LA ÚLTIMA SONRISA EN SUNDER CITY
Luke Arnold
Traducción: Federico Cristante
“La construcción meticulosa del mundo, y la historia de fondo altamente detallada, así como el elenco de personajes auténticos y memorables, son fortalezas indiscutibles del libro de Luke Arnold. Es la primera entrega de una serie que podría ser el hijo ilegítimo de Terry Pratchett y Dashiell Hammett”.
—Kirkus.
“Un mundo conocido pero diferente, que combina la crudeza de Chinatown con el encanto de Harry Potter. Es el inicio de una serie que tendrá lectores que regresarán por más”.
—Publishers Weekly.
“Un debut impresionante que muestra un talento e imaginación increíbles. Fetch es un antihéroe que investiga la desaparición de un profesor, que parece algo sencillo, pero con cada paso, se ve envuelto en una compleja red de engaño, corrupción y violencia”.
—The Nerd Daily.
“Es una excelente novela noir de fantasía urbana. Su protagonista nos debería resultar desagradable y poco interesante, sin embargo no podemos evitar entenderlo y quererlo. A través de sus ojos descubrimos Sunder City y a sus ciudadanos, que necesitan encontrar su lugar en este nuevo mundo ‘sin magia’ ”.
—Lucila Quintana, editora.
Arnold, Luke
La Última sonrisa en Sunder City / Luke Arnold. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Trini Vergara Ediciones, 2021.
Libro digital, EPUB - (Los archivos de Fetch Phillips ; 1)
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Federico Cristante.
ISBN 978-987-47931-3-3
1. Narrativa Australiana. 2. Literatura Fantástica. 3. Narrativa Fantástica. I. Cristante, Federico, trad. II. TÌtulo.
CDD A823
Título original: The Last Smile in Sunder City
Edición original: Orbit, un sello de Little, Brown Book Group
© 2019 Luke Arnold
© 2019 Orbit, un sello de Little, Brown Book Group
© 2021 Trini Vergara Ediciones
www.trinivergaraediciones.com
© 2021 Gamon Fantasy
www.gamonfantasy.com
España · México · Argentina
ISBN: 978-987-47931-3-3
Para papá,
que me dejó en las manos de Tolkien, Chandler
y muchas otras clases de magia.
Capítulo Uno
—Haz algo bueno —me había dicho ella.
Bueno, lo había intentado, ¿no? Cada uno de los casos de mi carrera había sido agotador y, a la larga, un sinsentido. Como cuando la señora Habbot me contrató para encontrar a su perro perdido. Dos semanas de trabajo, tres huesos rotos, y la vieja se murió antes de que yo pudiera cobrarle, lo que dejó a mi cargo un caniche ciego e incontinente durante dos meses. El tiempo suficiente para que yo me encariñase con el condenado perrito antes de que él también estirara la pata.
Que en paz descanses, Pompo.
Luego tuve mi efímero período como guardaespaldas de Aaron King. Me pagó hasta el último centavo, terminé sin una sola marca en todo el cuerpo, pero escuchar a ese ricachón vanidoso quejarse sobre su herencia hizo que el empleo se transformara en cuatro días y medio de agonía. Todavía me estoy quitando con pinzas sus quejas de los oídos.
Después de una sucesión de trabajos igual de inútiles, estaba en mi oficina, medio dormido, tres cuartos borracho y cien por ciento desprovisto de café. Eso, casi, era suficiente. El café. Suficiente motivo para detener todo ese juego estúpido para siempre. Me levanté del escritorio y abrí la puerta.
La primera puerta no. La primera puerta de mi oficina es la que tiene la pequeña ventana de cristal que dice “Fetch Phillips: Hombre a Sueldo” y da a la sala de espera, que da al vestíbulo.
No. Yo abrí la segunda puerta. La que da a un espacio vacío a cinco pisos de altura sobre la calle Principal. El dueño anterior había usado esa puerta, pero yo nunca la había atravesado. No aún, al menos.
El viento de otoño me golpeó las mejillas cuando me paré en el borde y miré hacia abajo, hacia Sunder City. Seis años desde que todo se había desmoronado. Seis años de andar a los tropezones con la esperanza de dar con algún modo de compensar todos aquellos errores estúpidos.
¿Por qué demonios habría pensado ella que yo podía hacer la más remota diferencia?
Ring.
El teléfono candelabro repicó sus campanas como un mendigo que pide monedas. Me lo quedé mirando, preguntándome si sería más engorroso atenderlo o comérmelo.
Ring.
Ring.
—¿Hola?
—¿Hablo con el señor Phillips?
—Así es.
—Le habla Simon Burbage, director de la Academia Ridgerock. ¿Podrá pasar por aquí esta tarde? Necesito su ayuda. —Yo sabía la dirección, pero me la dictó de todas maneras. Nuestra reunión sería después del horario escolar, una vez que los alumnos se hubieran ido a sus casas, pero él quería que yo llegase un poco más temprano—. Si es posible, venga a las dos y media. Hay una presentación que podría interesarle.
Acordé ir a la hora indicada y la línea quedó en silencio. El viento volvió a golpearme el rostro. Esta vez permití que el aire frío me entrara en los pulmones, y me sirvió para expulsar la noche. Los párpados se abrieron con aspereza. La sangre comenzó a descongelarse. Me froté el rostro con una mano, y estaba rugosa y seca como un trozo de carne salada.
Un cliente. Un caso. Uno que finalmente pudiera tener algún sentido. Tomé mi dinero, mi encendedor, mis manoplas metálicas y mi cuchillo, y cerré la segunda puerta de una patada.
Después de una semana de lluvias se hizo un hueco entre las nubes y, para cambiar un poco, las calles parecían estar limpias. Tenía la esperanza de que yo también. Se trataba de mi primera oferta laboral en más de dos semanas y necesitaba lograr que se concretara. Llevaba puestos un traje gris remendado, camisa blanca, corbata negra, mi mejor par de botas y el abrigo azul marino forrado con piel, que ya era prácticamente parte de mí.
La Academia Ridgerock estaba formada por tres bloques de concreto de una sola planta detrás de una alambrada. El edificio más grande estaba decorado con un mural dolorosamente colorido de rostros sonrientes, rayos de sol y estrellas.
Una guardia de seguridad esperaba con una taza de café y una sonrisa débil como un papel. Tenía ojos listos para mirar al techo con ironía y un amor sin tapujos por tener un poquito de poder. Cuando preguntó mi nombre, se lo dije.
—Fetch Phillips. Estoy aquí para ver al director.
Intercambié mi identificación por un gruñido para nada impresionado.
—Salón de actos. Derecho por el camino, puertas rojas a la izquierda.
No había sido mi escuela y yo nunca había estado allí, pero el lugar estaba untado con una gruesa capa de nostalgia; el aroma inolvidable a manchas de césped, mangas sucias de mocos, miedo, confusión y emparedados de mantequilla de maní de una semana.
Las puertas rojas estaban marcadas con los grafitis accidentales causados por pintura de dedos rebelde. Las abrí, me tomé un momento para acostumbrarme a la oscuridad y me metí en el salón tan silenciosamente como pude.
El enorme gimnasio hacía las veces de auditorio. Había sillas perfectamente apiladas a un lado, equipo deportivo esparcido hacia el otro lado. En el medio, la luz cálida de un proyector atravesaba la oscuridad y hacía resaltar una pantalla blanca y lisa. Partículas de polvo se arremolinaban sobre cientos de niños sentados en el suelo a quienes se intentaba mantener en silencio, pero que no dejaban de murmurar entre sí. Me escabullí hacia el fondo, me apoyé contra la pared y me dispuse a esperar lo que fuera que vendría.
Una niña chilló. Algunos niños se rieron. Luego, un hombre de aspecto tímido, con el pelo canoso y gafas grandes se colocó frente a la luz.
—Cálmense, por favor. La presentación está por comenzar. —Reconocí la voz del llamado telefónico.
—Sí, señor Burbage —recitaron los niños al unísono.
El director se acercó al reflector y la luz le dibujó líneas gruesas en el rostro. Los estudiantes se movieron excitados mientras él extraía un carrete de película de una caja y acomodaba la cinta en la rueda dentada del aparato. Los parlantes crepitaron y comenzó a sonar una voz exageradamente articulada.
“El Opus está orgulloso de presentar…”.
Me atraganté al respirar a mitad de una inhalación. Los del Opus eran mis antiguos empleadores, y no nos habíamos separado en los mejores términos. Si eso era lo que Burbage quería que viera, significaba que él sabía algo de mi historia. Eso no me gustó en absoluto.
“… Mi cuerpo y yo: Crecer después de la Coda”.
Me puse inquieto y comencé a jalar un hilo suelto de mi manga. La voz en off cambió por la de un locutor masculino que hablaba con ese falso tono amistoso que suelo asociar con vendedores, estafadores y policías corruptos.
“¡Hola a todos! Estamos aquí para hablar de su cuerpo. No se pongan incómodos, su cuerpo es algo verdaderamente especial y es importante que ustedes sepan por qué”.
Uno de los niños emitió un quejido con la intención de generar risas, pero sin éxito. Yo no era el único que estaba nervioso.
“Todos los cuerpos son diferentes, y eso está bien. Ser diferente significa ser especial, y todos somos especiales de un modo que es único para cada uno”.
En la pantalla, aparecieron dos niños de caricatura: un niño y una niña. Saludaron a los alumnos de la audiencia como si fueran viejos amigos.
“Puedes tener algo en tu cuerpo que tus amigos no tienen. O quizás ellos tienen algo que tú no. Estas diferencias pueden ser confusas si no entiendes dónde surgieron”.
Los pequeños personajes animados le siguieron el juego a la voz y se encogían de hombros, confundidos, con signos de interrogación sobre la cabeza. Entonces comenzaron a transformarse.
“Quizás tu amigo tiene dientes puntiagudos”.
El personaje de la niña abrió la boca y reveló unos colmillos afilados.
“Quizás tú tienes muñones en la parte de arriba de la espalda”.
El niño animado se volteó y reveló dos bultos que emergían de sus omóplatos.
“Podrías estar cubierto de un hermoso pelaje café o tener más ojos que tus compañeros. ¿Tienes piel brillante? ¿Piernas grandes y largas? ¿Quizás, incluso, una cola? Sin importar lo que seas, quién seas, eres especial. Y eres así por una razón”.
La imagen cambió a un paisaje: montañas, ríos y llanuras, todos pintados al estilo de un libro de ilustraciones inocente. A pesar de que la película estaba haciendo un gran esfuerzo por ocultarlo, yo sabía muy bien que esa no era una historia feliz.
“Desde los comienzos del tiempo, nuestro mundo ha ganado su poder a través de una energía natural que llamamos ‘magia’ La magia era parte de casi todas las criaturas que habitaban la tierra. Los hechiceros podían utilizarla para realizar hechizos. Los dragones y los grifos volaban por el aire. Los elfos se mantenían jóvenes y hermosos durante siglos. Cada criatura estaba en sintonía con el espíritu del mundo y eso la convertía en algo diferente. Especial. Mágico”.
“Pero hace seis años, antes de que algunos de ustedes hubieran nacido, hubo un incidente”.
Jalé tan fuerte del hilo de la manga que se terminó saliendo. Me lo enrollé con fuerza alrededor del dedo.
“Había una especie que no estaba conectada con la magia del planeta: los humanos. Ellos tenían envidia del poder que veían a su alrededor y trataron de cambiar las cosas”.
Un dolor familiar me dio una punzada en la parte izquierda del pecho, así que hurgué los bolsillos de mi chaqueta en busca de mi medicina: un paquete de Clayfield Heavies. Los Clayfields son la versión producida en masa de un analgésico que se ha utilizado por estos lares durante siglos. En esencia, son porciones de corteza del árbol de recus recortados al tamaño de un mondadientes. Me metí una ramita fina entre los dientes y la mordí. El filme continuó.
“Para remediar su inferioridad natural, los humanos construyeron máquinas. Inventaron una gran variedad de armas, herramientas y dispositivos extraños, pero no fue suficiente. Ellos sabían que sus máquinas nunca serían tan poderosas como las criaturas mágicas que los rodeaban”.
“Entonces los humanos oyeron una leyenda que hablaba de una montaña sagrada donde el río mágico del interior del planeta subía hasta la superficie; un portal que llevaba directamente al corazón del mundo. Este antiguo mito les dio una idea”.
La imagen cambió a la de un ejército de soldados furiosos que blandían espadas y antorchas, y empujaban una perforadora gigante.
“Buscando capturar la magia natural del planeta para ellos, el Ejército humano invadió la montaña y derrotó a sus protectores. Entonces, con la esperanza de utilizar el poder del río para sus propósitos, introdujeron sus máquinas directamente en el alma de nuestro mundo”.
La sencilla animación comenzó a representar los eventos que hoy se conocen como la “Coda”.
Los niños observaron en silencio mientras el ejército caricaturesco movía sus fuerzas hacia la montaña. En la pantalla, se veía tan simple como deslizar una pieza de ajedrez por el tablero. No oyeron los gritos. No olieron los fuegos. No vieron la sangre derramada. Los cuerpos.
No me vieron a mí.
“El Ejército humano envió sus máquinas al interior de la montaña, pero cuando intentaron utilizar el poder del río, sucedió algo mucho más terrible. El reluciente río de magia cambió de niebla a cristal sólido. Se congeló. El corazón del mundo dejó de latir y todas las criaturas mágicas sintieron el cambio”.
Yo tenía gusto a bilis en la boca.
“Los dragones cayeron del cielo en picada. Los elfos envejecieron siglos en cuestión de segundos. Los cuerpos de los hombres lobo se volvieron inestables y quedaron deformes. La magia se drenó de las criaturas del mundo. De todos nosotros. Y ha permanecido así desde entonces”.
En la oscuridad, vi que se volteaban algunas cabezas. Cuerpecitos diminutos se examinaban a sí mismos y luego se volteaban para inspeccionar a sus vecinos. Ahora todo su mundo estaba cubierto por una tristeza que los demás habíamos estado viendo durante los últimos seis años.
“Todavía puedes llevar la grandeza de lo que una vez fuiste. Alas, colmillos, garras y colas son los dones que te dio el gran río. Dan testimonio de tus ancestros y no son nada por lo que avergonzarse”.
Mordí demasiado fuerte el Clayfield y se partió por la mitad. En algún lado de la multitud, un niño lloraba.
“Recuerda: puede que no seas mágico, pero todavía eres… especial”.
La película terminó de salir del proyector y giró con fuerza en la rueda, golpeteando con violencia varias veces hasta que finalmente se detuvo. Burbage encendió las luces, pero los niños permanecieron silenciosos como tumbas.
—Gracias por su atención. Si tienen alguna pregunta sobre su cuerpo, su especie o la vida antes de la Coda, sus padres y maestros estarán encantados de responderlas en detalle.
Mientras Burbage finalizaba la presentación, hice todo lo posible por hundirme en la pared que tenía detrás de mí. Un río de sudor se me había instalado en la frente y me lo limpié con un pañuelo viejo. Cuando levanté la mirada, unos ojos inquisitivos me examinaban.
Eran de un verde brumoso con pupilas pequeñísimas: élficos. Jóvenes. El rostro era viejo, sin embargo. La piel élfica no tiene elasticidad. Ya no. Las bolsas que el niño tenía debajo de los ojos eran dignas de una década de insomnio, pero él no podría haber tenido más de cinco años. Su cabello estaba blanco, sin vida, y su cuerpo diminuto estaba todo torcido. No adoptó una expresión real, tan solo me miró el alma.
Y lo juro.
Lo supo.
Capítulo Dos
Esperé en la salita que daba a la oficina del director sentado en un banquito que me dejaba las rodillas a la altura del pecho. Burbage estaba adentro, detrás de una puerta de cristal, hablando por teléfono. Yo no podía distinguir todas las palabras, pero él parecía estar a la defensiva. Supuse que alguien, probablemente algún otro miembro del personal, no estaba muy feliz con su presentación. Al menos yo no era el único.
—Sí, sí, señora Stanton, debe de haber sido algo chocante para él. Es cierto que es un niño muy sensible. Quizás compartir con sus compañeros la experiencia de comprender todo esto sea justo lo que necesita para unirlos más… Sí, un sentimiento de conexión, exacto.
Me arremangué la manga izquierda y me froté la muñeca. Tenía cuatro anillos negros tatuados en el antebrazo, como brazaletes chatos que se extendían de la base de la mano hasta el codo: una línea continua, un diseño con detalles, un sello militar y un código de barras.
A veces se sentía como si estuvieran en llamas. Lo que era imposible. Me los habían hecho hacía años, por lo que el dolor del tatuaje en sí había desaparecido hacía rato. Era la vergüenza de lo que representaban lo que seguía volviendo a hurtadillas.
La puerta de la oficina se abrió. Dejé caer el brazo para que la manga se volviera a acomodar, pero no fui lo suficientemente rápido. Burbage pudo ver bien mi tatuaje y se quedó de pie en la entrada de su oficina con una sonrisa cómplice.
—Señor Phillips, entre por favor.
La oficina del director estaba metida en la esquina trasera del edificio, oculta de la luz del sol de la tarde. Una biblioteca bien surtida y un globo terráqueo polvoriento flanqueaban su escritorio, que estaba atestado de papeles, servilletas usadas y pilas de libros de texto muy gastados. En la esquina, había una lámpara verde que iluminaba la habitación como si nos estuviera haciendo un favor.
Burbage estaba tan desaliñado que hasta yo me di cuenta. Pantalones cafés y una camisa azul pálido con volados y sin corbata. Su cabello despeinado comenzaba en el medio de la parte de atrás de su cabeza redonda, y le llegaba a los hombros. Burbage se sentó en un sillón de cuero a un lado del escritorio. Yo tomé la silla opuesta e hice todo lo posible por sentarme derecho.
Comenzó limpiando sus gafas. Se las quitó y las colocó sobre el escritorio, frente a él. Entonces extrajo un paño blanco y prístino del bolsillo de la camisa. Volvió a tomar las gafas, las sostuvo a la luz y masajeó suavemente los cristales con la punta de los dedos. Fue mientras frotaba las gafas que noté sus manos. Evidentemente, la idea era que yo las notara. De eso se trataba toda esa exposición.
Cuando estuvo seguro de que yo había comprendido su pequeña performance, volvió a ponerse las gafas, apoyó las palmas de las manos sobre el escritorio y golpeteó la madera con los dedos. Cuatro en cada mano. Sin pulgares.
—¿Está familiarizado con el ditárum? —preguntó.
—¿Estoy aquí para tomar una clase?
—Tan solo me estoy asegurando de que no la necesite. Me han dicho que usted ha vivido muchas vidas, señor Phillips. Que tiene mucha más experiencia de la que su edad sugeriría. Quisiera estar seguro de que su reputación es merecida.
No me gusta pasar por el aro, pero tenía demasiada urgencia por el dinero que podía haber del otro lado.
—Ditárum: la técnica utilizada por los hechiceros para controlar la magia.
—Correcto. —Levantó la mano derecha—. Utilizando los cuatro dedos para crear patrones intrincados específicos, podíamos abrir pequeños portales de los que emergía magia pura. Los grandes maestros del ditárum (y déjeme decirle que había solo un puñado) eran coronados como Lumrama. ¿Lo sabía?
Negué con la cabeza.
—No. —Sonrió de una manera que me desconcertó—. Me imagino que no. Los Lumrama eran hechiceros que habían logrado tal grado de habilidad que podían usar hechicería para cualquier tipo de ejercicio. Desde ataques en el campo de batalla hasta las tareas más insignificantes de la vida cotidiana. Con solo cuatro dedos, podían hacer cualquier cosa que necesitaran. Y para probarlo…
¡BANG! Estampó la mano contra el escritorio. Supongo que quería hacerme estremecer. Lo desilusioné.
—Para probarlo —repitió—, los Lumrama se amputaban los pulgares. Los pulgares son herramientas toscas, primitivas. Extirparlos era prueba de que habíamos ascendido del nivel básico de la existencia y que nos habíamos apartado de nuestros primos mortales. El viejo apuntó con sus manos mutiladas en mi dirección y movió los dedos, riéndose como si fuera una gran broma.
—Bueno, qué sorpresa nos llevamos.
Burbage se inclinó hacia atrás en su asiento y me inspeccionó. Tuve la esperanza de que finalmente comenzáramos a hablar de lo que me había llevado allí.
—Entonces, ¿usted es un Hombre a sueldo?
—Así es.
—¿Por qué no se presenta directamente como detective?
—Tengo miedo de que eso me haga sonar inteligente.
El director arrugó la nariz. No sabía si yo estaba intentando ser gracioso; mucho menos si lo había conseguido.
—¿Cuál es su relación con el departamento de policía?
—Tenemos conexiones, pero son tan escasas como puedo permitírmelo. Cuando vienen a golpear a mi puerta, tengo que atenderlos, pero la protección y la privacidad de mis clientes vienen primero. Hay líneas que no puedo cruzar, pero las empujo tan lejos como puedo.
—Bien, bien —murmuró—. No es que haya nada ilegal de lo que preocuparse, pero este es un asunto delicado y el departamento de policía es un recipiente que tiene muchas filtraciones.
—Eso no se lo voy a discutir.
Sonrió. Le gustaba sonreír.
—Un miembro del personal ha desaparecido. El profesor Rye. Enseña Historia y Literatura.
Burbage deslizó una carpeta sobre la mesa. Adentro había una reseña de tres páginas sobre Edmund Albert Rye: empleado a tiempo completo, un metro con noventa y seis, trescientos años de edad…
—¿Dejan que un vampiro dé clases a niños?
—Señor Phillips, no sé cuánto sabe usted de la Raza de Sangre, pero han recorrido un largo camino desde aquellas crónicas de terror de la historia antigua. Hace más de doscientos años, formaron la Liga de los vampiros, un sindicato de los no-muertos que juró proteger, y no cazar, a los seres más débiles de este mundo. Solo tenían permitido alimentarse a través de donantes de sangre voluntarios o de aquellos condenados a muerte por la ley. Exceptuando algún renegado ocasional, considero a la Raza de Sangre la especie más noble que haya surgido jamás del gran río.
—Disculpe mi ignorancia. Nunca me crucé con uno. ¿Cómo les está yendo luego de la Coda?
Mi ingenuidad pareció complacerlo. No cabía duda de que Burbage era un hombre que disfrutaba impartir conocimientos al ignorante.
—La población vampírica ha sufrido tanto como cualquier otra criatura del planeta, si no más. La conexión mágica a la que accedían drenando la sangre de otros se ha cortado. Ya no obtienen la fuerza vital mágica que antes aseguraba su supervivencia. En pocas palabras, están muriendo. Lenta y dolorosamente. Marchitándose, convirtiéndose en polvo como cadáveres al sol.
Retiré una foto de la carpeta. Las únicas señales de vida en el rostro de Edmund Rye eran los ojos sumamente concentrados que luchaban por salir de sus cuencas. No era mucho más que un fantasma: los orificios nasales cavernosos, el pelo parecido a algodón viejo y la piel que se le estaba descascarando.
—¿Cuándo tomaron esta foto?
—Hace dos años. Ha empeorado.
—¿Él estaba en la Liga?
—Por supuesto. Edmund fue un miembro fundador crucial.
—¿Siguen activos?
—Técnicamente, sí. En su estado de debilidad, la Liga ya no puede cumplir con su juramento de protección. Todavía existen, aunque sea solo de nombre.
—¿Cuándo decidió Rye hacerse maestro?
—Hace tres años hice el anuncio de que iba a fundar Ridgerock. Causó bastante conmoción en la prensa. Antes de la Coda, una escuela de especies cruzadas habría sido muy poco factible. Imagínese tratar de obligar a un Enano a asistir a una clase de pociones o poner a gnomos y a ogros en una misma cancha. Habría sido imposible para cualquier niño recibir una educación adecuada. Ahora, gracias a su especie, todos hemos caído al nivel básico. —Me estaba provocando. Decidí no morder el anzuelo—. Edmund se me acercó la semana siguiente. Él sabía que no le quedaban muchos años por delante y esta escuela era un lugar donde él podría transmitir la sabiduría que había adquirido durante su larga e impresionante vida. Ha servido con lealtad desde el día de apertura y es un miembro muy querido del personal.
—Entonces ¿dónde está?
Burbage se encogió de hombros.
—Ha pasado una semana desde que vino a dar clases. Les hemos dicho a los alumnos que está de licencia por asuntos personales. Vive arriba de la biblioteca de la ciudad. He agregado la dirección en su informe, y la bibliotecaria sabe que usted va a ir.
—Todavía no acepté el trabajo.
—Lo hará. Es por eso que le pedí que viniera temprano. Sentía curiosidad por saber qué clase de hombre emprendería una carrera como la suya. Ahora lo sé.
—¿Y qué clase de hombre sería ese?
—Uno con culpa.
Observó mi reacción con sus ojos estrechos y sabelotodo. Volví a meter la foto en la carpeta.
—Ya ha pasado una semana. ¿Por qué no acudir a la policía?
Burbage deslizó un sobre por la mesa. Pude ver las hojas de bronce en el interior.
—Por favor, encuentre a mi amigo.
Me puse de pie, tomé el sobre y separé de los billetes la suma que consideré justa. Era un tercio de lo que me estaba ofreciendo.
—Esto cubrirá hasta el fin de semana. Si no he encontrado algo para entonces, hablaremos de extender el contrato. —Me puse el dinero en el bolsillo, enrollé la carpeta, la metí en el interior del abrigo y me dirigí hacia la puerta. Entonces me detuve un momento—. Esa película no diferenció entre el Ejército humano y el resto de la humanidad. ¿No es un poco irresponsable? Podría ser peligroso para los estudiantes humanos.
En la poca luz que había, lo vi aplicar esa sonrisa condescendiente que tan bien le salía.
—Mi estimado amigo —dijo alegremente—, ni se nos ocurriría tener un niño humano aquí.
Afuera, el aire me refrescó el sudor del cuello de la camisa. La guardia de seguridad me dejó ir sin mediar palabra, y yo tampoco se la pedí. Me dirigí hacia el este por la calle Catorce sin mucha esperanza de lo que pudiera llegar a hallar. El profesor Edmund Albert Rye: un hombre cuya expectativa de vida había vencido hacía varios siglos. Yo dudaba que pudiera volver con algo más que una historia triste.
No me equivocaba. Pero a la historia se le estaban agregando elementos que mordían.
Capítulo Tres
Sunderia era una tierra inhóspita, que no tenía pueblos nativos. En 4390, una banda de cazadores de dragones fue en dirección a unas llamas que había en el horizonte, pensando que se estaban acercando a una presa. En cambio, descubrieron la entrada a una hoguera subterránea muy volátil. En lugar de lamentarse de su error, decidieron darles uso a las llamas.
Sunder City comenzó su vida como una gran fábrica, propiedad de aquellos que la habían fundado. Durante las primeras décadas, los únicos habitantes fueron los trabajadores, que pasaban sus días fundiendo hierro, cociendo ladrillos y colocando cimientos. A medida que la ciudad comenzó a tener estabilidad, aquellos que terminaban su contrato se sentían menos inclinados a irse, por lo que establecieron hogares y negocios. A la larga, Sunder necesitó un liderazgo independiente de la fábrica, por lo que se eligió al primer gobernador: un constructor Enano llamado Ranamak.
Ranamak había venido a Sunder como asesor de construcción y nunca se decidió a irse. Tenía todas las habilidades que los sunderianos valoraban: fuerza, experiencia y afabilidad. Era un tipo simple con un gran conocimiento sobre minería, por lo que la mayoría de los lugareños estuvieron de acuerdo en que era el líder perfecto.
Después de veinte años, la mayor parte de Sunder City seguía satisfecha con los servicios de Ranamak. El negocio estaba en auge. Los caminos mercantiles estaban activos y todos se estaban llenando los bolsillos. El propio gobernador era el único que creía que su liderazgo era insuficiente.
Ranamak había viajado por el mundo y sabía que Sunder corría el riesgo de obsesionarse con la producción y las ganancias, y de hacer caso omiso a otras áreas de la vida. Tenía miedo de que se estuviera descuidando la cultura de la ciudad y quería encontrar la manera de que Sunder City tuviera un alma. En medio de sus conflictos internos, conoció a alguien que existía completamente por fuera del plano de la productividad.
En esa época, sir William Kingsley era un personaje controvertido; William era el hijo caído en desgracia de una orgullosa familia Humana, se había alejado de sus obligaciones en pos de llevar una vida nómade. Leía, comía, escribía y practicaba el arte frecuentemente denostado de la filosofía.
Kingsley vino a Sunder desparramando poemas e ideas, y de algún modo llegó a la mesa de Ranamak. Según la leyenda, en algún momento entre la cuarta y la quinta botella de vino, sir William Kingsley fue nombrado ministro de Teatro y Arte, el primero de Sunder City.
Durante los siguientes tres años, se aumentaron los impuestos para cubrir el costo de las obras de Kingsley: un anfiteatro, un salón de danza y una galería de arte. Creó el Ministerio de Educación e Historia, que procedió a construir el museo. En unos pocos años, Ranamak y Kingsley transformaron el lugar de trabajo que era Sunder City en una ciudad metropolitana vibrante. Entonces, una turba de contribuyentes enfurecidos los asesinó brutalmente a causa de ello.
Hoy en día, todos los sunderianos parecen opinar lo mismo sobre aquel evento: tenía que suceder, se habían pasado de la raya, pero el período de Kingsley convirtió a la ciudad en lo que es hoy, y todos están orgullosos de lo que ellos lograron.
En el aniversario del asesinato, para honrar sus servicios, la gente de Sunder construyó la biblioteca Sir William Kingsley, un imponente edificio de madera de secoya ubicado sobre una colina de la parte este de la ciudad. Después de una pequeña caminata cuesta arriba, me encontré con una estatua de bronce del mismísimo sir William. Era un sujeto de cara redonda y aspecto jovial, y no tenía cabello. En una mano sostenía un libro, en la otra una botella de vino. Debajo de la estatua había una placa con los icónicos versos de su poema más famoso, Los viajeros:
De la chispa nace el fuego
Que al sendero ha de caer
Por el lodo avanzaremos
Sin jamás poder volver
La biblioteca era uno de los pocos edificios de madera que habían sobrevivido al hábito de Sunder de sufrir combustiones inesperadas. Antes de la Coda, mientras los fuegos aún manaban, las hogueras garantizaban calefacción y energía gratuitas para cada miembro de la población, siempre y cuando no te molestase que, en ocasiones, se esfumara una porción de la ciudad.
La ubicación aislada de la biblioteca la había mantenido a salvo. Casi. Las llamas cercanas habían combado la fachada con tanto calor que al color dorado de la madera le habían quedado vetas negras de carbón. Había un encanto anticuado en los vitrales, los marcos arqueados y la aguja puntiaguda; era un lugar extrañamente espiritual a pesar de haber sido diseñado para albergar libros viejos.
Me gustan los libros. Son silenciosos, decorosos y absolutos. Un hombre puede vacilar, pero sus palabras, una vez escritas, se mantendrán firmes.
Las grandes puertas se abrieron haciendo el sonido de un oso bostezando, y el aroma arcilloso a papel viejo me llenó las fosas nasales.
El interior de la biblioteca parecía más una colección privada que un edificio público. Habían diseñado los pasillos con el fin de acentuar la arquitectura de la habitación, por lo que el lugar era un laberinto intrincado en el que ningún camino llevaba a donde parecía que lo haría. Yo me habría pasado el día de lo más feliz rastreando la edición rústica perfecta para meterme en el bolsillo trasero, pero, para variar, tenía un trabajo que hacer.
Estaba claro que el resto de la ciudad no compartía mi pasión por la biblioteca. Recién después de dar vueltas por las estanterías sinuosas encontré a la única ocupante del lugar, inclinada en uno de los pasillos. La bibliotecaria tenía unos treinta años, llevaba puestos una chaqueta azul marino y pantalones grises. Teníamos aproximadamente la misma edad, pero a ella el tiempo la había tratado como un vino fino, y a mí como leche dejada al sol. Una trenza de cabello café le caía todo a lo largo de la espalda, y tenía la piel de color caramelo con pecas. Me vio acercarse y me sonrió con labios que se le habrían podido arrojar a un marinero en el agua para que no se ahogase.
—Bueno, tú debes de ser el niño de los recados del director. —Se puso de pie y nos dimos la mano. Sus dedos eran largos y delgados, y envolvieron los míos en su totalidad. Eran dedos hechos para la brujería.
—Fetch Phillips —dije—. ¿Cómo sabes que no soy un usuario de la biblioteca?
—Reconozco un bebedor cuando veo uno. Si el sol está camino al horizonte y no tienes una copa en la mano, apostaría mucho dinero a que estás trabajando.
La chica era lista por partida doble: libros y calle. Yo pensaba que ya no había flores así en el jardín.
—Este es un edificio impresionante. ¿Hace mucho que trabajas aquí?
—Diez años —dijo, dejando que sus dedos se deslizaran de mi muñeca—. Pasando por fuego, Coda y vampiro.
—¿Cuál fue peor?
—¿Realmente quieres saber eso, soldado? —Me clavó una mirada que estaba llena de conocimiento, pero libre de culpa, luego pasó a mi lado y caminó por el pasillo—. No fue Ed, sin lugar a dudas. Al principio, me conformaba con tener algo de compañía, pero no me llevó mucho tiempo darme cuenta de lo afortunada que era de que nuestros caminos se hubieran cruzado. El profesor es indudablemente la criatura más inteligente que yo haya conocido. Vamos, te llevaré a su habitación.
Me guio por un estrecho pasadizo de libros hacia una escalera de mano apoyada contra la pared de atrás. Se extendía hacia arriba más allá del sector de novela hasta un agujero que había en el techo.
—Adelante.
Apoyé el pie en el primer peldaño, y la escalera se movió sobre las tablas del suelo.
—¿Tú no vienes?
—Por supuesto. Pero tú llevas puesto un abrigo y yo, pantalones ajustados. Me imagino que un tipo decente se ofrecería a ir primero.
Asentí con la cabeza, sonreí como un idiota y comencé a subir. La escalera tembló cuando ella subió detrás de mí.
—¿El anciano subía por aquí todos los días? —pregunté.
—Lentamente y quejándose, pero siempre decía que el ejercicio le hacía bien.
Ayudé a la bibliotecaria a pasar de la escalera a un pequeño descanso que había al final. Desde allí arriba, tuve la oportunidad de admirar la complejidad de la biblioteca. Las estanterías de libros se curvaban y fluían en cada esquina como las raíces de un árbol rebelde. El sistema de registro debía de ser una pesadilla.
Los largos dedos de la bruja abrieron la puerta y revelaron un espacioso loft construido encima del cielorraso. Ella inclinó la cabeza para pasar por debajo del arco de la entrada y me guio a la habitación, que estaba bañada de luz solar.
Hicimos una pausa para adaptarnos a la luz de la tarde que se filtraba desde todo nuestro alrededor. Los laterales de la habitación eran más ventana que pared. Afuera, el cielo estaba nublado, pero la resolana igual me quemaba los ojos de resaca.
—Originalmente, este piso no estaba y las claraboyas iluminaban todo el edificio. Resultó que el sol dañaba los libros, así que construyeron esta plataforma para mantenerlo a raya. Cuando Edmund la vio, preguntó si podía mudarse aquí.
—¿Este es el hogar de un vampiro?
La habitación era un mundo brillante, sin sombras. Espacioso y circular, con una cama extravagante en el centro y estantes bajos de madera en cada pared.
—Es la sangre— dijo ella.
—¿Qué cosa?
—En los viejos tiempos, Edmund nunca habría podido quedarse en un lugar como este. Pero una vez que las cosas cambiaron y la sangre dejó de servirle como alimento, el sol también dejó de tener efecto sobre él. Creo que es por eso que a él le gustaba tanto este lugar. Compensaba todos esos años en la oscuridad.
Me tomé mi tiempo para examinar la habitación. Los libros que estaban en los estantes y a un lado de la cama eran variados, y no parecían tener un orden. Contra una pared, un botellero impresionante juntaba polvo junto a algunas botellas vacías.
En una de las mesitas auxiliares estaba su correo, abierto, pero sin ordenar. El sobre de arriba de todo estaba marcado con una estrella azul dentro de un círculo y las letras LV: la Liga de los vampiros. Adentro había un boletín informativo producido en masa con datos sobre obituarios, novedades de la comunidad, objetos a la venta y otras mundanidades.
—Llegan todas las semanas —dijo ella—. Los miembros que quedan de la Liga se mantienen en contacto, intercambian historias, tratan de brindar apoyo. Edmund en general los ignora.
Hojeé rápidamente algunos más, pero era como ella decía: invitaciones desactualizadas para reuniones de vampiros y artículos tristes acerca de Norgari, su tierra natal.
—¿Hay alguna chance de que se haya ido de la ciudad?
Ella negó con la cabeza.
—Me lo habría dicho, y no veo cómo. Tan solo caminar a la escuela le lleva una hora, y viajar a caballo o en carruaje lo haría pedazos.
Abrí un baúl de madera pesado que estaba a los pies de la cama y encontré seis bolsas de cuero: los archivos de enseñanza de Rye. Adentro de cada bolsa estaban los documentos necesarios para cada asignatura: listas de clase, esquemas de cursada, materiales de lectura, evaluaciones de los estudiantes. Cada carpeta llevaba título, índice, y estaba en perfectas condiciones; un nivel de cuidado que no era evidente en el resto del desorden que era su vida.
La última bolsa no tenía etiqueta y contenía un juego de carpetas de colores con informes individuales de estudiantes.
—Clases particulares —explicó la bibliotecaria—. Algunos niños interesados en temas específicos pasaban el tiempo con Edmund para que él les enseñara. No creo que hayan sabido en lo que se metían. Él es muy generoso con su tiempo, pero a cambio exige total compromiso. A veces es un poco duro con ellos, pero es solo a causa de la gran pasión que siente. No puede entender por qué no todos comparten su sed de conocimiento. —Una pequeña risa comenzó a escapársele de los labios, pero el miedo la aferró y la arrastró hacia adentro—. Yo creo que la mortalidad lo hizo entrar en pánico. Quiere absorber todo lo que puede, mientras puede, antes de que todo termine.
Hojeé los archivos. Edmund le estaba enseñando a un joven Hombre lobo acerca de la evolución de los híbridos entre humanos y animales, conocidos colectivamente como lycum. Una nereida adolescente quería ser cantante, por lo que Rye la estaba sometiendo a toda la historia de la música. Tenía una buena cantidad de estudiantes que estaban haciendo un curso de “Políticas Modernas entre humanos y Criaturas Mágicas”. Si me las arreglaba para encontrar al profesor, yo mismo podría tomar una sesión de esa clase.
—¿Cómo está de salud?
Su sonrisa, firme hasta ese momento, rodó por el suelo.
—Por como se ve, yo pensé que el día que llegó aquí sería el último. De alguna manera, ha sobrevivido a lo largo de los años, pero estos últimos meses han sido los peores. Su mente resiste, pero el cuerpo le está fallando.
Eché una última mirada por la habitación. ¿Alguien se sorprendería si Edmund Rye estaba muerto? Por supuesto que no. Lo sorprendente era que había durado tanto tiempo.
—Veré qué puedo encontrar —dije—, pero me suena a que quizás la falta de sangre finalmente lo haya alcanzado.
Ella trató de decir algo, pero no pudo encontrar las palabras. En cambio, volvió la cabeza hacia los ventanales. Tomé la bolsa con los archivos de clases particulares y otros documentos personales: anotador, pasaporte, certificado de docente. En el fondo del baúl, debajo de las bolsas, había una pila de papeles encuadernados. Abrí la cubierta en blanco y me encontré con la primera de muchas páginas escritas a mano, con un título que decía Un análisis sobre el cambio, por el profesor Edmund Albert Rye. Parecía que el profesor estaba escribiendo un libro propio. Lo guardé junto a los archivos de clases particulares.
—Me llevaré algunos de estos, si no te molesta. Te prometo devolverlos cuando haya terminado.
Ella solo asintió con la cabeza, su cuerpo todavía orientado hacia el cielo de la tarde. Yo fingí estar ocupado por la habitación hasta que ella pudo ocultar su tristeza y estuvo lista para volver a bajar.
Cuando estuvimos afuera, extraje una tarjeta de negocios del estuche que llevaba en la chaqueta y se la pasé.
—Disculpa, no pregunté tu nombre.
Ella sujetó la tarjeta entre sus dedos delgados y se la metió en el bolsillo.
—Eileen Tide.
—Gracias por tu ayuda, Eileen. Allí arriba pude notar la colección de vinos del profesor. ¿Hay algún bar que a él le gustara frecuentar?
—Jimmy’s. En la calle Tres, arriba del negocio de los curtidores.
Asentí con la cabeza y sonreí, tratando de hacer de cuenta que había algo de esperanza.
—Todavía podría aparecer —comenté, con todo el confort de una nube de tormenta.
—Eso espero. Si me necesitas, estaré aquí todos los días mientras hacemos algunos cambios. Se ha vuelto a imprimir. Del modo humano. Están llegando historias desde todo el continente, y ediciones revisadas de viejos volúmenes que reflejan el nuevo mundo. Tenemos que quitar la mayoría de las publicaciones anteriores a la Coda.
—Pero no pueden tirar la historia a la basura como si nada, ¿no?
Ella se encogió de hombros.
—Los estoy revisando todos y separando aquellos que todavía tienen sentido. Pero no sirve de nada hacer de cuenta que el mundo no ha cambiado.
Su voz se oía lejana, como si estuviera sonando a través de una línea telefónica defectuosa. Me dijo adiós, entró, cerró la puerta, y pude oír los cerrojos deslizándose.
Al salir pasé por al lado de sir William. Seguía sonriendo. Seguía bebiendo. Observé la botella que él tenía en la mano.
—Ah, está bien —murmuré—. Me estás obligando.