Joris-Karl Huysmans
Francia: 1848-1907
La nieve cae en grandes copos, el viento sopla, el frío hace estragos. Regreso a casa deprisa, preparo el fuego, la lámpara. Espero a mi amante. Cenaremos juntos en mi casa; he encargado la cena, he comprado una botella de vino de Borgoña, una hermosa tarta con frutas en almíbar (¡es tan golosa!). Son las seis, espero. La nieve cae en grandes copos, el viento sopla, el frío hace estragos; atizo el fuego, cierro las cortinas, cojo un libro, mi viejo Villon. ¡Qué inefable delicia! Cenar en casa los dos junto al fuego. Suenan en el reloj de pared las seis y media; presto atención para comprobar si sus pasos tocan levemente la escalera. Nada, ningún ruido. Enciendo mi pipa, me arrellano en mi sillón, pienso en ella. Las siete menos cinco. ¡Ah! ¡al fin! Es ella. Dejo mi pipa, corro hacia la puerta; los pasos siguen subiendo. Vuelvo a sentarme con el corazón oprimido; cuento los minutos, me acerco a la ventana; la nieve sigue cayendo en grandes copos, el viento sigue soplando, el frío sigue haciendo estragos. Intento leer, no sé lo que leo, sólo pienso en ella, la excuso: la habrán retenido en el almacén, se habrá quedado en casa de su madre. ¡Hace tanto frío! Tal vez esté esperando un coche, pobre chiquita, ¡cómo voy a besar su naricilla fría y a sentarme a sus pies! Suenan las siete y media: ya no puedo estarme quieto, tengo el presentimiento de que no vendrá. ¡Vamos! Tratemos de cenar. Intento tragar algunos bocados pero mi garganta se cierra. ¡Ah! ¡ahora comprendo! Mil pequeñas naderías se yerguen ante mí; la duda, la implacable duda me tortura. Hace frío, pero ¿qué importan el frío, el viento, la nieve cuando se ama? Sí, pero ella no me ama.
¡Oh! seré firme, la reprenderé enérgicamente, además, hay que acabar con esto, se está riendo de mí desde hace mucho tiempo; ¡qué demonios, ya no tengo dieciocho años! No es mi primera amante; ¡después de ella vendrá otra! ¿Se enfadará? ¡qué desgracia! ¡las mujeres no son un artículo escaso en París! Sí, es fácil decirlo, pero otra no sería mi pequeña Sylvie; ¡otra no sería este pequeño monstruo que me tiene locamente embobado! Camino a grandes zancadas, furiosamente, y mientras me pongo rabioso, el reloj tintinea alegremente y parece burlarse de mis angustias. Son las diez. Acostémonos. Me tiendo en la cama y dudo a la hora de apagar la luz; ¡bah! ¡da igual! apago. Furibundas iras me oprimen la garganta, me asfixio. ¡Ah! sí, todo ha terminado entre nosotros, bien terminado. ¡Ah! Dios mío, alguien sube; es ella, son sus pasos; me bajo de la cama, enciendo, abro.
-¡Eres tú! ¿De dónde vienes? ¿Por qué llegas tan tarde?
-Mi madre me ha entretenido.
-¡Tu madre!... hace tres días me dijiste que ya no ibas a su casa. ¿Sabes? Estoy muy enfadado; si no estás dispuesta a venir con más exactitud, pues…
-Pues… ¿qué?
-Pues nos enfadaremos.
-De acuerdo, enfadémonos ahora mismo; estoy cansada de que me riñas siempre. Si no estás contento me voy…
Tres veces cobarde, tres veces imbécil, ¡la retuve!
Tan pronto como hube terminado mis estudios, mis padres consideraron útil hacerme comparecer ante una mesa cubierta de paño verde y rematada por bustos de viejos señores que se preocuparon por saber si yo había aprendido suficientes lenguas muertas como para ser promovido al grado de bachiller. La prueba fue satisfactoria. En una cena a la que toda mi parentela fue invitada, celebraron mis éxitos, se inquietaron acerca de mi porvenir y resolvieron, por fin, que yo estudiaría derecho.
Pasé medianamente el primer curso y me gasté el dinero para la matrícula de segundo con una rubia que decía sentir afecto por mí, a determinadas horas. Frecuenté asiduamente el Barrio Latino y en él aprendí muchas cosas, entre otras a interesarme por los estudiantes que, todas las tardes, escupían en sus jarras de cerveza sus ideales de política, y además a apreciar las obras de George Sand y de Heine, de Edgard Quinet y de Henri Mürger. La pubertad de la tontería me había llegado. Esto duró aproximadamente un año; maduraba poco a poco y las luchas electorales de finales del Imperio me dejaron indiferente puesto que, al no ser hijo ni de un senador ni de un proscrito, no tenía más que seguir, bajo cualquier régimen, las tradiciones de mediocridad y escasez adoptadas desde tiempo atrás por mi familia. El derecho no me gustaba en absoluto. Consideraba que el Código había sido mal redactado a propósito, para proporcionar a determinadas personas ocasión de ergotar hasta la saciedad acerca de las más insignificantes palabras; aún hoy considero que una frase claramente escrita no puede, razonablemente, conllevar tan diversas interpretaciones. Me analizaba buscando un estado que pudiera abrazar sin demasiado hastío, cuando el difunto emperador me encontró uno: me convirtió en soldado por la torpeza de su política.
La guerra contra Prusia se declaró. A decir verdad, nunca comprendí los motivos que hacían necesarias esas carnicerías entre ejércitos. No experimentaba necesidad de matar a otros, ni de dejarme matar por ellos. Fuera lo que fuere, tan pronto como me incorporé a la guardia móvil del Sena, recibí orden, después de haber ido a recoger un uniforme y unos zapatos, de pasar por una barbería y de estar a las siete de la tarde en el cuartel de la calle Lourcine. Llegué puntual a la cita. Tras pasar lista, una parte del regimiento salió por las puertas e inundó la calle. Entonces la calzada se movió como las olas y los mostradores de las tabernas vecinas se llenaron.
Apretujados unos contra otros, los obreros en mono, las obreras en harapos, los soldados cinchados, con polainas pero sin armas, escandían con el tintineo de los vasos La Marsellesa que interpretaban a berridos. Con quepis de una altura increíble y adornados con visera de ciego y escarapelas tricolor de hojalata, disfrazados con una chaqueta azul oscuro con cuello y bocamangas rojo claro, pantalones de lino azul con banda roja, los soldados de la guardia móvil del Sena, aullaban a la luna antes de irse a conquistar Prusia. Era un tumulto ensordecedor en las tabernas, un alboroto de vasos, de cantimploras, de gritos, interrumpido aquí y allá por los chirridos de las ventanas movidas por el viento. De repente, un redoble de tambor cubrió todos los demás clamores. Una nueva columna salía del cuartel; entonces se formó un jolgorio, una borrachera indescriptible. Parte de los soldados que bebían en las tabernas salieron, seguidos de sus parientes y amigos que se disputaban el honor de llevar sus petates1; se había roto filas, y se había formado una mezcolanza de soldados y burgueses; las madres lloraban, los padres, más tranquilos, sudaban el vino, los niños saltaban de alegría y berreaban, con sus voces agudas, canciones patrióticas.