LA PRUEBA

V.1: diciembre, 2014


Título original: The Testing 

© Joelle Charbonneau 2013

© de la traducción, Neus Adrián Pons, 2014

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2014


Diseño de cubierta: 

Publicado bajo acuerdo especial con Houghton Mifflin Harcourt Publishing Company. Todos los derechos reservados.


Publicado por Oz Editorial

C/ Mallorca, 303, 2º 1ª

08037 Barcelona

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www.ozeditorial.com


ISBN: 978-84-16224-14-2

IBIC: YFHR

Depósito Legal: B. 22862-2014

Maquetación: Taller de los Libros


Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.


Para Stacia Decker, por tantas razones.


Capítulo 1

El día de la graduación.

Me cuesta contener los nervios mientras mi madre me alisa el vestido de fiesta rojo y me esconde un mechón de pelo castaño claro detrás de la oreja. Por fin me da la vuelta y me veo en el reflector que cuelga en la pared de la vivienda. Rojo, voy de rojo. Se acabó el rosa: ahora soy adulta. Siento un cosquilleo en el estómago cuando soy consciente de ello.

—¿Estás lista, Cia? —pregunta mi madre. Ella también va de rojo, aunque su vestido es de una tela vaporosa que se arremolina suavemente hacia el suelo. A su lado, el mío sin mangas y las botas de piel parecen infantiles, pero no importa, tengo tiempo para adaptarme a mi nueva condición de adulta. En realidad, con dieciséis años, soy joven para ello, la más joven de la clase con diferencia.

Me miro por última vez en el reflector y deseo que el día de hoy no signifique el fin de mi educación, aunque eso no depende de mí. Sólo espero que mi nombre salga elegido para la Prueba. Trago saliva y asiento.

—Vamos.

La graduación se celebra en la plaza, entre las tiendas repletas de bollería y leche fresca, porque el colegio es demasiado pequeño para albergar a todos los asistentes. La colonia al completo asiste a la graduación porque aquí todo el mundo es familia de al menos uno de los estudiantes que entran en la edad adulta o que celebran su paso al curso siguiente. Este año la colonia Five Lakes ha tenido la clase más numerosa de su historia: ocho chicos y seis chicas, un signo tangible de que prosperamos.

Mi padre y mis cuatro hermanos, todos vestidos del morado ceremonial que llevan los hombres adultos, nos están esperando fuera de casa. El mayor, Zeen, me sonríe y me alborota el pelo.

—¿Estás preparada para terminar el colegio y salir al mundo real con el resto de inútiles?

Mi madre frunce el ceño.

Yo me río.

Zeen y mis otros hermanos no son para nada inútiles. De hecho, las chicas prácticamente se les lanzan a los brazos pero, aunque ellos aceptan el tonteo de buena gana, ninguno parece tener la intención de sentar la cabeza. Están más interesados en crear la próxima tomatera híbrida que en empezar una familia, sobre todo Zeen. Es alto, rubio y listo; muy, muy listo y aun así nunca lo seleccionaron para la Prueba. Pensarlo le quita esplendor al día. Quizás esta sea la primera regla que aprenda como adulta, que no siempre consigues lo que quieres. Zeen debería haber ido a la Universidad, seguir los pasos de papá; seguro que sabe cómo me siento. Por un instante desearía hablar con él, preguntarle cómo superó la decepción que probablemente me aguarda a mí también. Será una suerte que seleccionen a un estudiante de la colonia para la Prueba, si es que seleccionan a alguno, porque han pasado diez años desde la última vez que un estudiante de Five Lakes fue convocado. Yo soy buena en el colegio, pero los hay mejores, mucho mejores. ¿Qué posibilidades tengo?

Con una sonrisa forzada, digo:

—Ya lo creo, no puedo seguir en el colegio si mi intención es dirigir la colonia para cuando todos os hayáis casado.

Hart y Win se sonrojan. Tienen dos años más que yo y sólo de pensar en citas o matrimonio salen corriendo a esconderse. Los dos son felices trabajando codo con codo en el vivero, cultivando las flores y los árboles que papá ha creado para reavivar la tierra corrompida de las afueras.

—Nadie hará gran cosa como no nos movamos. —La voz de mamá suena cortante mientras se dirige hacia el sendero y mis hermanos y mi padre la siguen rápidamente. La falta de perspectivas de matrimonio de Zeen y Hamin es un tema delicado para ella.

Por el trabajo de papá, nuestra casa está más lejos del centro que la mayoría. Mis hermanos y mi padre han conseguido que nuestra pequeña casa esté rodeada de plantas y árboles, pero a unos treinta metros de la puerta delantera la tierra está quebrada y agrietada, salvo por algún hierbajo y arbustos. Papá me contó que la tierra que hay más al oeste está mucho peor y que por este motivo nuestros líderes decidieron situar la colonia Five Lakes aquí.

Normalmente, cuando tengo que ir a la ciudad, voy en bicicleta. Un par de vecinos tienen coche, pero la gasolina y los paneles solares necesarios para moverlos son demasiado costosos para el uso diario. Hoy, ando rezagada detrás de mi familia mientras recorremos los casi ocho kilómetros que nos separan de la plaza comunitaria de la colonia.

No se trata de la típica plaza cuadrada, se parece más a una tortuga, con el centro ovalado y algunos apéndices en los lados. En el centro hay una hermosa fuente que lanza agua cristalina y centelleante al aire. Es un lujo, aquí no es fácil conseguir agua limpia, pero se nos permite el derroche y la belleza en honor al hombre que descubrió cómo eliminar la contaminación de los lagos y estanques después de la Séptima Etapa. El agua que queda en los océanos es más difícil de purificar.

Cuanto más nos acercamos al centro, el suelo se vuelve más verde y se oye cantar a los pájaros. Mamá no habla mucho durante el camino. Zeen le toma el pelo diciéndole que no quiere que me haga mayor, pero no creo que eso sea cierto.

O quizás sí.

Mamá y yo nos llevamos bien, pero durante los últimos dos años ha estado algo distante. Menos dispuesta a ayudarme con los deberes y más interesada en conseguir que los chicos se casen o en hablar sobre dónde me van a colocar de aprendiz cuando termine el colegio. Cualquier comentario sobre la posibilidad de que me seleccionen para la Prueba no es bien recibido, así que hablo cada vez menos con ella y cada vez más con mi padre. No quiere que me lleve una decepción, supongo.

El sol calienta y el sudor me gotea por la espalda mientras subimos la última cuesta. El rumor de música y risas desde lo lejos me hace apresurar el paso, pero justo antes de llegar arriba, papá me rodea con el brazo y me pide que espere un momento mientras los demás se adelantan.

El alboroto detrás de la colina tira de mí, pero me quedo y pregunto:

—¿Va todo bien? —Tiene la mirada ensombrecida, aunque su sonrisa es radiante.

—No pasa nada —dice—. Sólo quería un momento con mi pequeña antes de que empiece el barullo. Todo cambiará en el momento en que crucemos la colina.

—Lo sé.

—¿Estás nerviosa?

—Más o menos. —Entusiasmo, miedo y otras emociones se mezclan en mi interior, impidiéndome entender lo que realmente siento. —Me confunde no saber qué haré mañana cuando me levante.

La mayoría de mis compañeros de clase ya han elegido su futuro. Saben dónde trabajarán como aprendices o si se trasladarán a otra colonia para buscar trabajo. Algunos incluso saben con quién van a casarse. Yo no sé nada de todo esto, aunque mi padre ha dejado claro que si quiero podría trabajar con él y mis hermanos. En el mejor de los casos sería una opción nefasta porque no se me da bien para la jardinería. La última vez que ayudé a papá casi destruyo el semillero de girasol que tantos meses había tardado en crear. Soy buena en mecánica, no con las plantas.

—Te levantarás y afrontarás lo que venga. Yo estaré orgulloso de ti pase lo que pase hoy.

—¿Incluso si no me aceptan para la Prueba?

—Sobre todo si no te aceptan para la Prueba. —Sonríe y me da un golpecito suave en la barriga. Cuando era pequeña este gesto siempre me provocaba ataques de risa; hoy todavía me hace sonreír. Es agradable saber que hay cosas que nunca cambian, aunque no me acabo de creer las palabras socarronas de mi padre.

Papá fue a la Universidad. Ahí es donde aprendió a alterar genéticamente las plantas y los árboles para que sobrevivieran en la tierra devastada por las plagas. No habla mucho sobre ello o sobre la colonia en la que creció, probablemente porque no quiere que nos sintamos presionados por su éxito, pero yo sí lo estoy.

—¿Crees que no me aceptarán?

Mi padre tuerce el gesto.

—Lo que yo creo es que eres más lista de lo que tú te piensas. Nunca sabes a quién va a escoger el comité ni por qué. Por ejemplo, seleccionaron a cinco de mi clase. Los otros cuatro siempre fueron mejores, pero yo fui el único que llegó a la Universidad. La prueba no siempre es justa y no siempre está en lo cierto.

—Pero no te arrepientes de haber ido, ¿no? Mira todas las cosas increíbles que consigues cada día. —Los árboles a nuestro alrededor están repletos de flores que aseguran manzanas para los próximos meses. Las zarzamoras silvestres crecen junto a las margaritas y otras flores, cuyos nombres nunca me aprendí, pero sé que papá ayudó a crearlas. Estas plantas no existían cuando yo era pequeña, al menos no las versiones saludables que hoy en día vemos repartidas por las colinas. Todavía recuerdo el dolor de estómago al acostarnos con hambre. En esa época de escasez papá trabajaba con los granjeros intentando cultivar algo, y lo consiguieron. En la colonia Five Lakes no derrochamos, pero el hambre ha dejado de ser nuestra principal preocupación. Y esto es gracias a mi padre.

—No puedo arrepentirme de algo que no pude elegir. —Su mirada se pierde en la lejanía mientras los pájaros pían a nuestro alrededor. Finalmente sonríe, aunque sus ojos no consiguen deshacerse de los recuerdos que capturan su atención. —Además, si no hubiera ido a la Universidad no me habría mudado aquí y no habría conocido a tu madre. Así que, ¿quién sabe dónde estaría ahora?

—Probablemente viviendo con tus padres y preocupando a tu madre por no tomarte en serio tu futuro.

Las nubes se desvanecen en las profundidades, sus ojos brillan de nuevo y me alborota el pelo.

—Suena casi peor que la muerte. —Que es como mi madre lo pinta cada vez que le dice a Zeen que la vida le está pasando por delante sin enterarse—. Vamos, tu madre dará la alarma si no nos movemos. Tan sólo quiero que recuerdes una cosa: yo creo en ti, pase lo que pase.

Empezamos a caminar cogidos del brazo hacia la cima de la cuesta para unirnos a la celebración. Sonrío, pero en el fondo de mi corazón me preocupa que papá siempre haya pensado que no estaré a la altura de sus logros, que le decepcionaré haga lo que haga.

La colonia se extiende a lo largo de muchos kilómetros, así que este es el único día del año en que la población de Five Lakes se reúne al completo. Nos congregamos algunas otras veces cuando los líderes del país quieren hacer llegar un mensaje a todo el mundo, pero eso ocurre en contadas ocasiones. Con poco más de novecientos habitantes, nuestra colonia es una de las más pequeñas y alejadas de la ciudad de Tosu, donde el gobierno de las Confederaciones Unidas tiene su base. No llamamos mucho la atención y casi todos lo preferimos así, nos va bien por nuestra cuenta. No rechazamos a los forasteros pero tampoco los recibimos precisamente con los brazos abiertos, antes deben convencernos de que merecen ser aceptados.

La plaza es bastante grande, pero se queda pequeña porque está abarrotada de gente vestida con sus mejores galas. Tiendas de velas, de bollería, de zapatos y de todo tipo de enseres se alinean alrededor de los confines de la plaza. Cerrarán cuando empiece la ceremonia de graduación, pero ahora están haciendo un gran negocio con los ciudadanos que no van mucho al centro y que aprovechan la ocasión para comprar o intercambiar artículos necesarios. En nuestra colonia no es muy corriente utilizar la moneda de las Confederaciones aunque los pocos que forman parte de la plantilla del gobierno, como papá, la utilizan.

—¡Cia! —Veo a mi mejor amiga Daileen saludándome mientras corre hacia mí. Su pelo rubio y el vestido rosa ondean al aire cuando esquiva al gentío. Sujeta con firmeza un cucurucho de helado de fresa que se derrite rápidamente. Me estrecha en un fuerte abrazo y me dice—: ¿Te puedes creer que hoy te gradúas? Es tan emocionante, ¡incluso están regalando helados!

Le devuelvo el abrazo, con cuidado de esquivar el cucurucho medio derretido; a mi madre le dará algo como me manche el vestido nuevo antes de la ceremonia.

—Emocionante y aterrador, Daileen, no olvides la parte aterradora.

Sólo le he contado a ella mis miedos sobre el futuro si no me escogen para la Prueba. Mira a su alrededor para cerciorarse de que nadie nos oye y dice:

—A mi padre le han contado que habrá un invitado especial y que supuestamente dará un discurso.

El día de la graduación habla mucha gente: nuestros profesores, la Magistrada y algunos de los líderes de Five Lakes. Cuando la colonia se reúne nunca faltan temas que tratar, así que el invitado no parece tan especial hasta que Daileen añade:

—Dice mi padre que el invitado viene de Tosu.

Ahora sí que ha captado toda mi atención.

—¿En serio? —La última vez que un oficial de Tosu vino a Five Lakes fue hace tres años, cuando falleció el antiguo Magistrado y vinieron dos hombres y una mujer para seleccionar al nuevo líder de la colonia. En general, desde Tosu se comunican con nosotros mediante proclamas o por radio con el Magistrado.

—Eso ha oído mi padre. —Daileen lame las gotas de helado derretido que le chorrean por el dorso de la mano—. Papá cree que ha venido para acompañar a un candidato a la Prueba. Podrías ser tú. —Su sonrisa titubea un segundo—. Te echaré mucho de menos.

Daileen y yo sólo nos llevamos dos semanas y somos amigas desde que teníamos tres años. Sus padres la inscribieron en el colegio a la edad obligatoria de seis años, en cambio los míos decidieron enviarme a los cinco, por lo que no vamos a la misma clase. Ella es la más tímida, lista y delicada de las dos. También le cuesta más hacer nuevos amigos, a menos que haya alguien que se encargue de mantener viva la conversación. Si yo no la empujara a charlar con los demás a la hora del almuerzo o a quedarse un rato después de clase, probablemente comería sola y se iría a su casa triste y vacía mucho antes que el resto de alumnos. Su madre murió hace dos años en un accidente y su padre, aunque es buena persona, no está mucho por casa y deja que Daileen cargue con las tareas y los recuerdos ella sola. Yo intento que esté de buen humor durante las horas de clase, pero a veces los fantasmas le abruman, me preocupa que algún día la envuelvan por completo sin que haya nadie a su lado para ahuyentarlos.

Le doy otro abrazo rápido y digo:

—Cada año se rumorea que va a venir un oficial de Tosu a la graduación. —Sin embargo, una pequeña parte de mí no puede evitar anhelar que este año sea cierto. Para distraernos, añado—: Ahora vamos, quiero uno de esos helados antes de que se terminen.

De camino hacia el puesto de los helados me encuentro con otras amigas, muchas de ellas a punto de empezar su último año de colegio. Espero que alguna se haga cargo de Daileen cuando vuelvan a empezar las clases dentro de unas semanas. Si no, encontraré la manera de facilitarle las cosas.

Mi madre me hace un gesto con la mano y me mira con cara de pocos amigos, así que dejo a una sonriente Daileen en compañía de las otras estudiantes y cruzo la plaza en dirección a la fuente donde me espera. Muchos con los que me cruzo me saludan. En nuestra familia nos mudamos a una nueva vivienda casi cada año, a la sección de la colonia donde la Magistrada cree que las habilidades de papá son más necesarias. Tanto ir y venir hace que sea difícil sentir apego hacia un hogar, pero al contrario que muchos ciudadanos que sólo conocen a sus vecinos y antiguos compañeros de clase, yo conozco de vista a la mayoría de la gente de la colonia.

Los niños demasiado pequeños para ir al colegio, vestidos de amarillo y verde pálido, bailan alrededor de la fuente circular de más de tres metros de ancho y, de vez en cuando, se salpican unos a otros con el agua, pero evitan la zona donde mi madre está sentada. Su expresión da a entender perfectamente que si la mojan se llevarán una buena reprimenda, como la que probablemente voy a recibir yo.

Mi madre me examina.

—Tienes el pelo hecho un desastre. ¿Qué has estado haciendo?

Entre los rizos y el encrespamiento siempre tengo el pelo fatal. Le he propuesto llevarlo corto, pero mamá insiste en que una melena larga y en cascada es un atractivo necesario para una chica soltera. Si mi pelo se pareciera mínimamente a una melena en cascada, estaría de acuerdo con ella.

El sonido de tambores y trompetas detiene la arremetida de mi madre y el corazón me da un vuelco, o dos. Ha llegado el momento de colocarme en mi sitio entre los estudiantes, la graduación está a punto de empezar.

Mi padre y mis hermanos aparecen entre la multitud y me abrazan antes de dirigirme hacia la plataforma donde mis compañeros y yo estaremos de pie durante la ceremonia. Suelen decir que los once años de colegio son más fáciles de llevar que las dos horas y pico que permaneces de pie en el escenario. Espero que quienes dijeran eso sólo estuviesen bromeando.

Nos colocamos en dos hileras en la parte posterior de la plataforma: las chicas delante y los chicos detrás. Lo agradezco porque de lo contrario no vería nada; con mi metro cincuenta y ocho de altura, soy la chica más baja de la clase. Mis hermanos heredaron la altura de mis padres, yo en cambio habré salido a algún antepasado.

La señora Jorghen, nuestra profesora, refunfuña sobre nuestra posición y nos recuerda al menos una docena de veces que sonriamos, que nos mantengamos erguidos y que prestemos atención. Es su primera ceremonia de graduación en la colonia Five Lakes así que sin duda está nerviosa. Una vez satisfecha, toma su lugar en medio de la plataforma y vuelven a sonar trompetas y tambores. La Magistrada Owens aparece a través del portal de su casa, la única construcción de tres pisos de la plaza, y avanza con paso severo entre el gentío. Es una mujer robusta, de pelo canoso y con arrugas profundas en el rostro, y lleva un vestido de un rojo más oscuro que el de la mayoría, más parecido al óxido. Al llegar al estrado en la parte delantera del escenario, se inclina hacia el micrófono y anuncia:

—Feliz Día de la Graduación.

Todos le respondemos con las mismas palabras y varios ciudadanos aplauden. La Magistrada Owens espera a que la plaza vuelva a quedar en silencio antes de decir:

—El Día de la Graduación es un día emocionante para todos nosotros pero en especial para los estudiantes que tengo aquí detrás. Después de hoy, serán bienvenidos como nueva mano de obra a nuestra colonia. Hace veinticinco años, el gobierno de las Confederaciones Unidas decidió enviar a ciento cincuenta hombres, mujeres y niños a esta zona y crearon Five Lakes con la esperanza de que nuestro trabajo consiguiera que la tierra dañada, en el pasado rica en bosques y campos de labranza, prosperara. Los cinco lagos, a los que debemos nuestro nombre, fueron conocidos en su día como los Grandes Lagos. Con el servicio de nuestros ciudadanos estamos ayudando a devolverles su nombre original y, para hacerlo posible, necesitamos a todos y cada uno de los miembros de nuestra comunidad. Así, el Día de la Graduación de este año añade a catorce de vosotros a nuestra causa y nos sentimos afortunados por ello. Por cada paso que avanzamos necesitamos más manos que ayuden a impulsar el progreso y créanme cuando digo que nunca son suficientes. Sé que muchos de vosotros aún no habéis decidido qué carrera vais a emprender, pero todos nosotros estamos agradecidos por el trabajo que desempeñaréis aquí, sea cual sea, en los años venideros.

El público aplaude. El estómago me da un salto de nervios y emoción cuando la Magistrada Owens anuncia:

—Que empiece el desfile del Día de la Graduación.

Tengo que morderme el labio para detener el temblor mientras suena la melodía del desfile. Se me nublan los ojos con lágrimas contenidas, impidiéndome por un instante ver la entrada de los que pronto serán mis antiguos compañeros. Todos los años, los estudiantes del colegio marchan por la plaza entre grandes aplausos. Cada clase confecciona una pancarta que anuncia qué lecciones han aprendido ese curso y dos estudiantes la llevan en la cabecera de la comitiva. Después de la ceremonia, las pancartas se expondrán en la plaza y se votará cuál es la favorita. A menudo hay apuestas amistosas entre los adultos sobre qué clase será la ganadora. Por primera vez no estoy entre los que desfilan y me doy cuenta de que ya no lo estaré nunca más.

La clase de los más pequeños encabeza la procesión, seguida del curso superior y así sucesivamente hasta que desfilan todos. Marchan alrededor de la fuente al ritmo de los tambores hacia una zona a la izquierda de la plataforma acordonada especialmente para ellos. Cuando las diez clases están de pie al lado del escenario, la Magistrada Owens da a conocer el nuevo sistema de ferrocarril que han desarrollado la ciudad de Tosu y diez de las otras colonias, y la intención de continuar construyéndolo hasta que todos los territorios sean accesibles por ferrocarril. Desde mi posición en el escenario alcanzo a ver la excitación del público ante la noticia. Cuando termina de relatar las novedades sobre las Confederaciones Unidas, la Magistrada invita a los ciudadanos responsables del agua, la energía, la agricultura y otros proyectos de renovación a que expongan sus breves discursos. El acto dura más de una hora y los discursos tratan desde recordatorios sobre el uso responsable del agua hasta peticiones de voluntarios que ayuden a construir viviendas para las parejas de recién casados. Incluso mi padre anuncia que su equipo ha desarrollado una nueva variedad más resistente de patata.

Pestañeo e intento no mostrar mi sorpresa. No por la nueva patata, que ya conocía. El antiguo tubérculo tenía una piel dura de más de un centímetro de grosor que se volvía negra al exponerse al aire. Tenía algo que ver con la mejora genética que papá le hizo en los inicios para que sobreviviera a la plaga que había en la tierra. En general a nadie le importaba la piel negra ya que, una vez retirada la parte exterior, la patata podía comerse sin peligro alguno, pero Zeen decidió probar suerte con una nueva versión y el resultado fue sorprendente. Así que no, no son las patatas las que me han cogido por sorpresa, sino las palabras que papá ha utilizado para anunciarlas. La semana pasada nos dijo que Zeen iba a llevarse todo el mérito del proyecto.

Pero no ha sido así. Nunca mencionan el nombre de Zeen.

Estiro el cuello y lo busco entre la multitud. ¿Estará decepcionado? Se suponía que iba a ser un momento triunfal para él. ¿Estará tan confundido como yo? Lo diviso apoyado en un árbol en medio de los aplausos del público. Varias personas le están dando palmadas en la espalda por ser miembro del equipo de papá, pero su sonrisa no me engaña. La posición de la mandíbula y los ojos entrecerrados me indican que está ofendido.

Papá baja del escenario entre más aplausos y nuestra profesora ocupa su sitio. Se me cierra el estómago y se me acelera la respiración: ya está, estoy a punto de graduarme.

La señora Jorghen nos sonríe, se acerca al micrófono y dice:

—Tengo el orgullo de leerles la lista de graduados que hoy hacen el paso de estudiantes a adultos.

Uno a uno, pronuncia los nombres de mis compañeros que también se gradúan hoy, se dirigen al centro del escenario, le dan la mano a la Magistrada Owens y vuelven a ocupar sus posiciones en la fila. Los lee por orden alfabético, así que el mío no sale hasta el final.

—Malencia Vale.

Me tiemblan las piernas de los nervios y las tengo entumecidas de estar de pie, pero camino hacia el estrado y les doy la mano a la señora Jorghen y a la Magistrada mientras el público aplaude. Los vítores de Daileen sobresalen por encima de los demás y verla sonreír hace que lo haga yo también. Se me dispara el corazón. Ya es oficial, soy adulta. Lo he conseguido.

Todavía sonriendo, regreso a mi sitio entre mis compañeros mientras la Magistrada Owens sube al estrado. El público se queda en silencio y una oleada de expectación me forma un nudo en el estómago y me hace apretar los puños. Si se ha seleccionado a algún estudiante para la Prueba, este es el momento en el que se hará público. Estiro el cuello, intentando vislumbrar una cara desconocida entre la muchedumbre, la del oficial de Tosu sobre el que tanto se rumorea.

Sólo que no ha venido ningún oficial de Tosu. La Magistrada Owens nos ofrece una gran sonrisa y dice:

—Enhorabuena a todos los estudiantes de este año y en especial a los que hoy se gradúan. Estoy impaciente por ver lo que os depara el futuro.

El público nos ovaciona de nuevo y mis labios dibujan una sonrisa, aunque la decepción y las lágrimas se agolpan en mi garganta. Llevo años preparándome para este día y ya ha terminado, igual que mis sueños de futuro. No importa lo duro que haya trabajado, no he sido lo suficientemente buena como para que me seleccionaran para la prueba.

Al abandonar el escenario y recibir los abrazos y felicitaciones de mis amigos no dejo de preguntarme: ¿y ahora qué voy a hacer?

Joelle Charbonneau



Joelle Charbonneau no se limita a contar historias a través de las páginas, también lo hace sobre el escenario, donde ha representado óperas, musicales y obras de teatro para niños. Su experiencia en esta área le ha servido de inspiración para inventar personajes para sus novelas.

ÍNDICE


Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Sobre la autora

La prueba


En este examen la única nota es sobrevivir


Tras ser elegida para ir como candidata a la Prueba que da acceso a la Universidad, Cia quiere demostrar por todos los medios que merece estar allí. Pero cuando llegan al Instituto de la Prueba descubrirá que no sólo tendrá que demostrar sus conocimientos por escrito sino que también tendrá que demostrar su capacidad de improvisar, de trabajar en equipo y, lo más importante, de sobrevivir. ¿Puede confiar en Thomas, su compañero de colonia y quizá algo más? Porque en la Universidad, nada ni nadie es lo que parece y a final de curso no cuenta qué nota has sacado, sino si has sobrevivido.



Capítulo 2


—¿Te escondes?

Me sobresalta la voz de mi hermano. Por su sonrisa veo que Zeen ya sabe la respuesta, así que dejo morir en mis labios el no que tenía a punto. Me encojo de hombros.

—Hoy ha sido un día de locos. Sólo necesitaba unos minutos para recuperar el aliento.

Guitarras, tambores y varios instrumentos de viento suenan delante de la panadería mientras docenas de personas bailan y aplauden al ritmo de la música. Al otro lado de la plaza se siguen cortando y repartiendo porciones de carne asada bajo una combinación de antorchas y luz eléctrica que ilumina el lugar, donde la gente ríe, canta y juega, pero la luz llega hasta la zona sombría en la que me encuentro. Durante unas horas he estado bailando y cantando como se esperaba que hiciera. No hacerlo dejaría mi decepción al descubierto, que a su vez revelaría mi arrogancia al pensar que era lo suficientemente lista como para ser elegida.

—Toma. —Zeen asiente comprensivo y me tiende una copa—. Podrías echar mano de esto.

La bebida es dulce, pero esconde el inconfundible sabor fuerte y amargo del alcohol. Puesto que la mayoría de frutas y cereales que se utilizan para hacer alcohol son necesarios para la alimentación de los habitantes de la colonia, sólo una pequeña parte de la cosecha se destina a licor, sin embargo, cada año se separa una cantidad para ocasiones especiales, como la noche de la graduación. Sólo a los adultos se les permite consumir bebidas especiales, pero algunas veces mis hermanos me han dejado probar de las suyas. El sabor no me gusta mucho, así que le doy un sorbo rápido y le devuelvo la copa a Zeen.

—¿Mejor, hermanita?

Desvío la mirada hacia el suelo para evitar sus ojos.

—No exactamente.

—Ya. —Se apoya contra el gran roble y vacía el líquido que quedaba en la copa—. Las cosas no siempre salen como esperamos. Sólo tienes que reponerte y encontrar un nuevo rumbo.

El tono de su voz me alerta y hace que me pregunte: ¿Esto es lo que vas a hacer tú? Hace un par de años Zeen había contemplado la idea de buscar otras oportunidades fuera de Five Lakes, pero ahora no me gustaría que lo hiciera. Sería muy triste que se fuera de la colonia y, además, me rompería el corazón saber que se marcha enfadado.

Aunque aprieta la copa con fuerza, habla con suavidad cuando responde: 

—No voy a enviar ninguna solicitud a Tosu, si es lo que piensas. La Magistrada le pidió a papá que cambiara el discurso de hoy y así lo hizo. Ya me conoces, estaré cabreado unos días y después se me pasará. —Se encoge de hombros y desvía la mirada hacia la fiesta. Se está haciendo tarde. Algunos seguirán la celebración hasta el amanecer, pero muchos otros están volviendo a casa. El Día de la Graduación está llegando a su fin.

Tras varios minutos, Zeen dice: 

—Tú podrías hacerlo, ¿sabes?

—¿Hacer qué?

—Hablar con la Magistrada, enviar una solicitud a Tosu.

La idea es tan aterradora como tentadora. Cualquier colono interesado en trabajar en la ciudad de Tosu o en otra colonia puede rellenar una solicitud y presentarla en la oficina del Magistrado. Después, si hay alguna vacante, el gobierno de las Confederaciones Unidas contactará con el candidato para asignarle un puesto apropiado. En mis dieciséis años de vida sólo he sabido de dos candidatos con los que se pusieron en contacto para ofrecerles un trabajo. Después de la decepción de hoy, no creo que esté preparada para afrontar otra.

La duda debe verse reflejada en mi rostro porque Zeen me pasa el brazo por los hombros y me da un achuchón. 

—No te preocupes, hermanita. Todavía tienes mucho tiempo para decidir qué vas a hacer el resto de tu vida.

Qué pena que mamá no esté de acuerdo.

A la mañana siguiente todos dormimos hasta tarde, pero apenas he tenido tiempo de vestirme cuando mi madre dice: 

—Si estás decidida a no trabajar con tu padre, Kip Drysten tiene una vacante en su equipo. Deberías hablar con él antes de que alguno de los otros graduados te quite el puesto.

El equipo de Kip Drysten repara maquinaria agrícola. Aunque me gusta trabajar con artilugios mecánicos, la idea de pasar el resto de mi vida reparando tractores averiados resulta deprimente. 

—Lo pensaré —respondo.

El entrecejo fruncido de mi madre habla por sí solo, así que acabo subiendo a la bici y pedaleando lentamente hacia la ciudad en busca del señor Drysten.

Los Drysten viven en una casa pequeña pero muy bonita al otro lado de la colonia. Llamo a la puerta y trago saliva. No puedo evitar sentir una oleada de alivio cuando su esposa me dice que Kip ha salido pronto esa misma mañana hacia la granja de los Endress. No esperan que regrese hasta dentro de varios días. Me acaban de conceder un aplazamiento.

El día después de la graduación es un día de descanso. La mayoría de los negocios están cerrados y las familias se quedan en casa para las celebraciones más íntimas. Mi madre está organizando una gran cena para más tarde e incluso ha invitado a algunas de mis amigas. Probablemente debería regresar a casa y ayudar con los preparativos, sin embargo, al llegar a la plaza del pueblo, me bajo de la bicicleta.

La apoyo contra un árbol y me siento al lado de la fuente. Un par de vecinos me saludan al pasar, pero están demasiado ocupados y no entablan conversación; mejor así. Apoyo la cabeza entre las manos y observo el borboteo del agua en la fuente mientras intento ignorar el vacío que se ha apoderado de mí desde la ceremonia de ayer. Soy adulta. Desde pequeña siempre veía a mis padres y a otros adultos y soñaba con el día en que sería uno de ellos, fuerte y segura de mí misma. Pues bien, llegado el día, en mi vida me había sentido tan insegura.

Suena el reloj desde lo alto de la casa de la Magistrada. Son las tres en punto, hora de volver antes de que mi madre empiece a preocuparse. A medio camino veo acercarse a mi hermano Hart a toda velocidad por el sendero de tierra; viene a mi encuentro. Mierda. Si mamá le ha enviado a buscarme voy a tener problemas.

Pero no es mi madre la que me busca.

—La Magistrada Owens ha enviado un mensaje de radio por pulsación a papá justo después de que te fueras. Se supone que debes presentarte en su casa a las cuatro para hablar sobre tus planes de futuro. Como no viniste directa a casa, mamá nos envió a todos a buscarte. —Hart me sonríe con una mueca disimulada—. Más vale que te des prisa si quieres llegar a tiempo.

Tiene razón. Cuando llego a la plaza tengo la cara empapada en sudor, el pelo agitado y el estómago en un puño. En diferentes ocasiones mi padre y mis hermanos han sido convocados a presentarse en casa de la Magistrada para hablar de sus proyectos, pero esta es mi primera vez. ¿Quiere hablar sobre mis planes de futuro? No puedo evitar preguntarme si esta citación fue propiciada por la preocupación de mi madre. ¿Se puso en contacto con la Magistrada Owens y solicitó su ayuda o acaso mi falta de trayectoria profesional ha sido evidente para todos? La idea de que gente ajena a la familia se haya dado cuenta de mi desengaño me irrita y me avergüenza.

Preparada para recibir un sermón, me paso las manos por el pelo y me aliso la túnica blanca de manga corta y los pantalones grises antes de llamar a la puerta principal de la magistrada.

—Bien, lo has conseguido. —La Magistrada Owens me dedica una sonrisa que no acaba de verse reflejada en sus ojos—. Por favor, pasa Cia. Los demás ya están aquí.

¿Los demás?

La Magistrada Owens me guía hasta un salón amplio y alfombrado donde cuatro caras dirigen sus miradas hacia mí. Conozco a las tres personas que están sentadas: Tomas Endress, guapo y de ojos grises; Malachi Rourke, tímido pero dulce, y Zandri Hicks, bella y artística. Son compañeros de graduación, conozco a los tres de casi toda la vida. Sin embargo, a la cuarta persona no.

Tomas me indica con un gesto que tome asiento a su lado y el hoyuelo que aparece en su mejilla al sonreír hace que sea imposible no devolverle la sonrisa. La Magistrada Owens cruza la sala, se sitúa de pie junto al extraño y dice: 

—Gracias a todos por venir con tan poca antelación. Lamento haberos apartado de vuestras celebraciones familiares, pero era inevitable. —Sus ojos recorren la habitación y nos mira uno a uno—. Este es el oficial Michal Gallen, de la ciudad de Tosu. Su intención era presentarse ayer a tiempo para la graduación, pero llegó tarde debido a un problema mecánico.

Tosu.

Me estremezco cuando el oficial Gallen da un paso hacia adelante y extrae un papel doblado del bolsillo. Es algo mayor que nosotros aunque no mucho más. Debe tener la edad de Zeen, con el pelo castaño y greñudo y una torpeza desgarbada que contrasta con la autoridad que debe traer consigo desde Tosu.

Sus ojos oscuros expresan seriedad cuando mira el papel y lee: 

—Cada año, las Confederaciones Unidas examinan los logros que los graduados de las dieciocho colonias han alcanzado a lo largo de sus estudios. Los mejores alumnos del grupo son trasladados a Tosu para realizar la prueba de acceso a la Universidad. Ser seleccionado es todo un honor. Los universitarios son nuestra gran esperanza, contamos con ellos para ayudar a regenerar la tierra y mejorar nuestra calidad de vida. Son los futuros científicos, doctores, profesores y oficiales del gobierno. —Retira el papel y nos sonríe—. Vosotros cuatro habéis sido seleccionados para participar en la Prueba.

Me asalta una oleada de emoción. Miro a mi alrededor para comprobar que lo he entendido bien y veo una sonrisa radiante en la cara de Tomas. Es el más listo de la clase, así que es lógico que lo hayan elegido. Según este oficial, a mí también; a cuatro de nosotros. Esto es real. No tendré que trabajar con tractores. Me han seleccionado para la Prueba. Lo he conseguido.

—Mañana mismo partiréis hacia Tosu.

La felicidad del momento se desvanece cuando la realidad de las palabras del oficial choca contra mi pecho. Nos vamos mañana.

—¿Por qué mañana? —pregunta la magistrada Owens—. Antes había más tiempo entre la selección y el inicio de la Prueba.

—Las cosas han cambiado desde la última vez que su colonia tuvo un candidato —responde el oficial.  Su voz suena profunda y con un deje de impaciencia—. El proceso empezará esta semana. Supongo que estará de acuerdo en que los candidatos tienen más probabilidades de aprobar si llegan a tiempo.

—¿Qué pasa si no queremos ir?

Todos clavamos nuestras miradas en Zandri. Tiene la cara casi del mismo tono que su túnica carmesí. Al principio pienso que es de vergüenza, pero después levanta la barbilla y por el brillo de sus ojos azules queda claro que está furiosa. El hecho de que escogieran a cuatro de nosotros para la Prueba ya es increíble, pero que Zandri sea una de las elegidas es quizás aún  más sorprendente. No es que no sea lista, lo es, pero la mayoría de nosotros la tenemos más por artista que por estudiante. Zandri sólo destaca en ciencias cuando le inspiran para crear nuevos cuadros y, a pesar de que nunca ha expresado el deseo de querer seguir estudiando, su pregunta me sigue sorprendiendo. ¿Quién rechazaría el honor de ser seleccionado para la prueba?

El oficial de Tosu sonríe y a mí me recorre un escalofrío, es una sonrisa desprovista de afecto. 

—No tienes elección. La ley establece que todo ciudadano de las Confederaciones Unidas que haya sido seleccionado para la prueba debe presentarse en la fecha establecida o se enfrentará al castigo.

—¿Qué tipo de castigo? —pregunta Zandri a la Magistrada Owens, desvía la vista al oficial y mantienen la mirada hasta que la Magistrada dice: 

—De acuerdo con la ley, no presentarse a la prueba se considera traición.

Y el castigo más común por traición es la muerte.

Alguien, quizás Malachi, murmura una protesta. Siento como si alguien me hubiera rodeado el pecho con los brazos y me presionara con fuerza. Toda la emoción por haber sido elegida se evapora y es sustituida por un miedo paralizador. Pero no hay motivos para tener miedo, yo quiero enfrentarme a la Prueba. En mi caso el castigo no será necesario.

Ni para ninguno de mis compañeros. Ante la palabra traición, Zandri abandona la lucha.

Al vernos tan asustados, la Magistrada Owens explica que la ley que rige el castigo por no aceptar nuestro lugar en la Prueba se remonta a los inicios de las Confederaciones Unidas. Había facciones anárquicas que deseaban derrocar el nuevo gobierno e intentaban convencer a los candidatos para que se rebelaran. 

Se habla de cambiar la ley, pero estos trámites llevan tiempo.

Me siento un poco mejor sabiendo que la ley no se ha aplicado durante décadas y la emoción empieza a resurgir cuando la Magistrada nos enumera los enseres básicos que necesitaremos en Tosu. A los candidatos se les permite llevar: dos conjuntos de ropa de diario, dos mudas de ropa interior, un juego de ropa de dormir, dos pares de zapatos y dos objetos personales. Ni libros ni papeles, nada que pueda dar ventaja a un candidato sobre otro, y todo debe caber en las bolsas que nos darán al terminar la reunión. Debemos estar en la plaza con nuestras mochilas mañana al amanecer, donde el oficial Michal Gallen nos estará esperando para acompañarnos al Instituto de la Prueba.

Entonces, expresa lo orgullosa que se siente de nuestros logros y añade que está convencida de que todos saldremos victoriosos, pero sé que miente. Mi madre pone la misma sonrisa forzada y exagerada cuando está preocupada: la Magistrada no cree que todos aprobemos. ¿Acaso teme que nuestro fracaso influya negativamente en la colonia Five Lakes?

Sigo dándole vueltas cuando nos acompañan a la entrada principal.

Al abrirse la puerta nos recibe un sol resplandeciente. Soy la última de los cuatro en recoger la bolsa marrón oscuro, con el símbolo rojo y morado de las Confederaciones Unidas, que nos entrega la Magistrada Owens. Al colgarme el asa ancha del hombro me doy cuenta de que la cena de celebración que mi madre ha planeado tan minuciosamente no podrá alargarse mucho, ya que entonces, no tendría tiempo suficiente de mentalizarme para lo que vaya a ocurrir mañana  ni para hacer la bolsa.

Zandri ya se ha ido cuando salgo a la plaza, pero Tomas y Malachi me están esperando. Por un momento los tres nos miramos sin saber qué decir. No me sorprende que sea Tomas el primero en recobrar la voz y, con una de sus sonrisas de infarto, me mira a los ojos y dice: 

—Creo que deberíamos irnos a casa. Mañana va a ser un gran día.

Y sé que tiene razón. Es hora de volver a casa y decirle a mi familia que mañana por la mañana me iré de casa para no volver.

Capítulo 3

El murmullo de las risas de mi familia me da la bienvenida al abrir la puerta. En la pared del fondo cuelga una pancarta de felicitación. La mesa está cubierta con platos llenos de pan, carne y dulces para celebrar mi graduación. Ahora también será una fiesta de despedida.

—Ahí está —exclama Zeen al encontrarse conmigo en la entrada—. Os dije que no llegaría tarde a su propia fiesta y menos habiendo bollos de canela.

Mi padre se da la vuelta sonriendo, pero en el instante en que divisa la bolsa colgada en mi hombro, la sonrisa desaparece y de repente lo comprende. 

—Te han seleccionado para la Prueba.

Las risas se silencian y las sonrisas se desdibujan de la cara de todos al girarse hacia mí en busca de confirmación. A pesar de estar feliz por haber sido elegida, se me forma un nudo en la garganta al asentir. Los graduados universitarios van donde los oficiales de las Confederaciones Unidas les envíen, donde sus habilidades sean más necesarias. Si paso la Prueba con éxito, las posibilidades de regresar a casa son casi inexistentes.

Los gemelos son los primeros en sobreponerse. Antes de darme cuenta, me están estrujando en uno de sus abrazos sándwich, felicitándome a gritos. Hamin es el siguiente y, aunque su emoción no es tan escandalosa, no es menos sincera. Después se acerca mi madre. Le tiemblan las manos al abrazarme, pero su sonrisa está llena de orgullo cuando me pregunta qué me permiten llevar y cuándo debo partir. Apenas he tenido tiempo de contestar o de ver a Zeen saliendo sigilosamente de la habitación cuando unos golpes en la puerta anuncian la llegada de mis amigas.

Estoy feliz de verlas, sobre todo a Daileen. Me alegro de tener la oportunidad de despedirme de ellas en persona. Estallan más gritos de alegría y más lágrimas cuando les doy la noticia de la Prueba y les cuento quiénes más fueron seleccionados. Daileen es la que más pena y alegría siente al mismo tiempo. Intenta esconder su dolor tras amplias sonrisas, pero a medida que avanza la fiesta veo cómo se va situando en un segundo plano, lejos de mí y de aquellas que siempre ha considerado más amigas mías que suyas. Y me asusto, pues aunque mi familia sentirá mi ausencia, se tendrán los unos a los otros, pero Daileen no tendrá a nadie.

Por lo que, cuando mi madre hace saber a las invitadas que la fiesta debe terminar temprano, la primera persona a la que busco para despedirme es a Lyane Maddows. Ella no salta de alegría ni grita para llamar mi atención, por el contrario, espera tranquila al lado de la puerta a que mis hermanos la acompañen a casa. Lyane y yo no somos grandes amigas. Siempre nos saludamos al vernos, pero pocas veces nos sentamos juntas a la hora de comer o charlamos al salir del colegio. Sin embargo, la he invitado porque a Lyane y a mí nos une un vínculo, que sé que no ha olvidado. Espero que ese recuerdo signifique que puedo contar con su ayuda.

Mientras las chicas todavía gritan y parlotean detrás de mí, rodeo a Lyane con los brazos. Sus hombros se tensan por la sorpresa, pero no se echa atrás. Al oído, le susurro:

—Daileen necesitará una amiga cuando me vaya mañana. ¿Podrás cuidar de ella y asegurarte de que no esté sola? Por favor.

Lyane me abraza más fuerte, casi puedo sentir cómo sopesa mi petición. Me contesta en bajito y me hace llorar de alivio y gratitud. Daileen no estará sola.

Lyane sale de casa sin mirar atrás y yo me doy la vuelta para despedirme de las demás. Daileen espera el último turno. Se esfuerza en contener el llanto cuando me promete que nos veremos el próximo año en Tosu.

—Voy a estudiar más que nunca. No tendrán más remedio que escogerme.

Lo único que impide que se me rompa el corazón cuando la veo salir es la voz de Lyane desde fuera diciendo: 

—Daileen, ¿quieres que vayamos juntas? —Y después la pierdo de vista. 

Lyane sabe lo que demasiada soledad puede hacer a una persona. Hace cuatro años la ayudé a salir de la penumbra cuando la encontré en los límites de la colonia, asomada al filo de un barranco y dispuesta a saltar. Pero no la dejé. Por el contrario, la obligué a hablar sobre su padre, que era oficial del gobierno en Tosu, y sobre su madre, que odiaba vivir en Five Lakes y descargaba toda su ira y frustración contra su hija. Por lo que sé, sólo me ha enseñado a mí las cicatrices que recibió de las manos de su madre. Con la ayuda de mi padre y del Magistrado, los padres de Lyane se reunieron en Tosu mientras que ella fue acogida por otra familia en Five Lakes y encontró motivos para volver a sonreír. Confío en que ayude a Daileen a encontrarlos también.

Con mis hermanos acompañando a las chicas, la casa parece más grande que de costumbre mientras ayudo a mis padres a recoger la mesa y a ordenar la sala principal. La casa donde vivimos ahora es más grande de lo normal: además de esa sala, tenemos dos habitaciones al fondo de la casa. La de la derecha es la de mis padres, y mis hermanos y yo dormimos en la de la izquierda, aunque Zeen y Hamin roncan tan fuerte que me he acostumbrado a dormir sobre la pila de sábanas en frente de la chimenea de la sala principal. Sonrío. Ir a Tosu significa que quizás volveré a dormir en una cama.

Mientras limpiamos, mamá habla sobre lo que debería llevarme y sobre cómo tendría que comportarme cuando esté en la ciudad. En más de una ocasión deja lo que está haciendo y gimotea ante la idea de que yo sea la primera de sus hijos en irse de casa. Mi padre no dice nada en estos momentos, aunque sé que le gustaría.

Una vez hemos lavado y guardado todos los platos, mi padre propone: 

—¿Por qué no damos un paseo? —Cuando mi madre abre la boca para protestar, añade—: Sé que Cia tiene que hacer la bolsa, pero antes de que regresen los chicos y todo se alborote, me gustaría tener un momento de tranquilidad con mi pequeña.

Mi madre lloriquea y a mí se me encoge el corazón al adentrarme con mi padre en la noche cada vez más oscura.

Mi padre me coge de la mano y juntos rodeamos la casa hacia el jardín trasero. 

La luna y las estrellas borrosas empiezan a brillar sobre nosotros. Dicen que hubo un tiempo en que el cielo era claro y que en las noches despejadas las estrellas brillaban como diamantes. Quizás fuera cierto, es difícil de imaginar.