DECLARACIONES
Y ENTREVISTAS COMPLETAS
EDICIÓN DE RAFAEL INGLADA
CON LA COLABORACIÓN DE
VÍCTOR FERNÁNDEZ
PRÓLOGO DE
CHRISTOPHER MAURER
BARCELONA MÉXICO BUENOS AIRES NUEVA YORK
Federico García Lorca
Las firmas que avaloran hoy las columnas de NOTICIERO, son el homenaje que rendimos a la Granada romántica, a la espiritual, a la que de su alma rebosan efluvios sentimentales, a la capaz de enternecerse con las mágicas notas de los viejos cantos del pueblo.
Existe esa Granada; lo sabíamos y así, no tuvimos inconveniente en sostener con denuedo la maravillosa idea de celebrar en nuestra tierra, la fiesta de la espiritualidad: el concurso de «Cante jondo».
Granada, con su asistencia, ha coronado de éxito la feliz iniciativa de un eminente andaluz; el maestro Falla y tanto a éste como a sus ilustres colaboradores, ha demostrado cuán fácil es su comprensión artística.
Se habla de renacimiento espiritual en Granada y nosotros, que aquí vivimos y constantemente pulsamos a la opinión, podemos afirmar que late una intuitiva predisposición a las más fervientes manifestaciones estéticas. ¡Sería un anacronismo lamentable, que los granadinos, poseedores de las riquezas artísticas de nuestra ciudad, gozadores de su Cielo, su luz y su poesía, enturbiasen su espíritu con las sombras de un prosaísmo deleznable! No ocurre así, por fortuna y ahora se ha probado de manera terminante.
Entonamos albricias por nuestra reciente manifestación artística. Ha encumbrado a nuestra tierra y ha servido para atraer la presencia de hombres ilustres, que al honrarnos, se llevan en compensación aprisionado en su alma, el recuerdo imborrable de unas horas vividas en el ambiente optimista y acariciador de Granada la bella; jardín espiritual del mundo.
Francisco Martín,
Director de Noticiero
[…]
CUARTILLA GARCÍA LORCA
Ya os decía yo, queridos amigos, que la fiesta del Cante jondo, sería única.
Yo imaginaba a todos sus detractores en un rincón y mordiéndose las uñas, como acostumbra Edgardo Neville, el galante redactor de «La Época».
Afortunadamente no se hundió el aljibe y fue una fiesta con luna y lluvia, equivalente a sol y sombra de los toros.
Ahora recuerdo como un sueño (¿por qué tan lejos?) a la formidable Macarrona y al viejo cantaor de Puente Genil, piedra angular del Cante jondo. ramón, el maravilloso cronista de Pombo, decía que la única falta de la fiesta era la ausencia del mejor cantor, que actualmente sufre cadena perpetua en el penal de Ocaña. Todos lo lamentamos mucho, así como la falta de un gran guitarrista de Jerez que se ha quedado manco.
Ayer decía un hombre del pueblo: «Ya se han acabao las fiestas», y tenía razón. Así además lo han comprendido las nubes.
1 ANÓNIMO, «Homenaje a Granada», Noticiero Granadino, Granada, 18 de junio de 1922, p. 1. Obras completas, III, 1996, p. 357. Intervienen, además, J. Acosta, Ursula Grenville, Melchor Fernández Almagro, Antonio Gallego Burín, Ramón Gómez de la Serna, Gulliver, Leigh Henry, José Mora Guarnido, Edgar Neville, Miguel Rivas, Santiago Rusiñol, Kurt Schindler, Francisco de Torres, Goy de Silva e Ignacio Zuloaga.
Febronio Ortega
También por una de las orillas del subterráneo río madrileño, que corre por Alcalá con ritmo retardado, hondo, alegre, colorido por los ligeros, reveladores vestidos femeninos, denso e inmóvil de sofocante calor, a veces con breve descanso a los ojos deslumbrados, porque el sol encuentra piedra oscura en los edificios, y, avanzando, conforme la corriente se amplía para rodear la isla de La Cibeles, con heridas rápidas, rectilíneas, cruelmente sagaces para buscarnos débiles pupilas, porque el sol reverbera en blancas, elevadas construcciones. Nuestras mesas tenían ambiente de playa: gente que descansa, mas preparada en todo momento al regreso a la ciudad —y estamos dentro de ella— o al dilatado, marino viaje: Pedro Salinas, Claudio de la Torre, Federico García Lorca, Cipriano Rivas Cherif, Néstor, Gustavo Durán, Manuel Azaña, González Rojo, etc., etc., los que se iban a riberas más cordiales de temperatura, los que nos quedábamos a esperar otoño, invierno. La sala del «Savoia» era la de las despedidas. Claudio de la Torre salió al día siguiente para Vigo, y en Vigo embarcó para Las Palmas; Pedro Salinas —poco después— emprendió ruta francesa; García Lorca la de Granada; González Rojo la de Galicia, etc. Pero esa tarde inmóvil, detenida ella misma por el bochorno, y que nosotros queríamos que adelantara presurosa, estábamos ahí, reunidos todos, en pausa. Yo veía, inmediatos: el cuerpo recio, alto, de Pedro Salinas, enfundado estrictamente en su traje negro, con el rostro vivaz, lleno de color; la displicencia —¿desilusión?— de Manuel Azaña, los anteojos encandilados de Claudio de la Torre, la ironía de Rivas Cherif, la malicia de García Lorca, el entusiasmo de Gustavo Durán, músico.
Se habló de toros. Tema incidental. García Lorca —rostro moreno, la mitad del cabello peinado, la otra caída sobre la frente, ojos pequeños y penetrantes— charló con ese ponderativo desbordamiento más veloz que las horas veraniegas, perezosas en alejarse de los campanarios. Estaba junto a mí, un poco echado hacia atrás, para que todos le sirviéramos de horizonte:
—La fiesta taurina —afirmó en catedrático juego— es la más perfecta que ha creado el hombre. Armónica en sus partes, se desarrolla siempre en orden riguroso; principia a la hora exacta, como sucede con una sesión de las Cortes. Se sabe el número de capotazos que deben darse al toro. Por qué lado es mejor veroniquearlo. Y una suerte sigue a la otra sin que nunca a nadie se le haya ocurrido modificar su colocación. Hay toreros, como Belmonte que crean una emoción sobrehumana. Una corrida está animada de color y alegría. Sólo le son comparables, en solemne liturgia, las procesiones de Toledo y Sevilla.
Le opuse, sacudida de memorias, mi larga experiencia visual.
—¡La danza!
Sonrió. Repuso, serio y mordaz:
—Sí, la danza; pero, ¿acaso el toreo no es un baile, con un elemento más: el trágico?
Intervino Rivas Cherif, describiéndome una tarde de toros en Sevilla. Claudio de la Torre nos observa, oblicuamente, a través de sus anteojos. La conversación se enredó, entre Rivas Cherif, García Lorca, González Rojo, Durán. Atendía yo. Citaban a Paderewski —el Minueto—, Stravinsky, Gaona, Joselito, Belmonte, Granero, Fokine. Nombres disueltos en la sed de la tarde ávida.
Llegando a La Cibeles el taxi subió por Recoletos y La Castellana. Llegué así, con rapidez, torciendo a la derecha, por una senda muy pina y sombreada de árboles, a la «Residencia de Estudiantes». El mediodía estaba detenido sobre las ramas, en luminoso éxtasis. Ascendí, todavía más. Federico García Lorca me aguardaba. La cordialidad del ambiente se condensó en nuestro saludo, en el paseo por el Jardín de las Adelfas, en el ir y venir por pabellones y laboratorios. Encontrábamos todo sin esa juvenil algazara que, en casas de universitarios, sale al encuentro. Los estudiantes de la «Residencia» se habían esparcido, rumbo del veraneo o de la familiar casa. Sólo quedaban unos, contados. Al entrar nosotros en la Biblioteca, nuestras voces, rodeadas de sol, alborotaron el silencio de las estanterías, prisionero entre volumen y volumen. Mis ojos encontraron las ediciones de los clásicos hechas por la Universidad mexicana. Preside el estudio un retrato de Goethe, sereno. Después, en su habitación —franciscana de simplicidad— García Lorca me mostró dos cuadros pequeños, de Salvador Dalí: «Homenaje a Charlot», uno, y el otro representa a una muchacha cosiendo, en una ventana. Este pintor, gran pintor joven, es uno de los mitos de García Lorca, creador de mitos, según asegura de sí mismo. (Cuando un rumor va entre los escritores, del uno al otro, como balón, se pregunta: ¿Quién lo dijo? Si se aclara que García Lorca, nadie lo cree ya). Salvador Dalí es callado. El poeta le formó su leyenda, su filosofía, sus frases célebres que repite acomodando a ellas las circunstancias. «Como dice Dalí…». Le ha escrito una «Oda didáctica a Salvador Dalí». El «Homenaje a Charlot» es de una gracia cinemática, unida a multiplicidad de sensaciones y un bello equilibrarse de los colores, mejor: corresponderse, muy justo. La nota política —de ciudad, y, precisando, de barrio— de la joven que cose, encanta por su sencillez, porque el ambiente está creado, construido como el cuerpo de la joven, todo en minucioso deleite de las manos y de los ojos. García Lorca volvía los cuadros a la mejor luz, para que me aparecieran, íntegros, frente a las adelfas en las que el sol complacíase, pormenorizando en el goce; me refirió la visita de Dalí a Picasso, el frío y magnífico malagueño. Acudimos al llamado al almuerzo. Limpias, acogedoras mesas nos recibieron, para una comida frugal. Charlamos, inclinados un poco el uno hacia el otro, para aislarnos en nuestro reducido universo exclusivo, cercano y alejado de los escasos compañeros. Le conté que había oído a «La Niña de los Peines», la cantaora genial, que se me mostró, sobre un escénico fondo, fea y envejecida, niña en el canto, junto a un guitarrista ceñido y cetrino, hábil de manos.
—¿Le gustó? —interrogó, desconfiado. Yo le respondí, todavía con el asombro de aquella voz cansada, próxima al fin, pero aún sublime cuando quiere serlo:
—¡Me maravilló!
El lamento gitano —guardado como el rumor en esos caracoles síntesis de rumores semejantes e infinitos— tornó a mi memoria.
—Es preciso —dijo García Lorca— escucharla varias veces, porque es una intuitiva a la que conviene pedirle: canta esto, y esto otro, pues no sabe lo que le sale bien y lo que no. Es preciso, asimismo, distinguir entre los dos cantos: el cante jondo y el flamenco, distinción hecha por Falla. El cante jondo es lo admirable. El flamenco es decadencia, amaneramiento, chulería.
Se enumeraron las formas del cante jondo, saetas, etc. Aparecieron dos de los grandes andaluces: Falla, Juan Ramón Jiménez, los dos, por esos días, en Granada. (Del otro había de confiarme García Lorca: Ortega, no existe en todas las actividades artísticas españolas nadie comparable, ¡comparable!, a Picasso.) Comentó de las siluetas, trazadas brevemente:
—Son dos niños —añadió—. Yo los he visto, en casa de Falla, improvisar un tabladillo, dar las llamadas con un almirez, cantar, saltar. ¡Unos grandes niños! Usted irá a Granada, y estará con Falla, al que llega la gente del pueblo, para escucharlo…
Concluimos el almuerzo: agua de transparente misterio lo cerró. (¿Dónde la fragancia de los vinos españoles?) Regresamos a la habitación de García Lorca. Preguntó, deseoso de la comodidad del huésped:
—Ortega, ¿tomará usted té o café?
Fiel a mis mexicanas costumbres, pedí café. Salió. Hizo que llevaran el servicio. Él mismo iba a preparar el té, el café. Recorrió la habitación, y, deteniéndose frente a mí:
—Ortega, como a usted le saldrá igual, voy a darle té…
Sonreí. Abierta estaba la ventana por la que mirábamos las adelfas. García Lorca fue confiándose…
—Yo deseo la obra de arte construida, hecha con esqueleto de plata, asentada con firmeza, y de gran aliento. Los versitos no son dignos de poetas. Es necesario hacer la oda, el poema extenso. Soy franco: he escrito unos romances que aspiro a que sean incorporados al Romancero. Con esa intención están hechos. Si no lo dijera, no tendría valor. El arte, amigo, es un juego, sí, pero un juego serio…
Colocado con los ojos hacia la ventana, veía a García Lorca accionar, moverse, pero sin agitarse, contenido…
—¿El ultraísmo? No dejó nada, nada. El teatro anda mal en España. Obras cursis, sucias. Tengo Los títeres de Cachiporra, Mariana Pineda, y otras, que leyó Gregorio Martínez Sierra. Llorando, me abrazó como al renovador del teatro español, para terminar con que no las ponía por miedo al público…
Sonreí. Sonreía García Lorca, divertido. (Catalina Bárcena, Carmen Moragas, Díez-Canedo, etc., confían teatralmente en García Lorca.) Continuaba la lluvia de las palabras:
—… las figuras, «en el pico de una paloma te mando el vivo sol», han pasado. Se quiere una cosa más pura, más poesía…
Se adelantó. Grave. Y:
—Ortega, aunque usted no me lo ha pedido, voy a leerle algunos versos míos. No lo cuente a nuestros amigos, porque murmurarán de que no publique. Creo que a un poeta, antes de hacerle preguntas, deben escuchársele sus poemas.
De su armario blanco, sin barnizar, salieron los papeles blancos, trazados de líneas breves, como de rieles sin concluir —no unen de extremo a extremo la tierra— y sin durmientes. Leyó. Lee con su rostro inspirado, levantado, accionando con la mano derecha. Al fondo, las adelfas…
—Habrá notado, Ortega, que en mis poemas utilizo elementos no empleados antes: el carabinero, el inglés que va a Andalucía, etc. Mi ambición es la de lograr una obra de mi tierra y universal, como Falla en El amor brujo… Escuche, este romance del inglés, la gitana y el viento, un viento renovado, hecho mito por mí…
(Al fondo, oscureciéndose, las adelfas.)
Salí de la lectura con pesadumbre de música.
Paseamos.
—Ésta es la Colina de los Chopos…
La ventana nos atraía, por ese colocarnos rostro a la luz, espaldas a la sombra, con imprecisión de matices. Conté historias absurdas de Pancho Villa. Era la gran curiosidad de García Lorca. (A los tres días, Luz Corral, la esposa del guerrillero, era mito para el poeta y sus amigos.) Por una controversia literaria, mencionó a Proust.
Yo sí creo —opinó— que hay jóvenes que sin haber leído a Proust están influenciados por él: es un caso de atmósfera. Recuerde a D’Annunzio: los muchachos de la época, sin leerlo, lo imitaban en las actitudes, en los gestos, en el proceder.
Los caminitos de la «Residencia» nos llamaban para recorrerlos. Los recorrieron nuestros pasos, con esa manera de contemplación agradecida y profunda a las bellas, doradas flechas arbóreas, al agua del Canalillo, rumorosa, al cielo limpio de Madrid.
Avanzó a despedirme.
El sol —fatigado del día— buscaba un descansar sobre las casas, tendiéndose.
—Adiós, granadino…
(Él está ahora en Granada repitiendo sus romances a las gitanas y a la luna.)
2 ORTEGA, Febronio, «La España nueva. Federico García Lorca», El Universal Ilustrado, Ciudad de México, 26 de diciembre de 1926, pp. 21 y 56. Contiene dos poemas del libro Canciones. En schneider, Luis Mario, García Lorca y México, Ciudad de México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1998, pp. 125-130, de donde reproducimos. No figura en Obras completas.
Rafael Moragas
Nos hallamos en la platea del Goya, en plena tarde calurosa y a la hora en que va a comenzar el ensayo general de «Mariana Pineda». Lo primero que me lleva al teatro, es este sugestivo modo de anunciar una obra. Porque en los carteles acabo de leer lo siguiente: «Romance en tres estampas». Y en el mismo cartel —lo que no me causa extrañeza puesto que el autor de esta «Mariana Pineda» es Federico García Lorca—, el nombre del pintor ampurdanés, Salvador Dalí. Apruebe, pues, el lector, que estas razones motiven que en plena tarde de achicharrante junio, yo me halle en el Goya entre la insigne Margarita Xirgu, el poeta Lorca y este intenso pintor que desde que comenzó a dibujar, tanto admiro como me interesa.
—¿Qué te has propuesto con esta «Mariana Pineda»? —le pregunto al autor.
—¡Qué sé yo! Demostrar que uno quiere mucho estas cosas viejas y que sin quererlas fuertemente es del todo imposible realizarlas —me contesta Lorca. Y agrega—: No he querido madrigalizar a la heroína. Lo que he perseguido, es conservar toda su alma pura y de ejemplo. Fue mi deseo evocar las viejas estampas. Acaso toda mi obra no sea más que un ejemplo de variaciones sobre el tema del romance popular. Por ello en «Mariana Pineda» impera la voz del pueblo y, bajo la invocación del viejo romance, entre versos discretos y desbordes románticos y exaltaciones de gente que por una libertad pone en juego, la vida, pasando de la sordina al fortísimo, que dijéramos, que es donde está la tragedia que tanto he sentido como he querido.
—¿Estás contento de los ensayos?
—No puedes imaginarlo —nos dice—. Tú no sabes qué colaboradora ha sido para mí Margarita. Aquellas obras que la mayoría de las empresas protestan y que a muchas actrices escandalizan por la razón que rompen moldes, a Margarita Xirgu le entusiasman. Ya la oirás vivir esta «Mariana Pineda» y te asombrarás dando la imprecisa sensación de una vida anterior, heroica y amorosa. Ya ves tú si lograr eso es difícil… Pues bien; esta Margarita, que sabe llegar a los recuerdos indefinidos, en el final de la obra, cuando le indican que el patíbulo va a ser su fin, expresa tan extraños sentires, que le hacen dudar a uno de si aún existe «Mariana Pineda» en el mundo.
Nos adentramos en el escenario. Junto a un piano, unas jóvenes actrices de la compañía ajustan las notas del romance. Nuestro querido compañero Fernando Fresno va tomando, lápiz en mano, sus apuntes. Los actores cubren sus cabezas con descomunales cilindros. Las capas románticas embozan los cuellos. Oímos unos rasgueos de guitarra y unos cantos castizos y, entre ellos, las graves notas de un órgano. Guiadas por el segundo apunte, traspasan la escena unas monjas, que cubren sus cabezas con deliciosas tocas. Una España de comienzos del diecinueve plenamente evocada.
Salvador Dalí, el joven ampurdanés, puso en los trajes los últimos detalles. Está viviendo su propia meditación. Dalí no es de los incontenibles: es de los concentradores de los de calidad. Los decorados que ahora construyó para «Mariana Pineda» van a causar sensación entre los entendidos. Ya lo veréis. Raramente he visto una nota de intimidad tan justa y delicada como este interior de la heroína de la obra de García Lorca. Y el huerto conventual, que es ante todo, pintura sincera, da la sensación de que Salvador Dalí pertenece a la categoría de esos pintores privilegiados que ponen algo inconfundible en lo que producen.
Anotaciones de Federico García Lorca al artículo de Rafael Moragas en «Durante un ensayo, en el Goya, de “Mariana Pineda”…», La Noche, Barcelona, 23 de junio de 1927: «Este Moragas es delicioso, / dice todo lo contrario que le dije, / como en todas las interviús. / Pero es simpático».
—Para quien conozca la obra de García Lorca —nos dice Dalí—, no le sorprenderá que yo haya pintado así el sentido íntimo de «Mariana Pineda». Desde que conocí este «romance en tres estampas», sentí un culto misterioso por lo que iba a pintar. Simpatizo en extremo con estas suaves ideologías de García Lorca, tanto como con su culta sentimentalidad.
Así va hablando este «Salvador Dalí de voz aceitunada», como lo cantó Lorca en unos admirables versos.
El ensayo general se nos presenta. En el escenario oímos hablar de Torrijos y su fusilamiento. La tragedia se avecina y la niña Mariana Pineda va a sucumbir víctima de crimen espantoso. Margarita Xirgu va recitando cosas muy bellas que surgen de su alma sutil, misteriosa y pronta a todo entusiasmo artístico.
3 MORAGAS, Rafael, «Durante un ensayo, en el Goya, de “Mariana Pineda”, cambiamos impresiones con el poeta García Lorca y el pintor Salvador Dalí», La Noche, Barcelona, 23 de junio de 1927, p. 3. No figura en Obras completas. Nuestro agradecimiento a Juan de Loxa y al Centro de Estudios Lorquianos. Museo Casa Natal Federico García Lorca, Fuente Vaqueros.
Francisco Ayala
Plaza de la Mariana, de Marianita Pineda. Plaza fría, de encajes blancos, almidonados. (Y de encaje romántico, exactamente.) Situada: entre un teatro y un cuartel —farsantería, pronunciamientos. Discursos, toques de corneta: siglo XIX.
Situada: entre el barrio —infame— de los prostíbulos y el barrio de la Virgen de las Angustias, aristocrático y devoto.
Con un costado de tabernas polícromas. Con un escape —calle de Enriqueta Lozano— al novelismo lacrimoso del último romanticismo provinciano. Con ruidos de entraña épica. Con ronda de niñas.
Y en el centro —eje de suscitaciones múltiples y de virajes de murciélago—, la estatua imponente, blanca, de Mariana Pineda.
Mariana Pineda: exangüe, nieve exprimida, sin corazón, sin viento para sus cabellos de piedra… Estatua de cera —un momento— conturbada por visiones cinematográficas de su vida y de su muerte patibularia, que evoca la ronda de niñas en flechas azules de voz quebrada.
(Hay que santificarla ya a Mariana Pineda. Hay que ir pensando ya en el expediente, etc.)
Sobre las gradas geométricas duermen vagabundos un sueño de aleluyas —verdes, amarillas, rojas— de romanticismo increíble y de poesía popular.
Juglar de los sueños —el hombre del puntero y el cartel truculento—: Federico García Lorca. Y su cartel nuevo, deshumanizante —«Mariana Pineda», tres actos, decorado de Salvador Dalí—, la historia enorme de la Mariana. En viñetas sucesivas. Con ademanes sueltos. Emociones de cristal. Y la incorporación consciente de elementos retrospectivos.
Federico ha cantado, con su voz alegre, la historia de Mariana, y le ha rodeado la espléndida garganta con un collar de imágenes nuevas. A lo largo de su drama. De su romance. De su tragedia.
La génesis de esta obra de García Lorca es antigua. Ahincada.
Venía del pueblo a la capital —Granada— a ver el teatro por primera vez en su vida. Frente al teatro, la Mariana. «¿Qué es eso?» «La Mariana, niño.» (La Mariana, lívida, entre focos de gas. En aquella noche remota. Y amarga. Porque le dijeron en el teatro: NO HAY TEATRO, y estas palabras —no… hay… teatro…— apretaron el corazón del pseudo-gitanillo.)
Ay, niño. Que se perdió entre la gente: niño perdido. ¿Dónde lo hallaron, con el primer romance entre los dientes, como colilla de cigarro? ¿Dónde lo hallaron, repitiendo el romance de Mariana Pineda, que habían cantado las chicas? Ay, niño. Que lo encontraron, luego, maestro entre los doctores.
Doctor de ciencia infusa —escribe con una pluma del ala de San Miguel, mojada en el tintero oblongo de la Plaza Larga—: Prodigio —torero— con alamares de risa. (Sin que faltara nunca lo de Ha quedao magistral.)
—Y dime, Federico…
—Ah. No es una heroína para odas. No es eso. Mariana era una burguesa. Lírica. Al final se convierte en la personificación de la Libertad, por haber comprendido que su amante la traicionaba con la Libertad.
—Y dime, Federico…
—Nadie había dicho nada de esta figura del siglo XIX. Nadie había reparado en ella. Era obligación mía exaltarla. Yo sentía ese imperativo. Porque ella es una figura esencialmente lírica. Sin odas. Sin milicianos. Sin lápidas de CONSTITUCIÓN. (Esas lápidas terribles —Constitución. Constitución. Constitución—, que tanto me intrigaban de niño.)
—Y dime, Federico…
—Tengo tres versiones completamente distintas del drama. Las primeras, no viables teatralmente. En absoluto… La que estreno implica una conexión, una sincronización. Hay en ella dos planos: uno, amplio, sintético, por el que pueda deslizarse con facilidad la atención de la gente. Al segundo —el doble fondo— sólo llegará una parte del público.
4 AYALA, Francisco, «Un drama de García Lorca. Mariana Pineda (Estatua de piedra, estatua de cera)», La Gaceta Literaria, n.º 13, Madrid, 1 de julio de 1927, p. 5. Obras completas, III, 1996, p. 358. Nuestro agradecimiento al Centro de Estudios Lorquianos. Museo Casa Natal Federico García Lorca, Fuente Vaqueros.
Federico García Lorca
El inspirado poeta granadino Federico García Lorca nos envía la siguiente autocrítica de su «Mariana Pineda», que estrenará hoy, en el teatro Fontalba, la compañía de Margarita Xirgu:
«De mi obra no tengo lo que se llama un juicio, aunque ya va teniendo lejanía en mi producción. La escribí hace cinco años, atraído por el tema que tan vivo sigue en Granada y que desde niño me rodeó en forma de romances y narraciones de personas muy próximas al suceso.
No enfoqué el drama épicamente. Yo sentí la Mariana lírica, sencilla y popular. No he recogido, por tanto, la versión histórica exacta, sino la legendaria, deliciosamente deformada por los narradores de placeta.
No pretendo que mi obra sea de vanguardia. Yo la llamaría mejor de “gastadores”; pero creo que hay en ella una vibración que no es tampoco la usadera. Se trata de un drama ingenuo, como el alma de Mariana de Pineda, en un ambiente de estampas, querido por mí, utilizando en ellas todos los tópicos bellos del romanticismo. Inútil decir que tampoco es un drama romántico, porque hoy no se puede hacer en serio un “pastiche”, es decir, un drama del pasado. Yo veía dos maneras para realzar mi intento: una, tratando el tema con truculencias y manchones de cartel callejero (pero esto lo hace insuperablemente don Ramón), y otra, la que he seguido, que responde a una visión nocturna, lunar e infantil.
De lo que sí estoy contentísimo es de dos cosas: de la colaboración pictórica de Salvador Dalí y de la colaboración personal de Margarita Xirgu».
5 GARCÍA Lorca, Federico, «Autocrítica de “Mariana Pineda”», ABC, Madrid, 12 de octubre de 1927, p. [35]. «Los teatros. Fontalba. Compañía de Margarita Xirgu. Inauguración. “Mariana Pineda”, romance popular en tres estampas por Federico García Lorca», La Libertad, Madrid, 13 de octubre de 1927, p. 3. Obras completas, III, 1996, p. 359.
Juan González Olmedilla
En esta serie de visitas de tornabodas que me he impuesto, y que si unas veces son obra de misericordia —la de visitar a los enfermos del fracaso— otras tienen el inconfundible carácter de una reiteración de mi pleitesía al triunfador de la víspera, he podido observar que los autores que, de buenas a primeras, menos tienen que decir, o más quieren callar sobre las vicisitudes de su obra frente al público y la crítica, suelen ser los que, a la postre, se muestran más explícitos. Así Vives, los Quintero, Guerrero… Ninguno, sin embargo, de una locuacidad más alegre, de mayor jovialidad y desenfado para afrontar mis preguntas y responderlas ampliamente que este «novel» teatral, este desbordante gran muchacho granadino, tan mesurado, no obstante; tan conciso, tan concentrado, en su intensa y reducida obra de gran poeta. Federico García Lorca sale al paso de mis tres interrogantes con sendos participios escuetos: «Encantado» (del público), «agradecido» (a la crítica) y «descontento» (de la propia obra, escrita hace seis años y ajada ya, mustia en su corazón fresco y prolífico de creador joven).
Luego, para justificar ante el amigo esta parquedad frente al periodista, me dice:
—Para mí escribir, lo mismo teatro que libros, es un juego, un entretenimiento que me divierte. Yo busco la alegría y no las preocupaciones, naturalmente, en este deporte. Por eso no quiero decirle a usted nada en serio, ni complicarme, ni crearme conflictos con autores, críticos, amigos y enemigos, que para el caso de divertirnos es lo mismo.
Pero yo, que hago reportaje con igual espíritu deportivo que él poesía lírica o dramática, y que también busco en esta clase de juegos, en estos matches de la interviú, un divertimiento mío —y si es posible, de mis lectores—, no me conformo, claro está, con evasivas. Y menos con ocasión del estreno de «Mariana Pineda», suceso teatral que tan viva controversia ha suscitado en todas partes. (Eludo, por no restar espacio a las confesiones del autor, la exposición de los recursos de contumacia inquisitiva de que he de valerme para que García Lorca hable. Al fin lo he logrado. Bien que sin arrancarle por completo lo más sincero de sus impresiones, pues el poeta se me encastilla en un delicioso dandysmo literario, sirte más peligrosa para el periodista que interrogue de buena fe que la del silencio, el titubeo o el efugio…).
—Puede usted decir respecto al público —declara mi internuncio— que no me emocioné con sus ovaciones. Por eso salí tan tranquilo a saludarlo. Y mientras aplaudían, usted lo ha visto, todos pudieron comprobarlo, yo me dedicaba a buscar las caras conocidas en palcos y butacas. Y esto fue así porque yo estaba «alegre y confiado». Ahora, en vista de que el buen éxito persiste, estoy por confesar, como cualquier autor veterano de los que, desencantados de todo, sólo se remiten a la reacción inmediata del auditorio frente a su obra, que lo interesante es que el público aplauda. Bueno; ya sabe usted que, para mí, interesante equivale a divertido. Y nada lo es tanto como ver que el público se entusiasma con un juego mío; con una obra que escribí, como todas, por juego.
En cuanto a la crítica, empiezo por reconocer que hay mil Marianas de Pineda distintas. La Mariana heroica, la Mariana madre, la Mariana enamorada, la Mariana bordadora; hasta la Mariana vulgar que cose y lava los pañales de sus hijos o condimenta un guiso para sus invitados. Pero yo no las iba a «hacer» todas. Puesto a elegir, me interesó más la Mariana amante. Y estas escenas —tan declamatorias, tan eficaces teatralmente— que echan de menos algunos, en las que Mariana Pineda se despide, con patéticos acentos, de sus hijos, existen desde luego. Existen como otras muchas escenas; pero yo las he eludido. Cada espectador puede, así, colaborar a mi tarea, imaginando todas esas escenas que faltan en mi drama. ¿Ausencia de amor maternal? No la hay en él. Lo que hay es que mi protagonista obedece a otro amor más fuerte en ella; mejor dicho, a que siendo Mariana la libertad en sí misma, y no el amor a la libertad, ni su mártir, no supedita a un sentimiento inferior este gran sentimiento, este «sentirse ella la libertad inviolable e invencible». Que ama a sus hijos, dentro de aquella norma suprema, ya está dicho en estos versos suyos, al negarse a delatar a los conspiradores liberales:
No quiero que mis hijos me desprecien. Mis hijos
tendrán un nombre claro como la luna llena.
Mis hijos llevarán resplandor en el rostro
que no podrán borrar los años ni los aires.
Si delato, por todas las calles de Granada
este nombre sería pronunciado con miedo…
¿Que en mi obra queda empequeñecida la Mariana liberal? Es una opinión. Yo creo que no, sin embargo. Cuando la detiene Pedrosa —que no es Scarpia, sino Pedrosa—, mi Mariana exclama, herida en lo más puro de su ser, en su sentimiento de la libertad:
Estoy presa, Clavela, estoy presa.
¡Hora empiezo a morir!
Aparte de que yo no creo en el mito de la Mariana Pineda liberal tal como la han inventado los constitucionales. ¿No comprobó Anatole France la inexistencia de muchos santos bizantinos? ¿No sabemos todos que el teniente Ruiz no ha existido como tal héroe, sino que fue un mito adobado por los infantes para que hiciera «pendant» con los nombres gloriosos de Velarde y Daoiz, héroes auténticos de nuestra Artillería? Además, mi Mariana Pineda la concebí más próxima a Julieta que a Judith, más para el idilio de la libertad que para la oda de la libertad.
¿Que hay tópicos y trucos? ¡Claro! Como que componen bien en mi técnica de estampas escénicas. He utilizado algunos —no todos los que quisiera— que le iban al ambiente de la obra a su carácter romántico, poco ironizado… También convenía a mi obra algún anacronismo, y no vacilé en situar el fusilamiento de Torrijos antes que la ejecución de Mariana Pineda. Creo que el anacronismo es uno de los efectos más bellos en el teatro, sobre todo cuando no se quiere hacer una obra histórica, sino poética. El anacronismo, bien elegido es condensación de una época. A mi drama quizá le falte ambiente por no tener demasiados anacronismos… ¿Que unos pasajes son eruditos de expresión y otros populares? ¡Claro, también! De ese desequilibrio surge el contraste, otro bello efecto teatral. ¿Que las escenas finales son largas? ¡Como que he querido infundirle toda la angustia de una agonía del amor, de la libertad y de la vida…! También es larga, y hasta inoportuna, según la común medida, la apoteosis con que termina la muerte de «Cleopatra». Bueno, en esto, le ruego cuidado y lealtad: no vaya a entenderse que me comparo con Shakespeare. Es que le tomo como autoridad y como modelo. Tampoco es vanidad ridícula, sino consciencia de lo que uno pretende hacer, el decirle que la línea dramática de mi obra busca el sentido clásico a lo Lope, y la poética, el sentido clásico —en sus dos direcciones: culta y popular— a lo Góngora. Por eso, aunque sea obra romántica, no sigue a nuestros clásicos del romanticismo, y nada tiene que ver con García Gutiérrez, Hartzenbusch ni Zorrilla. ¡Ah! Y diga que, admirando el movimiento ultraísta, ya pasado, yo no lo he sido nunca. Ni vanguardista.
Finalmente, le confieso respecto a mi obra que no tengo hoy un juicio claro sobre ella, por lo lejana que está ya en mi producción. Si la volviese a escribir, lo haría de otro modo, en uno de los mil modos posibles. Por eso creo sinceramente que todos los críticos pueden tener razón al juzgarla, cada uno desde su punto de vista.
Al despedirnos, Federico García Lorca me dice en un aparte:
—Las interviús, según la teoría más moderna, se cobran. Yo espero que usted me pague todo lo que le he dicho, agregando que Margarita Xirgu interpreta a maravilla mi obra. Y que la admiro también mucho por haberse atrevido a representarla, después de habérmela rechazado todas las compañías que en España se precian de artísticas.
Yo respondo:
—Nada de eso hay que decirlo en pago de su amabilidad, sino graciosamente, porque es verdad y es justo.
6 J. G. O., «Los autores después del estreno. García Lorca, el público, la crítica y “Mariana Pineda”», Heraldo de Madrid, Madrid, 15 de octubre de 1927, p. 6. Obras completas, III, 1996, pp. 360-363.
Ernesto Giménez Caballero
Hablo a Lorca por teléfono:
—¿En qué año has nacido?
—El 1899, 5 de Junio.
—¿Dónde?
—En Fuentevaqueros, Granada.
—¿Cómo se llaman tus padres?
—Federico García Rodríguez y Vicenta Lorca.
—¿De dónde son?
—Andaluces, granadinos.
—¿Qué has heredado —vitalmente— de tu padre?
—La pasión.
—¿Y de tu madre?
—La inteligencia.
—Dame más datos para tu solución de herencias.
—Yo no soy gitano.
—¿Qué eres?
—Andaluz, que no es igual, aun cuando todos los andaluces seamos algo gitanos. Mi gitanismo es un tema literario y un libro. Nada más.
—Más datos.
—Mi padre, agricultor, hombre rico, emprendedor, buen caballista. Mi madre, de fina familia. Mi familia hizo crac en el siglo pasado. Ahora resurge otra vez.
—Gracias a ti.
—Bueno, gracias a mí.
—Dime tu infancia.
—Mi padre se casó viudo con mi madre. Mi infancia es la obsesión de unos cubiertos de plata y de unos retratos de aquella otra «que pudo ser mi madre», Matilde de Palacios. Mi infancia es aprender letras y música con mi madre, ser un niño rico en el pueblo, un mandón.
—¿Te desplazas pronto de tu pueblo?
—A un colegio de Almería, en seguidita. Pero me sorprende un tremendo flemón, y mis padres creen en mi próxima muerte y me llevan al pueblo otra vez a cuidarme.
—¿A qué te gustaba jugar de chico?
—A eso que juegan los niños que van a salir «tontos puros», poetas. A decir misas, hacer altares, construir teatritos…
—¿Qué más estudiaste?
—Estudié mucho. Estuve en el Sagrado Corazón de Jesús, en Granada. Yo sabía mucho, mucho. Pero en el instituto me dieron cates colosales. Luego, en la Universidad. Yo he fracasado en Literatura, Preceptiva e Historia de la Lengua castellana. En cambio, me gané una popularidad magnífica poniendo motes y apodos a las gentes.
—¿Cuántos hermanos tienes?
—Tres.
—¿Amigos?
—Muchos.
—Destaca algunos.
—El grupo de Gallo, la revista nuestra, la nueva cuerda granadina: Joaquín Amigo, Arboleya, Ramos, Ayala, Fernández Casado, Menoyo…
—¿Qué otras fueron las cuerdas granadinas anteriores?
—Antes de nosotros, la de Almagro, Gallego Burín, Navarro Pardo, Campos Aravaca y el gran Paquito Soriano Lapresa —el que nos ha dado lectura a todos con su gran biblioteca. Antes, el grupo de Ganivet, con D. Nicolás María López, J. Matías Méndez Vellido, Barrecheguren. Antes, la «cuerda» de Pedro Antonio Alarcón. Antes, las «Academias del siglo XVIII». Antes, Pedro Soto de Rojas y sus amigos… Antes…
—¿Boabdil?
—Sí, Boabdil.
—¿Y los amigos de Madrid, de tu «Residencia»? ¿Cómo viniste a la «Residencia»?
—Yo estudiaba Derecho y Letras en Granada. Antes había estudiado música con un profesor que había hecho una ópera colosal, La hija de Jepthé, que se llevó un horrible pateo. Yo le dediqué mi primer libro: Impresiones y paisajes. Había recorrido España con mi profesor y gran amigo, a quien tanto debo, Domínguez Berrueta. Me tenían preparado el que me marchara pensionado a Bolonia. Pero mis conversaciones con Fernando de los Ríos me hicieron orientarme a la «Residencia» y me vine a Madrid, a seguir estudiando Letras.
—¿Aquí, tus camaradas habituales?
—Dalí, Buñuel, Sánchez Ventura, Vicens, Pepín Bello, Prados y tantos otros…
—Dicen que se puede escribir un libro con tus aventuras de colegio, de «Residencia». ¿Cuál te parece la más divertida?
—La de la «Cabaña en el desierto». Un día nos quedamos sin dinero Dalí y yo. Un día como tantos otros. Hicimos en nuestro cuarto de la «Residencia» un desierto. Con una cabaña y un ángel maravilloso (trípode fotográfico, cabeza angélica y alas de cuellos almidonados). Abrimos la ventana y pedimos socorro a las gentes, ¡perdidos como estábamos en el desierto! Dos días sin afeitarnos, sin salir de la habitación. Medio Madrid desfiló por nuestra cabaña.
También hemos encontrado nosotros eso de «los putrefactos» ya generalizado.
—¿Qué cosas has escrito?
—Yo empecé a escribir a los diez y siete años.
Mi primer libro: Impresiones y paisajes. Luego: Suites (sin publicar); Poemas del cante hondo (sin publicar); Libro pequeño de cuentos (sin publicar); Libro de poemas (Ed. Maroto, 1921); Canciones (Litoral, 1927); Romancero gitano («Revista de Occidente», 1928); Mariana Pineda («La Farsa», 1928).
—¿Qué preparas?
—«Odas»; Las tres degollaciones (LA GACETA LITERARIA); un tomo de teatro: Amor de Don Perlimplín con Belisa en su jardín y Los títeres de Cachiporra; un Libro de dibujos (de mi Exposición en Barcelona, y otros).
—¿Cuál es tu posición teórica actual?
—Trabajar puramente. Vuelta a la inspiración. Inspiración puro instinto, razón única del poeta. La poesía lógica me es insoportable. Ya está bien la lección de Góngora. Apasionado instintivista, por ahora.
—¿Te parece bien que te llame —querido Lorca— diamante invaluable, porvenir sin tiempo, eternidad actual, ciprés, horóscopo, motor y peineta, salsa de seguidilla y triunfo de rey de bastos, Hércules de nieve y moro?
—No veo más inconveniente que uno: el que me quites mi récord supremo de los motes.
7 GIMÉNEZ Caballero, Ernesto, «Itinerarios jóvenes de España. Federico García Lorca», La Gaceta Literaria, n.º 47, Madrid, 1 de diciembre de 1928, p. 6. Obras completas, III, 1996, pp. 364-367. Nuestro agradecimiento al Centro de Estudios Lorquianos. Museo Casa Natal Federico García Lorca, Fuente Vaqueros.