Jacob Bronowski. Łódź (Polonia), 1908 - Nueva York (EE.UU.), 1974. Matemático polaco de origen judío y nacionalizado británico, Bronowski es célebre sobre todo por su serie televisiva de divulgación científica El ascenso del hombre, emitida por la BBC, a partir de la cual se publicó un libro oficial con el mismo título, que ahora presentamos. Esta obra, que describe en 13 capítulos la historia del desarrollo intelectual del ser humano, sus ganancias y sus pérdidas, sus dolores y sus aciertos, lo convirtió en uno de los más importantes divulgadores de la ciencia y, a la vez, en uno de los pocos representantes (el primero, quizá) de un humanismo renacentista en pleno siglo XX.
Con motivo de la gran herida causada a la humanidad por la equívoca aplicación de los avances teóricos de la física atómica durante la Segunda Guerra Mundial (el gran número de pérdidas humanas, en particular el causado por las bombas atómicas arrojadas sobre Nagasaki e Hiroshima), cambió su campo de interés, al igual que muchos otros físicos teóricos y físicos aplicados de su época, por las ciencias humanas y las ciencias de la vida (la biología). Bronowski fue también poeta, inventor, autor teatral, humanista y publicó un total de once libros antes de su muerte.

 

 

 

Título original: The Ascent of Man

 

© Del libro: Jacob Bronowski

© De la traducción: Pedro Pacheco

Edición en ebook: octubre de 2020

 

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ISBN: 978-84-122594-4-5

 

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Corrección ortotipográfica: Victoria Parra Ortiz

Composición digital: leerendigital.com

 

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El ascenso del hombre

 

 

Este clásico del doctor Bronowski traza el desarrollo de la sociedad humana a través de nuestra comprensión de la ciencia. Publicado en 1973 junto con una innovadora serie de televisión de la BBC, es considerado una de las primeras obras de divulgación científica, que ilumina el contexto histórico y social del desarrollo científico para una generación de lectores. Bronowski analiza la invención humana desde la herramienta de pedernal a la geometría, desde la agricultura a la genética y desde la alquimia a la teoría de la relatividad, mostrando cómo todas ellas son expresiones de nuestra capacidad de comprender y controlar la naturaleza.
Un viaje a través de la historia intelectual con el fin de encontrar «los grandes monumentos de la invención humana»: la isla de Pascua, Machu Picchu, la biblioteca de Newton y el observatorio de Gauss, la Alhambra y las cuevas de Altamira. En cada lugar, Bronowski considera las cualidades del pensamiento y la imaginación que hicieron que el hombre, primero, analizara el mundo físico para, a continuación, explorar las leyes y estructuras invisibles por encima y por debajo de su superficie. El hombre asciende al descubrir la plenitud de sus propios dones, y lo que va creando en el camino son «monumentos» en las etapas de su comprensión de la naturaleza y de sí mismo.

Índice

 

 

Portada

El ascenso del hombre

Prólogo de Richard Dawkins

Introducción

01. Entre animal y ángel

02. La cosecha de las estaciones

03. La veta en la piedra

04. La estructura oculta

05. La música de las esferas

06. El mensajero sideral

07. Un majestuoso mecanismo de relojería

08. La búsqueda del poder

09. La escalera de la creación

10. Un mundo dentro de otro mundo

11. Conocimiento o certidumbre

12. Generación tras generación

13. La larga infancia

Bibliografía

Sobre este libro

Sobre Jacob Bronowski

Créditos

Prólogo

Richard Dawkins

La expresión «el último hombre del Renacimiento» se ha convertido en todo un cliché, pero perdonamos su uso en esas raras ocasiones en las que la expresión es cierta. Es muy difícil pensar en un candidato mejor para ese elogio que Jacob Bronowski. Se podrán encontrar otros científicos que puedan exhibir un conocimiento profundo en humanidades, o —en un caso concreto— que combinen un prestigio ganado en el mundo de la ciencia con una preeminencia en historia china. Pero ¿quién mejor que Bronowski entrelaza un conocimiento profundo en historia, arte, antropología, cultura, literatura y filosofía con un exhaustivo conocimiento de la ciencia? ¿Y que además lo haga fácilmente, sin ningún esfuerzo y sin sucumbir nunca a parecer pretencioso? Bronowski usa la lengua inglesa —que no es su lengua materna, lo que es aún más extraordinario— tal como un pintor usa su pincel, con maestría tanto en la creación de grandes lienzos como de exquisitas miniaturas.

Inspirado por la Mona Lisa, esto es lo que tenía que decir al hablar sobre el primero y el más grande hombre del Renacimiento, cuyo dibujo del bebé en el útero abría la versión televisiva de El ascenso del hombre:

El hombre es único no porque hace ciencia, y es único no porque crea obras de arte, sino porque tanto la ciencia como el arte son igualmente expresiones de la maravillosa plasticidad de su mente. Y la Mona Lisa es un ejemplo muy bueno, porque después de todo, ¿qué es lo que hizo Leonardo la mayor parte de su vida? Hizo dibujos anatómicos, como el bebé en el útero de la Royal Collection en Windsor. Y es justo en el cerebro y en el bebé donde la plasticidad de la conducta humana empieza.

Bronowski enlaza con asombrosa destreza el dibujo de Leonardo con el niño de Taung: un espécimen de nuestro género ancestral Australopithecus, víctima —como sabemos ahora, algo que Bronowski desconocía cuando realizó su análisis matemático del diminuto cráneo— de un águila gigante hace dos millones de años.

Hay un aforismo digno de ser citado prácticamente en cada página de este libro, algo para guardar como un tesoro, algo para pegar en una nota en la puerta para que todo el mundo pueda verla, puede que incluso un epitafio para la lápida de un gran científico: «El conocimiento […] es una aventura sin fin en el filo de la incertidumbre». ¿Edificante? Sí. ¿Inspirador? Sin ninguna duda. Pero leído en su contexto es impactante. La tumba en la que se podría poner esa lápida resulta que pertenece a toda una tradición investigadora europea, destruida por Hitler y sus aliados prácticamente de la noche a la mañana:

Europa dejó de ser un lugar acogedor para la imaginación —y no solo la imaginación científica—. Toda una concepción de la cultura estaba en retirada: la concepción de que el conocimiento humano es personal y responsable, una aventura sin fin en el filo de la incertidumbre. Se hizo el silencio, de igual manera que después del juicio a Galileo. Los grandes hombres se vieron inmersos en un mundo amenazado. Max Born. Erwin Schrödinger. Albert Einstein. Sigmund Freud. Thomas Mann. Bertolt Brecht. Arturo Toscanini. Bruno Walter. Marc Chagall.

No es necesario pronunciar unas palabras tan poderosas a voz en grito o con lágrimas ostentosas rodando por la cara. Las palabras de Bronowski obtuvieron un gran impacto, en parte debido a su tono calmado, humano, comedido, y a esa forma encantadora de pronunciar las «erres» mientras miraba directamente a la cámara, con sus gafas parpadeando con los reflejos de la luz como faros en la oscuridad.

Pasajes oscuros como ese constituyen algo excepcional en este libro lleno de luz y de genuina y sincera inspiración en la mayoría de sus páginas. Casi se puede oír la peculiar voz de Bronowski a lo largo y ancho de este libro, y ver asimismo su expresiva mano cortando de arriba abajo la complejidad para de repente decir algo importante. Permanece de pie enfrente de una gran escultura, el Filo de cuchillo de Henry Moore, para decirnos,

La mano es el borde cortante de la mente. La civilización no consiste en un conjunto de artefactos acabados, es la elaboración de los procedimientos que llevaron a su fabricación. Al fin y al cabo, la marcha del hombre es la sofisticación de su mano en acción. El estímulo más poderoso que ha impulsado el ascenso del hombre es el placer que siente con cada ejercicio de sus habilidades. Ama lo que hace bien, y una vez lo ha hecho bien, ama hacerlo todavía mejor. Ese espíritu se puede ver en su ciencia. Se puede ver en la magnificencia con la que talla y construye, en su cuidado amoroso, su regocijo, su descaro. Se supone que los monumentos fueron construidos para homenajear a reyes y a religiones, a héroes y dogmas, pero, al fin y al cabo, al hombre al que homenajea es al constructor de dicha obra.

Bronowski era un racionalista y un iconoclasta. No se conformaba con disfrutar de los logros a los que había llegado la ciencia, sino que pretendía provocar, estimular, pinchar.

Esa es la esencia de la ciencia: haz una pregunta impertinente, y estarás en camino hacia una respuesta pertinente.

Eso no se aplica únicamente a la ciencia, sino a todo modo de aprendizaje, lo cual, según Bronowski, estaba encarnado por una de las universidades más grandes y más antiguas del mundo, casualmente en Alemania:

La universidad es como la Meca a la cual acuden los estudiantes con poco más que una fe inquebrantable. Es importante que los estudiantes aporten cierta picardía, una irreverencia virginal hacia sus estudios; no están aquí para venerar lo conocido, sino para cuestionarlo.

Bronowski se refería a las especulaciones mágicas del hombre primitivo con simpatía y comprensión, pero al final:

La magia es solo una palabra, no una respuesta. La magia, en sí misma, es una palabra que no explica nada.

Hay magia —la clase correcta de magia— en la ciencia. También hay poesía, y poesía mágica en cada página de este libro. La ciencia es la poesía de la realidad. Si Bronowski no dijo eso, es la clase de afirmación que habría hecho este polifacético, elocuente, discreto erudito, cuya sabiduría e inteligencia simbolizan lo mejor que hay en el ascenso del hombre.

Introducción

El primer borrador de El ascenso del hombre fue escrito en julio de 1969 y la última secuencia de la serie fue rodada en diciembre de 1972. Un proyecto tan enorme como este, aunque sea maravillosamente estimulante, no puede llevarse a cabo a la ligera. Requiere un vigor físico e intelectual infatigable, una absoluta inmersión en el proyecto de la que se ha de estar absolutamente seguro, que será llevada a cabo y mantenida durante todo el proceso con gusto; por ejemplo, tuve que dejar de lado investigaciones que ya había empezado; y me veo obligado a dar las explicaciones oportunas de los motivos que me impulsaron a hacer algo así.

El talante de la ciencia había sufrido un cambio profundo en los últimos veinte años: el foco de su atención había cambiado. De las ciencias físicas había pasado a las ciencias de la vida. Como resultado de dicho cambio, la ciencia se vio atraída cada vez más hacia el estudio de la individualidad. Pero el espectador interesado apenas se da cuenta de lo lejos que llega el efecto de cambiar la imagen del hombre que la ciencia va moldeando. Como matemático entrenado en el campo de la física, a mí también me habría pasado desapercibido dicho cambio si no se hubieran dado una serie de acontecimientos casuales que me introdujeron en el mundo de las ciencias de la vida a mi mediana edad. Tengo una deuda de gratitud por la suerte que he tenido al poder dedicarme a dos ramas fundamentales de la ciencia durante mi vida; y dado que no sé a quién le debo esa deuda, concebí El ascenso del hombre como agradecimiento para compensarla.

La invitación que me hizo la British Broadcasting Corporation era para presentar el desarrollo de la ciencia en una serie de programas de televisión al estilo de los que hizo lord Clark en la serie Civilisation. La televisión es un medio excelente para poder exponer cualquier tema por diversas razones: su visualización es poderosa e inmediata, es capaz de hacer que el espectador se sienta transportado a los lugares y los hechos que se están describiendo, y resulta lo suficientemente familiar para que sienta que lo que está presenciando no son solo hechos descritos, sino el resultado de la acción de la gente. De todos estos méritos, el último es el que me resulta más convincente, y es el que más peso tuvo a la hora de aceptar presentar una biografía de ideas en formato de ensayos para la televisión. El asunto es que el conocimiento en general y la ciencia en particular no consisten en ideas abstractas, sino en ideas artificiales, fabricadas por el hombre, desde sus comienzos hasta los modelos más modernos e idiosincrásicos. Por lo tanto, el conocimiento de los conceptos subyacentes que encierra la naturaleza debe de haber aparecido pronto, en las culturas humanas más simples y a partir de sus facultades más básicas y específicas. Y el desarrollo de la ciencia que une todos esos conceptos en combinaciones cada vez más complejas parece ser un atributo igualmente humano: los descubrimientos los hacen los hombres, no gracias únicamente a sus mentes, ya que se trata de seres vivos dotados de individualidad. Si la televisión no se usa para expresar estos pensamientos de forma concreta, se desperdiciará su uso.

En cualquier caso, desentrañar ideas es una empresa íntima y personal, y eso nos lleva al espacio común que comparten la televisión y los libros impresos. A diferencia de una conferencia o de una película de cine, la televisión no va dirigida a un público masivo. Está dirigida a dos o tres personas sentadas en una habitación, como una conversación cara a cara entre dos personas —una conversación en la que habla solo una persona, de la misma manera en que lo es un libro, sin embargo más familiar y socrática—. Para mí, absorbido por el trasfondo filosófico que subyace al conocimiento, este es el regalo más atractivo que ofrece la televisión, mediante el cual puede llegar a ser una fuerza tan persuasiva e intelectual como el libro.

El libro impreso posee una libertad añadida: no está despiadadamente unido al sentido direccional del tiempo, de la forma en la que sí lo está un discurso hablado. El lector puede hacer lo que ni el espectador ni el oyente pueden hacer, que es hacer una pausa en su lectura y reflexionar, volver hacia atrás en las páginas y en el argumento, comparar un hecho con otro y, de forma general, apreciar los detalles de las pruebas presentadas sin distraerse por el modo en que se le presentan. He procurado usar la ventaja que supone esta forma más pausada de razonar siempre que he podido, poniendo por escrito lo que ya había dicho en el programa televisivo. Lo que se dijo en esos programas requirió un gran volumen de investigaciones, que me llevaron a descubrir muchos vínculos y curiosidades inesperados, y habría sido una pena no capturar parte de esa riqueza en este libro. De hecho, me habría gustado haber hecho mucho más, e intercalar el texto con el material y las citas originales en las que se fundamenta. Pero eso habría cambiado el destinatario de este libro, en lugar de al lector general debería haber sido dirigido a estudiantes.

Al transcribir el texto usado en el programa de televisión, he procurado seguir el texto al pie de la letra, básicamente por dos razones. Primero, a la hora de hacer cualquier discurso quería preservar la espontaneidad del pensamiento, algo en lo que me esforcé allí donde fui. (Por la misma razón, intenté ir a lugares que fueran tan estimulantes para mí como para el espectador). Segundo, y más importante, quería preservar de igual forma la espontaneidad del argumento. Un argumento verbal es informal y heurístico; identifica el centro mismo de la materia tratada y muestra de qué forma es crucial y nuevo; y al mismo tiempo, proporciona la dirección que nos lleva a la solución, de modo que, hasta en su forma simplificada, su lógica siga siendo correcta. Para mí, este modo filosófico de argumentación es el fundamento de la ciencia, y no se debería permitir que nada lo oscureciera.

El contenido de estos ensayos abarca, de hecho, mucho más que el campo de la ciencia, y no lo habría titulado El ascenso del hombre si no hubiera tenido también en mente otros pasos que se han dado en nuestra evolución cultural. Mi ambición ha sido aquí la misma que con mis otros libros, tanto de literatura como de ciencia: crear una filosofía para el siglo XX que fuera una filosofía unificada. De la misma forma, esta serie habla más de filosofía que de historia, y de una filosofía de la naturaleza más que de ciencia. El tema de esta obra es una versión contemporánea de lo que se solía llamar filosofía natural. A mi modo de ver, estamos en la actualidad mejor preparados intelectualmente para concebir la filosofía natural que en los últimos trescientos años. Y eso se debe a que los recientes descubrimientos en biología humana han dado una nueva dirección al pensamiento científico, lo han desplazado de lo general a lo individual, por primera vez desde que el Renacimiento abrió las puertas del mundo natural.

No puede existir una filosofía, ni siquiera una ciencia decente, sin humanidad. Deseo que el sentido pleno de esa afirmación sea palpable a lo largo y ancho de este libro. Para mí, la comprensión de la naturaleza tiene como finalidad la comprensión de la naturaleza humana, y de la condición humana dentro de la naturaleza.

Presentar una visión de la naturaleza a la escala a la que se hace en esta serie es tanto un experimento como una aventura, y estoy muy agradecido a aquellos que hicieron ambas cosas posibles. Mi primera deuda es con el Instituto Salk de Estudios Biológicos, que ha apoyado mi trabajo sobre la especificidad humana durante tanto tiempo, y que además me concedió un año sabático para poder realizar la serie de televisión. También estoy en deuda con la British Broadcasting Corporation y con sus asociados, y de manera muy particular con Aubrey Singer que ideó este enorme proyecto y que estuvo durante dos años animándome a que me hiciera cargo de él hasta que me convenció.

La lista de todos aquellos que ayudaron en la elaboración de los capítulos de la serie es tan enorme que debo usar una página para ellos solos, así les puedo dar las gracias a todo el equipo conjuntamente; fue un auténtico placer trabajar con todos ellos. Sin embargo, no puedo pasar por alto los nombres de los productores que encabezan esa lista, y particularmente Adrian Malone y Dick Gilling, cuyas imaginativas ideas lograron dar vida a las palabras.

Dos personas trabajaron conmigo en este libro, Josephine Gladstone y Sylvia Fitzgerald, e hicieron mucho más que eso, me alegra poder darles las gracias aquí por su gran trabajo. Josephine Gladstone se encargó de todas las investigaciones necesarias para la serie de televisión desde 1969, y Sylvia Fitzgerald me ayudó a planificar y preparar cada uno de los guiones. No habría podido tener unos colegas más estimulantes.

J.B.

La Jolla, California

Agosto de 1973