son un síntoma del pensamiento animal del hombre, en el recuerdo de tales batallas aún hay un poco de gallardía y de nobleza. Algunos hombres fueron asesinados o resultaron mutilados; pero puede asegurarse que ninguno, estando vivo, llevó a su hogar y a sus hijos simiente emponzoñada.

Ahora, desde hace algunos años, todos vivimos en un ambiente impregnado de miedo, y éste no produce nunca nada bueno. Sus hijos son la crueldad y el engaño, y esa eterna sospecha producto de la oscuridad. Y, tan seguramente como estamos envenenando el aire con nuestras bombas en pruebas nucleares, así nuestras almas van siendo envenenadas lentamente por el miedo.

Los artículos reunidos en este volumen fueron escritos bajo el apremio de la urgencia y en un estado de tensión. Mi primer impulso, al releerlo todo, fue corregir, alterar, evitar sentencias nacidas del furor, suprimir reiteraciones; pero luego toda la crudeza de algunos pasajes me ha parecido tan nacida de la realidad que he juzgado mejor dejarlo como estaba. Todo cuanto aquí se cuenta es, pues, tan real como el hada buena y la bruja mala de los cuentos, tan verdadero e incontestable como cualquier otro de los mitos que asumimos sin mayores problemas.

Hubo una vez una guerra, pero hace tanto, tanto tiempo...

JOHN STEINBECK, 1958

INGLATERRA

 

TRANSPORTE DE TROPAS

EN ALGÚN LUGAR DE INGLATERRA (20 de junio de 1943). Cientos de soldados esperan sentados sobre sus equipos en el muelle. Es por la tarde, y la luz empieza a menguar. Los hombres, con idénticos cascos puestos, parecen una hilera de hongos. Los rifles reposan en las rodillas. No poseen identidad; ni personalidad, siquiera. Son sólo unidades del ejército. Los números de sus cascos son, más o menos, como los números de serie de los robots. Los equipos están apilados en orden (a un lado, sábanas y mantas; al otro, sacos y tiendas de campaña).

El armamento es diverso: algunos de los hombres conservan todavía rifles Springfield o Enfield, de la primera guerra mundial; otros llevan «M-1s» o Grands; el resto dispone de esas carabinas que, después de la guerra, todos querrán tener para emplearlas como rifles de caza.

Por encima de todos ellos se yergue, alto y enorme, el barco de transporte semejante a un edificio de oficinas. Hay que estirar mucho el cuello para alcanzar a ver la cubierta del barco, un barco desconocido que permanecerá en el anonimato mientras dure la guerra. Su destino es conocido por poquísimos hombres; su ruta, por menos. El barco es un hervidero de actividad, y ya sólo espera que suban la carga: hombres.

En la dársena, los soldados permanecen quietos. Nadie canta y son pocos los que hablan. A causa de la oscuridad reinante, no puede distinguirse un hombre de otro. Las cabezas se inclinan hacia delante debido al cansancio. Algunos de los hombres no es la primera vez que aguardan a ser embarcados; ya en otras ocasiones han estado, como ahora, en la dársena, albergando la esperanza de no embarcar.

Hay muchas maneras de colocarse una gorra o un sombrero. Un hombre puede distinguirse por la inclinación que dé a su sombrero, pero jamás podrá llevar un casco militar a su antojo. Sólo hay una manera de llevar el casco. Se asienta plano en la cabeza, hundiéndolo hasta los ojos y las orejas, y por detrás hasta el cuello. Con el casco puesto no se es más que un hongo en un campo de hongos.

Las cuatro puertas de acceso se abren, y los hombres empiezan a arrastrar los pies. Todos se inclinan hacia delante para soportar mejor el peso de sus equipos. Los soldados, uno a uno, desaparecen por las grandes puertas del costado del buque.

En cuanto están dentro, los hacen formar. Los números marcados en sus cascos son confrontados una vez más con una lista. Se asignan las plazas. La mitad de los hombres dormirá en las cubiertas, y la otra mitad, en las salas de baile y en los comedores, unos comedores en los que antaño se sentó gente muy diferente que halló un ambiente muy distinto. Todos dormirán en literas o en hamacas. Mañana, se invertirán las cosas: los hombres que hoy duerman en las cubiertas dormirán dentro, los que duerman hoy dentro lo harán mañana en las cubiertas. Tendrán que ir alternando de noche en noche, hasta el día del desembarco. Hasta el momento del desembarco los hombres no podrán quitarse la ropa. Esto no es un viaje de placer.

En las cubiertas, bajo una tenue claridad azul, los hombres se sientan, y enseguida caen dormidos. Dormidos casi al sentarse o tumbarse en sus puestos. Muchos, incluso antes de quitarse los cascos. Ha sido un día agotador en extremo. Aun durmiendo, todos mantienen los rifles aferrados con ambas manos.

Por las puertas de acceso aún entran largas filas de gente, sobre todo enfermeras de limpios gorros con sus sacos de campaña. Las enfermeras, aunque dispondrán de habitaciones de lujo, estarán apiñadas en ellas. Por la puerta de acceso número 1, entra un escuadrón de bombarderos y una compañía de policía militar. Todos ellos están, igualmente, cansados. Tanto que, en cuanto queden libres de trámites, se acostarán. Antes, sin embargo, deben pasar revista para comprobar que en el barco no va nadie que no deba ir. Por todas partes puede leerse en el barco el PROHIBIDO FUMAR. Todo está inquieto.

Sólo se oye el rumor de pies cansados arrastrándose, y de vez en cuando algunas voces opacas dando órdenes.

La policía militar se ocupará del orden, pero esto será más tranquilo que dirigir el tráfico. Los campos de tenis de cubierta están ya repletos de soldados dormidos y de equipos. La policía militar está en todas partes, en las escaleras y en los pasillos, dirigiendo y vigilando. Y, aunque algunos ya duermen, otros aún están subiendo a bordo. Todo hay que hacerlo despacio, con paciencia, como un conductor en plena carretera en un atasco que avanza lentamente pero sin pausas. Cerca ya de la medianoche, el último hombre ha embarcado.

En la habitación del personal, el oficial al mando se sienta a una larga mesa repleta de teléfonos. Su ayudante, un mayor rubio de aspecto cansado, redacta el parte oficial y pone sus papeles en orden. El comandante le dice algo.

Un aullido en los altavoces anuncia que la embarcación está completa. Las pasarelas son izadas. Las compuertas de hierro se cierran. Nadie, excepto el práctico, puede entrar ahora en el barco ni abandonarlo. En el puente, el capitán pasea lentamente. Ahora todos esos militares están a su cuidado; será el responsable de cualquier accidente que se produzca.

El barco permanece junto al muelle un rato. Del fondo del mar, asciende un suave murmullo. Las tropas quedan ya separadas de sus hogares. Algunos hombres permanecen apoyados aún en las barandillas de las cubiertas superiores y miran a los muelles y más lejos. Miran la ciudad. El agua está sucia de aceite. Es casi la hora de partir. En el puesto de mando, el comandante sigue sentado ante la larga mesa; junto a él, sigue su rubio ayudante. Suena uno de los teléfonos. El comandante lo toma, escucha un momento y vuelve a colgarlo. Se vuelve hacia el mayor.

–Todo a punto –dice.

 

EN ALGÚN LUGAR DE INGLATERRA (21 de junio de 1943). Pasada la medianoche; la marea está cambiando. En el puente hay gran actividad. Las máquinas del buque todavía están en silencio. Pequeños remolcadores lo conducen hasta alta mar, en silencio, tirando de él lentamente. Sólo la policía militar, que vigila entre los dormidos soldados, ve cómo se aleja la ciudad.

En la enfermería del barco hay trabajo, porque las cosas que a veces suceden a los hombres, que pueden suceder a todos los hombres, han empezado a suceder. El mayor médico se ha quitado la camisa. Se lava las manos con un jabón verde, mientras una enfermera del ejército, toda de blanco, permanece de pie sosteniendo la bata del doctor. El anónimo soldado al que le duele el apéndice es atendido por otra enfermera, que le lava el estómago. Brillantes focos iluminan la mesa de operaciones. El doctor se enfunda los guantes esterilizados. La enfermera ajusta la mascarilla blanca sobre la boca y la nariz del médico y conduce al soldado, ya dormido, hasta la mesa que iluminan los potentes focos.

El barco se aleja de la ciudad, y los remolcadores lo abandonan. Una cosa negruzca se eleva a través de las chime neas.

En las cubiertas, en los pasillos y literas, millares de hombres se abandonan al sueño. A la tenue luz azulada, sólo sus rostros son parcialmente visibles. Manos, pies, piernas y equipos forman un enjambre de bultos en mezcolanza. Los oficiales y la policía militar montan guardia ante ese sueño, un sueño multiplicado, el sueño de millares de hombres. Un olor característico –olor a soldado– flota sobre esos hombres. Es el olor a lana, el amargo olor a fatiga, el olor a goma, a aceite, a cuero. Las tropas tienen siempre ese olor. Todos los hombres yacen dormidos, algunos con la boca abierta, pero nadie ronca. Quizás estén demasiado cansados incluso para roncar. Pero su respiración es fuerte, bien audible.

El agotado y rubio ayudante del comandante pasea por cubierta como si fuera un fantasma. Ignora cuándo podrá dormir. Él y su jefe comparten la responsabilidad. Ambos son hombres serios y responsables.

Los hombres que duermen se están perdiendo lo que todos acaban por perderse. Clérigos, granjeros, vendedores, estudiantes, técnicos, redactores, pescadores, han perdido lo que eran para convertirse en parte del ejército, han sido literalmente arrancados de sus vidas normales. Éste es el principio de la realidad para la cual han practicado tan intensamente. Su patria, para cuya defensa se han convertido en soldados, duerme lejos, en la oscura noche, como duermen ellos mismos. El lugar que ocupará sus pensamientos en los próximos meses queda ya lejos, y ellos no vieron cómo se alejaba porque estaban durmiendo. La mayor parte de ellos no lo verá de nuevo en mucho tiempo; los otros no lo verán nunca más. Era ése, el de la partida, el momento de la emoción, ese momento que no puede ser reemplazado. Pero estaban demasiado agotados. Duermen como esos niños que desean estar despiertos cuando llegue Papá Noël y acaban vencidos por el sueño antes de alcanzar a verlo. Recordarán siempre el momento de la partida, pero, para ellos, en realidad no ha habido partida.

La noche empieza a adueñarse del mar. Todo está oscuro, y empieza a caer una suave llovizna. Buen tiempo para la navegación; un submarino no podría vernos ni a doscientos metros.

El barco es como una forma gris oscura avanzando a través de una niebla grisácea y fundiéndose con ella. Por delante, patrulla un pequeño dirigible de la marina, algunas veces tan cerca del barco que es fácil reconocer a los hombres que ocupan su pequeña cabina.

El transporte está casi incomunicado. Puede oír pero no hablar. Su radio de onda larga no puede emplearse a menos que choque o sea atacado. Nadie, durante el viaje, pues, nadie tendrá noticias de él. Delante, en el oscuro mar, están los submarinos. Y muchos de los hombres que van a bordo no han visto, hasta ahora, el mar. El mar, ya de por sí temible sin los terribles secretos de una guerra. Además de que, ahora, se anuncian en el futuro muchas cosas que asustan a los muchachos: nuevas cosas, nuevas gentes, nuevos idiomas...

Los hombres han empezado a despertarse antes de la llamada. Ellos, que se han perdido el momento de la partida, despiertan ahora rumbo a un destino ignorado, en una ruta ignorada; despiertan ante un futuro ignorado. El gran barco enfila su proa hacia el Atlántico.

En cubierta, dos precoces muchachos de las montañas admiran el increíble mar. Uno de ellos dice:

–Cuentan que en el fondo del mar hay sal.

El otro le responde:

–Ahora sabes que no es cierto.

–¿Qué es lo que no es cierto? ¿Por qué no es cierto?

–Ya lo ves –responde su compañero–, no hay tanta sal en el mundo.

 

EN ALGÚN LUGAR DE INGLATERRA (22 de junio de 1943). La primera mañana en un barco que transporta tropas siempre es un auténtico caos. El problema de alimentar a miles de hombres en tales circunstancias es un problema realmente grave.

Se sirven dos comidas al día, separadas una de la otra por diez horas largas. Las hileras de platos para el desayuno empiezan a formarse a las siete y continúan hasta las diez. Las filas para la cena empiezan a las cinco de la tarde y siguen hasta las diez de la noche. Y durante todas esas horas, los largos y estrechos pasillos están llenos de filas de hombres, cada uno con sus cubiertos de campaña.

El primer día, nada funciona como es debido. Hay embotellamientos y momentos de nervios. A las diez de la mañana, un soldado se lamenta a uno de los policías militares de estar de nuevo aguardando el avituallamiento, cuando ya ha desayunado dos veces.

–Por favor, señor –le dice–; permítame salir de la formación. He desayunado ya varias veces, y no tengo más hambre. Al salir de una fila me han empujado a otra y luego a otra... Ya no tengo hambre.

Los hombres, en estas circunstancias, no pueden ser tratados como individuos. Son simplemente unidades que deben conformarse con el espacio que se le ha asignado a cada uno: metro ochenta por noventa por medio metro. Ése es el espacio que corresponde a cada hombre. Son máquinas a las que se debe proveer del correspondiente combustible para evitar que se detengan. Los residuos producto de la combustión deben ser eliminados con esmero. No hay forma humana de considerarlos a todos individualmente. El método de adiestramiento empezará a dar sus frutos al segundo o al tercer día, y las columnas marcharán a partir de entonces suavemente y en armonía.

Ahora los hombres están descansando. En ninguna habitación se observa el más mínimo movimiento. A nadie se le permite hacer ejercicio. Por todas partes se ven pies. Es acaso lo que más se ve en un barco de transporte de tropas, pies. Un hombre puede ocultar más o menos la cabeza, incluso los brazos; pero, estando tendido o sentado, el problema reside siempre en qué hacer con los pies. Se tumban en los pasillos, se meten en los rincones... Los pies siempre quedan al descubierto. Éstos jamás se protegen, tal vez porque son la parte del cuerpo menos vulnerable. Aunque la verdad es que, para moverse, no puede prescindirse de los pies. Los hay grandes y deformes, bonitos y pequeños... Montones de pies en mezcolanza con montones de zapatos (de zapatos limpios, zapatos arrugados, maltrechos) y con montones de cordones de zapatos; unos, atados de cualquier manera, otros, cuidadosamente. Como demostrando que puede conocerse el carácter de las personas por sus pies y sus zapatos. Hay pies perpetuamente cansados, nerviosos y rápidos. Recordar un barco de transporte de tropas es recordar una miríada de pies. Si alguien, en uno de estos barcos, siente la necesidad de desplazarse durante las horas de sueño, el camino que recorra siempre será un camino jalonado de pies.