Edición en formato digital: septiembre de 2021

 

Título original: Métamorphoses

En cubierta: © Interfoto/Alamy Stock Photo

Diseño gráfico: Gloria Gauger

© Éditions Payot & Rivages, Paris, 2020

© De la traducción, Pablo Ariel Ires. Cedida por Cactus, S. A, 2021

© Ediciones Siruela, S. A., 2021

 

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Ediciones Siruela, S. A.

c/ Almagro 25, ppal. dcha.

www.siruela.com

 

ISBN: 978-84-18859-36-6

 

Conversión a formato digital: María Belloso

Índice

Introducción

I Nacimientos

II Capullos

III Reencarnaciones

IV Migraciones

V Asociaciones

Conclusión

Bibliografía

Agradecimientos

 

A Colette,

reina de las metamorfosis

 

«Soy todo porque solo soy una corriente de vida sin ninguna falla; soy inmortal porque todas las muertes confluyen en mí, desde la del pez de hace un instante hasta la de Zeus, y reunidas en mí vuelven a ser una vida, ya no individual y determinada, sino pánica y, por lo tanto, libre».

 

GIUSEPPE TOMASI DI LAMPEDUSA

 

INTRODUCCIÓN

La continuidad de la vida

En el comienzo éramos todas y todos el mismo viviente. Hemos compartido el mismo cuerpo y la misma experiencia. Las cosas no han cambiado tanto desde entonces. Hemos multiplicado las formas y las maneras de existir, pero todavía hoy somos la misma vida. Desde hace millones de años, esta vida se transmite de cuerpo en cuerpo, de individuo en individuos, de especie en especies, de reino en reino. Desde luego, esta se desplaza, se transforma. Pero la vida de cualquier ser vivo no comienza con su propio nacimiento: es mucho más antigua.

Consideremos nuestra existencia. Nuestra vida, lo que imaginamos como lo que hay de más íntimo e incomunicable en nosotros, no viene de nosotros, no tiene nada de exclusivo ni de personal: nos fue transmitida por otro u otra, animó otros cuerpos, otras parcelas de materia distinta a la que nos alberga. Durante nueve meses, la inapropiabilidad e inasignabilidad de la vida que nos anima y nos despierta han sido una evidencia física, material. Fuimos el mismo cuerpo, los mismos humores, los mismos átomos que nuestra madre. Somos esa vida, que comparte el cuerpo de otra, prolongada y dirigida a otra parte.

El aliento de otra se prolonga en el nuestro, la sangre de otra circula en nuestras venas, el ADN que otra nos dio esculpe y cincela nuestro cuerpo. Si nuestra vida comienza mucho antes de nuestro nacimiento, también se termina mucho después de nuestra muerte. Nuestro aliento no se agota en nuestro cadáver: alimentará a todos los otros y las otras que encuentren en él una Cena sagrada.

Nuestra humanidad tampoco es un producto originario y autónomo. También es la prolongación y la metamorfosis de una vida anterior. Para ser más precisos, es una invención que algunos primates —otra forma de vida— supieron extraer de su propio cuerpo —de su aliento, de su ADN, de su manera de vivir— para hacer existir de otra manera la vida que los habitaba y los animaba. Son ellas y ellos los que nos transmitieron esta forma —y los que a través de la forma humana continúan viviendo en nosotros—. Los primates mismos, de hecho, también son una experimentación, una apuesta lanzada por otras especies, por otras formas de vida. La evolución es una mascarada que se despliega en el tiempo y no en el espacio; que permite a cualquier especie, de era en era, portar una máscara nueva en relación con la especie que la engendró, y a las hijas e hijos, no dejarse reconocer por sus padres, ni reconocerlos ya más a ellos. Y, sin embargo, a pesar de ese cambio de máscara, las especies-madres y las especies-hijas son una metamorfosis de la misma vida. Cada especie es un mosaico de pedazos sacados de otras especies. Nosotros, las especies vivientes, jamás hemos dejado de intercambiar piezas, líneas, órganos, y lo que cada uno de nosotros es, lo que llamamos «especie», es solo el conjunto de las técnicas que cada ser vivo tomó prestado de los otros. A causa de esta continuidad en la transformación, toda especie comparte con centenares de otras una infinidad de rasgos. El hecho de tener ojos, orejas, pulmones, una nariz y sangre caliente lo compartimos con millones de otros individuos, con miles de otras especies —y en todas esas formas somos humanos solo de una manera parcial—. Cada especie es la metamorfosis de todas las que la precedieron: una misma vida que se improvisa en un cuerpo nuevo y una forma nueva con el fin de existir de manera diferente.

Este es el sentido más profundo de la teoría darwiniana de la evolución, aquella que la biología y el discurso público no quieren oír: las especies no son sustancias, no son entidades reales. Son «juegos de vida» (en el mismo sentido en que para el discurso se habla de «juegos de lenguaje»), configuraciones inestables y, por ende, efímeras de una vida que ama transitar y circular de una forma a otra. Todavía no hemos extraído todas las consecuencias de la intuición darwiniana: afirmar que las especies están vinculadas por una relación genealógica no solo significa que los vivientes constituyen una gran familia o un clan. Significa, sobre todo, establecer que la identidad de cada especie es, en puridad, relativa: si los monos son los padres, y los hombres los hijos, solo somos humanos por los monos y de cara a ellos, así como cada uno de nosotros no es hija o hijo en sentido absoluto, sino tan solo en relación con su madre y su padre. La identidad de cualquier especie define en exclusiva la fórmula de la continuidad —y de la metamorfosis— con respecto a las otras especies.

Estas consideraciones se aplican también al conjunto de los vivientes. No hay ninguna oposición entre lo viviente y lo no-viviente. Todo viviente está en continuidad no solamente con lo no-viviente, sino que también es su prolongación, su metamorfosis, su expresión más extrema.

La vida es siempre la reencarnación de lo no-viviente, el bricolaje del mineral, el carnaval de la sustancia telúrica de un planeta —Gaia, la Tierra— que no cesa de multiplicar sus rostros y sus modos de ser hasta en la última partícula de su cuerpo dispar, heteróclito. Cada yo es un vehículo para la Tierra, un navío que permite que el planeta viaje sin desplazarse.

 

Las formas en nosotros

Fue mucho antes de la época de las redes sociales. Las fotos personales eran raras: salvaban del olvido escasos instantes y absorbían en ellas el color y la luz de la vida que encarnaban. Se las conservaba en el interior de grandes cuadernos que rara vez se ojeaban y con menor frecuencia aún se mostraban —como si se tratara de libros sagrados que solo se podían revelar a los iniciados—. Por lo general, estos volúmenes apenas contenían texto escrito, pero suponían largas explicaciones orales, ya que sumergirse en sus páginas significaba redescubrir en cada ocasión una evidencia que preferimos olvidar.

En esas páginas, la vida tomaba la forma de un largo desfile de siluetas autónomas, separadas por anchos halos de oscuridad. A pesar de la disparidad de las formas, era muy fácil reconocerse en esa hilera extraña de exuvias de nuestro pasado. Y, sin embargo, un escalofrío acompañaba la sucesión de personajes que se aprestaban a decir «yo» en nuestro lugar. Aquel álbum parecía anular la diferencia entre los distintos momentos y exponer las imágenes como en el políptico de una familia muy numerosa: por una extraña disociación, los transformaba en gemelos casi idénticos que parecían llevar vidas paralelas. De golpe, nuestra existencia aparecía como el esfuerzo titánico de pasar de una vida a la otra, de una forma a la otra, un viaje de reencarnación en esos cuerpos y en esas situaciones, no obstante, tan alejadas entre sí como lo está la cucaracha del cuerpo humano de Gregorio Samsa. Otras veces, por el contrario, la magia operaba en sentido inverso: al ojear el álbum se experimentaba la embriaguez de una equivalencia perfecta entre las formas más dispares. Nuestro yo actual, sin ser idéntico, se revelaba totalmente equivalente al que teníamos cuando no medíamos más de un metro, o cuando apenas éramos capaces de caminar por un prado, o al adolescente mal peinado, de rostro masacrado por el acné. Las diferencias son enormes y, sin embargo, cada una de esas formas expresa la misma vida, con el mismo poder. Aquellos libros de imágenes eran la representación más exacta de la coincidencia entre la vida y la metamorfosis.

Aun así, siempre nos impresiona la forma del viviente en la edad adulta. Le reconocemos a esa etapa una perfección y una madurez que negamos a las demás. Todo lo que precede sería solo una preparación para esta silueta a la cual estábamos destinados; todo lo que le sigue es tan solo decadencia y destrucción. Sin embargo, nada es más falso. Nuestra vida adulta no es más perfecta, más nuestra, más humana, más lograda que la del embrión bicelular que sigue a la fecundación del cigoto o que la del viejo que está al borde de la muerte. Cualquier vida, para desplegarse, necesita pasar por una multiplicidad irreductible de formas, un pueblo de cuerpos que asume y del que se desprende con la misma facilidad con la que cambia de vestuario dependiendo de la estación del año. Cada viviente es legión. Cada uno y cada una cose cuerpos y yoes como un sastre, como un body artist que no cesa de tallar su apariencia. Toda vida es un desfile anatómico prolongado en un tiempo variable.

Considerar la relación entre dicha multiplicidad de formas en términos de metamorfosis, y no de evolución, de progreso o de sus contrarios, no solo significa liberarse de toda teleología. Significa también, y sobre todo, que cada una de esas formas tiene el mismo peso, la misma importancia, el mismo valor: la metamorfosis es el principio de equivalencia entre todas las naturalezas y el proceso que permite producir dicha equivalencia. Toda forma, toda naturaleza, proviene de otra y es equivalente a ella. Todas existen en el mismo plano. Cada una de dichas formas tiene lo que las otras comparten con ella, pero de un modo diferente. La variación es horizontal.

No es fácil sostener la mirada ante esta liturgia de siluetas, ninguna de las cuales parece retener y modificar al mismo tiempo la vida que le fue transmitida. En este carnaval incesante de figuras que se codean y se suceden, las formas se difuminan unas en otras, se vierten unas en otras, se engendran unas a otras. Cada una de ellas es como un extranjero que parece venir de otra parte y que, una vez que nos familiarizamos con él, transforma en extranjeras a todas las demás formas. Eso que llamamos «vida» —sea desde el punto de vista del individuo, de la especie o del conjunto de los reinos— es solo un proceso de domesticación de formas sucesivas. Día tras día vamos domesticando al foráneo hasta que acabamos perdiéndonos de manera definitiva en su cuerpo.

Llamamos «metamorfosis» a esta doble evidencia: todo viviente es, en sí mismo, una pluralidad de formas —simultáneamente presentes y sucesivas—, pero, en realidad, ninguna de ellas existe de manera autónoma, separada, ya que la forma se define en continuidad inmediata con una infinidad de otras formas, que están antes y después de ella. La metamorfosis es a la vez, por una parte, la fuerza que permite que todo viviente se despliegue en varias formas de manera simultánea y sucesiva, y, por otra, el aliento que permite que estas formas se conecten entre sí, que pasen de una a otra.

 

I
NACIMIENTOS

Todo yo es un olvido

Como todas y todos, yo he olvidado. El gusto y el olor de aquel momento, las personas que había alrededor de mí, los objetos que poblaban la habitación. Olvidé el día y la hora, mis pensamientos y emociones, la intensidad de la luz en los primerísimos instantes. ¿Quizá yo no podía hacer otra cosa que olvidar? Todo se me aparecía por primera vez: demasiado diferente, demasiado nuevo, demasiado intenso como para que pudiera almacenarlo. Tuve que olvidar; debí olvidarlo todo. Tuve que hacerle hueco y crear espacio a lo demás: a las cosas del futuro, a lo que muy pronto será mi pasado, al mundo entero. Tuve que hacer hueco para que se vuelva posible cualquier experiencia. Tuve que olvidar, que olvidarlo todo, para poder percibirme a mí mismo.

El nacimiento es el límite absoluto del reconocimiento. Es el umbral donde decir «yo» significa fusionarse con otro u otra. Es imposible decir si el aliento que nos permite pronunciar esta sílaba en realidad nos pertenece o si es la prolongación del cuerpo de nuestra madre; imposible decir si esta sílaba nombra nuestro cuerpo o aquel de donde salimos. El nacimiento es la única fuerza que permite decir «yo», incluso a riesgo de negar todo recuerdo: hay que olvidar de dónde se viene, hay que olvidar el otro cuerpo que nos albergó por tan largo tiempo, hay que desidentificarse de él.

Como todas y todos, yo he olvidado. Me olvidé de mí mismo, pero también, y, sobre todo, he olvidado todo lo que vivía en mí y continúa haciéndolo. Olvidé, por ejemplo, que durante nueve meses fui el cuerpo de mi madre. No es solo que estuve en ella: yo fui su cuerpo, literalmente. Fui una porción de su vientre, inseparable de él desde el punto de vista material. Carne de su carne, vida de su vida. El olvido no es accidental, es la condición de posibilidad para comenzar a vernos de manera diferente. Es la contrapartida cognitiva del acto de devenir otro u otra, distintos de nuestra madre, de prolongar su vida y su aliento, en relación además con su vientre y su conciencia.

Como todas y todos, he olvidado que fui el cuerpo de mi padre. Lo fui y lo soy siempre, y no desde el mero punto de vista material. Por nacimiento, llevo en mí la forma de mi padre y la forma de mi madre: genéticamente, soy el improbable y bullicioso diálogo entre sus cuerpos y sus formas. Este olvido que coincide con el nacimiento es el elemento más profundo de la memoria. También mis padres son, por su parte, el fruto de ese olvido y de esa mezcla. Tener en mí el cuerpo de mi padre y de mi madre, tener sus formas, tener su vida, significa, por lo tanto, tener en mí el cuerpo y la vida de una serie innumerable de vivientes, todos nacidos de otros vivientes, hasta las fronteras de la humanidad y todavía más lejos, hasta las fronteras de lo vivo, y todavía más lejos. El nacimiento no es tan solo el surgimiento de lo nuevo; es también el extravío del futuro en un pasado sin límite.

Como todas y todos, he olvidado. No podría haber hecho otra cosa. Debí olvidar todo para volverme lo que era. Nacer significa olvidar lo que éramos antes; olvidar que el otro continúa viviendo en nosotros. Nosotros ya éramos, pero de manera diferente: el nacimiento no es un comienzo absoluto. Había algo ya antes de nosotros, ya éramos algo antes de nacer, había yo antes que yo. El nacimiento no es más que eso, la imposibilidad de ser sin una relación de continuidad entre nuestro yo y el yo de los otros y otras, entre la vida humana y la vida no humana, entre la vida y la materia del mundo.

He nacido. Transporto siempre algo distinto a mí mismo. El yo es un vehículo de materia extraña, que viene de otra parte y que está destinada a llegar más lejos que yo. Poco importa que se trate de palabras, de olores, de visiones o de moléculas.

He nacido. La materia de la que estoy hecho no tiene nada de puramente presente. Yo transporto pasado ancestral y estoy destinado al futuro inimaginable. Soy un tiempo heteróclito, inconciliable, no asignable a una época o a un momento. Soy la reacción de los múltiples tiempos sobre la superficie de Gaia.

He nacido. Esto es casi una tautología. Volverse un yo es nacer, y nacer es el dinamismo propio de todo ego. Solo hay un «yo» para los seres que han nacido o, a la inversa, el yo no es más que un vehículo, algo que siempre transporta otra cosa distinta a él.

 

Una sola y misma vida

La describimos como el proceso que conecta a padres e hijos. Nos imaginamos, con esto, que los cuerpos se ordenan según las relaciones dentro de una especie. Describimos sus resultados como la sucesión de generaciones —de madres y padres a hijas e hijos—. Imaginamos que la vida es algo que da lugar a un inmenso árbol que se extiende a través de los primos y las primas, los tíos y las tías, los abuelos y las abuelas, y esos familiares para los cuales no tenemos nombres que definan su grado de parentesco y a los que llamamos de modo impreciso «parientes políticos». Hablamos de vínculos de sangre y de carne. Pero olvidamos lo que hay de más extraño en el nacimiento: la vida se constituye de manera a la vez mucho más salvaje y mucho más íntima de lo que quisiera nuestro bricolaje conceptual.

Miremos a nuestros hijos: una parte de nuestro cuerpo ha devenido otro. En primer lugar, se unió a un cuerpo ajeno y engendró una vida distinta, autónoma y separada de nosotros. Se podría decir lo mismo de la conciencia. Una parte de nuestro yo se nos ha escapado y se convirtió en otro, en algo inaccesible. Nuestro yo existe ahora afuera de nosotros, distinto de nosotros, por siempre inapropiable por nosotros. Esa otra vida que era la nuestra dice «yo», lo mismo que nosotros, y es literalmente el mismo trozo de materia y de espíritu que era nuestro «yo» y el de nuestro partner. Sin embargo, esta vida se despliega en otra parte, sobre, en y a través de otro cuerpo, o, por decirlo de otro modo, en nuestro cuerpo y nuestro espíritu vueltos otros.

Todo niño y toda niña es un yo irreconocible. Todo niño y toda niña es un cuerpo que impuso una metamorfosis a su materia de origen. La multiplicación de los cuerpos y de los yoes —eso que llamamos «nacimiento»— es, ante todo, un proceso de transformación de los cuerpos existentes. Lo que experimentamos como olvido, como límite insuperable del reconocimiento y de la memoria, es una metamorfosis. Gracias al nacimiento, todo cuerpo viviente, con independencia de su forma, de su tamaño o de su situación, pero también de la especie y del reino al cual pertenece, es una metamorfosis: una transformación de cuerpos precedentes, una modificación de una forma que existía antes que él, una mutación de una mirada que ya había tocado el mundo.

Si nacemos es porque cada uno de nosotros, tanto en su cuerpo como en su alma, es solo una parte del mundo. Nacer se resume en eso: es la prueba de que no somos otra cosa que la metamorfosis, una pequeña modificación de una parte ínfima de la carne del mundo. No obstante, la parte del cuerpo de nuestra madre que incorporamos al nuestro —así como la parte en apariencia más pequeña de nuestro padre— solo es una etapa de una cadena de transformaciones e incorporaciones sin fin: antes de convertirnos en lo que somos, formamos parte, no solo de los cuerpos de nuestro padre y nuestra madre, sino también de lo que cada uno de los dos cuerpos era antes de nuestro engendramiento. Tenemos un pasado ancestral que hace de cada uno de nuestros cuerpos una porción limitada e infinita de la historia de la Tierra, de la historia del planeta, de su suelo, de su materia.

Todos los vivientes son, en cierta manera, un mismo cuerpo, una misma vida y un mismo yo que continúa pasando de forma en forma, de sujeto en sujeto, de existencia en existencia. Esta misma vida es la que anima el planeta, también él nacido, escapado de un cuerpo preexistente —el Sol— y engendrado por la metamorfosis de su materia hace 4.500 millones de años. Cada uno de nosotros somos un fragmento, un destello de luz, energía, materia solar que intenta vivir de otro modo a como lo hizo en sus innumerables existencias anteriores. Y, sin embargo, este origen común, o, por decirlo de otra forma, el hecho de que seamos la carne de la Tierra y la luz del Sol que reinventan una nueva manera de decir «yo», no nos condena a una identidad. Por el contrario, es a causa de este parentesco mucho más profundo e íntimo (somos la Tierra y el Sol; somos su cuerpo, su vida) por lo que estamos destinados a negar, a cada instante, nuestra naturaleza y nuestra identidad, y por lo que nos vemos forzados a desarrollar una naturaleza y una identidad nuevas. Jamás la diferencia es una naturaleza, sino un destino y una tarea. Estamos obligados a devenir diferentes, estamos obligados a metamorfosearnos.

 

Nacimiento y naturaleza

El nacimiento es el proceso más individual e individualizante que pueda experimentar un viviente. No solo es el umbral de lo íntimo, sino también lo que hace posible la intimidad y delimita sus fronteras. Ahora bien, no hay nada más universal: no solo todas las mujeres y los hombres nacen, tanto los del presente como los del pasado y los del futuro, con independencia del género, la clase, la cultura y la orientación, sino que sucede igual para todos los vivientes, indiferentemente de la especie, la clase y el reino. Un roble, un gato, un hongo y una bacteria son todos seres definidos por el nacimiento.

El nacimiento es la primera de todas nuestras experiencias, su forma trascendental. Pero es también la que compartimos con cada ser de este planeta, la experiencia que vuelve a nuestro yo indiscernible del de los demás vivientes; poco importa su posición en el gran árbol de la evolución. Lo que compartimos no es una raíz común o un origen lejano, sino, por el contrario, la condición de posibilidad y la forma de la continuidad de todos los vivientes, de todas las especies vivas, pero también de la vida y su ambiente. El nacimiento es un pasillo, un canal de transformación que conduce la vida de una forma a otra, de una especie a otra, de un reino a otro.

En ese pasillo, de hecho, el individuo, la especie y el planeta pueden comunicarse y metamorfosearse entre sí. El nacimiento vuelve indiscernibles a los individuos que pertenecen a una misma especie, a las especies entre sí y a la totalidad de los vivientes con la Tierra. Nuestra genealogía, por lo tanto, es siempre de orden cósmico y no meramente familiar. El ombligo señala nuestro vínculo con la Tierra y con todos los vivientes, no exclusivamente con el cuerpo de nuestra madre.

Esto puede suceder, como hemos experimentado nosotros, en el vientre de una madre. Puede suceder en el interior de una esfera cuyas paredes están hechas de piedra caliza. Puede suceder a cielo abierto o en el mar, a través de la unión de dos cuerpos unicelulares que comparten su patrimonio genético. Puede tomar la forma de la ocupación y la manipulación de la esencia química de un cuerpo ajeno, como sucede en los virus. Siempre se nace en otro cuerpo. Exactamente a eso llamamos «naturaleza». Más que tejer solo un lazo de sangre con los padres, nacer es añadir un eslabón a la cadena de la transformación de la vida. Nacer es, por lo tanto, ser naturaleza, y llamamos «naturaleza» al modo de ser de todo lo que ha nacido: es natural todo lo que existe solo por, través de y gracias al nacimiento. Naturaleza no es sinónimo de esencia. Nosotros, los seres naturales, somos los que hemos venido al mundo por ese lento proceso de migración y asimilación de los cuerpos.

Haber nacido significa no ser sino una reconfiguración, una metamorfosis de otra cosa. Haber nacido, es decir, ser la naturaleza, significa tener que construir, tener que edificar el propio cuerpo a partir de la Tierra, a partir de toda la materia del mundo disponible en este planeta del que somos a la vez modificación y expresión, articulación y pliegue. Haber nacido significa estar hecho de la misma materia de la que están hechas todas las cosas que están delante de nosotros.

Nacer, para cualquier ser vivo, es experimentar ser una parte de la materia infinita del mundo, que inventa una manera distinta de decir «yo». No tenemos necesidad de remover todo el planeta para sentir el mundo, para verlo, para experimentarlo en toda su infinidad. Todo lo que tenemos que hacer es explotar la memoria material y espiritual de nuestro cuerpo. Cada uno de nosotros es la historia de la Tierra, una versión de la misma, un desenlace posible.

Nacer, para cada ser vivo, es no ser capaz de separar la historia propia de la del mundo, no ser capaz de hacer la distinción entre lo local y lo global. Nacemos en un cuerpo específico e irreemplazable, nacido y engendrado por otro cuerpo específico e irreemplazable, pero cada viviente expresa la vida del planeta entero, la vida pasada, presente y futura.

Siempre es Gaia la que dice «yo» en nosotros. Somos mundo. Cada uno de nosotros es mundano a su manera. Juntos somos su contenido, pero también, y, sobre todo, su forma. El «yo» nunca es una función o una actividad puramente personal: es una fuerza telúrica.

 

Gemelaridad cósmica

Los nacimientos son los que dibujan el mundo. Solo por el nacimiento y porque nacimos es por lo que los lugares, el aire, el agua, el fuego, las personas, los recuerdos, los sueños y las mentiras pueden pertenecer unos a otros, volverse coherentes, hacerse carne. Solo porque nacimos es por lo que hay mundo y no un simple conjunto dispar de objetos. El nacimiento es un proceso doble, paralelo y simultáneo, compartido entre el yo y el mundo. No solo lo viviente nace: el mundo nace también, de modo diferente con la aparición de cada nuevo individuo. Todo nacimiento es gemelar: mundo y sujeto son gemelos heterocigotos, nacidos simultáneamente e incapaces de definirse el uno sin el otro. Todo en el mundo se define por una relación de gemelaridad con el resto.

El nacimiento no es tan solo un acontecimiento de diferenciación y separación. Es también un movimiento de confluencia y de asimilación colectiva. Todo nacimiento es una penetración en un cuerpo extraño: es su domesticación, su habituación. El orden de nacimiento no hace más que redistribuir el cuerpo de la Tierra. A causa de este orden, a causa de la naturaleza, todos los seres nacidos, todos los vivientes presentes, pasados y futuros, estuvieron, están y estarán hechos de la misma materia. Los helechos que nos acarician los pies cuando caminamos por el bosque, los pollos que comemos, los álamos y los plátanos que bordean las calles de nuestras ciudades, los insectos que nos importunan y los microbios de nuestros intestinos están ligados por una consanguinidad cósmica. Son siameses que no pueden dejar de utilizar, de integrar el cuerpo de los otros o de reencarnarse unos en el cuerpo de otros. Nacer significa tomar cada vez un cuerpo que era el de otro u otra (de su madre y de su padre, pero también, a través de ellos, de todos los demás) y hacer de ellos nuestra propia carne. Nunca somos simplemente hijas e hijos, como no somos solo hermanos y hermanas. Compartimos el mismo rostro. No hace falta que seamos iguales. Los árboles no se nos parecen, ni tampoco un microbio o una cebra. Y, sin embargo, todos, por el hecho de compartir un nacimiento, vivimos del mismo cuerpo.