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© Lino García Morales, 2021
© Luis Gómez Armenteros: De la serie Relato 2021. Imagen de portada
Editorial: BoD – Books on Demand GmbH
info@bod.com.es – www.bod.com.es
ISBN: 978-8-4137-3714-0
A Hugo, Héctor y Viki,
a la memoria de Rafael Valdés Moré (Chicho),
a la memoria de Raúl Ciro,
a Eduardo Mesa (Pachichi).
Loco no es el que ha perdido la razón, sino el que lo ha perdido todo, todo, menos la razón
Gilbert Keith Chesterton
–¿Qué te gustaría perder a ti, en el futuro?
–Me gustaría perder la cabeza.
–¿La cabeza? Si pareces un pollo sin cabeza.
–Pues, la perdería con gusto para poder hacer cosas que, teniendo cabeza, no hago, ni podría hacer.
–¿Como qué?
–Cosas locas, de riesgo extremo, cosas fantásticas (que no es lo mismo que fantasiosas), cosas imposibles... Si no tuviera cabeza, igual podría realizar todos mis sueños.
–Uy, los sueños, a veces solo tenemos eso... sueños; pero los sueños necesitan una cabeza. Cuéntame una sola cosa, la principal, la primera que harías o la que, por nada del mundo, dejarías de hacer.
–Pues... no sé. Casi todos mis sueños tienen que ver con la música. Creo que la música es mi medio para tramitar los sueños. –Joel mentía a medias. Era cierto que la mayoría de sus sueños tenían que ver con la música, pero había otra mayoría en la que solo había guerra. Se podría decir que una mitad era cielo y la otra infierno, que una mitad era amable y la otra desagradable, que una mitad era gentil y la otra hostil y también que no podría identificar hasta que punto una podría vivir sin la otra, ni cuánto esa dicotomía de su mundo interior era diferente, mejor o peor, a la del mundo exterior.
–¡Tramitar! Pareces un burócrata.
–Si –rio Joel–, en el fondo todos somos unos pequeños burócratas que vivimos con un ratón entre las piernas en una mierda de oficina sin buró –parafraseó parte del blues del pequeño burócrata que había compuesto G con letra de Mahfúd Massís.
–Te salió una cola –entonó G.
–Si, una cola un día pa’ el pan, otro día pa’ la leche. Otro día, ni pa’ el pan, ni pa’ la leche. Otro día una cola pa’ el pollo y otro día, tampoco hay pollo. Me salen colas pa’ to’. A veces hay cola y nadie sabe pa’ qué –dijo como si meditara cómo seguir–; como si fuera una cola de esperanza de que haya algo. En mis sueños –se interrumpió y miró hacia donde el sol quemaba–, yo solo quiero un mundo sin esperanza donde, al final de la cola, haya algo.
–Bróder, cómo la extraño.
–¿A quién, a la Gorda? –Joel asintió con la mirada clavada en algún lugar de otra dimensión. Era una pregunta retórica. Joel cargaba con todo su peso desde el anochecer hasta el amanecer y viceversa. G no podría decir lo mismo; de hecho, intentó quemarlos con agua caliente por cantar en su balcón. Se libraron por poco, saltando como pudieron; pero sabía que, para su amigo, su madre era como un brazo, o un pie o una rodilla.
–¿Por qué tú pudiste hacerle una canción tan... tan, de pinga, y yo no puedo? –hizo una pausa para ordenar un poco los flecos de esos pensamientos enredados, rebeldes, secos–. Todos los días me lo pregunto. ¿Por qué yo no puedo escribirle una canción tan hermosa a mi pura?
–Porque yo la escribí para ti. Es tu canción de ella. Yo solo la saqué de ti y me alegro de que te parezca “hermosa”, aunque sea al único que le parezca “hermosa” –respondió machando la palabra “hermosa” para disminuirla un poco.
A Joel se le aguaron los ojos, pero él sabe controlarlo. A él le entrenaron para ocultar cualquier rastro de humanidad. A él le enseñaron a llorar sin levantar sospechas y a matar sin culpa. El sufrimiento, escribió el instructor en una pizarra verde descolorida un día imposible de recordar, te hace vulnerable. El odio como factor de lucha, publicó el Che en un suplemento especial de la revista Tricontinental; el odio intransigente al enemigo, [...] impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar.
–Sabes... el suelo es la frontera entre el cielo y el infierno. – G supone que este conocimiento no pertenece al adiestramiento, quiere creer que se trata de una metáfora; de esas que parecen tan evidentes, como falsas; que los sueños descansan o levitan sobre el suelo. Le mira con atención, quitando yerro a la frase. Parece que la oración termina aquí, que se trata de un solo párrafo, pero Joel solo almacena el oxígeno suficiente para explicarse–: A ver bróder, pa’ arriba... el cielo, ¿no?; pa’ abajo... el infierno; es como si la gente cuando muere y la entierran pasa de un lado al otro, pero mi madre... mi madre pesaba mucho y el suelo no se cierra tras ella. Es como si con su enorme masa tirara desde allá abajo.
–Te entiendo –susurró G para acompañar el monólogo. Fue como un pequeño acorde pianísimo después de una frase orquestal endemoniada. Joel entendía de cielo. Fue paracaidista de las Tropas Especiales. Tenía récord de salto en paracaídas (sobre todo, ajenos). Sabía de esquivar misiles en el aire. Sabía de muertes esperando. Sabía de tiros y de armas.
–Bróder, es como si fuera un agujero negro que, en lugar de cerrarse, se abre.
–Te entiendo bró... te entiendo –matizó de nuevo mientras seguía vibrando el estruendo que anuncia el final de un movimiento.
–Eso es lo único que perdería del pasado. Si se pudiera bró, pero no se puede –G lo miró pensando en el presente, en ese inmenso agujero en plena expansión, del que hablaba su amigo, que servía de puerta entre cielo e infierno–. Perdería el momento justo en que la Gorda se fue del aire.
Después cogió la guitarra y cantó esa canción que la traía dentro y, de cierta manera, cerraba el túnel entre cielo e infierno. Cantó con los ojos cerrados sin percibir que Duna se acercaba al grupo y se posaba a su lado, como si fuera aire. Cuando terminó, la mirada de Joel se cruzó con las lágrimas de Duna.
–¡Qué canción tan bonita! –le alabó apretando las manos una contra otra, para que no quedaran sin saber qué hacer–. ¿Es tuya?
–Si –respondió Joel–, pero la hizo este –dijo volviéndose agradecido a G–. La hizo para mí, para que fuera mía.
–Entonces, ¿cuál es ese sueño fantástico e imposible que harías si perdieras la cabeza? –preguntó G.
–Volar –respondió Joel y dejó que sus pensamientos se organizaran para decir algo coherente–. Yo sé volar, pero nunca he volado. Me gustaría volar... sin paracaídas y sin cabeza, pero con música.
Y sopló la brisa más fuerte y G sintió frío, aunque solo había calor y una voz cantó, desde un pliegue perdido de su alma, los versos de Raúl Ciro:
y que nadie me hale la manga
si me hallo tan alto
Si me hallo tan alto
que ya me pierdo
Quiero verte dormir Cuba
Todo el mar beberé
De amarte ya te amaba
De desearte, siempre te soñé
De quererte ya te quería
Mucho más que en la muerte
Ahora vivo tan ausente
Desde que ya no sé dónde estás
Ahora todo es diferente
Ahora que ya no estás
Ahora que heredo tu tiempo
Ahora tu llama, tu luz
Solo es un trance fugaz
Me quedan tus recuerdos
La verdad de lo que no entendí
Un trueno de silencio
Un agujero inmenso
A Duna le gustaba Joel, pero jamás le diría que sí. Ella sabía que el amor, como escribió Bert Hellinger, exige un delicado equilibrio entre dar y recibir. Ella sabía que todo aquello que no es mutuo, resulta tóxico. Ella prefería amarle en sus cuentos de hadas, sin esperar nada a cambio. En todos sus versos, frases y relatos, Joel aparecía y desaparecía como una sensación especial, como un pequeño mundo carente de gravedad, como un estado vital limpio con pretensión de puro.
En la vida real, Joel lo perdía todo. Todo menos su amor; porque no lo tenía. Ella sabía que el único modo de estar a salvo era ese: una distancia métrica, tangible, donde no podían tocarse, ni entregarse; donde solo las miradas contenidas y el aliento sugerido, campaban a sus anchas.
Duna no quería saltar en paracaídas porque sabía volar. Ella planeaba en el cielo y se posaba en la tierra mientras Joel cantaba sin parar rebuscando bajo el suelo con su radar defectuoso. Ella se acercaba lo suficiente, pero no lo necesario, para que su amor permaneciera maduro y cuerdo. Ella se escondía de eso que llaman amistad eterna; un amor incondicional, donde el sexo estaba reservado a la soñolencia. A Joel le gustaba Duna, pero jamás se le acercaría más allá de los límites que parecían pactados por defecto, por silencio, por prudencia. Duna era algo delicado y él era bruto. Duna era viento y él era piedra. Duna surgía y fluía en todas sus canciones de amor, en cualquier inspiración sublime de implementación vulgar; pero era demasiado frágil y él lo suficientemente destructivo. Él era un ladrillo que, en lugar de construir, destruía, aunque fuera de goma o espuma o inflable. Duna debía danzar entre acordes. Joel le seguiría queriendo sin amor; porque no lo tenía.
Joel sabía que, en lo enfermo de él, la rapiña también gira y gira en lo alto, que él llegaría hasta allí, hasta lo más alto para perderse, para perderla, para ver dormir la tierra antes de beberse el mar. Matías Pérez también soñó con volar y lo hizo, en su Ville de París. En su último vuelo a la inmortalidad, a pocos minutos de elevarse, una ráfaga de viento le llevó rumbo al mar. Los curiosos le dijeron adiós mientras se alejaba hasta convertirse en un punto en lontananza y desaparecer en el cielo. Unos pescadores lo vieron cruzar por el Torreón de la Chorrera, donde el río Almendares se une con el mar. Nadie más lo vio, ni supo de él. Joel sabía que verle perderse, que perderla, tenía sus riesgos, que volar era la única manera de verle dormir y ganar la inmortalidad.
Para Duna, la tierra era solo el lugar que da cobijo a las raíces de los árboles, el medio para sembrar y recoger donde el hombre planta edificios. En la vida real, Duna lo ganaba todo porque ella no quería nada. Ella sabía que el único modo de estar a salvo de la tristeza es la felicidad, de estar lejos de quien amas es estar cerca de ti, de disfrutar la locura es mantener la prudencia. Ella sabía que el sexo no estaba reservado para nadie, que era suyo.
Duna no se preguntó nunca de dónde salió la mala suerte de Joel a la que ella llamaba gafe, con cariño, y muchos de los que le conocían: tiñosa, malapata, cenizo, gato-negro, a su espalda.
Todo lo que podía explotar, en presencia de Joel... explotaba; como si fuese ley. Duna se limitaba a mantenerse a salvo; lo suficientemente cerca, lo necesariamente lejos, de ser un daño colateral. En su cabeza estaba a salvo. Mientras todo fuera abstracto, estaba a salvo. Joel jamás podría hacerle daño; al menos, conscientemente.
–Nunca había oído esa canción –le dijo cuando quedaron a solas, a la luz tenue de un farol olvidado–, es preciosa. ¿Por qué no la cantas más a menudo? Tú que no paras de cantar.
–Porque es muy triste –si no le conociera, igual se encogería de hombros. Nadie podría decir que le había visto llorar. Joel era risa, exuberancia, insolencia, profusión, desvarío. Joel maldecía a la tristeza como pocos– y muy personal. Cuando la canto me siento en cueros, vulnerable y... poca cosa. No es apta para todos los públicos. Puedo contar con los dedos de la mano quién la ha escuchado –sentenció y levantó tres dedos –Duna sonrió.
–G, yo y... ¿quién más? –Joel soltó una carcajada.
–¡Y yo!, claro –sonrió de nuevo–: que una cosa es ser poca cosa y otra nada.
Joel sonreía mientras Duna, con una leve curva en los labios, disfrazó una ternura muy parecida al dolor que le robaba el aire.
–Oye –continuó Joel, como si se tratase de un día diferente, de un lugar distante–, ¿tú crees en la suerte? –Duna lo miró con cara de: no, pero sí, en fin.
–¿Qué tu crees?
–Yo pregunté primero.
–A ver, ¿quieres oír la versión racional o la versión emocional?
–Las dos, pero una primero y la otra después –rio de nuevo.
–Ok, según mi apreciación racional, la mala suerte es solo un hecho improbable o muy poco probable. ¿Qué probabilidades hay de que te parta un rayo? Más o menos una de entre tres mil. ¿Qué probabilidades hay de que te parta siete veces? Una entre veintidós septillones.
–Eso no sé ni lo que es.
–Un número enorme; sin embargo, a más de uno le ha pasado.
–No jodas –Duna asintió con la cabeza.
–Si, así es. ¿Qué probabilidades hay de que grabes esa canción, un sello extranjero la comercialice y te hagas rico?
–¿Una entre mil septillones? –ahora es Duna la que ríe.
–Ojalá que no, pero ¿sabes cuál es la diferencia?
–Supongo que el rayo no depende de mí, ni de ti, y la canción sí.
–Así mismo. Si no lo intentas, no llegará a suceder –dijo y se ruborizó sin darse cuenta–. Jamás –sentenció. Joel hizo silencio, la digestión exige calma; quizá en eso difieren los efluvios.
–Te falta la otra, la apreciación emocional.
–Esa, como todas las cosas del alma, es más complicada de digerir, pero ya te la conté, es la que tiene que ver con lo que depende de ti; por eso, quizá, la gente tienda a confundirlas. Lo que no intentes puede pasar, pero con una probabilidad irrisoria, mínima, ridícula. ¿Cuántos billetes de veinte pesos te has encontrado en la calle? Yo, uno, en un parque. Cuando camino no suelo mirar al suelo; pero ¡vaya!, había llovido y evitaba pisar los charcos. Por eso lo vi. Por eso, y porque a alguien se le cayó. Eso es suerte. Pero si hago algún trabajo que valga veinte pesos y me lo pagan, no hay suerte que valga. Como cuando pagas un peso para entrar al cine y la película no te gusta. Ya lo has pagado. En este caso, la suerte es para el cine y la mala suerte es para el atrevido.
Joel adoraba su capacidad de conmoverlo. Era sabia y él tenía suerte, mucha suerte, de tenerla cerca contándole cosas acerca de la suerte. Él sabía de qué hablaba. Había saltado cientos de veces en paracaídas; había usado paracaídas doblados por otros; había estado en una guerra; había saltado al vacío y había sobrevivido. Pero todo esto era mucho más probable que Duna. Duna era toda la suerte que había tenido en su vida, aunque solo necesitara un dedo para contarlo y ella no lo supiera.
Robert Todd Lincoln, hijo del presidente Abraham Lincoln, presenció el asesinato de su padre. Luego fue invitado a acudir a un evento del presidente James A. Garfield y, también, fue testigo de su asesinato. Otra vez fue convocado por el presidente William McKinley a la Exposición Panamericana y, de nuevo, presenció el magnicidio de la máxima autoridad. Desde entonces, por el bien de la nación, declinó la asistencia a todo tipo de eventos presidenciales.
¿Se podría decir que la presencia de Robert era una llamada al crimen presidencial o que la probabilidad de asistir a este tipo de eventos históricos era demasiado alta? La pérdida de tres hombres en una guerra no suele tener el mismo valor que la perdida de tres presidentes por homicidio voluntario. En cuestiones de estado, algunas vidas valen más que otras. En definitiva, si Robert no hubiese declinado a sus insistentes invitaciones, es probable que no hubiese sido invitado... por si acaso. Algunos, con razón, verían una manifestación de la improbabilidad y otros, sin razón, verían a Robert como una mano negra de la historia.
Cuando el leñador de Texas, Henry Ziegland, terminó la relación con su novia y la joven se suicidó, el hermano de la novia cadáver, echo una furia, persiguió a Ziegland hasta dar con él y dispararle en pleno rostro.
Eso creía, que le había matado y huyó todo lo lejos que pudo; sin embargo, la bala apenas le rozó la cara para incrustarse en un árbol. Tres años después, el culpable Henry decidió derribar el árbol de su fracaso con la bala aún dentro. No pudo cortarlo; así que decidió explotarlo con dinamita. La bala salió expulsada y lo hirió mortalmente en su cabeza. Cualquier cosa que hagas en contra de alguien puede volverse en tu contra. Es un suceso improbable, pero puede pasar.
Los asesinatos presenciales de Robert, según Duna, podrían tener una explicación racional, el auto-crimen del hermano de la novia cadáver, quizá una justificación moral. Pero solo son hechos casi imposibles que suelen confundirse con la mala suerte. Lo cierto es que Robert nada tuvo que ver con esos magnicidios (aunque merezca la investigación de cualquier detective que se precie) y la víctima de su propia explosión, sí. Si lo hubiera dejado correr, quizá moriría de otra cosa más mundana y menos esotérica.
La vida de Joel es un largo resumen de hechos improbables. Le dispararon miles de veces, le mordieron serpientes venenosas y enfermó de extrañas enfermedades, saltó al vacío casi como parte de una rutina, le alcanzó un rayo, se envenenó en dos ocasiones. De todos los sucesos de los que tuvo conocimiento salió ileso. Joel era un superviviente, pero todos a su alrededor, como los presidentes de los Estados Unidos, parecían condenados a la extinción. Su suerte, era una desgracia.
Todo fue inevitable. Todo lo que debe ocurrir, dada su pertenencia a la serie completa de posibles resultados de un evento aleatorio, ocurre. Con un gran número de oportunidades, cualquier cosa extravagante, sucederá. Lo más improbable a priori, termina con la mayor probabilidad por el simple hecho de la repetición. Todo se repite. Con un gran número de años por medio, se repetirá, como los errores, como la historia.
Lincoln y Kennedy fueron elegidos con cien años de diferencia, ambos fueron sucedidos por sureños de apellido Johnson; los que nacieron, a su vez, con cien años de diferencia. Sus respectivos asesinos también nacieron con cien años de diferencia y ninguno llegó vivo al juicio. A Lincoln lo mataron en un teatro y al asesino lo detuvieron en una tienda, mientras que a Kennedy lo mataron desde una tienda y al asesino lo encontraron en un teatro. La secretaria de Lincoln se apellidaba Kennedy y la de Kennedy, Lincoln. Quizá, hubiera un Robert invitado al magnicidio de Kennedy; pero, aunque parezca increíble, aunque algunos aseguren que son planes fraguados en el infierno, son de todo, menos increíbles. Son cosas del suelo, y de la enorme cantidad de probabilidades repartidas en medio de la vida de estos dos hombres. Un detalle importante: todas las coincidencias se establecen después de observar los resultados, no antes.
Aunque pareciera que Joel conociera los resultados a priori, desde el cielo, no era cierto. Él solo anotaba en su desvencijada libreta mental, el orden de las tragedias, no de menor a mayor, o viceversa, sino de aparición. Todo pesa. El cambio más insignificante puede provocar que ocurra el evento más improbable. Las tragedias y desgracias, aunque también son igual de improbables, las comedias y fortunas, se esconden detrás de miles o millones de variables que hacen, al mismo evento, el más probable de todos; aunque a las primeras le adjudiquen la mala suerte y a las segundas, la buena. Todo lo que se parezca, sucederá como lo mismo. ¿Cuál es el límite para considerar algo bueno o malo?, ¿lo mismo o distinto? Está claro que, lo que puede ser bueno para unos, resulte malos para otros. Los malvados se benefician casi siempre, mientras los imbéciles se perjudican, también, casi siempre.
Joel lo experimentó. Declinó cualquier participación voluntaria a un acto que creyó probable. Nada cambió. Decidió en contra de lo que parecía lo más racional. Nada cambió. Se lanzó a lo que parecía irreversible. Nada cambió.
Él parecía, en sí mismo, un evento improbable. No te me acerques demasiado, por si acaso; se convirtió en una de sus frases más probable. Supersticiosos y escépticos obraron según sus cánones, por si acaso; pero nada cambió. Los árboles siguieron reventando y los presidentes, víctimas de magnicidios, muriendo y Joel siguió perdiendo, poco a poco; con esa imprecisión entre una cosa y otra, entre lo probable y lo improbable, fue naufragando.
Joel creía que el suelo era la frontera entre el cielo y el infierno, que el suelo era una especie de puerta entre un lado y otro; pero se equivocaba. El suelo era un limbo desde hacía ya muchos años, desde que todos sus conocidos se habían ido y los que no lo hubieran hecho estarían a punto de hacerlo y los que ni siquiera lo habían pensado, se irían. El suelo era el infierno suave donde la vida moría día tras día sin remedio, inexorablemente; era eso pesado que aspiraba a cielo y eternidad.
Joel no era un gafe, era solo un sobreviviente cuya misión era documentar el desastre; una especie de arqueólogo espontáneo poshistórico. Él solo pasaba por allí, en cada explosión, en cada magnicidio, en cada contracción de ese agujero negro invisible con tanta carga ideológica como mística. Él no era la causa, era solo el efecto por llegar que, mientras, debía experimentar la decadencia, la inanición, la barbarie, la destrucción total. Si no lo intentas, no llegará a suceder, le dijo Duna. Él había elegido y su elección, entendible o no, era simple. Él decidió quedarse. Él decidió cantar. Él decidió seguir. Él decidió vivir, aunque todo muriese a su alrededor, aunque nadie le escuchara, aunque todos se fueran.
Pacheco, otro de los que pudo contar con sus dedos; se hartó de lo mismo que él aceptó. Me piro, le confesó con esa cara seria que rara vez entendía de bromas, con la misma decisión con la que había apoyado todos los “esfuerzos” de supervivencia de la Revolución. La conversación fue breve, quizá para evitar que la herida se fuera de las manos, quizá porque era innecesario y todo estaba dicho.
–¿Pa’ dónde?
–Pa’l yuma.
–¿Pa’l norte revuelto y brutal? –Pacheco no contestó. Sabía que la pregunta era retórica, una broma sin gusto; solo un mecanismo más de expresión de su amigo–. ¿Tienes a alguien ahí? ¿Tú sabes lo que es aquello?
–No, todo lo que tengo está aquí y no, no sé lo que es aquello, pero sé lo que es esto.
Joel no dijo nada más, solo improvisó una canción con tres acordes, como solía hacer a menudo:
Con-su-mismo, con su mismo pantalón
Con-su-mismo, con su mismo dominó
Con-su-mismo, con su mismo resacón
Con-su-misma, con su misma aspiración
Pacheco sonrió y un minuto después le hizo unos coros tan desafinados que Joel se detuvo.
–Si todos se van, ¿qué va a pasar entonces? ¿Me quedo de dueño de todo esto? Asere, me van a convertir en Robinson Crusoe. Parece que el naufragio es mío.
Pacheco no intentó convencerle. Cada marinero debía encontrar su barca, su brújula y su hora de zarpar. Muchas veces lo hablaron. La posibilidad de buscar una vida en otro lado era más que una posibilidad. Para muchos era la única posibilidad de ser persona de nuevo, o por primera vez. Emigrar, en un país que se arroga cualquier derecho de movilidad de sus ciudadanos, no es un artículo de lujo, sino de primera necesidad. Cuesta caro.
Algunos hipotecan su vida y otros la pierden. Algunos nunca consiguen sentirse del lugar al que llegan; demasiado frío, demasiado raro, demasiado extraño. Algunos cargan con la isla a cuestas. Algunos siguen muertos en vida, Coca Cola o Cerveza en mano. El limbo es devastador cuando se filtra en el alma. Pero algunos, consiguen ser persona y otros, menos quizá, consiguen ser mejores personas; esas que están mal de la cabeza y bien del corazón.
–Pache, vamo’ a echarnos algo en el estómago, te invito pa’ festejar que voy a ser el dueño del mundo.
–¿Dónde?
–En casa del lagarto. Vende unos panes con intriga que están de pinga.
Los dos caminan en silencio. Joel con su guitarra en la espalda. Pacheco con sus sueños en la cabeza. El aire huele a un extraño perfume hecho con brisa del mar y hierbas silvestres. No pueden embotellarlo, ni librarse de él; les perfumará para siempre; pesará más que cualquier prenda, aunque lo ignoren las alarmas de cualquier aeropuerto.
El lagarto pregunta: ¿Lo de siempre? y Joel se limita a sacar un dólar del bolsillo: Dame dos. Esa es toda la conversación. Las palabras se han gastado como los edificios, como la educación, como la perspectiva. Lo muerden.
–¿Qué? –pregunta Joel–. ¿Esta bueno?