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© Lino García Morales, 2020
© Elio Rodríguez, por la imagen de portada (La jungla,
colección Chris von Christierson),
http://www.machoenterprise.com/
Edición e impresión por BoD – Books on Demand GmbH
info@bod.com.es – www.bod.com.es
ISBN: 978-8-4137-3233-6
A Hugo, Héctor y Viki,
Vamos a ver cómo es el Reino del Revés
Había una vez un hombre que quería ser pirata así que desenterró un viejo mapa y nadó hacia donde se suponía que había un barco hundido con un tesoro, pero un tiburón le arrancó una pierna y le pusieron una pata de palo.
Tiempo después se agenció de un viejo mosquete. Lo limpió con tanto esmero que se disparó y le arrancó medio brazo; entonces le pusieron un garfio.
También se hizo con una espada y practicó con la mano que le quedaba. Una imprecisión le arrancó un ojo y le pusieron un parche.
Como caminaba mal, sujetaba mal y veía mal, perdió el equilibrio y calló por el acantilado de una isla desierta. Solo quedó su calavera.
Hildita, una vecina del otro lado de la urbanización, me avisó. Pura casualidad. Mamá no llevaba encima nada que la identificara pero, justo cuando la guagua la embistió y la lanzó más allá de treinta metros, un vecino la reconoció, llamó a su casa desde una cabina y dio la noticia para que me avisaran. Ni siquiera sabía mi nombre; solo que era... la rubia. Las malas noticias vuelan, corren, nadan, se arrastran, son imparables, infranqueables. Es imposible evitarlas, son la realidad. «Ojalá te mueras». «Ojalá te parta un rayo». Mil veces la maldije. Mil veces despotriqué como una energúmena. Era mi forma de decir: eres incómoda, no quiero que formes parte de mi vida, quiero que te largues, que me dejes vivir en paz, que no te entrometas, ni me atormentes. Pero no sabía decirlo de otra forma. Todos mis gritos supuraban odio. La necedad es insaciable. Todo aderezado de oprobio. La estupidez es infinita. Me irritaba tanto que cualquier insulto me sabía a poco. Ella simplemente callaba, para molestarme, para encender más, si cabe, mi ceguera. Sin embargo, cuando me dijeron: –Está muerta –sonó vacío, sin suficiente contundencia para ser verdad, como una metáfora de mal gusto tan hueca como el aire que no se ve pero que respiramos.
Mamá ha muerto. Ya no molestará más. ¿Cómo será mi vida ahora? Lloré tanto que supongo que a cualquiera que me hubiera escuchado le costaría creer que lloraba por ella.
Sería más fácil pensar que lloraba porque ahora no sabría cómo seguir viviendo, a quien seguir maltratando. Tengo a mis hijos, tengo a un marido con el que seguro, la muy cabrona, habrá singado más de una vez. La muy puta. La mosquita muerta. ¿Por qué no me alegro entonces?
Tuve que llamar a más de seis o siete hospitales para dar con ella. Mi marido me llevó en el carro. No quiso verla. Tuve que reconocerla yo. No pude evitarlo. –Si, es ella –asentí a pesar de estar irreconocible. No se murió al momento. Duró dos largos días en el que parecía que no abandonaba la guerra tan fácil. Era dura. Pero, cuando salió del peligro, cuando por fin parecía volver de una vez y por todas, abandonó. Nos dejó a todos con el apuro de contárselo a los niños, de enterrarla, de olvidarla, de seguir sin ella.
Cuando regresé el fin de semana noté todo, algo cambiado. Todo estaba en su lugar, pero nada era lo mismo. Mi madre no estaba, había mucha gente entrando y saliendo, mi tío preparándonos la comida. Mi padre me pidió que le acompañara a hacer una gestión con el carro. ¿Acompañarle a hacer una gestión con el carro recién llegado de la beca, muerto de cansancio? Algo tenía que decirme, eso estaba claro, así que dejé el bulto y le seguí sin chistar. Dio un rodeo estúpido y paró en una carretera desahuciada al borde del mar.
–Tu abuela tuvo un accidente –me dijo–. Pero no te preocupes, ella es dura, ya verás como se pone bien.
Pero cuando alguien dice: No te preocupes, en realidad quiere decir: Esto es muy preocupante; así que, aunque no dije nada, pensé en que no me acordaba de cuál había sido nuestra última conversación el domingo, antes de irme a la beca. Sé que era algo que tenía que ver con el uniforme, pero no recordaba qué. Ella quería una cosa y yo otra pero, por mucho que me estrujaba las neuronas, en ese momento no conseguía acordarme de ninguna de las dos cosas.
Sé que yo quería que quitara el almidón de la camisa del uniforme, pero no recuerdo en qué era imposible ponernos de acuerdo exactamente. Me pareció patético que este fuese mi último recuerdo suyo: un estúpido desacuerdo sin sustancia; o al menos eso parecía después, cuando sabía que su cuerpo se debatía entre la vida y la muerte en una unidad de cuidados intensivos de un hospital de la Habana.
–¿Puedo ver a la abuela? –pregunté.
–No –me respondió–. En su situación no es recomendable. Está inconsciente y con las constantes vitales muy bajas. Está jodida, muy jodida, pero seguro que la abuela sale de esto, ya verás –¿cómo si entrar o salir de “esto” fuera alguna opción? ¿Qué se puede hacer en contra de lo que no depende tu voluntad?
–¿Qué tipo de accidente fue? ¿Qué le pasó concretamente?
–Una guagua –me dijo–, tu abuela cruzó la calle sin mirar y una 65 le atropelló.
–¿La aplastó?
–No, no, no fue eso; parece que el chofer no la vio y le dio un golpe.
–¿Un golpe?
–Si, le pegó con fuerza, el impacto la lanzó unos 20 metros –no dijo nada más pero en cualquier física elemental es fácil calcular que para que eso suceda la guagua tendría que ir con cierta velocidad y que las probabilidades de sobrevivir de la abuela eran muy escasas; aunque cuando ambas variables compartieran fórmulas diferentes.
Con la abuela muerta era muy probable que se acabaran las broncas, los gritos, el infierno al que no quería regresar todos los santos fines de semana. Era posible que me dieran su cuarto y podría leer sin que nadie me molestara, podría ser un refugio donde salvarme, pero no quería que la abuela muriera. No. Solo algo podría ser peor que muriese: que quedara en coma o paralítica. Entonces el castigo se multiplicaría por 1000, por 10 000, por infinito.
Me eché a llorar y mi padre me pasó el brazo por encima del hombro… y lloró conmigo. Entonces lo supe. Si la abuela no había muerto ya, le faltaba muy poco.
Algún allegado del 265, su madre quizá, debió llamar por la noche porque, nada más llegar, me esperaban en la dirección para darme la noticia. Debíamos transmitirle a 265 que su abuela había fallecido en el hospital a causa del accidente de tráfico. Lo consulté con el segundo entrenador y a los dos nos pareció que la mejor forma de apoyarlo, en esos momentos tan malos, era acompañarlo a la funeraria. Así que les pedimos a todos los chicos que, en lugar de ponerse la trusa para ir a la piscina, se vistieran con el uniforme. –Hoy tenemos otra misión –fue la orden que les dimos. 265 no preguntó nada así que lo puso mucho más fácil. Él era muy inteligente así que “a pocas palabras buen entendedor”. No era tan difícil imaginarse el objetivo de esta misión.
Nos subimos a la guagua y partimos para la funeraria. Todos iban bastante callados pero, teniendo en cuenta la hora, resultaba muy complicado distinguir si era porque ya 265 se lo había transmitido al grupo o porque tenían sueño. El viaje fue rápido e incómodo: estas cosas siempre son muy desagradables porque te ponen en el compromiso de hacerle pasar el peor momento a alguien que ya está bastante jodido. ¿Por qué no se lo dijo el director en persona? ¿Por qué me mandó a mí? Por ser el director ¿no? Menudo cabrón.
Cuando llegamos todos se quedaron sorprendidos. –Es aquí, arriba... abajo –le ordenamos. 265 no había dicho nada. Solamente había que verles las caras –¿Qué tenemos que hacer aquí maestro? –preguntó 220. –Vamos, pa’ dentro: en silencio, calladitos y en fila india. Pa’ dentro –fue lo único que me vino a la mente. 265 subió la escalinata como el resto. No sabía qué estaba pasando. Entonces vi a su madre. Estaba llorando como una descocida y cuando lo vio lo hizo todavía con más fuerza y él parece que entendió cuál era la misión.
–Hoy no vamos a la piscina. Vístanse de uniforme que tenemos otra misión que hacer –ordenó el cretino del entrenador–. Pensé en mi abuela. Lo miré, pero no me hizo caso. Estaba demasiado entretenido contándole un chiste a su ayudante y éste último no conseguía entenderlo. Eso me hizo descartar esa opción. Sino no estaría muerto de risa con el otro imbécil, digo yo. Ya una vez pasamos por esto. Muchos compañeros del equipo juvenil de sable, espada y florete volaron por los aires cuando regresaban del Campeonato Centroamericano de Esgrima en Venezuela vía Barbados. En esa ocasión “la misión” consistió en ir a la Plaza de la Revolución a oír el dilatado discurso de Fidel. Pero esa vez no hubo risitas, había pasado algo muy serio, estábamos muy indignados. Nadie entendió porqué ir a entrenar era “una misión” cuando no tenía ninguna connotación ideológica; pero nadie se lo cuestionó. Teníamos una misión que cumplir en la sociedad, todo era deber y cuestión de honor, así eran las cosas cuando del “hombre nuevo” se trataba. Parecíamos más militares que deportistas, parecía que competir fuese menos importante que ganar siempre.
El trayecto fue otra novedad. Alguna vez nos subíamos a la guagua para ir a alguna playa. No para disfrutar, sino para nadar a mar abierto. Alguna vez íbamos a la Ciudad Deportiva o al Parque Martí, cuando por ejemplo teníamos la piscina rota o querían hacerle alguna limpieza “gorda”. Pero esta vez el trayecto era completamente imprevisible. El autobús siguió toda la Quinta Avenida de Miramar, luego continuó por Malecón y finalmente subió hasta Calzada para doblar nuevamente por K y detenerse en la funeraria Rivero. Incluso el hecho de que llegar a una funeraria no activó las pistas suficientes. No lo hizo hasta que vi a mi madre llorando desconsoladamente y ésta se abalanzó hacía mí y me apretó y no me soltaba mientras todos nos miraban con la boca abierta.
No lloré. Ni me acerqué al féretro. Mi padre me dijo que si quería podía hacerlo pero “era mejor que me quedara con la imagen que tenía de ella”. Así que no lo hice. “La imagen que tenía de ella”. ¿Qué imagen tenía de mi abuela? Solo podía imaginarla dándose gritos, histérica, con mi madre. Recriminándose de todo, el haberla parido, el haber nacido de su vientre. –Me largo –era su fase favorita de intento de cierre de bronca siempre; pero lo cierto es que no tenía adónde largarse. Volvía a la casa familiar en el Cerro donde aún vivían 4 de los 12 hermanos (2 hombres y 10 mujeres) y a las dos horas volvía después de pelearse todas con todos. Un viaje con retorno/sin retorno de una casa de los horrores a otra. Una de sus hermanas me pidió que la acompañara al féretro. No quise y me echó la bronca. Le insultó que no hubiera llorado y, mucho más, que me negara a verla. –Eres igual que tu madre –me dijo con pretensión de insultarme. Pensé que no había remedio, que su muerte no iba a cambiar las cosas en nada. Tendría mi habitación, nada más. Solo sería una pequeña reconfiguración de la locura. Me levanté del banco y salí andando. Mi madre seguía llorando sin consuelo. Mi padre no estaba por allí. Mis tías (tías-abuelas) conversaban en unos sillones al lado del féretro. Nadie me echó de menos. La puerta estaba abierta así que me metí en la guagua. El chófer estaba dormido y se asustó. –¿Ya? –me preguntó. Automáticamente todo el equipo regresó a sus puestos, incluido el idiota del entrenador y su huele-culo, la misión había concluido.
El cuerpo de la madre extenuado y frágil se precipitó contra el suelo cuando paró el corazón, pero sus ojos inmóviles siguieron vigilando al único testigo. Las erráticas conexiones neuronales del tullido trasmitieron ininterrumpidamente la imagen de la descomposición, el olor ácido y fétido de los fluidos corporales, el silencio imperturbable del exterior, las señales de hambre, sed, miedo, impotencia y de un silencio infinito, infranqueable, el de la muerte.
El hombre conducía por la autopista según la velocidad reglamentaria. Su mujer no le permitiría otra cosa; mucho menos con el pequeño en el coche. El viaje ha sido largo, está cansado y aburrido. No puede poner la música que quiere (mucho menos al volumen conque la escucha cuando está solo), apenas conversan y no solo por el niño que duerme sino porque, cada vez más, han perdido la costumbre. Cada cual va a lo suyo y él mira a las vías vacías. A unos cien metros puede ver un puente que cruza la carretera. Justo encima de su carril una estudiante, con un telescopio, mira en su dirección. Él se queda atontado. La falda corta se alza con el viento marcando unas formas y sombras ambiguas que le hacen suponer que no lleva bragas. A ella parece no importarle. –¿Qué miras? –le pregunta su mujer. –Nada –responde. –Parece que lo hicieras con un telescopio –afirma para que quede claro que de tonta no tiene nada, que le molesta su actitud. Él gira la cabeza a su ventanilla para hacer evidente que realmente no interesado en la chica del telescopio. Pero sabe que cuando pase justo debajo del puente si mira hacia arriba podría salir de dudas.
El tiempo transcurre en cámara lenta. Levanta la vista. Dos tiernas piernas se alzan encima de sus cabezas. Las formas y las sombras siguen su juego. Es imposible comprobar su hipótesis. No obstante siente una erección. Solo ha desviado la vista unos milisegundos, como el obturador de una cámara. Está en una curva. Hay un carril de incorporación por donde avanza un camión gigante. Cuando devuelve la vista a la carretera lo tiene encima. Pega un volantazo. El coche patina. El niño se despierta y llora. La mujer grita. Se sale de la carretera. Impacta contra un muro de hormigón armado. Solo él sale ileso.