I
EL CAPITÁN ULISES FERRAGUT
Sus primeros amores fueron con una emperatriz.
El tenía diez años y la emperatriz seiscientos. Su padre, don
Esteban Ferragut—tercera cuota del Colegio de Notarios de
Valencia—, admiraba las cosas del pasado.
Vivía cerca de la catedral, y los domingos y fiestas de
guardar, en vez de seguir á los fieles que acudían á los aparatosos
oficios presididos por el cardenal-arzobispo, se encaminaba con su
mujer y su hijo á oír misa en San Juan del Hospital, iglesia
pequeña, rara vez concurrida en el resto de la semana.
El notario, que en su juventud había leído á Wálter Scott,
experimentaba la dulce impresión del que vuelve á su país de origen
al ver las paredes que rodean el templo, viejas y con almenas. La
Edad Media era el período en que habría querido vivir. Y el buen
don Esteban, pequeño, rechoncho y miope, sentía en su interior un
alma de héroe nacido demasiado tarde al pisar las seculares losas
del templo de los Hospitalarios. Las otras iglesias enormes y ricas
le parecían monumentos de insípida vulgaridad, con sus
fulguraciones de oro, sus escarolados de alabastro y sus columnas
de jaspe. Esta la habían levantado los caballeros de San Juan, que,
unidos á los del Temple, ayudaron al rey don Jaime en la conquista
de Valencia.
Al atravesar un pasillo cubierto, desde la calle al patio
interior, saludaba á la Virgen de la Reconquista traída por los
freires de la belicosa Orden: imagen de piedra tosca, con colores y
oros imprecisos, sentada en un sitial románico. Unos naranjos
agrios destacaban su verde ramazón sobre los muros de la iglesia,
ennegrecida sillería perforada por largos ventanales cegados con
tapia. De los estribos salientes de su refuerzo surgían, en lo más
alto, monstruosos endriagos de piedra, carcomida.
En su nave única quedaba muy poco de este exterior romántico.
El gusto barroco del siglo XVII había ocultado la bóveda ojival
bajo otra de medio punto, cubriendo además las paredes con un
revoque de yeso. Pero sobrevivían á la despiadada restauración los
retablos medioevales, los blasones nobiliarios, los sepulcros de
los caballeros de San Juan con inscripciones góticas, y esto
bastaba para mantener despierto el entusiasmo del
notario.
Había que añadir además la calidad de los fieles que asistían
á sus oficios. Eran pocos y escogidos; siempre los mismos. Unos se
dejaban caer en su asiento, flácidos y gotosos, sostenidos por un
criado viejo ó por la esposa, que iba con pobre mantilla, lo mismo
que una ama de gobierno. Otros oían la misa de pie, irguiendo su
descarnada cabeza, que presentaba un perfil de pájaro de combate,
cruzando sobre el pecho las manos siempre negras, enguantadas de
lana en el invierno y de hilo en el verano. Los nombres de todos
ellos los conocía Ferragut por haberlos leído en las
Trovas de Mosén Febrer, métrico relato
en lemosín de los hombres de guerra que vinieron al cerco de
Valencia desde Aragón, Cataluña, el Sur de Francia, Inglaterra y la
remota Alemania.
Al terminar la misa, los imponentes personajes movían la
cabeza saludando á los fieles más cercanos. «Buenos días.» Para
ellos era como si acabase de salir el sol: las horas de antes no
contaban. Y el notario, con voz melosa, ampliaba su respuesta:
«Buenos días, señor marqués.» «Buenos días, señor barón.» Sus
relaciones no iban más allá; pero Ferragut sentía por los nobles
personajes la simpatía que sienten los parroquianos de un
establecimiento, acostumbrados á mirarse durante años con ojos
afectuosos, pero sin cruzar mas que un saludo.
Su hijo Ulises se aburría en la iglesia obscura y casi
desierta, siguiendo los monótonos incidentes de una misa cantada.
Los rayos del sol, chorros oblicuos de oro que venían de lo alto
iluminando espirales de polvo, moscas y polillas, le hacían pensar
nostálgicamente en las manchas verdes de la huerta, las manchas
blancas de los caseríos, los penachos negros del puerto, repleto de
vapores, y la triple fila de convexidades azules coronadas de
espuma que venían á deshacerse con cadencioso estruendo sobre la
playa color de bronce.
Cuando dejaban de brillar las capas bordadas de los tres
sacerdotes del altar mayor y aparecía en el púlpito otro sacerdote
blanco y negro, Ulises volvía la vista á una capilla lateral. El
sermón representaba para él media hora de somnolencia poblada de
esfuerzos imaginativos. Lo primero que buscaban sus ojos en la
capilla de Santa Bárbara era una arca clavada en la pared á gran
altura, un sepulcro de madera pintada, sin otro adorno que esta
inscripción: Aquí yace doña Constanza Augusta,
Emperatriz de Grecia.
El nombre de Grecia tenía el poder de excitar la fantasía del
pequeño. También su padrino, el abogado Labarta, poeta laureado, no
podía repetir este nombre sin que una contracción fervorosa pasase
por su barba entre cana y una luz nueva por sus ojos. Algunas
veces, al poder misterioso de tal nombre se yuxtaponía un nuevo
misterio más obscuro y de angustioso interés: Bizancio. ¿Cómo
aquella señora augusta, soberana de remotos países de magnificencia
y de ensueño, había venido á dejar sus huesos en una lóbrega
capilla de Valencia, dentro de un arcón semejante á los que
guardaban retazos y cachivaches en los desvanes del
notario?...
Un día, después de la misa, don Esteban le había contado su
historia rápidamente. Era hija de Federico II de Suabia, un
Hohenstaufen, un emperador de Alemania, pero que estimaba en más su
corona de Sicilia. Había llevado en los palacios de
Palermo—verdaderas ruzafas por
sus orientales jardines—una existencia de pagano y de sabio,
rodeado de poetas y hombres de ciencia (judíos, mahometanos y
cristianos), de bayaderas, de alquimistas y de feroces guardias
sarracenos. Legisló como los jurisconsultos de la antigua Roma,
escribiendo al mismo tiempo los primeros versos en italiano. Su
vida fué un continuo combate con los Papas, que lanzaban contra él
excomunión sobre excomunión. Para obtener la paz se hacía cruzado y
marchaba á la conquista de Jerusalén. Pero Saladino, otro filósofo
de la misma clase, se ponía rápidamente de acuerdo con su colega
cristiano. La posesión de una pequeña ciudad rodeada de eriales y
con un sepulcro vacío no valía la pena de que los hombres se
degollasen durante siglos. El monarca sarraceno le entregaba
Jerusalén graciosamente, y el Papa volvía á excomulgar á Federico
por haber conquistado los Santos Lugares sin derramamiento de
sangre.
— Fué un grande hombre—murmuraba don Esteban—. Hay que
reconocer que fué un grande hombre...
Lo decía tímidamente, sintiendo que sus entusiasmos por
aquella época remota le obligasen á hacer esta concesión á un
enemigo de la Iglesia. Se estremecía al pensar en los libros
blasfematorios, que nadie había visto, pero cuya paternidad
atribuía Roma al emperador siciliano: especialmente el de
Los tres impostores , en el que
Federico medía con el mismo rasero á Moisés, Jesús y Mahoma. Este
escritor coronado era el periodista más antiguo de la Historia: el
primero que en pleno siglo XIII había osado apelar al juicio de la
opinión pública en sus manifiestos contra Roma.
Su hija la había casado con un emperador de Bizancio, Juan
Dukas Vatatzés, el famoso «Vatacio», cuando éste tenía cincuenta
años y ella catorce. Era una hija natural, legitimada luego, como
casi toda su prole: un producto de su harén libre, en el que se
mezclaban beldades sarracenas y marquesas italianas. Y la pobre
joven, casada con «Vatacio el Herético» por un padre necesitado de
alianzas, había vivido largos años en Oriente con toda la pompa de
una basilisa, envuelta en vestiduras de rígidos bordados que
representaban escenas de los libros santos, calzada con borceguíes
de púrpura que llevaban en las suelas águilas de oro, último
símbolo de la majestad de Roma.
Primeramente había reinado en Nicea, refugio de los
emperadores griegos mientras Constantinopla estuvo en poder de los
cruzados, fundadores de una dinastía latina; luego, cuando, muerto
Vatacio, el audaz Miguel Paleólogo reconquistaba Constantinopla, la
viuda imperial se veía solicitada por este aventurero victorioso.
Durante varios años resistió á sus pretensiones, consiguiendo al
fin que su hermano Manfredo, nuevo rey de Sicilia, la devolviese á
su patria. Federico había muerto; Manfredo hacía frente á las
tropas pontificales y á la cruzada francesa que habían levantado
los Papas ofreciendo al rudo Carlos de Anjou la corona de Sicilia.
La pobre emperatriz griega llegaba á tiempo para recibir la noticia
de la muerte de su hermano en una batalla y seguir la fuga de su
cuñada y sus sobrinos. Todos se refugiaban en Lucera dei Pagani,
castillo defendido por los sarracenos al servicio de Federico,
únicos fieles á su memoria.
El castillo caía en poder de los guerreros de la Iglesia, y
la esposa de Manfredo era conducida á una prisión, donde se
extinguía su vida al poco tiempo. La obscuridad tragaba los últimos
restos de la familia maldecida por Roma. La muerte rondaba en torno
de la basilisa. Todos perecían: su hermano Manfredo, su hermanastro
el poético y lamentable Encio, héroe de tantas canciones. Su
sobrino el caballeresco Coradino iba á morir más adelante bajo el
hacha del verdugo al intentar la defensa de sus derechos. Como la
emperatriz oriental no representaba ningún peligro para la dinastía
de Anjou, el vencedor la dejaba seguir su destino sola y
desamparada, como una princesa de Shakespeare.
Viuda del emperador Juan Dukas, tenía el señorío de tres
villas importantes de Anatolia, con una renta de tres mil besantes
de oro fino. Pero esta renta lejana, no llegaba nunca. Y casi de
limosna se embarcó en una nave que hacía rumbo á las perfumadas
orillas del golfo de Valencia. Su sobrina Constanza, hija de
Manfredo, estaba casada con el infante don Pedro de Aragón, hijo de
don Jaime. La basilisa se instalaba en Valencia, recién
conquistada. Su sobrino el futuro Pedro III, que intervenía en el
gobierno por la ancianidad de su padre, le ofreció Estados; pero
cansada de una vida de aventuras, prefería entrar en el convento de
Santa Bárbara.
Ultima representante del glorioso Federico, ella y su sobrina
Constanza transmitían á Pedro III los derechos sobre Sicilia, y el
grave y tenaz monarca aragonés los reivindicaba años adelante,
apoderándose de la isla luego de las famosas Vísperas Sicilianas.
La pobre emperatriz vivió hasta el siglo siguiente en la pobreza de
un convento recién fundado, recordando las aventuras de su destino
melancólico, viendo con la imaginación el palacio de mosaicos de
oro junto al lago de Nicea, los jardines donde Vatacio había
querido morir bajo una tienda de púrpura, las gigantescas murallas
de Constantinopla, las bóvedas de Santa Sofía, con sus teorías
hieráticas de santos y basileos coronados.
De todos sus viajes y sus fortunas esplendorosas sólo había
conservado una piedra, único equipaje que la acompañó al saltar en
la playa de Valencia. Era un fragmento de una roca de Nicodemia que
manó agua milagrosamente para el bautismo de Santa Bárbara. El
notario mostraba á su hijo el sagrado pedrusco incrustado sobre una
pileta de agua bendita. En la misma capilla estaba la tumba de otra
princesa, hija del basileo Teodoro Lascaris, que había venido á
reunirse con su tía en el lejano destierro.
Ulises, sin dejar de admirar los conocimientos históricos de
su padre, los acogía con cierta ingratitud.
— Mi padrino me explicará mejor esto... Mi padrino sabe
más.
Cuando miraba la capilla de Santa Bárbara en el transcurso de
la misa, sus ojos huían del fúnebre arcón. Le inspiraba repugnancia
el pensar en los huesos hechos polvo. Aquella doña Constanza no
existía. La que le interesaba era la otra, la que estaba un poco
más allá, pintada en un pequeño cuadro. Doña Constanza tuvo
lepra—enfermedad que en aquellos tiempos no perdonaba á las
emperatrices—, y Santa Bárbara curó milagrosamente á su devota.
Para perpetuar este suceso, allí estaba Santa Bárbara en el cuadro,
vestida con ancha saya y mangas de farol acuchilladas, lo mismo que
una dama del siglo XV, y á sus pies la basilisa con traje de
labradora valenciana y gruesas joyas. En vano afirmó don Esteban
que este cuadro había sido pintado siglos después de la muerte de
la emperatriz. La imaginación del niño saltaba desdeñosamente sobre
estos reparos. Así había sido doña Constanza, tal como aparecía en
el lienzo, pelirrubia y con enormes ojos negros, guapetona, un poco
llena de carnes, como conviene á una mujer acostumbrada á arrastrar
mantos regios y que sólo por devoción accede á disfrazarse de
campesina.
La imagen de la emperatriz llenó su pensamiento infantil. Por
las noches, cuando sentía miedo en la cama, impresionado por la
enormidad del salón que le servía de alcoba, le bastaba hacer
memoria de la soberana de Bizancio para olvidar inmediatamente sus
inquietudes y los mil ruidos extraños del viejo edificio. «¡Doña
Constanza!...» Se dormía abrazado á la almohada, como si ésta fuese
la cabeza de la basilisa. Sus ojos cerrados veían las negras
pupilas de la regia señora, maternales y amorosas.
Todas las mujeres, al aproximarse á él, tomaban algo de
aquella otra que dormía seis siglos en lo alto de un
muro.
Cuando su madre, la dulce y pálida doña Cristina, dejaba por
un instante sus labores y le daba un beso, veía en su sonrisa algo
de la emperatriz. Cuando Visanteta, una criada de la huerta,
morena, con ojos de zarzamora y una piel ardorosa y fina, le
ayudaba á desnudarse ó le despertaba para llevarle al colegio,
Ulises tendía los brazos en torno de ella con repentino entusiasmo,
como si le embriagase el perfume de animalidad vigorosa y púdica
que exhalaba la muchacha. «¡Visanteta!... ¡Oh, Visanteta!...» Y
pensaba en doña Constanza. Así debían oler las emperatrices, así
debía ser el contacto de su epidermis.
Estremecimientos misteriosos é incomprensibles atravesaban su
cuerpo como ligeros vapores, como débiles burbujas del légamo que
duerme en el fondo de toda infancia y se remonta á la superficie
con las fermentaciones de la juventud.
Su padre adivinaba una parte de esta vida imaginativa al ver
sus juegos y lecturas.
— ¡Ah, comediante!... ¡Ah, historiero!... Eres igual á tu
padrino.
Decía esto con una sonrisa ambigua en la que entraban
igualmente su menosprecio por los idealismos inútiles y su respeto
á los artistas; un respeto semejante á la veneración que sienten
los árabes por los locos, viendo en su demencia un regalo de
Dios.
Doña Cristina ansiaba que este hijo único, objeto de mimos y
cuidados como un príncipe heredero, fuese sacerdote. ¡Verle cantar
la primera misa!... Luego canónigo; luego prelado. ¡Quién sabe si,
cuando ella no existiese, otras mujeres le admirarían precedido de
una cruz de oro, arrastrando el manto rojo de cardenal-arzobispo,
rodeado de un estado mayor de sobrepellices, y envidiarían á la
madre que había dado á luz este magnate
eclesiástico!...
Para guiar las aficiones de su hijo había instalado una
iglesia en uno de los salones inútiles del caserón. Los compañeros
de colegio de Ulises acudían en las tardes libres, atraídos
doblemente por el encanto de «jugar á los curas» y por la merienda
generosa que preparaba doña Cristina para dejar satisfecho á todo
el clero parroquial.
La solemnidad empezaba por el furioso volteo de unas campanas
montadas en una puerta del salón. Los clientes del notario,
sentados en el entresuelo en espera de los papeles que acababan de
garrapatear á toda prisa los escribientes, levantaban la cabeza con
asombro. El metálico estrépito hacía temblar aquel edificio, cuyos
rincones parecían repletos de silencio, y conmovía la calle, por la
que sólo de tarde en tarde pasaba un carruaje.
Mientras unos encendían las velas del altar y desdoblaban los
sagrados manteles con primorosas randas, obra de doña Cristina, el
hijo y sus amigos más íntimos se revestían á la vista de los
fieles, cubriéndose con albas y doradas casullas, colocando en sus
cabezas graciosos bonetes. La madre, que espiaba detrás de una
puerta, tenía que hacer esfuerzos para no entrar y comerse á besos
á Ulises. ¡Con qué gracia imitaba los gestos y genuflexiones del
sacerdote principal!...
Hasta aquí todo iba perfectamente. Cantaban á pleno pulmón
los tres oficiantes junto á la pirámide de luces, y el coro de
fieles respondía desde el fondo de la pieza con temblores de
impaciencia. De pronto surgía la protesta, el cisma, la herejía. Ya
habían hecho bastante de capellanes los que estaban en el altar.
Debían ceder las casullas á los que miraban, para que, á su vez,
ejerciesen el sagrado ministerio. Esto era lo tratado. Pero el
clero se resistía al despojo con la altivez y la majestad de los
derechos adquiridos, y las manos impías tiraban de las santas
vestiduras, profanándolas hasta rasgarlas. Gritos, coces, imágenes
y cirios por el suelo, escándalo y abominación, como si ya hubiese
nacido el Anticristo. La prudencia de Ulises ponía término á la
lucha. «¿Si fuésemos á jugar al pòrche
?...»
El pòrche era el inmenso
desván del caserón. Todos aceptaban con entusiasmo. ¡Se acabó la
iglesia! Y como una bandada de pájaros, volaban escalera arriba,
sobre unos peldaños de azulejos multicolores con redondeles de
barniz saltado que mostraban la roja pasta del ladrillo. Los
ceramistas valencianos del siglo XVIII los habían ornado con
galeras berberiscas y cristianas, aves de la cercana Albufera,
cazadores de blanca peluca que ofrecían flores á una labradora,
frutas de todas clases y briosos jinetes cabalgando en caballos
como la mitad de su cuerpo ante casas y árboles que apenas llegaban
á las rodillas del corcel.
Se esparcía el ruidoso grupo por el último piso como las más
horrendas invasiones de la Historia. Gatos y ratas huían por igual
á los rincones. Los pájaros, despavoridos, salían como flechas por
los tragaluces del techo.
¡Pobre notario!... Jamás había vuelto con las manos vacías
cuando era llamado fuera de la ciudad por la confianza de los
labriegos ricos, incapaces de creer en otra ciencia jurídica que no
fuese la suya. Era el tiempo en que los comerciantes de
antigüedades no habían descubierto aún la rica Valencia, donde la
gente popular se vistió de seda durante siglos, y muebles, ropas y
cacharros parecían impregnarse de la luz de un sol siempre igual,
del azul de un ambiente siempre sereno.
Don Esteban, que se creía obligado á ser anticuario en su
calidad de individuo de varias sociedades regionales, iba llenando
su casa con los restos del pasado adquiridos en los pueblos ó que
le ofrecían espontáneamente sus clientes. No encontraba ya para los
cuadros paredes libres, ni espacio en sus salones para los muebles.
Por esto las nuevas adquisiciones tomaban el camino del
pòrche , provisionalmente, en espera de
una instalación definitiva. Años después, cuando al retirarse de la
profesión pudiera construir un castillo medioeval—todo lo medioeval
que fuese posible—en las costas de la Marina, junto al pueblo donde
había nacido, colocaría cada objeto en un lugar digno de su
importancia.
Lo que el notario iba dejando en las habitaciones del primer
piso aparecía misteriosamente en el desván, como si le hubiesen
salido patas. Doña Cristina y sus sirvientas, obligadas á vivir en
continua pelea con el polvo y las telarañas de un edificio que se
desmenuzaba poco á poco, sentían un odio feroz contra todo lo
viejo.
Arriba no eran posibles las desavenencias y batallas de los
muchachos por falta de disfraces. No tenían mas que hundir sus
manos en cualquiera de los arcones que latían con sordo
crepitamiento de carcoma, y cuyos hierros, calados como encajes, se
desclavaban de la madera. Unos blandían espadines de puños de nácar
ó largas tizonas, luego de envolverse en capas de seda carmesí
obscurecidas por los años. Otros se echaban en hombros colchas de
brocado venerables, faldas de labradora con gruesas flores de oro,
guardainfantes de rico tejido que crujían como papel.
Cuando se cansaban de imitar á los cómicos con ruidoso choque
de espadas y caídas de muerte, Ulises y otros amantes de la acción
proponían el juego de «ladrones y alguaciles». Los ladrones no
podían ir vestidos con ricas telas, su uniforme debía ser modesto.
Y revolvían unos montones de trapos de colores apagados que
parecían arpilleras. En las diversas manchas de su tejido se
adivinaban piernas, brazos, cabezas, ramajes de un verde
metálico.
Don Esteban había encontrado estos fragmentos rotos ya por
los labradores para tapar tinajas de aceite ó servir de mantas á
las mulas de labor. Eran pedazos de tapices copiados de cartones
del Ticiano y de Rubens. El notario los guardaba únicamente por
respeto histórico. El tapiz carecía entonces de mérito, como todas
las cosas que abundan. Los roperos de Valencia tenían en sus
almacenes docenas de paños de la misma clase, y al llegar la fiesta
del Corpus cubrían con ellos las vallas de los terrenos sin
edificar en las calles seguidas por la procesión.
Otras veces, Ulises repetía el mismo juego con el título de
«indios y conquistadores». Había encontrado en los montones de
libros almacenados por su padre un volumen que relataba, á dos
columnas, con abundantes grabados en madera, las navegaciones de
Colón, las guerras de Hernán Cortés, las hazañas de
Pizarro.
Este libro influyó en el resto de su existencia. Muchas
veces, siendo hombre, encontró su imagen latente en el fondo de sus
actos y sus deseos. En realidad, sólo había leído algunos
fragmentos. Para él lo interesante eran los grabados, más dignos de
su admiración que todos los cuadros del desván.
Con la punta de su estoque trazaba en el suelo una línea, lo
mismo que Pizarro en la isla del Gallo ante sus desalentados
compañeros, prontos á desistir de la conquista. «Que todo buen
castellano pase esta raya...» Y los buenos castellanos—una docena
de pilluelos con largas capas y tizonas, cuya empuñadura les
llegaba á la boca—venían á agruparse en torno del caudillo, que
imitaba los gestos heroicos del conquistador. Luego surgía el grito
de guerra: «¡Sus, á los indios!»
Estaba convenido que los indios debían huir: para eso iban
envueltos modestamente en un trozo de tapiz y llevaban en la cabeza
plumas de gallo. Pero huían traidoramente, y al verse sobre
vargueños, mesas y pirámides de sillas, empezaban á disparar
volúmenes contra sus perseguidores. Venerables libros de piel con
dorados suaves, infolios de blanco pergamino, se abrían al caer en
el suelo, rompiéndose sus nervios, esparciendo una lluvia de
páginas impresas ó manuscritas, de amarillentos grabados, como si
soltasen la sangre y las entrañas, cansados de vivir.
El escándalo de estas guerras de conquista atrajo la
intervención de doña Cristina. Ya no quiso admitir más á unos
diablos que preferían las gritonas aventuras del desván á las
delicias místicas de la abandonada capilla. Los indios eran los más
dignos de execración. Para compensar la humildad de su papel con
nuevos esplendores, habían acabado por meter sus tijeras pecadoras
en tapices enteros, cortándose varias dalmáticas de modo que les
cayese sobre el pecho una cabeza de héroe ó de diosa.
Ulises, al quedar sin compañeros, encontró un nuevo encanto á
la vida en el desván. El silencio poblado de chasquidos de maderas
y correteos de animales invisibles, la caída inexplicable de un
cuadro ó de unos libros apilados, le hacían paladear una sensación
de miedo y de misterio nocturnos bajo los chorros de sol que
entraban por los tragaluces.
En esta soledad se encontraba mejor. Podía poblarla á su
capricho. Le estorbaban los seres reales, como los inoportunos
ruidos que despiertan de un ensueño hermoso. El desván era un mundo
con varios siglos de existencia, que le pertenecía por entero y se
plegaba á todas sus fantasías.
Metido en un cofre sin tapa, lo hacía balancearse, imitando
con la boca los rugidos de la tempestad. Era una carabela, un
galeón, una nave, tal como los había visto en los viejos libros:
las velas con leones y crucifijos pintados, un castillo en la popa
y un figurón tallado en el avante, que se hundía en las olas para
reaparecer chorreando.
El cofre, en fuerza de empujones, abordaba la costa tallada á
pico de un arcón, el golfo triangular de dos cómodas, la blanda
playa de unos fardos de telas. Y el navegante, seguido de una
tripulación tan numerosa como irreal, saltaba á tierra tizona en
mano, escalando unas montañas de libros, que eran los Andes, y
agujereaba varios volúmenes con el regatón de una lanza vieja para
plantar su estandarte. ¿Por qué no había de ser
conquistador?...
Inútilmente acudían á su memoria fragmentos de conversación
entre su padrino y su padre, según los cuales todo era conocido en
la superficie de la tierra. Algo, sin embargo, quedaría por
descubrir. El era el punto de encuentro de dos líneas de marinos.
Los hermanos de su madre tenían barcos en la costa de Cataluña. Los
abuelos de su padre habían sido valerosos y obscuros navegantes, y
allá en la Marina estaba su tío el médico, un verdadero hombre de
mar.
Al fatigarse de estas orgías imaginativas, contemplaba los
retratos de diversas épocas almacenados en el desván. Prefería los
de mujeres: damas de melena corta y rizada, con un lazo en una
sien, como las que pintó Velázquez, caras largas del siglo
siguiente, con boca de cereza, dos lunares en las mejillas y una
torre de pelo blanco. El recuerdo de la basilisa parecía esparcirse
por estos cuadros. Todas las damas tenían algo de
ella.
Entre los retratos de hombres había un obispo que le
molestaba por su edad absurda. Era casi de sus años; un obispo
adolescente, con ojos imperiosos y agresivos. Estos ojos le
inspiraban cierto pavor, y por lo mismo decidió acabar con ellos:
«¡Toma!» Y clavó su espada en el viejo cuadro, añadiendo á sus
desconchados dos agujeros en el lugar de las pupilas. Todavía, para
mayor remordimiento, añadió unas cuantas cuchilladas... En la misma
noche, estando su padrino invitado á cenar, el notario habló de
cierto retrato adquirido meses antes en las inmediaciones de
Játiva, ciudad que miraba con interés por haber nacido los Borgia
en una aldea cercana. Los dos hombres eran de la misma opinión.
Aquel prelado casi infantil no podía ser otro que César Borgia,
nombrado arzobispo de Valencia, por su padre el Papa, cuando tenía
diez y seis años. Un día que estuviesen libres examinarían con
detenimiento el retrato... Y Ulises, bajando la cabeza, sintió que
se le atragantaban los bocados.
Ir á casa del padrino representaba para él un placer más
intenso y palpable que los juegos solitarios del desván. El abogado
don Carmelo Labarta se mostraba ante sus ojos como la
personificación de la vida ideal, de la gloria de la poesía. El
notario hablaba de él con entusiasmo, compadeciéndole al mismo
tiempo.
— ¡Ese don Carmelo!... El primer civilista de nuestra época.
A espuertas podría ganar el dinero, pero los versos le atraen más
que los pleitos.
Ulises entraba en su despacho con emoción. Sobre las filas de
libros multicolores y dorados que cubrían las paredes veía unas
cabezotas de yeso, con frentes de torre y ojos huecos que parecían
contemplar la nada inmensa.
El niño repetía sus nombres como un pedazo de santoral, desde
Homero á Víctor Hugo. Después buscaba con su vista otra cabeza
igualmente gloriosa, aunque menos blanca, con las barbas rubias y
entrecanas, la nariz rubicunda y unas mejillas herpéticas que en
ciertos momentos echaban á volar las películas de su caspa. Los
ojos dulces del padrino, unos ojos amarillos moteados de pepitas
negras, acogían á Ulises con el amor de un solterón que se hace
viejo y necesita inventarse una familia. El era quien le había dado
en la pila bautismal su nombre, que tanta admiración y risa
despertaba en los compañeros de colegio; él quien le había contado
muchas veces las aventuras del navegante rey de Itaca con la
paciencia de un abuelo que relata á su nieto la vida del santo
onomástico.
Luego, el muchacho consideraba con no menos devoción todos
los recuerdos de gloria que adornaban la casa: coronas de hojas de
oro, copas argentinas, desnudeces marmóreas, placas de diversos
metales sobre fondo de peluche, en las que brillaba imperecedero el
nombre del poeta Labarta. Todo este botín lo había conquistado á
punta de verso en los certámenes, como guerrero incansable de las
letras.
Al anunciarse unos Juegos Florales temblaban los
competidores, temiendo que al gran don Carmelo se le ocurriese
apetecer alguno de los premios. Con asombrosa facilidad se llevaba
la flor natural destinada á la oda heroica, la copa de oro del
romance amoroso, el par de estatuas dedicadas al más completo
estudio histórico, el busto de mármol para la mejor leyenda en
prosa, y hasta el «bronce de arte» recompensa del estudio
filológico. Los demás sólo podían aspirar á las
sobras.
Por fortuna, se había confinado en la literatura regional, y
su inspiración no admitía otro ropaje que el del verso valenciano.
Fuera de Valencia y sus pasadas glorias, sólo la Grecia merecía su
admiración. Una vez al año le veía Ulises puesto de frac, con el
pecho constelado de condecoraciones y una cigarra de oro en la
solapa, distintivo de los felibres de Provenza.
Era que se iba á celebrar la fiesta de la literatura
lemosina, en la que desempeñaba siempre un primer papel: vate
premiado, discurseante, ó simple ídolo, al que tributaban sus
elogios otros poetas, clérigos dados á la rima, encarnadores de
imágenes religiosas, tejedores de seda que sentían perturbada la
vulgaridad de su existencia por el cosquilleo de la inspiración;
toda una cofradía de vates populares, ingenuos y de estro casero,
que recordaban á los Maestros Cantores de las viejas ciudades
alemanas.
Labarta, después de transcurridos doscientos años, no había
llegado á perdonar á Felipe V, déspota francés que reemplazó á los
déspotas austriacos. El había suprimido los fueros de Valencia.
«¡Borbón, maldito seas!...» Pero se lo decía en verso y en lemosín,
circunstancias atenuantes que le permitían ser partidario de los
sucesores de Felipe el Maldito y haber figurado por unos meses como
diputado mudo del gobierno.
Su ahijado se lo imaginaba á todas horas con una corona de
laurel en las sienes, lo mismo que aquellos poetas misteriosos y
ciegos cuyos retratos y bustos ornaban la biblioteca. Veía
perfectamente su cabeza limpia de tal adorno, pero la realidad
perdía todo valor ante la firmeza de sus concepciones. Su padrino
debía llevar corona cuando él no estaba presente. Indudablemente la
llevaba á solas, como un gorro casero.
Otro motivo de admiración eran los viajes del grande hombre.
Había vivido en el lejano Madrid—escenario de casi todas las
novelas leídas por Ulises—, y cierta vez hasta había pasado la
frontera, lanzándose audazmente por un país remoto titulado el
Mediodía de Francia, para visitar á otro poeta que él llamaba «mi
amigo Mistral». Su imaginación, pronta é ilógica en sus decisiones,
envolvía al padrino en un halo de interés heroico semejante al de
los conquistadores.
Al sonar las campanadas de las doce, Labarta, que no admitía
informalidades en asuntos de mesa, se impacientaba, cortando el
relato de sus viajes y triunfos.
— ¡Doña Pepa! Aquí tenemos al convidado.
Doña Pepa era el ama de llaves, la compañera del grande
hombre, que llevaba quince años atada al carro de su gloria. Se
entreabría un cortinaje, y avanzaba una pechuga saliente sobre un
abdomen encorsetado con crueldad. Después, mucho después, aparecía
un rostro blanco y radiante, una cara de luna. Y mientras saludaba
al pequeño Ulises con su sonrisa de astro nocturno, seguía entrando
y entrando el complemento dorsal de su persona, cuarenta años
carnales, frescos, exuberantes, inmensos.
El notario y su esposa hablaban de doña Pepa como de una
persona familiar, pero el niño nunca la había visto en su casa.
Doña Cristina elogiaba sus cuidados con el poeta, pero desde lejos
y sin deseos de conocerla. Don Esteban excusaba al grande
hombre.
— ¡Qué quieres!... Es un artista, y los artistas no pueden
vivir como Dios manda. Todos, por serios que parezcan, son en el
fondo unos perdidos. ¡Qué lástima! Un abogado tan eminente... ¡El
dinero que podría ganar!...
Las lamentaciones del padre abrieron nuevos horizontes á la
malicia del pequeño. De un golpe abarcó el móvil principal de
nuestra existencia, que hasta entonces sólo había columbrado
envuelto en misterios. Su padrino tenía relaciones con una mujer;
era un enamorado como los héroes de las novelas. Recordó muchas de
sus poesías valencianas, todas dirigidas á una dama; unas veces
cantando su belleza con la embriaguez y la noble fatiga de una
reciente posesión; otras quejándose de su desvío, pidiéndole la
entrega de su alma, sin la cual no es nada la limosna del
cuerpo.
Ulises se imaginó una gran señora, hermosa como doña
Constanza. Cuando menos, debía ser marquesa. Su padrino bien
merecía esto. Y se imaginó igualmente que sus encuentros debían ser
por la mañana, en uno de los huertos de fresas inmediatos á la
ciudad, adonde le llevaban sus padres á tomar chocolate después de
oír la primera misa en los amaneceres dominicales de Abril y
Mayo.
Mucho después, cuando sentado á la mesa del padrino
sorprendió cruzándose sobre su cabeza las sonrisas de éste y el ama
de llaves, llegó á sospechar si doña Pepa sería la inspiradora de
tanto verso lacrimoso y entusiástico. Pero su buena fe se
encabritaba ante tal suposición. No, no era posible; forzosamente
debía existir otra.
El notario, que llevaba largos años de amistad con Labarta,
pretendía dirigirle con su espíritu práctico, siendo el lazarillo
de un genio ciego. Una renta modesta heredada de sus padres bastaba
al poeta para vivir. En vano le proporcionó su amigo pleitos que
representaban enormes cuentas de honorarios. Los autos voluminosos
se cubrían de polvo en la mesa, y don Esteban había de preocuparse
de las fechas, para que el abogado no dejase pasar los términos del
procedimiento.
Su hijo, su Ulises, sería otro hombre. Le veía gran
civilista, como su padrino, pero con una actividad positiva
heredada del padre. La fortuna entraría por sus puertas como una
ola de papel sellado.
Además, podía poseer igualmente el estudio notarial, oficina
polvorienta, de muebles vetustos y grandes armarios con puertas
alambradas y cortinillas verdes, tras de las cuales dormían los
volúmenes del protocolo envueltos en becerro amarillento, con
iniciales y números en los lomos. Don Esteban sabía bien lo que
representaba su estudio.
— No hay huerto de naranjos—decía en los momentos de
expansión—, no hay arrozal que dé lo que da esta finca. Aquí no hay
heladas, ni vendaval, ni inundaciones.
La clientela era segura; gentes de Iglesia, que llevaban tras
de ellas á los devotos, por considerar á don Esteban como de su
clase, y labradores, muchos labradores ricos. Las familias
acomodadas del campo, cuando oían hablar de hombres sabios,
pensaban inmediatamente en el notario de Valencia. Le veían con
religiosa admiración calarse las gafas para leer de corrido la
escritura de venta ó el contrato dotal que sus amanuenses acababan
de redactar. Estaba escrito en castellano y lo leía en valenciano,
sin vacilación alguna, para mejor inteligencia de los oyentes. ¡Qué
hombre!...
Después, mientras firmaban las partes contratantes, el
notario, subiéndose los vidrios á la frente, entretenía á la
reunión con algunos cuentos de la tierra, siempre honestos, sin
alusiones á los pecados de la carne, pero en los que figuraban los
órganos digestivos con toda clase de abandonos líquidos, gaseosos y
sólidos. Los clientes rugían de risa, seducidos por esta gracia
escatológica, y reparaban menos en la cuenta de honorarios. ¡Famoso
don Esteban!... Por el placer de oírle habrían hecho una escritura
todos los meses.
El futuro destino del príncipe de la notaría era objeto de
las conversaciones de sobremesa en días señalados, cuando estaba
invitado el poeta.
— ¿Qué deseas ser?—preguntaba Labarta á su
ahijado.
Los ojos de la madre imploraban al pequeño con desesperada
súplica: «Di arzobispo, rey mío.» Para la buena señora, su hijo no
podía debutar de otro modo en la carrera de la
Iglesia.
El notario hablaba, por su parte, con seguridad, sin
consultar al interesado. Sería un jurisconsulto eminente; los miles
de duros rodarían hacia él como si fuesen céntimos; figuraría en
las solemnidades universitarias con una esclavina de raso carmesí y
un birrete chorreando por sus múltiples caras la gloria hilada del
doctorado. Los estudiantes escucharían respetuosos al pie de su
cátedra. ¡Quién sabe si le estaba reservado el gobierno de su
país!...
Ulises interrumpía estas imágenes de futura
grandeza:
— Quiero ser capitán.
El poeta aprobaba. Sentía el irreflexivo entusiasmo de todos
los pacíficos, de todos los sedentarios, por el penacho y el sable.
A la vista de un uniforme, su alma vibraba con la ternura amorosa
del ama de cría que se ve cortejada por un soldado.
— ¡Muy bien!—decía Labarta—. ¿Capitán de qué?... ¿De
artillería?... ¿De Estado Mayor?
Una pausa.
— No; capitán de buque.
Don Esteban miraba el techo, alzando las manos. Bien sabía él
quién era el culpable de esta disparatada idea, quién metía tales
absurdos en la cabeza de su hijo.
Y pensaba en su hermano el médico, que vivía retirado en la
casa paterna, allá en la Marina, un hombre excelente pero algo
loco, al que llamaban el Dotor
las gentes de la costa y el poeta Labarta apodaba el
Tritón .