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ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

Panorama de la investigación sobre la cultura gastronómica en México

El comer o la cultura gastronómica

COMPONENTES Y CONCEPTOS DE LA CULTURA GASTRONÓMICA

1.La relación con la tierra productora de alimentos

2.Seleccionar lo comestible entre lo disponible

3.La transformación culinaria de los alimentos

4.Convertir los alimentos en comida al compartirlos

ELEMENTOS CONCEPTUALES DEL COMER

1.Convivialidad

2.Comensalidad

3.Mesa

4.Comensal

5.Gastronomía

6.Culinaria

LA CULTURA GASTRONÓMICA COMO OBJETO HISTÓRICO-ANTROPOLÓGICO

APROXIMACIONES A LA CULTURA GASTRONÓMICA EN LA MESOAMÉRICA PREHISPÁNICA

LA REGIONALIZACIÓN EN EL ESTUDIO DE LA CULTURA GASTRONÓMICA EN LA MESOAMÉRICA PREHISPÁNICA

1.El caso regional del Norte de México

2.El caso regional de Mesoamérica

LA INFLUENCIA DEL PENSAMIENTO MÍTICO EN LA CULTURA GASTRONÓMICA MESOAMERICANA

1.El maíz, eje mítico de la alimentación mesoamericana e imagen del género humano

2.Los pueblos de la Mesoamérica prehispánica y su vinculación con la tierra

3.El ser humano y la milpa

4.La casa y la cocina prehispánicas

5.Conseguir los alimentos

6.Fuego y fogón

7.Convivialidad, comensalidad y mesa en Mesoamérica

8.Trabajo, austeridad y ayuno

9.Hospitalidad y comensalidad

INVENTARIO GASTRONÓMICO MESOAMERICANO

Insumos de origen animal

Aves

Habitantes del agua

Insectos

Mamíferos

Reptiles

Insumos de origen mineral

Minerales

Insumos de origen vegetal

Algas

Cactáceas

Chiles

Flores

Frutos dulces

Frutos no dulces

Quelites

Raíces y tubérculos

Semillas

Vainas

Otros ingredientes y preparaciones de origen mesoamericano

Dulces y edulcorantes mesoamericanos

Técnicas mesoamericanas para la cocción de alimentos

Técnicas mesoamericanas para la conservación de alimentos

Utensilios culinarios mesoamericanos

FUENTES CONSULTADAS

antropología

CULTURA GASTRONÓMICA EN
LA MESOAMÉRICA PREHISPÁNICA

por

ALBERTO PERALTA DE LEGARRETA

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siglo xxi editores, méxico
CERRO DEL AGUA 248, ROMERO DE TERREROS, 04310 MÉXICO, DF
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siglo xxi editores, argentina
GUATEMALA 4824, C1425BUP, BUENOS AIRES, ARGENTINA
www.sigloxxieditores.com.ar

anthropos editorial
LEPANT 241-243, 08013 BARCELONA, ESPAÑA
www.anthropos-editorial.com

TX641
P47

2018      Peralta de Legarreta, Alberto

Cultura gastronómica en la Mesoamérica prehispánica / texto de Alberto Peralta de Legarreta. — Ciudad de México : Siglo XXI Editores, 2018.

190 p. – Antropología

e-ISBN: 978-607-03-0988-5

1. Gastronomía – México – Historia. 2. Gastronomía – América Central – Historia. 3. Cocina indígena – México – Historia. 4. Cocina indígena – América Central – Historia. 5. Hábitos alimenticios – México. 6. Hábitos alimenticios – América Central. I. t.

ilustración de portada: alberto beltrán

primera edición, 2018
© siglo xxi editores, s.a. de c.v.

e-isbn 978-607-03-0988-5

derechos reservados conforme a la ley

INTRODUCCIÓN

¿Puede definirse la cultura gastronómica más allá del sentido del gusto y del concepto culturalmente construido y aceptado del buen comer? La comida y el comer pueden estudiarse desde muy diferentes puntos de vista. Apelando a la diferencia que existe entre lo puramente culinario y lo gastronómico, nos inclinamos por la amplitud interpretativa propia de lo gastronómico, que contempla a lo culinario sólo como una de sus partes constituyentes. La comida es, como su etimología lo indica, algo que sucede “en común”; esto alude a que, para adquirir el valor consciente de lo humano, debe ser compartida, simbolizada y reproducida a través del tiempo en términos de un sistema interpretativo y de comunicación,1 es decir, mediante la cultura, la historia y los usos sociales.

El estudio de la alimentación humana ha sido abordado a través de diversos enfoques, entre los que se pueden contar los de tipo económico, antropológico2 y etnohistórico-cultural. Este libro se decanta por el último, un enfoque híbrido que resulta ser el más incluyente en términos de los fines que persigue y el que aporta una mayor y más diversa cantidad de datos capaces de conducir a una comprensión más amplia del fenómeno de la producción, selección, transformación e ingesta de alimentos en sociedad. Como muchas otras actividades del quehacer humano, el darle valor a los alimentos para obtenerlos del entorno, seleccionarlos, crear modos de preparación y comerlos requiere de la construcción y aplicación consensual e histórica de diversos sistemas simbólicos de valores y aprecio que, como afirma Massimo Montanari, distan mucho de la naturalidad, pues la comida “se configura como un elemento decisivo de la identidad humana y como uno de los elementos más eficaces para comunicarla”.3 La cultura alimentaria es, en consecuencia, propia del ser humano, así sea éste sedentario y agricultor o decida vivir cazando y recolectando. Para los fines que persigue este libro, los conceptos y las propuestas de la obra La comida como cultura, de Massimo Montanari, pueden considerarse como uno de los ejes rectores. Un enfoque cultural de la comida como el que propone Montanari permite concentrarse en los alimentos como parte esencial del devenir humano en sociedad, debido a su intrínseco valor como símbolo con múltiples significados y, por tanto, como elemento capaz de aportar datos sobre su uso e interpretación en distintos estamentos y ámbitos sociales, pues

un producto alimenticio no es nunca un simple objeto nutricional o dietético, sino que tiende a configurarse como un sujeto dotado de personalidad, de un estatuto social muy preciso.4

Los alimentos son elementos culturales que, en aras de que persistan y se reproduzcan o hereden, deben ser dotados por los grupos humanos de una gran movilidad y adaptabilidad a través del tiempo5 y los espacios. A este respecto, el trabajo que aquí se presenta sigue también la propuesta de Montanari acerca de que el gusto es más un sentido cultural que biológico y que sus reglas se moldean generación tras generación para determinar lo que resulta apto o inaceptable, así como los métodos de transformación que pueden generar que cambie su estatus.6 En apoyo a estas afirmaciones, asimismo resultó de gran utilidad el enfoque filosófico que propone el libro El sentido del gusto, de Carolyn Korsmeyer, quien pone en duda la existencia de algo semejante a una “estética natural del gusto” a la que estemos sujetos todos los seres humanos; por el contrario, Korsmeyer afirma también que la construcción cultural del paladar7 y sus reglas son propias de la identidad de cada grupo humano y dependen de una interpretación única e histórica del mundo que los rodea.

Otro de los ejes rectores de este trabajo son los conceptos expuestos en el libro El laberinto del comensal, de Alejandro Arribas Jimeno, quien pone en relieve la terminología sobre convivialidad y comensalidad como valores esenciales de la unión e identidad8 de una comunidad humana, y propone varias de las interpretaciones etimológicas que le dan sentido al apartado sobre conceptos relacionados con la gastronomía. El texto de Arribas Jimeno amplía sin desechar la visión fisiológica y científica de Brillat-Savarin, quien al menos en sus definiciones preliminares no se inclinó por dar una explicación cultural compleja al sentido del gusto. Montanari complementará estas propuestas al afirmar que la comida se define como una realidad exquisitamente cultural, no sólo respecto a la propia sustancia nutritiva [y las sensaciones gustativas que produce], sino también al modo de asimilarla y a todo lo que la rodea.9

Sobre el enfoque de los alimentos como importantes —aunque en ocasiones “invisibles”— elementos de la cotidianidad,10 Sabor a comida, sabor a libertad, de Sidney Mintz, y Habitar, cocinar, volumen 2 de La invención de lo cotidiano, de Michel de Certeau, permiten una mejor comprensión de la forma en que un grupo humano construye tanto la identidad de sus miembros como la colectiva con el paso del tiempo. De este modo, los alimentos se descubren como productos emocionales pletóricos de significado, desarrollados a través de un proceso histórico, y por ello sujetos de la antropología y la etnohistoria. Finalmente, libros como Engranaje culinario y Nacionalismo culinario, de José Luis Juárez López, así como Planet Taco y ¡Vivan los tamales!, de Jeffrey M. Pilcher, constituyeron una precisa guía metodológica sobre la selección, utilización y crítica etnohistórica de fuentes —gastronómicas o no— para el estudio del caso de México. La revisión documental y bibliográfica realizada posibilitó la identificación de algunos vacíos en el campo de la literatura gastronómica, como es el caso de la producción y la comensalidad prehispánicas, aquí retomadas desde la antropología simbólica.11

En este libro nos acercaremos a la cultura gastronómica como objeto histórico-antropológico a través de una revisión bibliográfica, documental y etnográfica, abocándonos a proponer definiciones de los conceptos que la componen, así como a perfilar a los actores sociales que en ella participan para darle un sentido humano. Asimismo analizaremos cada uno de los componentes sugeridos para el estudio de una cultura gastronómica y ofreceremos una propuesta metodológica que permita una aproximación al fenómeno humano de la alimentación compartida, es decir, el comer. Finalmente, se incluye un inventario de los insumos, ingredientes, técnicas de cocción y conservación, y utensilios aportados por la tradición mesoamericana a las cocinas del México actual.

El estudio de la Cultura gastronómica en la Mesoamérica prehispánica se abordó a través de la realización de una etnografía documental, es decir, de un interrogatorio contextual a las fuentes disponibles. Se trata del reconocimiento y la recopilación, en el cuerpo de fuentes primarias y secundarias, de factores identitarios relacionados con la alimentación. En muchos casos estos rasgos fueron identificados como parte del conjunto o matriz de actos mentales, conocido como el “núcleo duro mesoamericano”, propuesta por el historiador Alfredo López Austin. El rastreo documental, así como la etnografía y trabajo de campo requeridos para la construcción del inventario, buscaron ahondar en la cosmovisión con la que esos grupos humanos se relacionaron simbólicamente con la tierra, la forma en que seleccionaron y discriminaron los ingredientes, los métodos que utilizaron para transformarlos culinariamente y la manera única en que construyeron una mesa con reglas para compartirlos.

PANORAMA DE LA INVESTIGACIÓN SOBRE
LA CULTURA GASTRONÓMICA EN MÉXICO

La gastronomía, los quehaceres culinarios y la cultura asociada a la ingesta comunitaria son algunos de los elementos más identitarios de la cultura mexicana. A lo largo de las últimas décadas, y con mayor énfasis tras la inscripción en 2010 de la gastronomía mexicana en la lista del patrimonio inmaterial de la humanidad de la UNESCO, el tema de los alimentos y la comida en México ha comenzado a estudiarse con mayor interés desde el punto de vista culinario, es decir, en lo relacionado con las recetas —muchas de ellas de origen mítico— y los procedimientos de producción, tradicionales o gourmet. Sin embargo, también se ha hecho patente en la producción de textos la importancia que tienen la culinaria y la gastronomía como objetos de estudio de la antropología y la historia. La escasez de fuentes primarias dedicadas a la alimentación como parte de la cotidianidad ha convertido la búsqueda de datos sobre la cultura gastronómica en una labor decididamente etnohistórica, pues la cotidianidad no siempre se ve reflejada de manera manifiesta en los documentos, textos y testimonios producidos por los grupos humanos.

La curiosidad por la ingesta y los usos sociales de alimentos entre los habitantes de México comenzó apenas finalizada la Conquista en el siglo XVI. Frailes y soldados, además de funcionarios y viajeros, plasmaron en sus escritos, crónicas e informes detalles dispersos sobre la manera en que vivían y se alimentaban los habitantes de las regiones mesoamericanas. Aquellos primeros cronistas se interesaron por documentar comportamientos representativos de esas culturas ajenas y por recopilar datos que sirvieran a futuras generaciones de conquistadores europeos en sus afanes de dominio o conversión. Como primer método de aproximación al asunto del comer y los alimentos de los pueblos nativos, los invasores relegaron la ingesta americana a su categoría de lo exótico. Predominó en ellos el intento de comprender los alimentos a través de un sistema de interpretación propio e inoperante12 que, a pesar de todo, condujo a la elaboración de importantes inventarios de insumos, prácticas culinarias y rituales asociados, aunque también a algunas subvaloraciones y negaciones. Éste fue el caso de numerosas crónicas escritas durante el periodo virreinal por miembros de las milicias, médicos y frailes de las diversas órdenes religiosas a lo largo de todo el territorio del México actual. Aunque muchas de estas fuentes de primera mano han sido citadas fragmentaria e incesantemente desde el siglo XIX, resultan todavía imprescindibles para acercarse a la historia y la identidad alimentaria de los pobladores prehispánicos, por lo que siguen siendo susceptibles de interrogación mediante nuevos enfoques y problematizaciones. Entre ellas se encuentran las obras de Bernardino de Sahagún, Andrés de Olmos, Diego Durán, José de Acosta, Jerónimo de Alcalá, Toribio de Benavente, Isidro Félix de Espinosa, Diego de Landa, Juan de Torquemada, entre muchos otros como Bernal Díaz del Castillo, Hernán Cortés y Francisco Hernández.13

No fue sino hasta las primeras décadas del siglo xx, tras la Revolución mexicana, que las cocinas nacionales y el buen comer recibieron atención e interés histórico y analítico en libros especializados. Personalidades literarias como Alfonso Reyes y Artemio del Valle-Arizpe acusaron que la comida no era un asunto menor —en ocasiones de manera fantasiosa y escasamente exacta en lo histórico—, y aunque no hicieron intentos por brindar explicaciones sobre la naturaleza cultural de los alimentos, sí los elevaron al grado de arte y le concedieron a la cocina mexicana un lugar a la par de las prestigiosas cocinas de España y Francia. Otros intelectuales, cocineros y egresadas de la Escuela Normal Superior publicaron en periódicos y recetarios de edición propia anécdotas relacionadas con platos complejos reconocidos, como el mole14 y los chiles en nogada,15 proporcionando con ello los fundamentos para el reconocimiento y periodización de una gastronomía identitaria mexicana, en una época en la que lo institucional y el discurso sobre la construcción de lo nacional fueron una prioridad para el país.16 Décadas más tarde otros autores ligados a la academia, el mundo del arte y la política, como el mismo Alfonso Reyes, Salvador Novo y Heriberto García Rivas,17 entre otros, publicarían los primeros ensayos históricos sobre la cocina mexicana, ponderando sus raíces e ingredientes y bebiendo de fuentes primarias para comunicar el valor cultural de la ingesta en México. Textos como Cocina mexicana o historia gastronómica de la Ciudad de México, de Salvador Novo, y Memorias de cocina y bodega, de Reyes, se hicieron célebres y fueron durante varios años los libros más citados: uno por el lado histórico y otro por el cultural, ya que aportaron datos curiosos y anécdotas interesantes, aunque sin proporcionar un adecuado aparato crítico que permitiera al lector saltar a nuevas búsquedas. En ese mismo tenor se encuentra el libro de Armando Farga, Historia de la comida en México, que aporta algunos datos culturales sobre los alimentos prehispánicos (enfocándose en las aportaciones de Mesoamérica al mundo) y habla de geografía, productos locales, fauna, costumbres familiares en la mesa, restaurantes y hospitalidad, para lo cual echa mano de algunas anécdotas y fuentes documentales. En el caso de los estudios sobre cocinas conventuales femeninas, resalta Entre gula y templanza. Un aspecto de la historia mexicana, de Sonia Corcuera de Mancera, libro que coadyuvó a una mejor comprensión de las cocinas religiosas y su influencia social durante los siglos virreinales.18

Las décadas de los ochenta y noventa traerían un nuevo interés por la cocina popular, los mitos gastronómicos, las raíces prehispánicas y la presencia culinaria de México en el mundo. Libros de gran importancia como Capsicum y cultura: la historia cultural del chilli, de Janet Long-Solís, abordaron elementos característicos de la culinaria mexicana al tiempo que se ocuparon de sus orígenes históricos, biológicos y culturales. El Elogio del dulce. Ensayo sobre la dulcería mexicana, de Carlos Zolla, constituye un recorrido histórico, cultural y formal de la dulzura como sabor y elemento capaz de dar identidad a un pueblo, mientras que el objetivo de Juan José Tablada en su obra Hongos mexicanos comestibles, micología económica fue popularizar el conocimiento sobre los hongos. Para ello aportó datos fundamentales sobre mitología mesoamericana, química orgánica, nomenclatura científica y consejos culinarios. En el campo de estudio de la alimentación prehispánica, dos libros resaltan por sus aportaciones: el primero es de Sophie D. Coe, quien en 1994 publicó Las primeras cocinas de América, y el segundo es de Teresa Castelló Yturbide y Michel Zabé, Presencia de la comida prehispánica, obra que representó un importante avance debido al uso de imágenes de estudio y textos de cronistas para enfatizar los orígenes antiguos de algunos ingredientes tradicionales. También en esas décadas se publicaron libros que hoy son verdaderos clásicos sobre el tema, aunque no han sido actualizados e incluso incurren en varios errores. Nuestro mero mole. Breve historia de la comida mexicana, de Jesús Flores y Escalante, provee un prolongado periplo a través de la historia de los alimentos y las preparaciones culinarias mexicanas, intercalando refranes, dichos y proverbios relacionados con el tema alimentario, aunque su contenido también se complementa con las vivencias personales del autor, las anécdotas y los muchas veces repetidos y desmentidos mitos gastronómicos. Otros autores, como José N. Iturriaga, se interesaron por las expresiones callejeras, con lo que dieron inicio al estudio verdaderamente antropológico y etnográfico de la comida en México.

Textos como La cultura del antojito. De tacos, tamales y tortas y Las cocinas de México I y II dieron cuenta de una gastronomía popular pujante, histórica, representativa de lo nacional, vigente y en continua transformación. Sonia Corcuera de Mancera se enfocó nuevamente en el periodo virreinal para dedicar su libro El fraile, el indio y el pulque al estudio revelador de los efectos de las bebidas embriagantes —particularmente la producida gracias a la fermentación de la savia del maguey— en los receptores nativos de la evangelización novohispana. Por otra parte, Socorro y Fernando del Paso escribieron un libro que resultó una especie de reivindicación y revaloración internacional sobre lo gastronómicamente mexicano, el cual se publicó bajo el título de La cocina mexicana. Este texto tuvo la intención de que los franceses, y en general los extranjeros, se convencieran de que la gastronomía de México “no es tan picante y agresiva como ellos creen”, y que entre la cocina en verdad mexicana —aquella que los mexicanos, ricos, pobres y de clase media, consumen de manera cotidiana— y la comercial Tex-Mex existen grandes diferencias, sobre todo culturales. A finales de la última década del siglo xx, el interés por el significado y el contexto de los alimentos, además desde luego de sus recetas y formulaciones, se incrementó notablemente con la aparición de las extraordinarias colecciones de Cocina Indígena y Popular y Recetarios Antiguos, un esfuerzo coordinado por José N. Iturriaga al interior de Conaculta y la Dirección General de Culturas Populares e Indígenas. La primera colección, una importante serie de cerca de 80 recetarios de carácter regional y étnico,19 carece de un cuidado formal y editorial homogéneo, pero el contenido de muchos de ellos es consecuencia de auténticos estudios académicos y etnográficos, recopilaciones vivenciales e investigaciones entre las diversas etnias que habitan el actual territorio de México. En muchos de los recetarios, los prólogos, escritos por personalidades de la élite culinaria y social del país, aportan poco y no hacen sino repetir lo ya publicado,20 pero en otros casos constituyen verdaderos aportes a la historia, la etnicidad, el simbolismo y el valor social de los alimentos. Tal es el caso del número 21, La dulcería en Puebla, cuyo estudio introductorio por Adriana Guerrero Ferrer excede con fortuna al recetario y provee información valiosa para el análisis de una parte de la cultura gastronómica en Puebla. Lo mismo puede decirse del Recetario maya de Quintana Roo (núm. 3) y varios más cuya edición se realizó en forma bilingüe.

En el caso de la colección de Recetarios Antiguos, los documentos publicados poseen sin duda un valor histórico inestimable; sin embargo, los prólogos —cortos e insuficientes— no ayudan al lector ni enriquecen la lectura en forma alguna. Por otra parte, en esa misma década fue publicada una afortunada antología bajo el título de Conquista y comida. Consecuencias del encuentro de dos mundos, coordinada por Janet Long-Solís y publicada por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Este libro pionero planteó nuevos enfoques y tendencias en el estudio de los alimentos en el continente americano y contó con importantes aportaciones de John C. Super, Julieta Ramos-Elorduy y George J. Armelagos. Otros autores activos a finales del siglo XX, con libros relevantes sobre la historia de la alimentación en México, son José Luis Curiel Monteagudo, dedicado a la cocina conventual y las mesas de conquistadores y virreyes, y Teresa Lozano Armendares, cuyo libro El chinguirito vindicado. El contrabando de aguardiente de caña y la política colonial es una lectura obligada para quien desea conocer los quehaceres del bajo mundo alcohólico novohispano. Del mismo modo, es importante reconocer las aportaciones del Seminario Permanente de Antropología de la Alimentación que dirige Luis Alberto Vargas en el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM.

Finalmente, ya en pleno siglo XXI, el estudio de la alimentación mexicana ha sido abordado con la rigidez metodológica y el uso irrestricto de fuentes que caracteriza a la antropología y la etnohistoria. Investigadores como José Luis Juárez López, con sus libros fundamentales sobre la ambigüedad criolla durante los siglos novohispanos y las cocinas de los siglos XIX y XX, mostraron con creatividad y oficio etnohistórico que los estudios sobre la cotidianidad pueden realizarse utilizando fuentes poco comunes y aportar datos inéditos sobre la cultura culinaria y sus valores sociales. Por otra parte, resalta también la labor del norteamericano Jeffrey M. Pilcher, cuyos libros sobre el uso de la comida —y en específico de los tacos como elementos identitarios en México— dejaron de manifiesto que las cocinas nacionales constituyen importantes fuentes de información para la historia e interpretación de los comportamientos sociales, la producción, la economía y, desde luego, la cultura.

EL COMER O LA CULTURA GASTRONÓMICA

La comida, más que las especulaciones místicas, es una
manera segura de acercarse a un pueblo y a su cultura.

Octavio Paz
Vislumbres de la India

Para el ser humano, comer es tal vez el más natural y necesario de los actos. Lo es por el solo hecho de proveer al cuerpo los nutrientes necesarios para su supervivencia, pero también porque —como ser social y, como tal, por el convivir alrededor de los alimentos— convirtió el comer en una expresión característica de su cultura y en un símbolo de su condición humana.21 Al compartir los alimentos, los seres humanos abrieron un canal eficiente para comunicarse y con ello se diferenciaron definitivamente de otros animales al convertir sus alimentos en verdadera comida. Como cualquier otro ente vivo, la especie humana requiere nutrirse y saciar su hambre física, es decir, cubrir los requerimientos energéticos y nutricionales básicos para el funcionamiento adecuado de su organismo. Sin embargo, en el ser humano el acto de alimentarse cumple también otra importante función, que es la social, pues al hacerlo pocas veces decidimos llevarlo a cabo solos. Cada grupo humano a través de la historia desarrolla una relación cultural específica con la tierra productora de alimentos, establece reglas básicas consensuadas para seleccionar lo comestible entre lo disponible y crea técnicas culinarias para transformar y dignificar22 los alimentos, lo que incluye también el establecimiento de una manera propia y única de consumirlos y compartirlos. El comer no es entonces sólo un detonante de la convivencia, sino además una oportunidad para que los seres humanos intercambien ideas, establezcan (o finiquiten) lazos afectivos, busquen prestigio y obtengan el placer humano del diálogo basado en la razón y la emoción. A esto es a lo que en lo sucesivo nos referiremos como cultura gastronómica.

La cultura gastronómica es un concepto que ve mucho más allá de las necesidades nutricionales, la simple paliación del hambre o la culinaria; es un factor distintivo de lo humano, caracterizado por proporcionar un tipo de placer que —además del físico, relacionado con la satisfacción— requiere de una interacción dialógica entre la emoción y la razón en la mesa. Al hablar de alimentos nos referimos exclusivamente a aquellos objetos que se pueden valorar en términos estéticos, de nutrición o satisfacción del hambre. Sin embargo, cuando utilizamos la palabra comida, el sentido cambia por completo, pues entonces nos referimos a la ingesta racional y emocionalmente acordada y compartida, que es lo que denomina su etimología latina cum (“en común”) y edere (“comer”). La obtención de este placer humano es consecuencia de la compartición de los alimentos y se deriva del hacer mesa, lugar polisémico en el que se ejercen la convivialidad y la comensalidad. Estos valores se construyen con emociones mediante el establecimiento o reforzamiento de vínculos interpersonales y el intercambio crítico de ideas y negociaciones. El comer sucede alrededor de alimentos y bebidas, algunos de ellos con fuertes cargas de significado que se relacionan con los estímulos y respuestas químicas23 generadas en el cuerpo durante la ingesta (tal es el caso del chocolate, el azúcar y el vino, entre otros), además de las complejas construcciones de significado cultural que suelen denotar y dar sentido a los alimentos, algo que se puede ver con claridad en los vocablos compañía y compañero (cum-panis), que tuvieron su origen etimológico en la acción de compartir el pan.24 En muchas culturas, este placer asociado al comer en compañía se relaciona también, sin duda, con la bondad atribuida a los alimentos. En náhuatl, por ejemplo, la palabra comida, tlaqualli, significa literalmente “lo bueno”. Y en el comer lo bueno es rara vez un placer privado.25

La particular transformación culinaria y el consumo convivial de los alimentos al interior de un grupo humano representan sólo el final de la larga cadena de acciones que llamamos cultura gastronómica (figura 1). Ésta comienza con el establecimiento histórico de una relación simbólica, política o religiosa con la tierra productora o dadora de alimentos, de la que se desprenden el reconocimiento y selección de los recursos disponibles para la ingesta y la decisión cultural acerca de qué parte de lo disponible es digno o se puede convertir en comestible. Posteriormente, resultan de interés los métodos de recolección, cosecha, pesca o cacería aplicados por el grupo humano, es decir, lo relacionado con la obtención o producción de los alimentos. Una vez en posesión de los insumos comienza su particular transformación o dignificación —su cambio de naturaleza en la cocina, que los convierte en posible alimento o comida—, factor definitorio de la cultura gastronómica. Para ello, cada grupo humano desarrolla ritualidades, utensilios, técnicas de cocción y un lenguaje propio del paladar, apto para definir las propiedades y los resultados de sus procesos culinarios.

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Figura 1. La cultura gastronómica y sus componentes al interior de la cultura de un grupo humano.

La transformación de los alimentos en comida es un acto que se completa al llevarlos a la mesa, donde serán compartidos por los allí reunidos, haciendo uso de reglas, costumbres, rituales y modales establecidos y consensuados. Esta parte social de la cultura gastronómica se identifica plenamente con el comer, y en términos antropológicos es quizás la más relevante, pues en ella los alimentos se humanizan al ser consumidos en comunión. Con lo anterior quedan al descubierto sus complejos significados, desatando el recuerdo o reforzando emociones mientras detonan el diálogo y el intercambio de ideas. Finalmente, en algunos casos de estudio será relevante poner atención también a la manera particular en que un grupo humano desecha —corporal e higiénicamente— lo consumido, lo que incluye expresiones corporales sonoras en la mesa o cerca de ella, las excreciones y el desarrollo de construcciones culturales particulares sobre el asco,26 la saciedad y la visión estética del cuerpo.27

 

1 “La comida no es sólo una colección de productos que se puede usar para estudios estadísticos y nutricionales, es también, y al mismo tiempo, un sistema de comunicación, un cuerpo de imágenes, un protocolo de usos, situaciones y comportamientos”. Cf. Roland Barthes,“Towards a Psychology of contemporary food consumption”, en Food and Culture: a Reader, Londres, Routledge, 2004.

2 Buenos ejemplos de este enfoque se pueden encontrar en el trabajo de Marvin Harris, Claude Lévi-Strauss y Sidney Mintz. La herramienta etnográfica, utilizada para la investigación documental, o bien para las manifestaciones culturales vivas, es una manera eficaz para aproximarse a un fenómeno como la gastronomía de México.

3 Massimo Montanari, La comida como cultura, Ediciones Trea, Gijón, 2004, pp. 9 y 10.

4 Massimo Montanari, El queso con las peras. Historia de un refrán, Ediciones Trea, Gijón, 2008, p. 25.

5 En otro de sus libros, Montanari aboga por: “Una historia de la comida, una de hambre y abundancia en la cual el imaginario cultural desempeña también un valor decisivo; una que no desea de hecho ser ‘distinta’ o ‘alternativa’: en virtud de su importancia para la existencia, la historia de la alimentación transcurre en armonía con las ‘otras’ historias, las determina y es a su vez determinada, si bien sus fuertes implicaciones antropológicas limitan la cronología a una estrecha y en ocasiones difícil comparación”. Massimo Montanari, El hambre y la abundancia. Historia y cultura de la alimentación en Europa, Crítica, Barcelona, 1993, p. 11.

6 Existen procesos culinarios que pueden convertir lo no apto en aceptable, tal como lo indica Claude Lévi-Strauss con respecto a lo crudo y lo cocido; en contraparte, un proceso culinario mal aplicado es capaz también de convertir lo apto en inaceptable, como en el caso de una condimentación excesiva o una carbonización.

7 Incluso Jean Anthelme Brillat-Savarin sostenía que la experiencia perfeccionaba el órgano gustativo a fuerza de repetirse y reflejarse, extendiendo la esfera de sus facultades. Este afán de perfección, dice, se convirtió en poderosa pasión que ha llegado a dominar muy notablemente en cuanto a la sociedad atañe. Jean Anthelme Brillat-Savarin, Fisiología del gusto, Ediciones Obelisco, Books4Pocket, México, 2014, p. 47.

8 También Jack Goody hace referencia a este concepto al afirmar que la alimentación es una manera de ubicarse con respecto a otros grupos. Jack Goody, Cocina, cuisine y clase. Estudio de sociología comparada, Gedisa, Barcelona, 1995.

9 Massimo Montanari, La comida como cultura, p. 93. Los corchetes son míos.

10 Paul Leuilliot se refiere a los hábitos alimentarios como componentes de una minúscula encrucijada de historia en lo “invisible cotidiano”, donde se hacen las cosas sin buscar más explicaciones, sin caer en cuenta de la significación profunda de las diferencias o de las preferencias, sin cuestionar la coherencia de una escala de compatibilidades (lo dulce y lo salado, el azúcar y el vinagre, etc.), ni la validez de una clasificación de los elementos en no comestible, repugnante, comible, deleitable o delicioso. De Certeau, Michel, La invención de lo cotidiano. 2. Habitar, cocinar, Universidad Iberoamericana / ITESO, México, 2010, p. 175. Sobre este tema véase también Aguilar Piña, Paris, “Por un marco teórico conceptual para los estudios de antropología de la alimentación”, en Anales de Antropología, vol. 35, Instituto de Investigaciones Antropológicas, UNAM, México, 2001, p. 35.

11 Elementos sobre el simbolismo de los edificios, y en este caso sobre la orientación de los fogones, el fuego y las casas (chantli. Vid. Cap. 2) formaron parte de un trabajo previo en el posgrado de Historia y Etnohistoria de la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Cf. Alberto Peralta de Legarreta, Del teocalli al templo fortaleza. Continuidad simbólica en la Nueva España en los albores de la conquista espiritual, Tesis para obtener el grado de Maestro en Historia y Etnohistoria, ENAH, México, 2008.

12 Inoperante por haberse ejercido fuera de contexto geográfico y cultural. Esta forma básica de interpretación se fundó en una poco satisfactoria, aunque funcional, comparación de los alimentos americanos con otros propios y “semejantes” (generalmente en términos organolépticos y formales) de Europa. El esquema comparativo, generado por el ánimo de brindar explicaciones a un público que quizá nunca viniera al Nuevo Mundo, dio como resultado equivalencias figurativas y simbólicas entre manzanas y guayabas, cerezas y capulines, y vino y pulque, entre muchas otras.

13 La referencia bibliográfica de estos textos se encuentra en el apartado de Fuentes consultadas.

14 Cf. Gloria Hernández; María Adela Hernández Reyes, y Salvador Mendiola, Theatro gastronómico de México. ¿Qué tan antiguo puede ser el mole poblano?”, 2006, disponible en <http://gastronomiahistorica.blogspot.mx/> (Consulta: enero, 2016).

15 Al parecer, la receta actual de los chiles en nogada, al igual que la leyenda gastronómica que le da sentido como parte de la identidad culinaria nacional, fueron difundidas por Agustín Aragón y Leiva en 1942. Cf. José Luis Juárez López, “Los chiles en nogada entre la cocina y el mito”, disponible en <http://historiasdelagastronomia.blogspot.mx/2010/08/los-chiles-en-nogada-entre-la-cocina-y.html> (Consulta: enero, 2016).

16 Una amplísima y completa relación de estos tiempos formativos modernos de la gastronomía mexicana puede leerse en el capítulo III, “El ascenso de la cocina mexicana”, del libro Nacionalismo culinario. La cocina mexicana en el siglo XX, de José Luis Juárez López, publicado en 2008 por Conaculta.

17 Heriberto García Rivas, Dádivas de México al mundo. Aportaciones a la cultura universal, Ediciones Especiales de Excélsior, México, 1965.

18 Cabe aclarar que otros campos de la investigación histórica, como los estudios de género y vida cotidiana producidos por el equipo de Pilar Gonzalbo Aizpuru en El Colegio de México, también aportan datos valiosos para la investigación de lo gastronómico. Sin embargo, en este panorama enlisto sólo los libros dedicados específicamente a este tema.

19 Hasta noviembre de 2018.

20 Un ejemplo claro de esto es el encargo que Iturriaga hiciera a la escritora Laura Esquivel para prologar la segunda edición de la primera entrega, el Recetario nahua del norte de Veracruz (2001). Esquivel no tiene formación culinaria, histórica o antropológica; su “relación” con el medio gastronómico se debe a la novela Como agua para chocolate, que fuera también llevada al cine. En pleno nuevo milenio, la autora apela a textos sobre la mesa de Moctezuma, a Alfonso Reyes, a las descripciones de la mesa de Frida Kahlo, a la supuesta y no muy bien fundada afición de Sor Juana a la cocina y a Salvador Novo.

21Cocinar hizo al hombre,