Primera edición en REINO DE CORDELIA, noviembre de 2011
Edita: Reino de Cordelia
Alberto Alcocer, 46 - 3° B
28016 Madrid
www.reinodecordelia.es
Derechos exclusivos de esta edición en lengua
española
© Reino de Cordelia, S.L.
© Mariano Sánchez Soler, 2011
ISBN: 978-84-939382-0-8
Diseño: Jesús Egido
Maquetación: Chema Izquierdo
Corrección de pruebas: Marisol Martín
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LIBRO SIN LIBRO, 2011
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—¿Cómo puede ser tan dulce un hombre tan duro?
—preguntó, con curiosidad.
—Si no fuera duro, no estaría vivo. Si no
pudiera ser dulce, no merecería estarlo.
Raymond Chandler.
Playback
Fred MacMurray y Barbara
Stanwyck protagonizaron Perdición, con guión de Raymond Chandler y Billy Wilder
basado en la novela Double
Indemnity de James M. Cain.
Introducción
Todo lo quiero en negro
"DANS UNE SOCIÉTÉ CRIMINELLE, il faut
être criminel[1]", escribió Sade. Menos
radical que el divino marqués, me conformo con escribir ficciones
oscuras, donde el crimen y la aventura indagatoria me sumergen en
los rincones más tenebrosos del alma humana.
En una sociedad como la nuestra, globalizada
en un capitalismo sin barreras, la literatura negra, criminal,
puede ser un buen modo de no sucumbir y hacer un exorcismo con el
miedo, mientras apostamos por un género literario que debe ser
preciso, verosímil, realista, como si se tratara de un mecanismo de
relojería; un artefacto conectado a las zonas oscuras de la mente
humana y a la violencia como fenómeno social: puro virtuosismo
siniestro y de consecuencias imprevisibles. Así debe ser, en mi
opinión, la bien llamada novela negra, evolución urbana,
despiadada, amoral, revanchista... de la novela criminal clásica,
la novela-enigma, que tan buenos ratos ofreció a nuestros
biempensantes antecesores.
El jinete de la novela negra recorre el mundo.
Desde Estados Unidos, cuna del género, con briosos corceles como
Donald Westlake, Lawrence Block o James Ellroy, hasta Rusia, donde
un autor como Julián Semionov escribió verdaderos bestsellers en
plena perestroika, pasando por la Francia del neopolar de
Manchette. Grecia, Suecia, Italia... Todos los países han adaptado
las claves de la novela negra a sus características sociales
diferenciadas, a su peculiar manera de entender la muerte. Y, con
ella, se ha producido una explosión mundial de buena
literatura.
La novela negra (llamada de tantas maneras:
policíaca, criminal, giallo, polar, detective story,
crooc story, misterio, thriller, suspense...) es un género
narrativo que se detiene en la violencia para retratar nuestra
sociedad con la ternura de una apisonadora. No olvidemos que los
mejores relatos de la transición española han sido ofrecidos, a
través de novelas negras, por autores capitaneados por Manuel
Vázquez Montalbán, con sus relatos-crónica escritos desde la calle,
que también es el infierno. Como ha explicado el propio Montalbán:
"Nos aburría tanto lo que escribían los otros e incluso lo que
escribíamos nosotros, que hicimos lo que haría cualquier en este
caso: escribir lo que nos gustaría leer. Y, como reacción a la
literatura merodeante que se llevaba en el tránsito de los años
sesenta, a manera de expiación contra el periodo de literatura
clandestino-político-intervencionista, nos salieron historias en
las que intervenía la aventura y el delito. Porque eran las
historias que más nos habían impresionado en el cine o en las
novelas policíacas baratas".
Resulta imposible explicar la historia del
último siglo sin recurrir a la expresión del crimen en todas sus
facetas y tamaños. "Si mato a un hombre, soy un asesino, pero quien
mata a un millón es un héroe", cito de memoria las palabras de un
Monsieur Verdoux escrito por un Chaplin/Welles rebosante del
Dostoievski de Crimen y castigo. La novela negra es
también la opción de quienes apostamos por el realismo, convencidos
de que nuestra sociedad es mucho más dura que cuanto conocemos de
ella; que la verdad se nos escapa entre los dedos como agua de
alcantarilla y que, al final, siempre nos queda un fango, un lodo
hecho literatura de la mejor; convertido en narraciones magníficas,
impresionantes, contundentes. que llevan en su esencia el corazón y
el coraje de sus autores, pero también sus fantasmas.
La novela policial española, desprendiéndose
paulatinamente del mimetismo hacia los modelos norteamericanos, ha
conseguido instalarse entre nosotros. La razón de la novela negra,
su fortuna en España y su vitalidad como expresión literaria se
debe a su visión del mundo, a su técnica narrativa, a su manera de
contar historias impresas sobre el asfalto recalentado de nuestras
calles, entre los grandes rótulos de neón y los pedigüeños
harapientos.
Desde los clásicos, las claves temáticas del
género se siguen cimentando en los abusos del poder, en las
mentiras convertidas en verdades útiles por los farsantes, en la
corrupción que circula desde los despachos de la dignidad monetaria
hasta los escondrijos siniestros de la brutalidad. para iluminar
los rincones oscuros de la naturaleza humana, víctima y verdugo a
la vez.
Estas realidades provocan historias que bien
merecen una novela, o mil. Porque yo, que procedo de la poesía y
cultivo de manera implacable la literatura de no ficción, he
descubierto a los mejores cronistas de mi época escondidos bajo la
etiqueta de un género que sólo la estupidez puede considerar menor.
Ya lo sentenció Raymond Chandler cuando, tras pedir que le
mostraran a alguien incapaz de soportar la novela policíaca,
concluyó: "Se tratará, sin duda, de un mentecato, un mentecato
inteligente —es posible—, pero, de todos modos, un
mentecato".
Desde Poe, desde Hammett, estos autores han
mostrado su alma, sus existencias marcadas por tantas
desesperaciones. Porque todos surcamos las páginas de la novela
negra, como criminales en potencia o como víctimas capaces de
aprender a disimular nuestra propia inmolación. Por las páginas de
la Anatomía del crimen desfilan personajes y creadores que
emocionan a este guía (Chandler, Hammett, Fuller, McBain,
Thompson, Himes, Martín, Ledesma...), junto a ensayos sobre las
claves genéricas y la creación literaria. Cine y novela criminal
unidos en las ficciones y en la vida.
MARIANO
SÁNCHEZ
SOLER
Bogart protagonizó, en
1941, El Halcón Maltés con guión basado en la novela de
Dashiell Hammett.
1
Cómo se escribe una novela negra
(¿Se puede freír un huevo sin romperlo?)
COMO
AUTOR DE NOVELA NEGRA, y estudioso del género, voy a tratar
de responder en diez enunciados a la pregunta del millón de
dólares: ¿Cómo se escribe una novela negra? Bien, vayamos por
partes.
1. La búsqueda de la verdad. Si
el objetivo de cualquier aventura, de cualquier creación artística,
es la búsqueda de la verdad (y, si no, que se lo pregunten al
hidalgo Alonso Quijano), la novela negra es la expresión más nítida
de esta indagación literaria. Su objeto narrativo nace de la
necesidad de desvelar un hecho oculto/misterioso que nos mantiene
sobre ascuas. A través de sus páginas, el autor se propone, además,
desentrañar el impulso escondido que mueve a los personajes y que
justifica la existencia del relato desde el principio al fin.
2. La intriga: del quién al
cómo. Una novela negra debe escribirse con esa voluntad de
intriga, de revelación; cada capítulo, cada página, tiene que
conducir al lector hasta la conclusión final sin concederle el más
mínimo respiro. Sin embargo, a diferencia de la novela rompecabezas
clásica (Christie, Conan Doyle...), que cimentó la gloria de la
novela policíaca desde los inicios de la era industrial, en la
novela negra escrita a partir de Hammett, con la corriente
hard-boiled (duro y en ebullición), tanto o más importante
que saber quién o quiénes cometieron un hecho criminal es descubrir
cómo se llega hasta la conclusión. Ahí está Cosecha roja,
del gran Dashiell Hammett, cualquiera de las novelas de Chandler o
el Chester Himes de Un ciego con una pistola, como
ejemplos del cómo. También es importante el por qué, aunque su
respuesta puede resultar secundaria en una sociedad como la
nuestra, en la que, como todo el mundo sabe, es más rentable fundar
un banco que atracarlo.
Edición americana de
Cosecha Roja.
3. La acción esencial. Si en la
definición clásica de Stendhal "una novela es un espejo a lo largo
de un camino", la novela negra es una narración itinerante que
describe ambientes y personajes variopintos mientras se persigue el
fin, la investigación, la búsqueda. La acción manda sobre los
monólogos interiores, y la prosa, cargada de verbos de movimiento,
se hace imagen dinámica y emocionante. Es un camino urbano, ajeno a
las miradas primarias y a las mentes biempensantes, donde la
creación de personajes y la descripción de ambientes resulta
fundamental y exige al autor una planificación previa a la
escritura. Aquí radica uno de los rasgos esenciales de la novela
negra, que la convierte, de este modo, en novela urbana, social y
realista por antonomasia.
4. El argumento. Veamos: aventura
indagatoria, intriga, realismo, crítica social, espejo en
movimiento... Sin embargo, como diría Oscar Wilde, para escribir
una novela (negra), sólo se precisan dos condiciones: tener una
historia (criminal) que contar y contarla bien. ¿Y qué debemos
hacer para conseguirlo? Antes de empezar a escribir, es preciso
tener un argumento desarrollado, una trama en ciernes, un esquema
básico de la acción por la que vamos a transitar. Saber qué
historia queremos contar: su tema central. Después, al correr de
las páginas, los acontecimientos marcarán sus propios caminos, a
veces imprevisibles, pero el autor siempre sabrá hacia dónde dirige
su relato. Un buen mapa ayuda a no perderse.
Edición americana de
1.280 almas.
5. Lo accesorio no existe. La
voluntad de contar una historia y atrapar con ella al lector
permite pocas florituras y ningún titubeo. Toda la narración ha de
estar en función de la historia que pretendemos escribir. Si leemos
1.280 almas, de Jim Tdiompson, por ejemplo, descubrimos
que el novelista escribió una historia exacta, ajustada, sin ningún
pasaje prescindible. No en vano, es una obra maestra de la
narrativa moderna. Es cierto: una novela criminal puede contener
todo tipo de elementos disgregadores de la trama, divagaciones
caprichosas, puede cambiar de espejo a lo largo del camino; pero
entonces no nos encontraremos ante una novela negra, aunque se
mueva alrededor de la resolución de un crimen o se describa un
proceso judicial. En la novela negra, como en la poesía, lo
accesorio no existe. Un poema puede ser bellísimo pero, si quiere
llamarse soneto, tendrá que escribirse, como mínimo, en
endecasílabos. Es una regla fundamental del juego. Lo mismo ocurre
con la novela negra: hay que elaborarla en función de unas reglas
(que aquí estoy disparando a quemarropa) aceptadas a priori por el
autor. Y para que sea buena literatura, hay que escribirla
bien.
6. La construcción de los
personajes. Cuestión clave: antes de comenzar a escribir,
conviene saberlo todo sobre ellos. Su pasado, su psicología, su
visión del mundo y de la vida... Si conocemos a los personajes
principales (y muy especialmente al narrador o conductor de la
historia, si es uno), el relato discurrirá fácilmente, se deslizará
a través de las páginas como el jabón sobre una superficie de
mármol y el lector no podrá abandonar el libro hasta el párrafo
final. Para ello, se aconseja realizar una biografía resumida de
los personajes principales, como si se tratara de una ficha
policial o un currículum para obtener trabajos basura, dos
instrumentos de la vida real muy útiles en la creación
literaria.
Cartel original de El
sueño eterno, de Howard Hawks.
7. La fuerza de los diálogos. Cuando
hablan, los personajes deben utilizar la jerga precisa, sin abusar,
con palabras claves, pero sin caer en un lenguaje incomprensible y
cambiante. Vale la pena utilizar de manera comedida palabras
profesionales. Por ejemplo, si habla un policía, cuando vigila a un
sospechoso está marcándole; un confidente es un confite; cuando
matan a alguien, le dan matarile... Cada diálogo cuenta una
historia, y muchos personajes que desfilan por la novela negra se
muestran a sí mismos a través de sus palabras. El diálogo es un
vehículo para mostrar su psicología y sus fantasmas. Un ejemplo
clásico: Marlowe, en El sueño eterno, se disculpa
ante la secretaria de Brody, a la que ha golpeado: "¿Le he hecho
daño en la cabeza?", pregunta el detective. "Usted y todos los
hombres con los que me he tropezado", contesta la mujer.
8. Documentarse para ser verosímil.
Para que el lector se crea el relato que se está contando, el autor
debe documentarse con el objetivo de no caer en mimetismos fáciles
(especialmente cinematográficos). Por ejemplo, en España los jueces
no usan el mazo, como los anglosajones, sino una campanita; los
detectives españoles no investigan casos de homicidio ni llevan
pistola (salvo rarísimas excepciones). Hay que conocer las
cuestiones de procedimiento, no para convertir la novela en un
manual, sino para no caer en errores de bulto. La verosimilitud lo
exige para que el lector se crea nuestra historia. Hay que saber de
qué se está hablando. Por ejemplo, de qué marca y calibre es la
pistola reglamentaria de la policía española, si una pistola es lo
mismo que un revólver, cómo se realiza en España un levantamiento
de cadáver... y tantas otras dudas que surgen a lo largo de la
acción.
9. El mundo del crimen. Si la
trama que mueve una novela negra ha de ser creíble, los métodos del
crimen también. La conclusión de un hecho criminal ha de llegar por
los caminos de la razón. En el siglo XXI, los enigmas
rocambolescos, los venenos exóticos y las conspiraciones insólitas
han sido reemplazados por la corrupción institucional, las mafias,
los delitos económicos vestidos de ingeniería financiera o el
crimen de Estado. Vivimos en una era post-industrial donde la
novela negra es un testigo descarnado de las cloacas que mueven el
mundo, más allá del agente moralizador de la burguesía que campaba
en las páginas de las novelas-enigma tradicionales. Los tiempos han
cambiado y no hay retorno posible. El realismo y la denuncia
imponen su rostro literario. Los mejores personajes de la novela
negra actual son malas personas, pero, como diría Orwell, algunas
son más malas que otras.
10. Advertencia final: nada de
trucos. Poe, en Los crímenes de la calle Morgue,
inauguró el género policíaco y el género negro posterior al crack
de 1929, porque, al escribir esta historia, planteó al lector el
juego de descubrir una verdad, en apariencia sobrenatural, con las
armas de la razón, a través de una investigación detectivesca. Esa
voluntad del novelista, esta complicidad con el lector, exige al
escritor no hacer trampas en la construcción de sus historias
criminales y plantea, al mismo tiempo, una relación privilegiada
con el receptor de sus novelas. Divertir, entretener, emocionar,
escribir para ser leído... ¿No es este el objetivo de la
literatura? Hay que jugar limpio con el lector. ¡Las manos quietas
o disparo! Para freír un huevo, es preciso romper la cáscara.
Siempre.
Basil Rathbone y Nigel
Bruce son Sherlock Holmes y el doctor Watson en El perro de los
Barkerville (1939), dirigidos por Sidney Lanfield.
2
Heterodoxos y desterrados
LOS
GRANDES ESCRITORES, LOS CREADORES, han sido siempre
heterodoxos; han abierto caminos literarios nuevos mientras vertían
su alma en la escritura. Fueron muchos los autores al margen de la
moda, de la cultura oficial, plácida, que han aportado a la
literatura una nueva mirada, estilística y temática. En Estados
Unidos, a finales del siglo XIX, a estos autores los llamaban
bíblicamente "los ismaelitas", los que atraviesan el desierto.
Herman Melville, autor de Moby Dick y de Bartleby el
escribiente, y Edgar Allan Poe fueron dos casos claros de
escritores heterodoxos, que buscaban respuestas diferentes. Dos
"ismaelitas".
El mismo género policíaco es un ejemplo de
heterodoxia desde su fundación. Edgar Allan Poe inventó la novela
policíaca revolucionando la narrativa gótica de hechos
extraordinarios, monstruos y fantasmas. El 1841, en Los
crímenes de la calle Morgue, apela a la fuerza de la razón
para desvelar un misterio y plantea al lector el juego del
raciocinio como si fuera una partida de ajedrez. Además, inventa el
misterio de la habitación cerrada e inaugura la saga de los
detectives aficionados (Dupin). Además, aporta el primer retrato
criminalístico de un asesino. Los criminólogos, del mismo modo que
los novelistas policíacos, consideran al Poe de la calle Morgue, su
acta fundacional. El gran Edgar escribe en el prólogo de este
relato: "Entre el ingenio y la capacidad analítica existe en
realidad una diferenciación aún mayor que entre la fantasía y la
imaginación, si bien de una naturaleza casi estrictamente análoga.
Se descubrirá de hecho que el ingenioso es siempre fantaseador y el
verdadero imaginativo es analítico.
Ilustración de Arthur
Rackham para El crimen de la calle
Morgue.
"La narración que sigue parecerá al lector una
ilustración de las proposiciones que acabo de apuntar.
"Residiendo en París durante la primavera y
parte del verano de 18..., trabé relación con monsieur C. Auguste
Dupin".
Heterodoxia y libertad creativa, originalidad.
También Arthur Conan Doyle innovó el género. Dio un paso más allá.
Sherlock Holmes utiliza la deducción y el cálculo de probabilidades
e introduce la aventura, cambiando el registro de la novela
policíaca que se hacía hasta este momento. Incluso en la primera
novela de la saga, Estudio en escarlata (1887), dedica
algunos párrafos despectivos a Dupin y a Poe y pone en boca de
Holmes estas palabras: "No me cabe duda de que usted cree hacerme
una lisonja comparándome a Dupin. Pero, en mi opinión, Dupin era un
hombre que valía muy poco. Aquel truco suyo de romper el curso de
los pensamientos de sus amigos con una observación que venía como
anillo al dedo, después de un cuarto de hora de silencio, resulta
en verdad muy petulante y superficial. Sin duda poseía un algo de
genio analítico, pero no era, en modo alguno, un fenómeno, según
parece imaginárselo Poe".
Holmes y Watson en
Estudio en escarlata, ilustrado por Sidney Paget.
En la década de los años veinte, Dashiell
Hammett, en palabras de Raymond Chandler, "saca el crimen del
jarrón veneciano y baja la novela de misterio a la calle",
introduce el realismo, la delincuencia organizada., la ciudad como
centro de la acción. Además, hace literatura con un estilo nuevo,
donde los pensamientos y planteamientos de los personajes se
conocen a partir del movimiento, por lo que hacen, no por lo que
dicen. El lector comprende lo que piensan por lo que pasa.
Cosecha roja es el exponente más claro.
Cuando todo el mundo hacía novela
hardboiled a la manera de Hammett, o siguiendo su estela,
desde esa escuela narrativa, otro heterodoxo, Raymond Chandler, se
planteó describir emociones, hacer melodramas donde la descripción
de personajes, de lugares, de momentos, se convierte en la clave de
sus novelas. E inventa a Philip Marlowe, todo un icono de la
cultura californiana[2].
Se ha hecho muy buena literatura negra, sin
duda, pero son muy pocas las obras heterodoxas, innovadoras,
originales, que marcan nuevos caminos. Y son contados también los
autores que siguen sendas nuevas: Poe, Conan Doyle, Hammett,
Chandler. La novela de misterio se convierte en novela negra. La
calle y el crimen marcan el ritmo de las historias. En la
literatura negra norteamericana brillan con luz propia las novelas
de Horace McCoy, de Edward Anderson, de David Goodis, de Jim
Thompson, de Patricia Highsmith...
Desde Poe, los mejores autores de novela
criminal han mostrado su alma marcada por tantas desesperaciones.
Porque todos surcamos las páginas de la novela negra, como
criminales en potencia o como víctimas capaces de aprender a
disimular nuestra propia inmolación. Sumergidos en Poe, en Conan
Doyle, en Hammett, en Chandler. hasta llegar a Chester Himes, el
último gran ismaelita de la cultura norteamericana, el último
heterodoxo original que aportó una mirada nueva, personal,
revolucionaria, a la novelística en general y a la literatura
policíaca en particular.
Como ismaelita alejado de la cultura oficial
norteamericana, siempre brilló por sus ausencias. Por ejemplo, en
una obra clásica para el estudioso, como es A Catalogue of
Crime, de Jacques Barzun y Wendell Hertig Taylor (Ed. Harper
& Row. New York, 1971), Chester Himes no figuraba, a pesar de
que años antes, los especialistas franceses Boileau-Narcejac, en la
edición de 1964 de Le roman policier (Payot, París),
escribían que, a su juicio, los dos más grandes novelistas
americanos del momento eran Horace McCoy y Chester Himes.
Cartel de Kiss
Tomorrow Goodbye (en España, Corazón de hielo),
basada en la novela homónima de Horace McCoy.
En la actualidad, Himes está en todas las
enciclopedias y estudios como uno de los grandes renovadores del
género y de la narrativa norteamericana en general. Un ciego
con una pistola, una novela trascendental para mi generación,
Himes empieza así: "Un amigo mío, Phil Lomax, me contó que un ciego
había disparado con una pistola contra un hombre que le había
abofeteado en el metro y había matado a un espectador inocente que
leía tranquilo su periódico al otro lado del paseo. Y pensé:
maldita sea, igual que las noticias de hoy, las revueltas en los
guetos, la guerra a Vietnam, los actos masoquistas en el Medio
Oriente. Después pensé en algún de los líderes de voz estridente
que incitan los nuestros vulnerables hermanos del alma y las
fustigan para que se hagan matar, y finalmente pensé que toda
violencia desorganizada es como un ciego con una pistola".
Humphrey Bogart
interpreta a Philip Marlowe en la película El sueño
eterno.