Para Michael
Nunca dudes de que un grupo pequeño
de ciudadanos pensantes y comprometidos
puedan cambiar el mundo. De hecho, sólo
eso puede lograrlo.
—MARGARET MEAD
1
Una muy buena pregunta
Me llamo Byx. Soy una dairne.
Aunque no soy una gran cazadora.
Entonces, ¿por qué me ofrecí para ir con mis amigos Sabito y Gambler a cazar eshwins?
Buena pregunta. Es una muy buena pregunta, en verdad.
—¿Puedes percibirlos, Byx? —me preguntó Gambler con su voz ronca y grave—. Tu olfato es mejor que el mío.
Gambler es un felivet, una enorme criatura semejante a un felino. Su pelaje es negro y reluciente, como una piedra de río, a excepción de unas cuantas líneas blancas que le cruzan la cara. Sabito es un raptidonte, un depredador de gran tamaño, cuyas alas extendidas abarcan tanto como lo que mide Gambler del hocico a la cola.
Gambler cuenta con su rapidez, sus garras y sus colmillos. Sabito, con su velocidad, sus garras y su pico.
¿Yo? Yo cuento con mi andar torpe, mi piel blanca y sedosa, y unos dientes que no asustarían ni a un gatito.
Por otro lado, al igual que los perros (con los cuales tenemos más que un leve aire de familia), los dairnes tienen una nariz privilegiada.
—Los detecto —dije desde mi puesto, a lomos de Caos. Mi caballo plata moteado caminaba con cuidado, posando los cascos sobre piedras sumergidas en un arroyo poco profundo—. Pero no puedo determinar con precisión la dirección de la que viene el olor porque el viento sopla en ramalazos intermitentes.
Cuando llegamos al otro lado, Caos trepó a la orilla mientras yo me aferraba a él con todo mi ser. El terreno frente a nosotros era llano y abierto, con árboles jóvenes muy espaciados entre sí, y rápidamente alcanzamos a Gambler que corría veloz.
Ver a un felivet cazar es algo maravilloso. No corren sino que se deslizan.
Sabito descendió y planeó un poco por encima de nosotros. Era capaz de flotar así por breves periodos, ajustando en sus alas una pluma o dos y aprovechando el impulso ascendente del aire que subía al contacto con el suelo calentado por los rayos del sol.
—Están justo al frente –reportó Sabito—. ¿Ven la pradera? Allá, detrás de la hilera de cipreses altos.
Donde el poder de mi olfato había fracasado, su vista de raptidonte había triunfado. ¿Qué tan increíble es el ojo de un raptidonte? Sabito era capaz de leer un libro por encima de mi hombro, incluso desde el aire, mil codos más arriba.
—Tal vez, amigo Sabito, podrías tratar de acecharlos desde atrás, y estar preparado en caso de que huyan.
—Me parece que planean quedarse allí un rato —contestó Sabito.
—Entonces, la cena está servida —repuso Gambler.
Hubo una época en que los felivets cazaban a mis semejantes, pero eso ya no sucede. En todo caso, cuesta mucho ser una dairne en las cercanías de un felivet hambriento y no sentir algo de aprensión.
Las garras de los felivets son como puntas de flecha. Sus mandíbulas son capaces de romper rocas. Gambler podrá ser un amigo fiel, pero también es un asesino implacable y eficiente.
Eso me lleva de nuevo a la pregunta. ¿Por qué me ofrecí a salir en esta expedición de caza? ¿Por aburrimiento? ¿O sería para sentirme útil en el Ejército de la Paz? ¿O por la necesidad de demostrar que no tenía miedo?
Porque yo sentía miedo, por supuesto. Éramos un felivet, un raptidonte y una dairne contra una manada de doce eshwins hambrientos y frustrados. ¿Teníamos alguna probabilidad de éxito? No muchas.
Los eshwins son criaturas extrañas. Parecen producto de una cruza entre un jabalí salvaje y una rata hinchada. Tienen unos peligrosos colmillos curvos y la costumbre de ensañarse con los blancos más indefensos: las crías, los enfermos y los débiles. Esta manada de eshwins, en particular, había atacado a una familia de zapateros que seguía al Ejército de la Paz.
Se llama el Ejército de la Paz, y no el Ejército que Permite que los Eshwins Ataquen a otros Impunemente. Estábamos allí para asustar y alejar a los eshwins. Si es que eso era posible.
¿Y si no? Bueno… ahí estaba Gambler.
Llegamos al galope a una pradera amplia salpicada de florecillas medio marchitas, con los cascos de Caos haciendo resonar la tierra. El pasto era alto y servía para ocultar por completo a un eshwin al acecho. Pero nada, nada, puede ocultarse a los ojos de un raptidonte.
—Emboscada al frente —nos advirtió Sabito—. Se dividieron a derecha e izquierda, para abalanzarse sobre ustedes una vez que pasen.
—Estamos preparados —dijo Gambler.
Tal vez él lo estaba. Yo no.
Templé la rienda a Caos que se lanzó a galope tendido. El viento me alborotó el pelaje y llenó mi nariz de mil olores, incluida la peste rancia de los eshwins, y el olor acre y metálico de mi propio pavor.
—Tienen a cuatro que los siguen más atrás y ocho al frente, en la hilera de árboles —reportó Sabito—. ¡Los cuatro que vienen atrás están cerrándose rápidamente sobre ustedes!
—Byx —dijo Gambler con un tono de voz en completa calma—, ¿podrías hacer una pequeña locura?
—¿Algo así como acompañarlos en esta cacería? —pregunté jadeante.
—¿Te importaría mucho dejarte caer del caballo?
—¿Que si me importaría qué?
—Quiero que crean que estás indefensa.
—¡Estoy indefensa!
—Esa tupida mata de hierbas que ves delante servirá para amortiguar tu caída.
Gambler planeaba usarme como carnada.
Todos tenemos nuestras fortalezas y nuestros puntos débiles y debemos aportar lo que podamos. Al menos, eso fue lo que me dije a medida que Caos se acercaba al matojo.
Me preparé, sacando mi pata izquierda del estribo.
Más cerca. Los cascos marchando.
Más cerca aún.
Al deslizarme por el flanco derecho de Caos me oí gritar. La caída sobre el matojo fue lo suficientemente fuerte para sacar el aire de mi pecho, pero la hierba y los macizos de hongos amortiguaron el impacto y pude sentarme…
Justo en el momento para toparme de frente con los colmillos de un eshwin enfurecido.
Se abalanzó sobre mí con la cabeza baja, y no hubo manera de que pudiera esquivarlo a tiempo.
Arremetió contra mí, soltando su gruñido triunfal, ¡errrOOOT!, y babeando y echando espumarajos por la boca, anticipando el momento en que sus colmillos desgarrarían mi carne.
—¡Noooo! —grité, con pánico en la voz, en las cuatro patas, en el corazón.
Fue ahí cuando un manchón negro saltó fuera del lugar donde acechaba, con las garras a la vista y las fauces abiertas. Gambler embistió al eshwin. Tres segundos después, la bestia estaba lista para ser desollada y asada.
Uno menos. Quedaban once.
Todavía quedaban tres más atrás, que se acercaban a toda velocidad, abriéndose camino en el pastizal. Pero debido a la altura de la hierba, no podían verse entre sí y seguramente no se habían enterado de que uno de los suyos ya estaba muerto.
Sabito se precipitó desde lo alto como una estrella fugaz. Agitó las alas para reducir su caída, y fue a golpear a uno de los eshwins, hundiéndole las garras en la cabeza.
Gambler, por su lado, se encargó de los otros dos. Tres más estaban listos para llenar la olla.
Mientras tanto, los ocho que se ocultaban en la hilera de árboles decidieron, ingenuamente, salir a ayudar a sus compañeros caídos. Avanzaron en bloque, gruñendo y chillando, una muralla de pelaje pestilente, colmillos brillantes y ojillos colorados.
Encabezando el ataque iba una criatura tan grande que parecía más un caballo que un eshwin. Era vieja y se le notaban las cicatrices de sus muchas, seguramente victoriosas, batallas.
Vi que Gambler abría los ojos de par en par, cosa que no resultaba tranquilizadora.
—Yo me encargo de su líder —dijo—, pero tú, Byx, lo mejor será que huyas y busques protegerte.
—¿Que huya?
—No puedo ocuparme de ella y del resto a la vez. ¡Huye!
Gambler avanzó para interceptar a la reina de los eshwins. Sus compañeros se desplegaron a izquierda y derecha, con la intención de rodearnos mientras su líder se enfrentaba a Gambler.
Caos había llegado hasta mí de nuevo. Tomé sus riendas y monté de vuelta en la silla. El camino estaba despejado hacia atrás, listo para permitir mi retirada.
No soy cazadora ni tampoco guerrera, y estoy muy lejos de ser una heroína. Todo lo que tengo de racional estaba con Gambler: era hora de que huyera.
Pero Gambler era mi amigo.
Más que eso. Era mi familia.
Desenfundé mi insignificante espada y azucé a Caos hacia la batalla.
2
Creamos milagros y maravillas
Hora y media después, Sabito y yo regresamos al campamento del ejército. Nos encontrábamos en la región central de Nedarra, aproximadamente a medio día de camino del río Telarno.
Estábamos muy cansados pero satisfechos de nuestros esfuerzos, aunque Gambler fue quien hizo la mayor parte de la labor. Luego de que el último eshwin cayó, Gambler decidió quedarse atrás, para así tener el gusto de “cenar a solas”, según nos dijo.
—¡Byx! ¡Estás toda ensangrentada! —gritó mi amigo Tobble al salir a recibirnos.
Bajé de Caos ya cerca de la fogata central del campamento.
—No es mi sangre, Tobble.
—¿Estás segura? —me tocó con sus patitas diminutas, en busca de heridas.
—Estoy bien, Tobble. Más que bien. ¡Estuve en una cacería!
—Eso veo —murmuró, mirando la especie de trineo provisional del cual Caos venía tirando.
Habíamos entrelazado ramas con ayuda de lianas anudadas, para apilar allí tres eshwins. El resto los habíamos dejado atrás para que los recogieran los soldados. Un ejército en movimiento siempre necesita provisiones.
—Debí acompañarlos —me lanzó una mirada acusadora.
No le había confiado mis planes a mi fiel compañero wobbyk. Adonde quiera que yo fuera, inevitablemente me acompañaba él, y yo ya tenía suficientes dudas de mis habilidades de caza para además tener que preocuparme por su bienestar. Por más que su valentía iguale la de un ejército entero, su tamaño es apenas una fracción del mío. Siento que mi deber es protegerlo, y a él le sucede lo mismo conmigo.
Tobble y yo formamos una pareja bastante peculiar. Mientras que los dairnes tienen rasgos semejantes a los de un perro, los wobbyks parecen más zorros bien alimentados. Tienen grandes ojos, orejas aún más grandes, tres colas, y son de naturaleza amistosa y conversadora. Son extremadamente corteses y, en apariencia, todo menos amenazantes.
Pero esa amable imagen de su exterior esconde un corazón de guerrero. Es increíble la furia a la que puede llegar un wobbyk cuando lo llevan al extremo. Ya había visto a unos cuantos soldados del Murdano ser víctimas de su locura salvaje.
—Perdóname, Tobble —me disculpé—. Debí invitarte. La verdad es que yo temía no estar a la altura de lo que se necesitaba. Y no quería tener que preocuparme también por ti.
—Yo puedo cuidar de mí —dijo, levantando la quijada.
Le di una palmadita en el lomo.
—Eso lo sé muy bien.
Tobble refunfuñó entre dientes. Logré captar las palabras “imprudente” y “alborotada” y, como Tobble es un wobbyk y los wobbyks son extremadamente bien educados, también oí que decía “no te preocupes” y “estoy seguro de que tuviste buenas razones para hacerlo”.
Reconocí a uno de los palafreneros que se encargaba de alimentar y dar de beber a los caballos.
—¡Dontee! —lo llamé—. Corre a decir a los cocineros que encontrarán muchos más eshwins a poco menos de un kilómetro hacia el oeste. Que deben enviar una carreta.
—¿Eshwins? —repitió Dontee con cierto terror.
—No te preocupes. Ya no podrán hacerle daño a nadie.
—Entonces, ¿ahora eres la increíble dairne cazadora? —bromeó Tobble—. Sin ánimo de faltarte al respeto, amiga mía, creo que debes darte un buen baño en el río. ¡Apestas a eshwin!
—Son unos animales repulsivos —dije—. Y sólo sirven para que otros los coman.
—Eso de que no sirvan para otra cosa es equivocado —anotó Sabito con su áspera voz de raptidonte. No me había dado cuenta de que estaba flotando en vuelo un poco detrás de mí, aprovechando la brisa—. Los eshwins desentierran las raíces de los burellos, y eso ayuda a que estos árboles se reproduzcan. Y los burellos, a su vez, sirven de hogar a muchas otras especies que viven en árboles. No hay criatura inútil, Byx. Cada una es una pieza de un rompecabezas tan vasto que nadie puede verlo en su totalidad.
Clavé la vista en el suelo, disgustada.
—Perdón —se excusó Sabito, suavizando su tono—, no tenía intenciones de sermonearte. Y te doy la razón en eso de que los eshwins no son precisamente los animales más encantadores.
Logré sonreír. Pero Sabito tenía razón. Todas las especies tienen su papel.
Yo, entre todos los seres, debería saberlo.
Alguna vez, los dairnes vivieron por toda Nedarra, nuestro hogar, en grandes cantidades. Ahora sólo quedaba un puñado. Y por un tiempo llegué a pensar que era la última dairne en el mundo: la única superviviente.
A los dairnes siempre se les cazó por su sedoso pelaje. Pero ésa no es la única razón que llevó a mi especie al borde de la extinción. Demasiados de mis semejantes han sido asesinados a causa de esa destreza única que tenemos: la capacidad de saber cuando alguien miente.
Es el don y también la maldición de mi especie.
Los humanos codician nuestro pelaje pero le temen a nuestra habilidad para detectar la mentira.
En los últimos tiempos he aprendido un poco sobre los humanos. Sus deseos podrán ser poderosos, pero sus miedos lo son todavía más.
Aunque, a decir verdad, eso quizá se extienda a todos. En estos últimos días pareciera que el miedo nunca me abandona ni se separa de mí, como una sombra.
—¿Ves al más pequeño en el trineo? —le pregunté y oí luego una incómoda mezcla de orgullo y vergüenza en mi voz—: A ése lo cacé yo.
—Una vez más —dijo Tobble contemplando los cadáveres ensangrentados e inertes—, agradezco que los wobbyks no somos carnívoros —se encogió levemente de hombros—: Cada quien tiene su lugar —dijo—. Los insectos, los pájaros, la humanidad.
—¿Qué era eso? —preguntó Sabito.
—Es parte de un poema titulado Introducción al mundo para un joven wobbyk.
Sabito se posó en una roja rama de árbol de mara.
—Me gustaría mucho oír el resto —dijo—. ¿Se menciona a los raptidontes?
—Figuran las seis especies gobernantes —Tobble se acomodó con cuidado las colas trenzadas—. También los wobbyks, por supuesto.
—Por favor, Tobble —dije—. A mí también me gustaría oírlo.
—No sé si me acuerde del poema entero —admitió—, pero lo intentaré.
Tobble tosió para despejarse la garganta. Y comenzó con voz suave pero clara.
Sigilosos los felivets acechan su presa,
evitan el día y atacan por sorpresa.
Bajo el suelo los terramantes túneles cavan
entre la oscuridad su trabajo nunca acaban.
En lo más profundo, los natites nadan y nadan
en mares y océanos, ellos tienen su morada.
Los raptidontes en vuelo se elevan al cielo,
y miran desde arriba cuanto sucede en el suelo.
Los dairnes tienen una rara habilidad,
pues en todo lo que oyen, distinguen la verdad.
La humanidad nunca está satisfecha,
entre ambición u orgullo, se mueve cual flecha.
Los wobbyks, de buen corazón y temple fiero,
son también una parte del mundo entero.
Cada quien tiene su lugar,
los insectos, los pájaros, la humanidad.
entre todos creamos milagros y maravillas,
así como siempre llega un nuevo día.
Tobble terminó con una pequeña reverencia. Yo lo aplaudí y Sabito agitó las alas.
—Me gustó bastante —dijo—, aunque los raptidontes no seamos muy dados a la poesía en realidad.
—Creamos milagros y maravillas —rematé con un suspiro—. Yo diría que los milagros escasean en estos tiempos.
—Vamos a salir de ésta, Byx —dijo Tobble—. El Ejército de la Paz triunfará. Tenemos que hacerlo.
Contemplé las interminables filas de tiendas polvorientas que se extendían frente a nosotros como enormes lápidas.
—Cómo quisiera compartir tu optimismo.
¡Qué abrumada sonaba! ¡Qué apática! ¿Qué le había sucedido a la Byx de antes?
No hacía mucho, yo no era más que una tonta cachorra. La renacuajo de mi camada. Retraída, ingenua, impaciente por ver el mundo.
Pues lo cierto es que se había cumplido mi deseo. Había visto demasiado del mundo. Había presenciado suficiente dolor y peligro y muerte para bastarme en varias vidas.
Ya no era esa Byx, la inocente soñadora, curiosa y despreocupada. La cachorra que podía quedarse mirando durante horas un enjambre de murciposas de alas de arcoíris que bailaban en el viento.
La Byx de siempre no iba a lanzarse a todo galope a matar eshwins, gritando triunfante como una tonta al verlos caer.
Tal vez Tobble tenía razón y nos aguardaban tiempos mejores. Tal vez esa antigua Byx estaba oculta en mi corazón, por el momento.
Tal vez.
Por lo pronto, debía ir a lavarme toda la sangre ajena que tenía untada en el pelaje.
3
Una promesa a Kharu
Esa noche me uní a mis compañeros alrededor de la fogata, una de las muchísimas que convertían nuestro campamento en un reflejo centelleante de las estrellas que brillaban por encima de nuestras cabezas. La cena de eshwins nos dejó satisfechos, y estábamos todos soñolientos y saciados (Tobble había cenado grillos salteados con jalea de gusanos).
Era imposible olvidar que por todas partes a nuestro alrededor se estaba preparando la guerra, pues estábamos rodeados de centinelas armados. A pesar de eso, una calma bienvenida descendió sobre mí al mirar a mis queridos amigos. Mi antiguo clan, masacrado por las tropas del Murdano, había sido reemplazado por esta nueva familia de variopintas especies. Tobble. Gambler. Sabito. Renzo, el afable humano que había pasado la mayor parte de su vida no muy longeva ejerciendo de audaz ladrón. Perro, su compañero canino de lengua siempre babosa.
Maxyn, mi compañero dairne, estaba sentado a mi lado. Cuando descubrimos esa diminuta y frágil colonia de dairnes todavía con vida, me pareció una especie de victoria saber que no era la única superviviente. Pero había resultado que seguíamos en gran riesgo, moviéndonos por el filo del abismo de la extinción.
A mi otro lado estaba sentada Kharussande Donati, conocida ahora como la Señora de Nedarra. Kharu, mi antigua captora, la que me había rescatado, mi amiga, la persona por la que estaría dispuesta a sacrificar la vida.
Cuando nos conocimos, Kharu se hacía pasar por un muchacho que servía de rastreador a una pandilla de cazadores furtivos. Ahora encabezaba un ejército como ninguno que hubiera existido antes: el Ejército de la Paz.
Nos habíamos reunido en ese ejército no para luchar en una guerra sino para evitarla. Dos poderosos tiranos, el Murdano en mi Nedarra de origen, y el Kazar Sg’drit en Dreylanda, al norte, estaban preparados para entrar en conflicto. Ambos querían la guerra, pero sus pueblos sencillamente anhelaban vivir su vida en paz.
Era una idea extraña, que nadie había intentado antes: un ejército cuyo único propósito era preservar la paz. Muchos de nuestros soldados jamás habían empuñado una espada. Había granjeros, panaderos, herboristas, comerciantes, herreros, barrileros, parteras, albañiles y carpinteros. Algunos eran siervos o aprendices. Otros habían sido esclavos, libertados por nosotros, pues Kharu se negaba a tolerar cualquier forma de esclavitud. Muchos de quienes marchaban a nuestro lado eran jóvenes y sabían poco de la vida. Otros eran tan viejos que con certeza ésta sería su última aventura.
Afortunadamente, también contábamos con guerreros experimentados, hombres y mujeres curtidos, de músculos marcados y mirada atenta al detalle. Algunos tenían cicatrices de guerra bien visibles. Incluso mis amigos y yo habíamos tenido nuestra parte de peligro en los meses anteriores a este momento.
Mientras la luna creciente avanzaba por el cielo, nos acercamos unos a otros, contándonos historias y cantando. Renzo, con muy buena voz, nos deleitó con una cancioncita muy divertida. Hablaba de un joven enamorado de una jovencita caprichosa, y aunque no entendí todas las implicaciones, porque los humanos son muy poco claros para las cosas de los afectos, me di cuenta de que Kharu ponía los ojos en blanco y hacía gestos más de una vez, su suave cara bronceada y sonrojada a la luz de la fogata.
Luego de un tiempo callamos, y Kharu me indicó que me acercara para hablar conmigo en privado.
—¿Quieres que las acompañe? —preguntó Renzo, en pie.
Kharu rio.
—Esto es algo entre Byx y yo.
—Tú te lo pierdes —contestó él con un suspiro dramático, haciendo una elegante reverencia.
La tienda de Kharu era idéntica a la que yo compartía con Tobble, aunque la suya tenía un guardia apostado en la entrada, un joven fornido con una larga lanza. Le hizo un saludo cuando entramos.
Kharu encendió una vela, y se sentó en su pequeño catre, mirándome pensativa. Me senté en un cajón volteado junto a una especie de mesa provisional cubierta de mapas.
—Ha sucedido algo interesante —dijo ella.
—¿Interesante para bien o para mal?
—Puede ser que tenga que pedirte que te encargues de una misión.
Asentí.
—Lo que ordene, mi Señora.
—Pero Byx, si tú no eres una de mis vasallos. Eres mi amiga. A ti no te ordeno. A ti te pido.
—En todo caso, haré lo que tú me… me pidas.
—Todavía no tengo certeza pero, si llego a necesitarte, será para una misión peligrosa que involucra a los natites. Están tanteando el terreno para así decidir si apoyan al Ejército de la Paz —Kharu hizo una pausa—… o si se enfrentan a nosotros.
—Tal vez estoy pasando algo por alto pero ¿qué papel tienen unas criaturas marinas en una guerra terrestre?
—Es una buena pregunta, Byx, y la respuesta es que no lo sé. De las seis especies gobernantes, los natites son los más complejos de entender. Pero si podemos asegurar su apoyo, nos serviría para acabar con los planes del Murdano de invadir Dreylanda por mar.
—No te envidio el tener que entender ese asunto —dije.
—Lo que pasa, Byx, es que no seré yo quien se haga cargo de entenderlo —me sonrió con mirada de complicidad—. Serás tú.
—¿Yo?
Creo que eso fue lo que dije, pero tal vez no logré articular nada más que una especie de chillido.
—Los natites nos piden que enviemos un embajador, alguien que atienda sus preocupaciones.
—Pero yo… yo soy apenas…
—Byx. Esos días de “yo soy apenas una dairne” ya terminaron. Si yo puedo ser la Señora de Nedarra, tú bien puedes ser la embajadora Byx.
—No, ¡no puedo! —grité.
Kharu se inclinó hacia adelante, apoyando los brazos en las rodillas.
—Puedo dirigir este ejército, Byx. Pero nuestro objetivo es evitar una guerra, no entrar en ella. Para eso necesitamos diplomacia. Y eso quiere decir que necesito tu ayuda.
Era una justificación muy simple. Si Kharu necesitaba que yo hiciera algo, yo estaba dispuesta a seguir sus instrucciones y a morir en el intento.
Aunque eso no tenía por qué agradarme.
—¿Lo haré sola? —pregunté, consciente de un dolor frío en la boca del estómago.
Kharu movió la cabeza y sus rizos oscuros relumbraron a la luz de la vela.
—¿Sola? No, claro que no. Primero que todo, no sé de un poder que sea capaz de separarlos, a Tobble y a ti. Así que nuestro siempre cortés pero muy alborotado wobbyk te acompañará. Ojalá pudiera también enviar a Gambler contigo pero, ya sabes, los felivets y el agua…
Sonreí al recordar cuando vi al poderoso Gambler moverse nervioso en las puntitas de sus zarpas para atravesar un lago subterráneo poco profundo.
—Maxyn no está en condiciones de viajar. ¿Y Sabito? Si a los felivets no les gusta el agua, a los raptidontes aún menos.
—¿Y Renzo?
—Renzo —repitió Kharu, y hubiera podido jurar que la sola idea de que él la dejara la hizo parecer anhelante—. Sí, supongo que podría ser útil —asintió—. Renzo, definitivamente sí.
—¿Cuándo partimos?
—Estamos a unas cuantas horas del Telarno, donde acamparemos cerca de un pueblo a la orilla del río. A la mañana siguiente nos encontraremos con el embajador natite. Él te llevará en su embarcación, junto con Tobble y Renzo, hasta el palacio de la reina de los natites. Allí podrás oír lo que ella tiene que decir y le presentarás el escudo y la corona que tomamos prestados de los natites subdurianos.
No habíamos tomado prestadas esas cosas sino que las habíamos robado, pero en esos momentos habíamos temido por nuestra vida todo el tiempo.
—Haré todo lo que pueda —dije.
—Sé que así será —contestó ella.
Ambas nos levantamos pero, al querer irme, Kharu me tomó por el brazo:
—Byx –empezó—: cuento con fieles generales y un ejército leal. Y a Renzo, Gambler y Sabito los tengo como amigos verdaderos. Pero, en realidad, en los días que vendrán, cuento contigo más que con nadie.
—¿Conmigo? —repetí—. ¿Por qué?
—Porque hemos pasado juntas por muchas cosas. Y porque sé que siempre puedo confiar en que me dirás la verdad —miró la pila de mapas arrugados en su mesa—. He hecho lo mejor que podía para planear lo que nos espera, Byx, pero hay algo que sé muy bien: el campo de batalla no entiende de planes.
Esbocé una fugaz sonrisa.
—Tal como veo las cosas, nos enfrentamos a tres retos importantes al tratar de detener esta guerra. El primero es asegurarnos de que tenemos a los natites de nuestro lado. Para eso, cuento con que serás mis ojos y mis oídos. Hablarás con la reina de los natites, alerta a cualquier indicio de duplicidad y prestando atención a las razones que nos dé para confiar en ella.
—Eso puedo hacerlo —dije, aunque alcanzaba a percibir la duda en mi propia voz.
—El siguiente reto —continuó Kharu—, será reclutar a otros para nuestra causa. Necesitaré que seas la voz del Ejército de la Paz, para explicar nuestra misión y asegurarnos la lealtad. Tendrás que ser persuasiva, si llegaras a tener la sensación de que vacilan. Las demás especies confían en los dairnes, y eso vamos a aprovecharlo como ventaja a nuestro favor.
—Puedo hacerlo —dije de nuevo, y esta vez mi incertidumbre era patente.
Kharu puso una mano sobre cada uno de mis hombros y sonrió:
—¡Qué suerte la mía de tenerte a mi lado, Byx! —susurró.
—No dijiste cual sería el tercer desafío.
—Los dos primeros problemas son asuntos de diplomacia, pero el último… —dejó caer las manos a ambos lados—, cuando nos veamos cara a cara con el ejército del Murdano y contra las fuerzas del Kazar, sabremos si podremos evitar la guerra e imponernos, o si moriremos en el intento.
Tragué para pasar la piedra afilada que parecía haberse alojado en mi garganta.
—Puedes contar conmigo, Kharu. Prometo ser tus ojos y tus oídos, y también tu voz.
—Mis ojos y mis oídos, mi voz, y además mi corazón —le brillaban los ojos—. Ahora ve a dormir un rato. Estás a punto de comenzar una aventura.
—Una aventura peligrosa —murmuré.
—Byx, amiga mía, ¿acaso existe otro tipo?
4
En marcha
Muy temprano a la mañana siguiente, nos encaminamos a través de las extensas llanuras de Nedarra, en una formación de cuatro al frente y cinco mil en total, una columna erizada de altas lanzas. La mañana era diáfana y fresca, brillaba el sol. Por momentos un casco o una pechera reflejaban un rayo de sol, y el resplandor prácticamente me cegaba.
Tal vez una décima parte de nosotros iba a caballo. Los demás, en su mayoría humanos, marchaban sobre pies adoloridos. Llevábamos muchas semanas de camino, pero nuestra moral aún estaba alta.
Muchos de los jinetes de la columna iban vestidos con el azul de los Donati o el anaranjado de los Corpli. Pero Kharu había pedido a un grupo de costureras que diseñaran un nuevo uniforme con colores que representaran a una Nedarra unida y ella vestía ya la primera de esas túnicas. Era azul claro, decorada con una representación del tejo de Urmán en verde vivo, el árbol bajo el cual se hizo el pacto entre las especies muchísimos años atrás.
Sin embargo, no era el uniforme de Kharu lo que hacía que nuestros soldados murmuraran y se dedicaran gestos entre sí. Era la espada que pendía a su costado. La famosa arma, envuelta en encantamientos teúrgicos, se veía común y corriente, incluso desastrada, hasta que se desenvainaba con furia. Cuando eso sucedía, su poder era impresionante. Con un solo vistazo a esa espada desenfundada bastaba para saber por qué la llamaban la Luz de Nedarra.
Luego de una hora de cabalgata, azucé a Caos para que alcanzara a Kharu al trote. Su general primero, Varis, hizo a un lado su enorme corcel con gran cortesía para permitir que me acercara. El general Varis, ascendido recientemente, era miembro de la familia Corpli, enemigos de tiempo atrás de los Donati, pero ahora aliados en el Ejército de la Paz.
Del otro lado de Kharu, cabalgaba Bodick la Azul, una mujer de mediana edad que había perdido un ojo y una oreja en una batalla hacía mucho tiempo, y tres dedos de la mano izquierda en otra. La llamaban “Azul” porque había cubierto una fea cicatriz en su mejilla con un tatuaje azul índigo de una serpiente enrollada.
Yo había aprendido a apreciar a Bodick. No era quizás el tipo de persona que uno invitaría a tomar el té. Pero definitivamente era el tipo de guerrera que uno querría tener cerca en caso de una batalla.
—¿Cómo te sientes, Byx? —preguntó Kharu.
—Algo preocupada, a decir verdad —contesté.
—No hay necesidad de que te preocupes. Tengo total fe en ti.
Decidí cambiar de tema.
—¿Qué tan lejos viajaremos hoy?
—Vamos a pedir permiso para levantar nuestro campamento justo al lado de una villa fortificada junto al río. Deberíamos estar allá antes del mediodía.
—Muy seguramente no se negarán a la petición de un ejército —dijo el general Varis. Sonó como una amenaza pero lo cierto es que cualquier cosa que dijera ese humano gigantesco y pelirrojo parecía amenazante. Una vez, cuando el general Varis le pidió a Tobble un sorbo de agua de su odre, el pequeño wobbyk por poco se desmaya.
—Es verdad, general —asintió Kharu—. Pero debemos ajustarnos a la decisión que ellos tomen. Éste es el Ejército de la Paz, y paz es lo que vamos a imponer.
—A menos que nos ataquen, por supuesto —replicó el general Varis, y en su voz se sentía una vaga esperanza.
Kharu asintió.
—Así es.
—¿Está usted esperando un ataque, general? —pregunté.
—No puedo mentir en presencia de una dairne —dijo, con la sombra de lo que pudiera haber sido una sonrisa—. A algunos de los nuestros les encantaría un pequeño combate.
Bodick dio unas palmaditas sobre su espada.
—Ya saben, para romper con la rutina —dijo.
—Pues esperemos que todos ellos tengan que aguantarse —contestó Kharu—. Pero si llegaran a atacarnos, pueden estar seguros de que nos defenderemos con tal furia que nadie volverá a retarnos de nuevo.
A veces, incluso para mis veteranos oídos, Kharu sonaba tan temible como sus generales. ¿Había cambiado ella tanto como yo? ¿O simplemente se había congraciado con ese otro lado de su ser, más grandioso, la líder en la cual estaba destinada a convertirse?
¿Y en que me había convertido yo? Ciertamente no en la embajadora Byx, a pesar de la fe que me tenía Kharu.
Gambler nos alcanzó al trote, con Tobble montado en su lomo. Cabalgar en Gambler había resultado ser más cómodo para mi amigo wobbyk que montar conmigo, sentado a mis espaldas, en Caos. Y a pesar de sus quejas, el felivet parecía disfrutar de la compañía.
—¿Cuándo haremos un alto para comer? —me preguntó Tobble—. Mi desayuno fue demasiado ligero. Las orugas nunca me alcanzan a saciar. Demasiada pelusa.
—No creo que vayamos a detenernos —respondí—. ¿Ves esa villa amurallada junto al río Telarno, en la distancia? El plan es montar nuestro campamento junto a las murallas.
—No temas, Tobble —dijo Kharu sonriendo—. Por mucho faltará una legua y media.
—Mil perdones —se disculpó Tobble—, pero mi estómago no es tan bien educado como mi mente. No deja de gruñir.
No pude evitar reír. El estómago de los dairnes lloriquea cuando tenemos hambre. En comparación, el gruñido siempre me ha parecido… me ha parecido demasiado obvio.
—Incluso después de todo ese eshwin que comí ayer, no me molestaría un bocadillo —dijo Gambler, mirando a Tobble por encima de su hombro—. Y sucede que tengo el canapé perfecto montado en mi lomo.
—¿En tu lomo? —Tobble se volteó para buscar detrás de él y luego comprendió—. Ah, ya veo. Pero claro que estás bromeando —dijo, palmeando el costado de Gambler.
—¿Eso crees? —preguntó Gambler, con una chispa maliciosa en sus ojos azul pálido.
—Gambler —le advirtió Kharu—, no nos comemos a nuestros camaradas.
—De acuerdo —respondió él—, a menos que nos hagan perder la paciencia.
Le hice un guiño a Gambler. Me contestó con una sonrisa, aunque es difícil distinguir una sonrisa de felivet del gesto agresivo de mostrar los dientes, y tanto una como otro ponen los nervios de punta.
—Yo tendría cuidado de ser tú, Tobble —le dije—, Gambler parece un poco hambriento.
—No tiene gracia, Byx —dijo Tobble—. Ni un poco. Deja de decir tonterías.
—¿Sabes una cosa, Tobble? Podrá ser que haya quienes piensen que soy una tonta, pero estoy segura de que nadie ha dicho eso de Gambler, jamás.
—Decirme tonto —repitió Gambler con una mueca—. Podría comerte sólo por eso.
Detrás de nosotros, un sargento entonó una cancioncita para que sus soldados marcharan al mismo paso, y su áspera voz de barítono marcó el ritmo.
Izquierda, izquierda; izquierda, derecha, izquierda.
Cargamos largas lanzas, ya lo ves.
El Ejército de la Paz poderoso es.
Oye bien nuestro pregón:
este ejército siempre sale vencedor.
Había llegado a conocer bien esos cánticos, y a veces me unía a las voces. Los soldados los llamaban marchas. La letra a menudo era divertida, al igual que belicosa.
Me escuché tarareando toda esa marcha, pero en realidad no podía mantener el paso que marcaba porque a mi caballo poco le importaba lo que gritaba el sargento. Caos decidía su propio paso, nada qué hacer. Era uno de los cuatro caballos que nos había donado la familia de Kharu, y era lo suficientemente pequeño para que un dairne de mi tamaño lo pudiera controlar. Aunque no siempre lo lograra.
Unos minutos después, llegamos cerca de un estanque pequeño con la superficie tan quieta como si fuera de hielo. Había un árbol muy grande inclinado en la orilla, y un grupo de ardillas azules parlanchinas estaban posadas en una gruesa rama negra sobre el agua.