Akal / Clásicos de la Literatura / 2
Alessandro Manzoni
Los novios
Traducción: Itziar Hernández Rodilla
Los novios es la obra más conocida del escritor italiano Alessandro Manzoni, quien la publicó inicialmente con el nombre de Fermo e Lucia en 1823, y posteriormente modificó y publicó por entregas desde 1840 a 1842. Cuenta la historia de una pareja de prometidos, Renzo y Lucia, dos humildes campesinos que tendrán que enfrentarse a don Rodrigo, el señor del lugar, quien, encaprichado con la muchacha, tratará de separarlos urdiendo toda clase de maquinaciones criminales contra la pareja. Después de muchas peripecias y desventuras, triunfarán los enamorados y volverán a reunirse para celebrar su tan ansiado matrimonio.
La lucha de los humildes por el más elemental de los derechos, dio lugar a esta novela histórica que dibujó el ambiente social de la Lombardía del siglo xvii bajo dominación española con todos los matices y todas las emociones del alma humana, relatando de manera sobrecogedora los efectos de la peste y ganando, en definitiva, un lugar indiscutible entre los grandes clásicos de la literatura universal.
Alessandro Manzoni (1785-1873) novelista, poeta y dramaturgo italiano, se sintió atraído en su juventud por el racionalismo y el escepticismo, corrientes que dominaban en la literatura francesa del Siglo de las Luces. Sin embargo, a partir de 1808 sus ideas se aproximaron al Romanticismo: una combinación de patriotismo ardiente y devoto catolicismo. Tomó parte en la fracasada revuelta milanesa contra la dominación austriaca de 1848 y, en 1860 fue elegido senador en la primera legislatura del recién nacido Reino de Italia. En cuanto a su actividad literaria, hasta 1825 era más conocido como poeta y autor teatral. Entre las obras de este periodo cabe citar la oda que escribió a la muerte de Napoleón, El cinco de mayo (1821), el volumen de poemas religiosos Los himnos sacros (1812-1815) y las tragedias románticas Conde de Carmagnola (1820) y Adelchi (1822). Sin embargo, la obra más conocida de Manzoni es Los novios (1823), con la que sentó las bases de la narrativa moderna en Italia e influyó en muchos novelistas posteriores.
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Título original
I promessi sposi
© Ediciones Akal, S. A., 2015
para lengua española
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ISBN: 978-84-460-4166-5
INTRODUCCIÓN
Desde su publicación, Los novios de Alessandro Manzoni ha sido la inspiración de los italianos de todos los tiempos al margen de su inclinación política o ideológica. Los novios ha producido más de quinientas ediciones en italiano, muchísimas traducciones en diversas lenguas, tres películas, siete obras de teatro, infinidad de estudios y comentarios, un centro de estudios manzonianos en Milán, y sigue siendo la más famosa de las novelas italianas, leída en todas las escuelas. Aunque narra una historia de amores rurales en la Lombardía durante el siglo xvii, su notorio localismo ejerció sobre los patriotas italianos la misma atracción que las primeras óperas de Verdi. La influencia de Virgilio se advierte particularmente en la descripción de los escenarios naturales así como en su amable y humana actitud frente a la vida. Por la combinación de sus afanes religiosos, sus formas románticas y su estilo realista, Manzoni desafía toda comparación con grandes novelistas como León Tolstói o Dickens.
Proceso de creación de la novela
La primera edición data de 1827, la definitiva de 1842. La novela no fue escrita de una sola vez, sino que fue corregida por Manzoni a lo largo de los años, en un proceso de creación muy complejo, en el que también su autor llevó a cabo un enorme esfuerzo lingüístico. La escribió en tres etapas:
– De 1821 a 1823: escribió la primera versión, en cuatro partes, titulada Fermo y Lucia, el nombre de los dos protagonistas, y presentaba personajes y episodios distintos de los de la versión definitiva; estaba narrada en una lengua mezcla de lombardo, toscano, francés y latín.
– De 1824 a 1827: segunda versión y publicación de I promessi sposi en tres tomos, conocida como Ventisettàna («del 27»). Esta segunda edición fue publicada en 1827, con el título de Los novios, historia milanesa del siglo xvii, descubierta y reescrita por Alessandro Manzoni. Tuvo ya un gran éxito.
– De 1827 a 1842: Manzoni no quedó todavía satisfecho con el resultado obtenido en 1827. Consideró que la lengua en la que estaba escrita la novela estaba muy vinculada a sus orígenes lombardos. En consecuencia, ese mismo año marchó a Florencia para, como él mismo dijo, la «risciacquatura in Arno», es decir, el «aclarado en las aguas del Arno», y someter su obra a una revisión lingüística profunda, inspirada en el modelo florentino. Entre 1840 y 1842, Manzoni publicó la tercera y última edición de Los novios. También es conocida como la Quarantana («del 40»), la edición definitiva y de referencia.
Argumento de la novela: protagonismo de los más humildes
No era su intención confeccionar una novela histórica al modo de Walter Scott, sino un gran tapiz realista sobre las duras condiciones de vida de la gente sencilla. Por eso, contrariamente a lo habitual en las novelas de la época, sus protagonistas son dos jóvenes de condición humilde: un tejedor y una campesina. El transcurso de la historia, parece decir Manzoni, está en sus manos y no solo en las de los poderosos.
A primera vista, el argumento del libro parece, pues, sencillo: Renzo, un campesino huérfano ha pedido la mano de Lucia, hija única de una madre viuda. En la manera tradicional de la gente de campo de esos tiempos, conscientes de la autoridad de la Iglesia, hacen planes para celebrar su matrimonio con la bendición del cura don Abbondio. La víspera de dicho evento, el sacerdote, que regresaba a casa por un solitario sendero, es detenido por una banda de criminales al servicio de don Rodrigo –el señor feudal de la comarca–, quien deseaba a Lucia y lo amenazan si bendice el matrimonio de los dos jóvenes.
Personajes de la novela
El poder novelístico de Los novios se basa en unos personajes creíbles y de atractivo perdurable, unos episodios en los que se combinan emotividad y humor, una prodigiosa descripción ambiental en la que son extraordinariamente intensas las páginas que narran la peste y sus efectos, «una miseria que superaba, no solo las posibilidades de socorro, sino casi diría que las fuerzas de la compasión». Los personajes principales son:
Renzo Tramaglino es un joven de origen humilde prometido a Lucia, quien lo ama profundamente. Al principio es bastante ingenuo, pero se va haciendo más hábil a lo largo de la novela, según va enfrentándose a muchas dificultades: es separado de Lucia y luego injustamente acusado de ser un criminal.
Lucia Mondella es una joven campesina menos imaginativa, completamente indefensa y sumisa, como lo eran las mujeres de su condición, y su única alternativa es la religión y su única defensa, el llanto
Don Abbondio es el sacerdote que rechaza casar a Renzo y Lucia porque ha sido amenazado por los hombres de don Rodrigo; se reencuentra con los protagonistas varias veces a lo largo de la novela. Es cobarde, moralmente mediocre, y proporciona la mayor parte del alivio cómico de la novela; sin embargo, no es solo un personaje tipo, puesto que sus defectos morales son retratados por Manzoni con una mezcla de ironía, tristeza y piedad.
Fray Cristoforo es un fraile valiente y generoso que ayuda a Renzo y Lucia, actuando como una especie de «figura paterna» para ambos y como la brújula moral de la novela. Fray Cristoforo era un hijo de familia rica y se unió a la orden capuchina después de matar a un hombre. Más adelante profundizaremos en este personaje.
Don Rodrigo es un noble cruel y despreciable y el principal villano de la novela. Decide evitar por la fuerza el matrimonio entre Renzo y Lucia, amenaza con matar a don Abbondio si los casa, e intenta secuestrar a Lucia.
El Innominado es probablemente el personaje más complejo de la novela, un poderoso y temido criminal que se encuentra dividido entre su feroz pasado y el creciente disgusto que siente hacia su vida. Está basado en un personaje histórico real: según algunos, alguien que vivió en Bagnolo Cremasco en el siglo xvi; según otros, se trataría de Francesco Bernardino Visconti, de quien descendía el propio autor por vía materna: la madre de Manzoni era Giulia Beccaria, hija de Cesare Beccaria, quien, también por vía materna, era un Visconti.
Agnese es la madre de Lucia; representa la ignorancia y la sabiduría popular.
Federico Borromeo es un virtuoso y celoso cardenal. El personaje literario está basado en el personaje histórico del mismo nombre.
Perpetua (ama de llaves) es la parlanchina sirviente de don Abbondio.
La monja de Monza, Gertrudis, es una figura trágica, una mujer amargada, frustrada y ambigua. Se hace amiga de Lucia y llega a estimarla sinceramente, pero su oscuro pasado aún la persigue. El personaje literario está basado en el histórico de Virginia María de Leyva y será analizado con más profundidad más adelante.
Estructura narrativa: varias novelas dentro de una
Los novios parte de la relación amorosa, temporalmente frustrada, ya mencionada, para adentrarse en los problemas políticos, sociales, económicos y humanos de la década de 1620 en la Italia del norte. Con este telón de fondo desfilan todos sus personajes cuyas características humanas –el orgullo y la humildad, la cobardía y el valor, el abuso y la sumisión, la agresividad y la mansedumbre, la fuerza y la debilidad, la violencia y la paz– se enfrentan en constante lucha.
Uno de los aspectos más interesantes del libro es que muchos de los personajes que aparecen en él, dan pie para que el autor inicie una nueva historia. Manzoni se entretiene creando nuevos escenarios y relatos, abandonando aparentemente el argumento principal, pero recuperando sin problemas el hilo de lo que dejó suelto en páginas, o a veces capítulos anteriores, manteniendo una admirable unidad y cohesión en la novela. Por eso Italo Calvino señaló que Los novios puede ser considerada como una «polinovela», en la que varias novelas se cruzan entre sí.
Los críticos que ven en Renzo y Lucia unos personajes unidimensionales no se equivocan. Los dos jóvenes son estereotipos que no ven más allá de sus sentimientos recíprocos, ni de las limitadas enseñanzas morales recibidas de un cura de pueblo. A pesar de su aparente importancia en la novela, no son la mejor creación de Manzoni. Los personajes creados con meticulosidad son el capuchino Cristoforo y la abadesa Gertrudis. Sus historias son novelas dentro de la novela principal. Es en ellos, más que en otros personajes, en donde se manifiesta la capacidad creativa y narrativa de Manzoni. Los dos personajes son una antítesis: mientras uno vive fielmente el espíritu del cristianismo, la otra vive de las apariencias.
De fray Cristoforo –nacido con el nombre de Lodovico– narra que es hijo de un exitoso comerciante cuyo sueño fue educar al hijo con los beneficios que le proporcionaba el dinero. Cristoforo era adulado por la gente de su servicio, pero rechazado por la clase a la que aspiraba pertenecer. En un infortunado encuentro con un noble que no le cede el paso, un sirviente suyo llamado Cristoforo muere a manos del noble. Lodovico no ve otra alternativa que vengar la muerte de su sirviente y mata al noble. En lugar de huir se queda paralizado ante su delito. Para protegerlo, lo llevan a un monasterio de capuchinos donde cambia su vida, adoptando el nombre del asesinado sirviente. Allí dedica su vida a la penitencia y se pone al servicio de los débiles, no solo facilitando el reencuentro de los novios a través de singulares peripecias, sino al servicio de los apestados en el lazareto de Milán cuando cunde la plaga y donde él mismo muere contagiado por ella.
La abadesa Gertrudis se nos presenta como la víctima de una educación viciada, de una manipulación paterna cruel y de unas limitaciones despiadadas para el desarrollo de su personalidad, lo cual obligadamente produce en ella un desequilibrio emocional y mental que se expresa en el trato inhumano a los otros. Los acontecimientos que conforman la vida de Gertrudis están brillantemente tratados por Manzoni, desde que a una tierna edad se ingresa en un convento con el pretexto de que allí aprendería lo que una mujer de su alta condición necesitaba saber para ocupar su sitio en la sociedad. Allí por su rango, es mimada por todas las monjas. Lo que más aprende Gertrudis es a ser privilegiada. Pero su estancia en el convento no es temporal como ella pensaba: su padre, inmune al lamento filial, decide encerrarla porque no tiene suficiente dinero para una dote y darla en matrimonio a un hombre de condición inferior es impensable. Después de un atormentado episodio en el que es Gertrudis es víctima de una trampa de su padre, es recluida en el convento convirtiéndose en un monstruo incapaz de practicar ninguna de las virtudes cristianas. En esas manos cae Lucia, buscando refugio a la persecución de don Rodrigo. Al saberla deseada y querida por un hombre se agiganta en Gertrudis la envidia y no tarda en encontrar ayuda en el criminal más salvaje de la comarca para secuestrarla y servirle como en bandeja de plata, por así decirlo, al deseo de don Rodrigo. El llanto y la virtud de Lucia, sacuden al empedernido criminal, quien renuncia a su vida de pecado y se encarga de que la virginal muchacha llegue sana y salva a los brazos de su futuro esposo, Renzo. El personaje de Gertrudis anticipa el realismo y naturalismo literario de escritores posteriores, como Flaubert, Zola o Clarín, cuyas novelas están protagonizadas por personajes de gran complejidad psicológica.
Presencia de la religión
El libro no es una apología del catolicismo, sino una aproximación ética a la vida; insiste en el cristianismo porque encuentra en él el camino para una mejor forma de convivencia humana, sin hacer daño al prójimo y sirviéndolo cuando lo necesite. Manzoni reconcilia el cristianismo con los principios fundamentales del humanismo liberal.
Lo admirable es que un escritor de esa época reivindicara los valores cristianos en un momento en que en Europa imperaba entre los intelectuales el libre pensamiento y el anticlericalismo. La vida de Alessandro fue atormentada y difícil, empezando porque él era fruto de una relación extramatrimonial de su madre. Manzoni se educó en un ambiente liberal, cuando su madre, separada de su marido, le llevó a vivir en París donde vivía con su amante. El joven Manzoni se nutrió de las corrientes anticatólicas del círculo literario de los llamados «ideólogos», movimiento filosófico del siglo xix, pero una vez vuelto a Italia dio un giro de 180 grados y se convirtió en un ardiente defensor de los valores del cristianismo puro (jansenismo). La conversión de su esposa, calvinista, le causó una gran impresión y le marcó definitivamente.
A Manzoni le preocuparon siempre los abusos del poder y el privilegio, las consecuencias del orgullo y la mala educación. Vio claramente las diferencias entre lo esencial y lo superfluo del cristianismo, las consecuencias del mal gobierno, causas del hambre y de tumultos sangrientos. Su sentido de la justicia es insólito para la época.
Retrato de la peste milanesa de 1630
No es menos elocuente al hablar de los horrores de la guerra y la peste que causaron la muerte de un millón de personas en Lombardía, Venecia, el Piamonte, la Toscana y parte de la Romagna.
Las consecuencias de la guerra quedan reflejadas perfectamente en la novela: campos destrozados, cosechas destruidas, casas quemadas, surgen de la pluma de Manzoni, golpeando al lector con el despropósito y la locura de esa guerra, que como todas se enreda en un laberinto de necedades. A la guerra le sigue la peste que adquiere las dimensiones de un personaje principal. Ni ricos, ni poderosos podían considerarse al margen de su azote; el contagio no solo era posible por el contacto, sino por las casi inexistentes medidas higiénicas de la población. En este episodio Manzoni usa datos históricos precisos para enriquecer el relato de este singular azote que comenzó a finales de 1629 en Milán: el número de muertos en el lazareto llegó a tres mil diarios. El realismo de la descripción es estremecedor y dantesco. Se moría de la peste, se moría del hambre; morían niños cuyas madres habían muerto; morían quienes ayudaban a los apestados, los que gobernaban, los viejos y jóvenes por igual. Toda la ciudad de Milán era una morgue. En medio de la catástrofe se desató la maldad: algunos robaban la ropa infectada para propagar la enfermedad entre sus enemigos y no se perdía la ocasión de vengarse de ellos.
Como en otras obras del género, se plantea también en Los novios la oportunidad y los condicionamientos de la novela histórica, en la que por subrayar solo un aspecto, el espacio que se dedica a las descripciones paisajísticas suele ser siempre de una jugosa calidad. Muy ricas son las impresiones que Manzoni recoge de los incomparables valles que se extienden entre los lagos de Como y Mayor y que Umberto Eco ha calificado de «cinematográficas».
La crítica posterior
A pesar todo lo dicho hasta ahora, la novela ha sido objeto de gran controversia. Se le reprocha a Manzoni el haber puesto más interés en la historia que en la literatura; se le tacha de tener una filosofía extrema que le mueve a interpretar el mundo solo en blancos y negros, haciendo que sus protagonistas sean buenos o malos, de acuerdo con el grado en el que vivan el cristianismo y que, por lo tanto, sus personajes son unidimensionales, y nos interesan como representantes de unos principios más que como individuos en sí. Según Benedetto Croce, la sabiduría del moralista limitó las posibilidades de Manzoni como artista y lo llevó a que en su novela comprimiera la complejidad de las pasiones humanas. Georg Lukács apuntó que Manzoni escribió una verdadera novela histórica en la que sus contemporáneos podían experimentar su propia pre-historia. Las condiciones de Italia a principios del siglo xix, no eran muy diferentes de las que trata Manzoni a principios del siglo xvii. Lukács señalaba que el amor, separación y reunión de los dos jóvenes campesinos se transformaba en una tragedia general de los italianos que vivían en un estado de degradación y fragmentación. Al estar Italia ocupada por los austriacos cuando Manzoni escribió Los novios, el escritor podía ver la historia repetida ante sus ojos y no tuvo que recurrir a tenebrosas invenciones y exageraciones que eran comunes en todos los demás escritores del Romanticismo.
En cualquier caso, nos encontramos ante la obra de un autor al que solo le aventaja en bibliografía el mismísimo Dante y que acaso encontró en su «larga novela» el medio ideal para librarse de sus frustraciones de poeta menor. La riqueza, la armonía, y la fluidez de la lengua toscana, con sus frecuentes giros de elevado lirismo poético, hacen de la obra de Manzoni un deleite literario. El autor es además, un maestro en la capacidad de entretejer y conectar elementos aparentemente diversos para formar una unidad narrativa que no deja ningún cabo suelto. Nadie puede negar a Manzoni el lugar destacado que el pueblo italiano le ha dado en su parnaso.
CRONOLOGÍA
1785: Alessandro Manzoni nació en Milán el 7 de marzo. Era hijo de Giulia Beccaria, concebido tras una relación extramatrimonial con Giovanni Verri, pero en el Registro Civil consta como su padre el esposo de Giulia, el conde Pietro Manzoni.
1792: Sus padres rompieron su matrimonio y su madre comenzó una relación con el intelectual Carlo Imbonati, trasladándose a Inglaterra y luego a París. Por esta razón, Alessandro fue educado en Italia en varios institutos religiosos, y asistió a la Universidad de Pavía.
1803-1805: El joven Manzoni vive con su anciano padre don Pietro, y se mueve en el ambiente iluminista de la aristocracia y la alta burguesía de Milán. Escribe El triunfo de la libertad, Adda, Los cuatro sermones en los que se ve la influencia de Monti y de Parini, pero también los ecos de Virgilio y Horacio.
1805: Muere su padre, y se une al círculo de intelectuales (los ideólogos) de su madre en Auteuil, Francia. Le influye Claude Charles Fauriel y se acerca al credo anticatólico del volterianismo.
1806-1807: En Auteuil escribe sus primeras poesías; una titulada Urania, y otra elegía en verso libre, dedicada al conde Carlo Imbonati, de quien, heredó la villa de Brusuglio (Lombardía), desde entonces su vivienda habitual.
1808: Se casa con Henriette Manzoni Blondel, hija de un banquero ginebrino, y calvinista, pero en 1810 se convierte al catolicismo romano.
1812-1822: Escribe Himnos sagrados, una serie de versos de carácter religioso, y un tratado sobre la moral católica, cercano al jansenismo. Goethe hace un juicio muy favorable en la revista Über Kunst und Alterthum.
1818: Tiene que vender su herencia paterna, al sufrir una estafa de manos de agente deshonesto.
1819: Publica su primera tragedia, El conde de Carmañola. Fue duramente criticada, sin embargo, Goethe la volvió a defender.
1821: La muerte de Napoleón, le inspira su Cinco de Mayo, una de las composiciones más populares de la lengua italiana. También escribe Marzo de 1821, una oda sobre la insurrección contra los austriacos.
1822: Termina, en septiembre, la primera versión de Los novios, titulada Fermo e Lucia. Publica su segunda tragedia, Adelchi, que contiene muchas alusiones veladas a la ocupación austriaca.
1825-1827: Periodo en que esta primera versión de Los novios es revisada por sus amigos, publicándose a razón de un volumen por año. Esta obra consagra definitivamente a Manzoni.
1833: Muerte de su esposa, precedida y seguida por las de algunos de sus hijos (de los nueve hijos de sus dos matrimonios, solo le sobrevivieron dos).
1837: Manzoni se casa de nuevo, con Teresa Borri, viuda del conde Stampa.
1840: Se traslada a vivir a Florencia, donde revisa laboriosamente Los novios.
1842: Publica el ensayo La historia de la columna infame, donde retoma el tema de la peste.
1850: Escribe Sobre la novela histórica y Sobre la invención.
1859: Es nombrado presidente del Instituto Lombardo de Ciencias, Letras y Artes. El rey Víctor Manuel, por decreto del ministro Rattazzi, le concede el Gran Cordón de la Orden de la SS. Mauricio y Lázaro, otorgándole una renta vitalicia anual de doce mil libras.
1860: El rey Víctor Manuel II lo nombra senador del primer gobierno del recién unificado Reino de Italia. Recibe la visita de Cavour.
1862: Conoce a Giuseppe Garibaldi.
1867: Escribió el ensayo Testamento.
1869: Escribió un breve tratado sobre la lengua italiana (Sobre la unidad de la lengua y los medios para difundirla).
1873: La muerte de su hijo mayor, Pier Luigi el 28 de abril, fue el golpe final que apresuró su fin. Muere el 22 de mayo.
1874: Giuseppe Verdi compuso la Misa de réquiem, en el primer aniversario de su muerte, para honrar su memoria.
los novios
Historia milanesa del siglo xvii descubierta y relatada por Alessandro Manzoni
NOTA DE LA TRADUCTORA
Podríamos considerar Los novios de Alessandro Manzoni la primera novela italiana moderna y, con la Divina comedia de Dante, la obra de literatura italiana más estudiada en sus escuelas.
Para esta traducción al castellano, he tomado como original la publicada por Grandi Tascabili Economici (n.º 39, 4.ª edición, junio de 2011), a cargo de Ferruccio Ulivi. El texto de esta edición coincide con el publicado por Oscar Mondadori en octubre de 1990, cuyo cotejo de variantes convence por su exhaustividad y su precisión. Sin embargo, no he incluido ni las numerosísimas notas del editor ni su bibliografía, como tampoco la introducción de Arnaldo Colasanti, por considerarlas excesivamente filológicas para una traducción que busca lectores con un interés más general en la obra. Las notas de la traductora se reducen a las que he considerado fundamentales para la comprensión del texto, dada la distancia temporal al momento de su escritura.
Para las citas bíblicas y las notas referidas al Evangelio, he seguido la versión de la Sagrada Biblia de Eloino Nacar Fuster y Alberto Colunga Cueto, O. P. (40.ª edición, 1980). En cuanto a la comprensión y la traducción de los pasajes correspondientes a la peste, he encontrado de gran ayuda el libro Información y curación de la peste de Zaragoza y praeservación contra peste en general (1565) de Joan Tomás Porcell, editado por María Dolores García Sánchez para el Centro di Studi Filologici Sardi / CUEC, en diciembre de 2009.
Itziar Hernández Rodilla
INTRODUCCIÓN
La historia puede verdaderamente definirse como una ilustre guerra contra el tiempo, pues habiéndole los años arrebatado sus prisioneros, ya cadáveres, los hace volver a la vida, les pasa revista y los forma de nuevo para la batalla. Mas los ilustres campeones que en tal liza acumulan palmas y laureles no recogen sino el despojo más pomposo y resplandeciente, embalsamando con sus tintas las empresas de príncipes y soberanos, y cualificados personajes, y pespuntando con la finísima aguja del ingenio los hilos de oro y seda que labran un perpetuo bordado de acciones gloriosas. Pero no es lícito a mi flaqueza elevarse a tales argumentos y sublimidades peligrosas, con su vagar entre laberintos de políticos trajines y el rimbombo de bélicos oricalcos: solo que habiendo tenido noticia de hechos memorables, si bien ocurridos a gente humilde, y de pequeños asuntos, me dispongo a dejar memoria de ellos a la posteridad, haciendo de todo franca y sobriamente la narratio, es decir, la relación. Y en ella se verán, en augusto teatro, luctuosas tragedias de horrores y escenas de perversidad grandiosa, con intermedios de empresas virtuosas y bondad angelical opuestas a las operaciones demoníacas. Y, en verdad, considerando que estos nuestros climas están bajo el amparo del Rey católico, nuestro señor, ese sol que nunca tramonta, y que por encima de ellos, con luz refleja, como luna jamás menguante, reluce el héroe de noble prosapia que hace pro tempore su figura, y los magníficos senadores como estrellas fijas y los demás respetables magistrados como planetas errantes esparcen la luz por doquier, viniendo así a formar un nobilísimo cielo, otro motivo encontrar no se puede para verlos mudados en infierno de actos tenebrosos, perversidad y sevicia que los temerarios multiplican, si no por arte y factura diabólica, dado que la sola malicia humana no debería bastar para resistir a tantos héroes que, con ojos de Argos y brazos de Briareo, se afanan por el bien público. Por lo que, describiendo esta relación sucedida en tiempos de mis verdes años, aunque la mayor parte de las personas que en ella recitaban sus papeles hayan desaparecido del teatro del mundo, tributarios de las parcas, por digno respeto se callarán sus nombres, es decir, su linaje, y lo mismo se hará con los lugares, indicando únicamente los territorios generaliter. Ninguno dirá que esto sea defecto de la relación y deformidad de este burdo parto mío, a menos que tal crítico sea persona carente de filosofía, pues los hombres en ella versados nada verán faltar en la sustancia de dicha narración, siendo cosa evidente, y de nadie negada, que los nombres no son sino puros purísimos accidentes…
«Pero, habiendo yo soportado la heroica fatiga de trascribir la historia de este manuscrito rayado y deslavado, y habiéndola dado, como suele decirse, a luz, ¿se hallará, a la sazón, quien soporte la fatiga de leerla?»
Esta reflexión dubitativa, nacida en la angustia de descifrar un garrapato que venía tras accidentes, me hizo suspender la copia y pensar más seriamente en lo que convenía hacer.
«Bien es verdad –me decía, hojeando el manuscrito–, bien es verdad que esta lluvia de ideítas y personajes no continúa así, sin descanso, durante toda la obra. El buen autor del xvii ha querido, al principio, lucir su virtud; pero, luego, en el curso de la narración, y algunas veces durante largos pasajes, el estilo corre mucho más natural y llano. Sí, pero ¡qué mediocre!, ¡qué grosero!, ¡qué incorrecto! Idiotismos lombardos a puñados, frases de la lengua usadas importunamente, gramática arbitraria, periodos inconexos. Y, además, cierta elegancia española sembrada aquí y allá; y aun, lo que es peor, en los lugares más terribles o más piadosos de la historia, en toda ocasión de excitar maravilla o hacer pensar, en todos los lugares, en suma, que requieren, es cierto, un poco de retórica, pero una retórica discreta, fina, de buen gusto, no deja nunca de brindarnos esta suya del proemio. Y así, amontonando con una habilidad admirable las cualidades más opuestas, encuentra la manera de parecer burdo a la par que afectado, en la misma página, en el mismo periodo, en el mismo vocablo. He aquí: peroratas hinchadas, compuestas a fuerza de solecismos vulgares, y dondequiera esa desmaña ambiciosa que es el carácter propio de los escritos de aquel siglo en la región. En verdad, no es cosa que presentar a los lectores de hoy, demasiado resabiados, demasiado disgustados por este género de extravagancias. Menos mal que me ha venido el buen juicio al principio de este desgraciado trabajo: me lavo las manos.»
En el acto, sin embargo, de cerrar el cartapacio para guardarlo, me supo mal que una historia tan hermosa hubiere de permanecer aún desconocida; porque, en cuanto historia, puede ser que al lector le parezca de otro modo, pero yo la encontré hermosa, como digo, muy hermosa. «¿Por qué no se podría –pensé– tomar el encadenamiento de hechos de este manuscrito y rehacer el estilo?» No habiéndose presentado objeción razonable alguna, tomé pronto la decisión. Y he aquí el origen del presente libro, expuesto con una ingenuidad adecuada a la importancia de este.
Algunos de estos hechos, no obstante, ciertas costumbres descritas por nuestro autor, nos habían parecido tan nuevos, tan singulares por no decir algo peor, que, antes de darles crédito, hemos querido interrogar a otros testigos; y nos hemos puesto a rebuscar en las memorias de aquel tiempo para aclarar si así era, verdaderamente, como el mundo funcionaba entonces. Tal estudio desató todas nuestras dudas: a cada paso caíamos sobre cosas semejantes y cosas más fuertes; y, lo que nos pareció más decisivo, hemos encontrado, incluso, algunos personajes de los que, no habiendo tenido antes más noticia que la de nuestro manuscrito, dudábamos que hubiesen existido. Y, si es necesario, citaremos algunos de esos testimonios para procurar crédito a las cosas que, por su singularidad, el lector estaría más tentado de no darlo.
Pero, rechazando como intolerable el estilo de nuestro autor, ¿por cuál lo hemos sustituido? Esa es la cuestión.
Quienquiera que, sin habérselo pedido, interviene para rehacer la obra de otro, se expone a dar cuenta estricta de la suya y se obliga, en cierto modo, a hacerlo: es esta una regla de hecho y derecho a la que no pretendemos, en absoluto, sustraernos. Es más, para conformarnos a ella de buen grado, hemos propuesto dar aquí razón detallada de nuestra forma de escribir y, con este fin, hemos ido, durante todo el tiempo del trabajo, intentando adivinar las críticas posibles y contingentes, con intención de rebatirlas todas con anticipación. Y tampoco ha estado en esto la dificultad, ya que (hemos de decirlo en honor a la verdad) no acudió a nuestra mente una crítica que no viniese acompañada de una respuesta triunfante, de esas respuestas que, no digo que desaten las cuestiones, sino que las cambian. A menudo, también, poniendo frente a frente dos críticas, las hacíamos abatirse la una a la otra; o examinándolas bien a fondo, cotejándolas atentamente, conseguíamos descubrir y demostrar que, tan opuestas en apariencia, eran, sin embargo, de un mismo género, que nacían ambas de no prestar atención a los hechos y principios sobre los que debía fundarse el juicio; y aunándolas, con gran sorpresa suya, juntas las desestimábamos. No hubo nunca autor que probase con tanta evidencia haber hecho bien. Pero ¡vaya! Cuando estábamos por reunir todas las objeciones susodichas y sus respuestas, para disponerlas con algún orden, ¡misericordia!, formaban todo un libro. Visto lo cual, hemos apartado la idea por dos razones, que el lector encontrará ciertamente buenas: la primera, un libro empleado para justificar otro, más bien el estilo de otro, podría parecer ridículo; la segunda, de libros, basta uno por vez, cuando no está de sobra.