TASA
Yo, Juan Gallo de Andrada, escribano de Cámara del Rey
nuestro señor, de los que residen en su Consejo, certifico y doy fe
que, habiendo visto por los señores dél un libro intitulado El
ingenioso hidalgo de la Mancha, compuesto por Miguel de Cervantes
Saavedra, tasaron cada pliego del dicho libro a tres maravedís y
medio; el cual tiene ochenta y tres pliegos, que al dicho precio
monta el dicho libro docientos y noventa maravedís y medio, en que
se ha de vender en papel; y dieron licencia para que a este precio
se pueda vender, y mandaron que esta tasa se ponga al principio del
dicho libro, y no se pueda vender sin ella. Y, para que dello
conste, di la presente en Valladolid, a veinte días del mes de
deciembre de mil y seiscientos y cuatro años.
Juan Gallo de Andrada.
TESTIMONIO DE LAS ERRATAS
Este libro no tiene cosa digna que no corresponda a su
original; en testimonio de lo haber correcto, di esta fee. En el
Colegio de la Madre de Dios de los Teólogos de la Universidad de
Alcalá, en primero de diciembre de 1604 años.
El licenciado Francisco Murcia de la Llana.
EL REY
Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes, nos fue
fecha relación que habíades compuesto un libro intitulado El
ingenioso hidalgo de la Mancha, el cual os había costado mucho
trabajo y era muy útil y provechoso, nos pedistes y suplicastes os
mandásemos dar licencia y facultad para le poder imprimir, y
previlegio por el tiempo que fuésemos servidos, o como la nuestra
merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto
en el dicho libro se hicieron las diligencias que la premática
últimamente por nos fecha sobre la impresión de los libros dispone,
fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos,
en la dicha razón; y nos tuvímoslo por bien. Por la cual, por os
hacer bien y merced, os damos licencia y facultad para que vos, o
la persona que vuestro poder hubiere, y no otra alguna, podáis
imprimir el dicho libro, intitulado El ingenioso hidalgo de la
Mancha, que desuso se hace mención, en todos estos nuestros reinos
de Castilla, por tiempo y espacio de diez años, que corran y se
cuenten desde el dicho día de la data desta nuestra cédula; so pena
que la persona o personas que, sin tener vuestro poder, lo
imprimiere o vendiere, o hiciere imprimir o vender, por el mesmo
caso pierda la impresión que hiciere, con los moldes y aparejos
della; y más, incurra en pena de cincuenta mil maravedís cada vez
que lo contrario hiciere. La cual dicha pena sea la tercia parte
para la persona que lo acusare, y la otra tercia parte para nuestra
Cámara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare. Con
tanto que todas las veces que hubiéredes de hacer imprimir el dicho
libro, durante el tiempo de los dichos diez años, le traigáis al
nuestro Consejo, juntamente con el original que en él fue visto,
que va rubricado cada plana y firmado al fin dél de Juan Gallo de
Andrada, nuestro Escribano de Cámara, de los que en él residen,
para saber si la dicha impresión está conforme el original; o
traigáis fe en pública forma de cómo por corretor nombrado por
nuestro mandado, se vio y corrigió la dicha impresión por el
original, y se imprimió conforme a él, y quedan impresas las
erratas por él apuntadas, para cada un libro de los que así fueren
impresos, para que se tase el precio que por cada volume hubiéredes
de haber. Y mandamos al impresor que así imprimiere el dicho libro,
no imprima el principio ni el primer pliego dél, ni entregue más de
un solo libro con el original al autor, o persona a cuya costa lo
imprimiere, ni otro alguno, para efeto de la dicha correción y
tasa, hasta que antes y primero el dicho libro esté corregido y
tasado por los del nuestro Consejo; y, estando hecho, y no de otra
manera, pueda imprimir el dicho principio y primer pliego, y
sucesivamente ponga esta nuestra cédula y la aprobación, tasa y
erratas, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en las
leyes y premáticas destos nuestros reinos. Y mandamos a los del
nuestro Consejo, y a otras cualesquier justicias dellos, guarden y
cumplan esta nuestra cédula y lo en ella contenido. Fecha en
Valladolid, a veinte y seis días del mes de setiembre de mil y
seiscientos y cuatro años.
YO, EL REY.
Por mandado del Rey nuestro señor:
Juan de Amezqueta.
AL DUQUE DE BÉJAR,
marqués de Gibraleón, conde de Benalcázar y Bañares, vizconde
de La Puebla de Alcocer, señor de las villas de Capilla, Curiel y
Burguillos
En fe del buen acogimiento y honra que hace Vuestra
Excelencia a toda suerte de libros, como príncipe tan inclinado a
favorecer las buenas artes, mayormente las que por su nobleza no se
abaten al servicio y granjerías del vulgo, he determinado de sacar
a luz al Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, al abrigo del
clarísimo nombre de Vuestra Excelencia, a quien, con el acatamiento
que debo a tanta grandeza, suplico le reciba agradablemente en su
protección, para que a su sombra, aunque desnudo de aquel precioso
ornamento de elegancia y erudición de que suelen andar vestidas las
obras que se componen en las casas de los hombres que saben, ose
parecer seguramente en el juicio de algunos que, continiéndose en
los límites de su ignorancia, suelen condenar con más rigor y menos
justicia los trabajos ajenos; que, poniendo los ojos la prudencia
de Vuestra Excelencia en mi buen deseo, fío que no desdeñará la
cortedad de tan humilde servicio.
Miguel de Cervantes Saavedra.
Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera
que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso,
el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he
podido yo contravenir al orden de naturaleza; que en ella cada cosa
engendra su semejante. Y así, ¿qué podrá engendrar el estéril y mal
cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco,
avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca
imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una
cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste
ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible, la
amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de
las fuentes, la quietud del espíritu son grande parte para que las
musas más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo
que le colmen de maravilla y de contento. Acontece tener un padre
un hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una
venda en los ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por
discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos por agudezas y
donaires. Pero yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro de Don
Quijote, no quiero irme con la corriente del uso, ni suplicarte,
casi con las lágrimas en los ojos, como otros hacen, lector
carísimo, que perdones o disimules las faltas que en este mi hijo
vieres; y ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu
cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa,
donde eres señor della, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo
que comúnmente se dice: que debajo de mi manto, al rey mato. Todo
lo cual te esenta y hace libre de todo respecto y obligación; y
así, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin
temor que te calunien por el mal ni te premien por el bien que
dijeres della.
Sólo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de
prólogo, ni de la inumerabilidad y catálogo de los acostumbrados
sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen
ponerse. Porque te sé decir que, aunque me costó algún trabajo
componerla, ninguno tuve por mayor que hacer esta prefación que vas
leyendo. Muchas veces tomé la pluma para escribille, y muchas la
dejé, por no saber lo que escribiría; y, estando una suspenso, con
el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la
mano en la mejilla, pensando lo que diría, entró a deshora un amigo
mío, gracioso y bien entendido, el cual, viéndome tan imaginativo,
me preguntó la causa; y, no encubriéndosela yo, le dije que pensaba
en el prólogo que había de hacer a la historia de don Quijote, y
que me tenía de suerte que ni quería hacerle, ni menos sacar a luz
las hazañas de tan noble caballero.
— Porque, ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué
dirá el antiguo legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo
de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo
ahora, con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un
esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de concetos
y falta de toda erudición y doctrina; sin acotaciones en las
márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que están
otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de
sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de
filósofos, que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por
hombres leídos, eruditos y elocuentes? ¡Pues qué, cuando citan la
Divina Escritura! No dirán sino que son unos santos Tomases y otros
doctores de la Iglesia; guardando en esto un decoro tan ingenioso,
que en un renglón han pintado un enamorado destraído y en otro
hacen un sermoncico cristiano, que es un contento y un regalo oílle
o leelle. De todo esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo qué
acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé qué
autores sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen todos,
por las letras del A.B.C., comenzando en Aristóteles y acabando en
Xenofonte y en Zoílo o Zeuxis, aunque fue maldiciente el uno y
pintor el otro. También ha de carecer mi libro de sonetos al
principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques,
marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos; aunque, si
yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos, yo sé que me los
darían, y tales, que no les igualasen los de aquellos que tienen
más nombre en nuestra España. En fin, señor y amigo mío —proseguí—,
yo determino que el señor don Quijote se quede sepultado en sus
archivos en la Mancha, hasta que el cielo depare quien le adorne de
tantas cosas como le faltan; porque yo me hallo incapaz de
remediarlas, por mi insuficiencia y pocas letras, y porque
naturalmente soy poltrón y perezoso de andarme buscando autores que
digan lo que yo me sé decir sin ellos. De aquí nace la suspensión y
elevamiento, amigo, en que me hallastes; bastante causa para
ponerme en ella la que de mí habéis oído.
Oyendo lo cual mi amigo, dándose una palmada en la frente y
disparando en una carga de risa, me dijo:
— Por Dios, hermano, que agora me acabo de desengañar de un
engaño en que he estado todo el mucho tiempo que ha que os conozco,
en el cual siempre os he tenido por discreto y prudente en todas
vuestras aciones. Pero agora veo que estáis tan lejos de serlo como
lo está el cielo de la tierra. ¿Cómo que es posible que cosas de
tan poco momento y tan fáciles de remediar puedan tener fuerzas de
suspender y absortar un ingenio tan maduro como el vuestro, y tan
hecho a romper y atropellar por otras dificultades mayores? A la
fe, esto no nace de falta de habilidad, sino de sobra de pereza y
penuria de discurso. ¿Queréis ver si es verdad lo que digo? Pues
estadme atento y veréis cómo, en un abrir y cerrar de ojos,
confundo todas vuestras dificultades y remedio todas las faltas que
decís que os suspenden y acobardan para dejar de sacar a la luz del
mundo la historia de vuestro famoso don Quijote, luz y espejo de
toda la caballería andante.
— Decid —le repliqué yo, oyendo lo que me decía—: ¿de qué
modo pensáis llenar el vacío de mi temor y reducir a claridad el
caos de mi confusión?
A lo cual él dijo:
— Lo primero en que reparáis de los sonetos, epigramas o
elogios que os faltan para el principio, y que sean de personajes
graves y de título, se puede remediar en que vos mesmo toméis algún
trabajo en hacerlos, y después los podéis bautizar y poner el
nombre que quisiéredes, ahijándolos al Preste Juan de las Indias o
al Emperador de Trapisonda, de quien yo sé que hay noticia que
fueron famosos poetas; y cuando no lo hayan sido y hubiere algunos
pedantes y bachilleres que por detrás os muerdan y murmuren desta
verdad, no se os dé dos maravedís; porque, ya que os averigüen la
mentira, no os han de cortar la mano con que lo
escribistes.
»En lo de citar en las márgenes los libros y autores de donde
sacáredes las sentencias y dichos que pusiéredes en vuestra
historia, no hay más sino hacer, de manera que venga a pelo,
algunas sentencias o latines que vos sepáis de memoria, o, a lo
menos, que os cuesten poco trabajo el buscalle; como será poner,
tratando de libertad y cautiverio:
Non bene pro toto libertas venditur
auro.
Y luego, en el margen, citar a Horacio, o a quien lo dijo. Si
tratáredes del poder de la muerte, acudir luego con:
Pallida mors aequo pulsat pede pauperum
tabernas,
Regumque turres.
Si de la amistad y amor que Dios manda que se tenga al
enemigo, entraros luego al punto por la Escritura Divina, que lo
podéis hacer con tantico de curiosidad, y decir las palabras, por
lo menos, del mismo Dios: Ego autem dico vobis: diligite inimicos
vestros. Si tratáredes de malos pensamientos, acudid con el
Evangelio: De corde exeunt cogitationes malae. Si de la
instabilidad de los amigos, ahí está Catón, que os dará su
dístico:
Donec eris felix, multos numerabis
amicos,
tempora si fuerint nubila, solus eris.
Y con estos latinicos y otros tales os tendrán siquiera por
gramático, que el serlo no es de poca honra y provecho el día de
hoy.
»En lo que toca el poner anotaciones al fin del libro,
seguramente lo podéis hacer desta manera: si nombráis algún gigante
en vuestro libro, hacelde que sea el gigante Golías, y con sólo
esto, que os costará casi nada, tenéis una grande anotación, pues
podéis poner: El gigante Golías, o Goliat, fue un filisteo a quien
el pastor David mató de una gran pedrada en el valle de Terebinto,
según se cuenta en el Libro de los Reyes, en el capítulo que vos
halláredes que se escribe. Tras esto, para mostraros hombre erudito
en letras humanas y cosmógrafo, haced de modo como en vuestra
historia se nombre el río Tajo, y veréisos luego con otra famosa
anotación, poniendo: El río Tajo fue así dicho por un rey de las
Españas; tiene su nacimiento en tal lugar y muere en el mar océano,
besando los muros de la famosa ciudad de Lisboa; y es opinión que
tiene las arenas de oro, etc. Si tratáredes de ladrones, yo os diré
la historia de Caco, que la sé de coro; si de mujeres rameras, ahí
está el obispo de Mondoñedo, que os prestará a Lamia, Laida y
Flora, cuya anotación os dará gran crédito; si de crueles, Ovidio
os entregará a Medea; si de encantadores y hechiceras, Homero tiene
a Calipso, y Virgilio a Circe; si de capitanes valerosos, el mesmo
Julio César os prestará a sí mismo en sus Comentarios, y Plutarco
os dará mil Alejandros. Si tratáredes de amores, con dos onzas que
sepáis de la lengua toscana, toparéis con León Hebreo, que os
hincha las medidas. Y si no queréis andaros por tierras extrañas,
en vuestra casa tenéis a Fonseca, Del amor de Dios, donde se cifra
todo lo que vos y el más ingenioso acertare a desear en tal
materia. En resolución, no hay más sino que vos procuréis nombrar
estos nombres, o tocar estas historias en la vuestra, que aquí he
dicho, y dejadme a mí el cargo de poner las anotaciones y
acotaciones; que yo os voto a tal de llenaros las márgenes y de
gastar cuatro pliegos en el fin del libro.
»Vengamos ahora a la citación de los autores que los otros
libros tienen, que en el vuestro os faltan. El remedio que esto
tiene es muy fácil, porque no habéis de hacer otra cosa que buscar
un libro que los acote todos, desde la A hasta la Z, como vos
decís. Pues ese mismo abecedario pondréis vos en vuestro libro;
que, puesto que a la clara se vea la mentira, por la poca necesidad
que vos teníades de aprovecharos dellos, no importa nada; y quizá
alguno habrá tan simple, que crea que de todos os habéis
aprovechado en la simple y sencilla historia vuestra; y, cuando no
sirva de otra cosa, por lo menos servirá aquel largo catálogo de
autores a dar de improviso autoridad al libro. Y más, que no habrá
quien se ponga a averiguar si los seguistes o no los seguistes, no
yéndole nada en ello. Cuanto más que, si bien caigo en la cuenta,
este vuestro libro no tiene necesidad de ninguna cosa de aquellas
que vos decís que le falta, porque todo él es una invectiva contra
los libros de caballerías, de quien nunca se acordó Aristóteles, ni
dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón; ni caen debajo de la
cuenta de sus fabulosos disparates las puntualidades de la verdad,
ni las observaciones de la astrología; ni le son de importancia las
medidas geométricas, ni la confutación de los argumentos de quien
se sirve la retórica; ni tiene para qué predicar a ninguno,
mezclando lo humano con lo divino, que es un género de mezcla de
quien no se ha de vestir ningún cristiano entendimiento. Sólo tiene
que aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo; que,
cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que se
escribiere. Y, pues esta vuestra escritura no mira a más que a
deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen
los libros de caballerías, no hay para qué andéis mendigando
sentencias de filósofos, consejos de la Divina Escritura, fábulas
de poetas, oraciones de retóricos, milagros de santos, sino
procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y
bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo;
pintando, en todo lo que alcanzáredes y fuere posible, vuestra
intención, dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y
escurecerlos. Procurad también que, leyendo vuestra historia, el
melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no
se enfade, el discreto se admire de la invención, el grave no la
desprecie, ni el prudente deje de alabarla. En efecto, llevad la
mira puesta a derribar la máquina mal fundada destos caballerescos
libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más; que si esto
alcanzásedes, no habríades alcanzado poco.
Con silencio grande estuve escuchando lo que mi amigo me
decía, y de tal manera se imprimieron en mí sus razones que, sin
ponerlas en disputa, las aprobé por buenas y de ellas mismas quise
hacer este prólogo; en el cual verás, lector suave, la discreción
de mi amigo, la buena ventura mía en hallar en tiempo tan
necesitado tal consejero, y el alivio tuyo en hallar tan sincera y
tan sin revueltas la historia del famoso don Quijote de la Mancha,
de quien hay opinión, por todos los habitadores del distrito del
campo de Montiel, que fue el más casto enamorado y el más valiente
caballero que de muchos años a esta parte se vio en aquellos
contornos. Yo no quiero encarecerte el servicio que te hago en
darte a conocer tan noble y tan honrado caballero, pero quiero que
me agradezcas el conocimiento que tendrás del famoso Sancho Panza,
su escudero, en quien, a mi parecer, te doy cifradas todas las
gracias escuderiles que en la caterva de los libros vanos de
caballerías están esparcidas.
Y con esto, Dios te dé salud, y a mí no olvide.
Vale.
AL LIBRO DE DON QUIJOTE DE LA
MANCHA
Urganda la desconocida
Si de llegarte a los bue-,
libro, fueres con letu-,
no te dirá el boquirru-
que no pones bien los de-.
Mas si el pan no se te cue-
por ir a manos de idio-,
verás de manos a bo-,
aun no dar una en el cla-,
si bien se comen las ma-
por mostrar que son curio-.
Y, pues la expiriencia ense-
que el que a buen árbol se arri-
buena sombra le cobi-,
en Béjar tu buena estre-
un árbol real te ofre-
que da príncipes por fru-,
en el cual floreció un du-
que es nuevo Alejandro Ma-:
llega a su sombra, que a osa-
favorece la fortu-.
De un noble hidalgo manche-
contarás las aventu-,
a quien ociosas letu-,
trastornaron la cabe-:
damas, armas, caballe-,
le provocaron de mo-,
que, cual Orlando furio-,
templado a lo enamora-,
alcanzó a fuerza de bra-
a Dulcinea del Tobo-.
No indiscretos hieroglí-
estampes en el escu-,
que, cuando es todo figu-,
con ruines puntos se envi-.
Si en la dirección te humi-,
no dirá, mofante, algu-:
''¡Qué don Álvaro de Lu-,
qué Anibal el de Carta-,
qué rey Francisco en Espa-
se queja de la Fortu-!''
Pues al cielo no le plu-
que salieses tan ladi-
como el negro Juan Lati-,
hablar latines rehú-.
No me despuntes de agu-,
ni me alegues con filó-,
porque, torciendo la bo-,
dirá el que entiende la le-,
no un palmo de las ore-:
''¿Para qué conmigo flo-?''
No te metas en dibu-,
ni en saber vidas aje-,
que, en lo que no va ni vie-,
pasar de largo es cordu-.
Que suelen en caperu-
darles a los que grace-;
mas tú quémate las ce-
sólo en cobrar buena fa-;
que el que imprime neceda-
dalas a censo perpe-.
Advierte que es desati-,
siendo de vidrio el teja-,
tomar piedras en las ma-
para tirar al veci-.
Deja que el hombre de jui-,
en las obras que compo-,
se vaya con pies de plo-;
que el que saca a luz pape-
para entretener donce-
escribe a tontas y a lo-.
AMADÍS DE GAULA A DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
Tú, que imitaste la llorosa vida
que tuve, ausente y desdeñado sobre
el gran ribazo de la Peña Pobre,
de alegre a penitencia reducida;
tú, a quien los ojos dieron la bebida
de abundante licor, aunque salobre,
y alzándote la plata, estaño y cobre,
te dio la tierra en tierra la comida,
vive seguro de que eternamente,
en tanto, al menos, que en la cuarta
esfera,
sus caballos aguije el rubio Apolo,
tendrás claro renombre de valiente;
tu patria será en todas la primera;
tu sabio autor, al mundo único y solo.
DON BELIANÍS DE GRECIA A DON QUIJOTE DE LA
MANCHA
Soneto
Rompí, corté, abollé, y dije y hice
más que en el orbe caballero andante;
fui diestro, fui valiente, fui
arrogante;
mil agravios vengué, cien mil deshice.
Hazañas di a la Fama que eternice;
fui comedido y regalado amante;
fue enano para mí todo gigante,
y al duelo en cualquier punto
satisfice.
Tuve a mis pies postrada la Fortuna,
y trajo del copete mi cordura
a la calva Ocasión al estricote.
Más, aunque sobre el cuerno de la luna
siempre se vio encumbrada mi ventura,
tus proezas envidio, ¡oh gran Quijote!
LA SEÑORA ORIANA A DULCINEA DEL TOBOSO
Soneto
¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea,
por más comodidad y más reposo,
a Miraflores puesto en el Toboso,
y trocara sus Londres con tu aldea!
¡Oh, quién de tus deseos y librea
alma y cuerpo adornara, y del famoso
caballero que hiciste venturoso
mirara alguna desigual pelea!
¡Oh, quién tan castamente se escapara
del señor Amadís como tú hiciste
del comedido hidalgo don Quijote!
Que así envidiada fuera, y no
envidiara,
y fuera alegre el tiempo que fue
triste,
y gozara los gustos sin escote.
GANDALÍN, ESCUDERO DE AMADÍS DE GAULA, A SANCHO PANZA,
ESCUDERO DE DON QUIJOTE
Soneto
Salve, varón famoso, a quien Fortuna,
cuando en el trato escuderil te puso,
tan blanda y cuerdamente lo dispuso,
que lo pasaste sin desgracia alguna.
Ya la azada o la hoz poco repugna
al andante ejercicio; ya está en uso
la llaneza escudera, con que acuso
al soberbio que intenta hollar la luna.
Envidio a tu jumento y a tu nombre,
y a tus alforjas igualmente invidio,
que mostraron tu cuerda providencia.
Salve otra vez, ¡oh Sancho!, tan buen
hombre,
que a solo tú nuestro español Ovidio
con buzcorona te hace reverencia.
DEL DONOSO, POETA ENTREVERADO, A SANCHO PANZA Y
ROCINANTE
Soy Sancho Panza, escude-
del manchego don Quijo-.
Puse pies en polvoro-,
por vivir a lo discre-;
que el tácito Villadie-
toda su razón de esta-
cifró en una retira-,
según siente Celesti-,
libro, en mi opinión, divi-
si encubriera más lo huma-.
A Rocinante
Soy Rocinante, el famo-
bisnieto del gran Babie-.
Por pecados de flaque-,
fui a poder de un don Quijo-.
Parejas corrí a lo flo-;
mas, por uña de caba-,
no se me escapó ceba-;
que esto saqué a Lazari-
cuando, para hurtar el vi-
al ciego, le di la pa-.
ORLANDO FURIOSO A DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
Si no eres par, tampoco le has tenido:
que par pudieras ser entre mil pares;
ni puede haberle donde tú te hallares,
invito vencedor, jamás vencido.
Orlando soy, Quijote, que, perdido
por Angélica, vi remotos mares,
ofreciendo a la Fama en sus altares
aquel valor que respetó el olvido.
No puedo ser tu igual; que este decoro
se debe a tus proezas y a tu fama,
puesto que, como yo, perdiste el seso.
Mas serlo has mío, si al soberbio moro
y cita fiero domas, que hoy nos llama
iguales en amor con mal suceso.
EL CABALLERO DEL FEBO A DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
A vuestra espada no igualó la mía,
Febo español, curioso cortesano,
ni a la alta gloria de valor mi mano,
que rayo fue do nace y muere el día.
Imperios desprecié; la monarquía
que me ofreció el Oriente rojo en vano
dejé, por ver el rostro soberano
de Claridiana, aurora hermosa mía.
Améla por milagro único y raro,
y, ausente en su desgracia, el propio
infierno
temió mi brazo, que domó su rabia.
Mas vos, godo Quijote, ilustre y claro,
por Dulcinea sois al mundo eterno,
y ella, por vos, famosa, honesta y
sabia.
DE SOLISDÁN A DON QUIJOTE DE LA MANCHA
Soneto
Maguer, señor Quijote, que sandeces
vos tengan el cerbelo derrumbado,
nunca seréis de alguno reprochado
por home de obras viles y soeces.
Serán vuesas fazañas los joeces,
pues tuertos desfaciendo habéis andado,
siendo vegadas mil apaleado
por follones cautivos y raheces.
Y si la vuesa linda Dulcinea
desaguisado contra vos comete,
ni a vuesas cuitas muestra buen
talante,
en tal desmán, vueso conorte sea
que Sancho Panza fue mal alcagüete,
necio él, dura ella, y vos no amante.
DIÁLOGO ENTRE BABIECA Y ROCINANTE
Soneto
B. ¿Cómo estáis, Rocinante, tan
delgado?
R. Porque nunca se come, y se trabaja.
B. Pues, ¿qué es de la cebada y de la
paja?
R. No me deja mi amo ni un bocado.
B. Andá, señor, que estáis muy mal
criado,
pues vuestra lengua de asno al amo
ultraja.
R. Asno se es de la cuna a la mortaja.
¿Queréislo ver? Miraldo enamorado.
B. ¿Es necedad amar? R. No es gran
prudencia.
B. Metafísico estáis. R. Es que no
como.
B. Quejaos del escudero. R. No es
bastante.
¿Cómo me he de quejar en mi dolencia,
si el amo y escudero o mayordomo
son tan rocines como Rocinante?
Primera parte del ingenioso hidalgo don Quijote de la
Mancha
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme,
no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en
astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla
de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y
quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de
añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda.
El resto della concluían sayo de velarte, calzas de velludo para
las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo, y los días de
entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino. Tenía en su
casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no
llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba
el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro
hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de
carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza.
Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que
en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso
escriben; aunque, por conjeturas verosímiles, se deja entender que
se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta
que en la narración dél no se salga un punto de la verdad.
Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que
estaba ocioso, que eran los más del año, se daba a leer libros de
caballerías, con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo
punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su
hacienda. Y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que
vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros
de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos
pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como
los que compuso el famoso Feliciano de Silva, porque la claridad de
su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas,
y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de
desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: La razón de la
sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece,
que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Y también cuando
leía: ...los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con
las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento
que merece la vuestra grandeza.
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y
desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se
lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara
para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianís
daba y recebía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que
le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo
lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa en su autor
aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable
aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma y dalle
fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo
hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos
pensamientos no se lo estorbaran. Tuvo muchas veces competencia con
el cura de su lugar —que era hombre docto, graduado en Sigüenza—,
sobre cuál había sido mejor caballero: Palmerín de Ingalaterra o
Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mesmo pueblo, decía
que ninguno llegaba al Caballero del Febo, y que si alguno se le
podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque
tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero
melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la
valentía no le iba en zaga.
En resolución, él se enfrascó tanto en su letura, que se le
pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio
en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el
celebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la
fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de
encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas,
requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele
de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina
de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para él no
había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy
Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con
el Caballero de la Ardiente Espada, que de sólo un revés había
partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba
con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a
Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando
ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho
bien del gigante Morgante, porque, con ser de aquella generación
gigantea, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era
afable y bien criado. Pero, sobre todos, estaba bien con Reinaldos
de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar
cuantos topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma que
era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano
de coces al traidor de Galalón, al ama que tenía, y aun a su
sobrina de añadidura.
En efeto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño
pensamiento que jamás dio loco en el mundo; y fue que le pareció
convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para
el servicio de su república, hacerse caballero andante, y irse por
todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a
ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros
andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y
poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase
eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor
de su brazo, por lo menos, del imperio de Trapisonda; y así, con
estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en
ellos sentía, se dio priesa a poner en efeto lo que deseaba.
Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido
de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos
siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón.
Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo, pero vio que tenían una
gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión
simple; mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un
modo de media celada, que, encajada con el morrión, hacían una
apariencia de celada entera. Es verdad que para probar si era
fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y
le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que
había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad
con que la había hecho pedazos, y, por asegurarse deste peligro, la
tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de
dentro, de tal manera que él quedó satisfecho de su fortaleza; y,
sin querer hacer nueva experiencia della, la diputó y tuvo por
celada finísima de encaje.
Fue luego a ver su rocín, y, aunque tenía más cuartos que un
real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et
ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el
del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar
qué nombre le pondría; porque, según se decía él a sí mesmo, no era
razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí,
estuviese sin nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de
manera que declarase quién había sido, antes que fuese de caballero
andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón
que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le
cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al
nuevo ejercicio que ya profesaba. Y así, después de muchos nombres
que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su
memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante: nombre, a
su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido
cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y
primero de todos los rocines del mundo.
Puesto nombre, y tan a su gusto, a su caballo, quiso
ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento duró otros ocho días, y
al cabo se vino a llamar don Quijote; de donde —como queda dicho—
tomaron ocasión los autores desta tan verdadera historia que, sin
duda, se debía de llamar Quijada, y no Quesada, como otros
quisieron decir. Pero, acordándose que el valeroso Amadís no sólo
se había contentado con llamarse Amadís a secas, sino que añadió el
nombre de su reino y patria, por Hepila famosa, y se llamó Amadís
de Gaula, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre
de la suya y llamarse don Quijote de la Mancha, con que, a su
parecer, declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con
tomar el sobrenombre della.
Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto
nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que
no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse;
porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin
fruto y cuerpo sin alma. Decíase él a sí:
— Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me
encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece
a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto
por mitad del cuerpo, o, finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será
bien tener a quien enviarle presentado y que entre y se hinque de
rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendido:
''Yo, señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula
Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se
debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó
que me presentase ante vuestra merced, para que la vuestra grandeza
disponga de mí a su talante''?
¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho
este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama! Y
fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una
moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo
enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo, ni le dio
cata dello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a ésta le pareció ser bien
darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre
que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de
princesa y gran señora, vino a llamarla Dulcinea del Toboso, porque
era natural del Toboso; nombre, a su parecer, músico y peregrino y
significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había
puesto.
Hechas, pues, estas prevenciones, no quiso aguardar más
tiempo a poner en efeto su pensamiento, apretándole a ello la falta
que él pensaba que hacía en el mundo su tardanza, según eran los
agravios que pensaba deshacer, tuertos que enderezar, sinrazones
que emendar, y abusos que mejorar y deudas que satisfacer. Y así,
sin dar parte a persona alguna de su intención, y sin que nadie le
viese, una mañana, antes del día, que era uno de los calurosos del
mes de julio, se armó de todas sus armas, subió sobre Rocinante,
puesta su mal compuesta celada, embrazó su adarga, tomó su lanza,
y, por la puerta falsa de un corral, salió al campo con grandísimo
contento y alborozo de ver con cuánta facilidad había dado
principio a su buen deseo. Mas, apenas se vio en el campo, cuando
le asaltó un pensamiento terrible, y tal, que por poco le hiciera
dejar la comenzada empresa; y fue que le vino a la memoria que no
era armado caballero, y que, conforme a ley de caballería, ni podía
ni debía tomar armas con ningún caballero; y, puesto que lo fuera,
había de llevar armas blancas, como novel caballero, sin empresa en
el escudo, hasta que por su esfuerzo la ganase. Estos pensamientos
le hicieron titubear en su propósito; mas, pudiendo más su locura
que otra razón alguna, propuso de hacerse armar caballero del
primero que topase, a imitación de otros muchos que así lo
hicieron, según él había leído en los libros que tal le tenían. En
lo de las armas blancas, pensaba limpiarlas de manera, en teniendo
lugar, que lo fuesen más que un armiño; y con esto se quietó y
prosiguió su camino, sin llevar otro que aquel que su caballo
quería, creyendo que en aquello consistía la fuerza de las
aventuras.
Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba
hablando consigo mesmo y diciendo:
— ¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga
a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que
los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera
salidad tan de mañana, desta manera?: «Apenas había el rubicundo
Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas
hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados
pajarillos con sus arpadas lenguas habían saludado con dulce y
meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la
blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del
manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso
caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas,
subió sobre su famoso caballo Rocinante, y comenzó a caminar por el
antiguo y conocido campo de Montiel».
Y era la verdad que por él caminaba. Y añadió
diciendo:
— Dichosa edad, y siglo dichoso aquel adonde saldrán a luz
las famosas hazañas mías, dignas de entallarse en bronces,
esculpirse en mármoles y pintarse en tablas para memoria en lo
futuro. ¡Oh tú, sabio encantador, quienquiera que seas, a quien ha
de tocar el ser coronista desta peregrina historia, ruégote que no
te olvides de mi buen Rocinante, compañero eterno mío en todos mis
caminos y carreras!
Luego volvía diciendo, como si verdaderamente fuera
enamorado:
— ¡Oh princesa Dulcinea, señora deste cautivo corazón!, mucho
agravio me habedes fecho en despedirme y reprocharme con el
riguroso afincamiento de mandarme no parecer ante la vuestra
fermosura. Plégaos, señora, de membraros deste vuestro sujeto
corazón, que tantas cuitas por vuestro amor padece.
Con éstos iba ensartando otros disparates, todos al modo de
los que sus libros le habían enseñado, imitando en cuanto podía su
lenguaje. Con esto, caminaba tan despacio, y el sol entraba tan
apriesa y con tanto ardor, que fuera bastante a derretirle los
sesos, si algunos tuviera.
Casi todo aquel día caminó sin acontecerle cosa que de contar
fuese, de lo cual se desesperaba, porque quisiera topar luego luego
con quien hacer experiencia del valor de su fuerte brazo. Autores
hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del
Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero,
lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado
escrito en los Anales de la Mancha, es que él anduvo todo aquel
día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos
de hambre; y que, mirando a todas partes por ver si descubriría
algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde
pudiese remediar su mucha hambre y necesidad, vio, no lejos del
camino por donde iba, una venta, que fue como si viera una estrella
que, no a los portales, sino a los alcázares de su redención le
encaminaba. Diose priesa a caminar, y llegó a ella a tiempo que
anochecía.
Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que
llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que
en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada; y, como a
nuestro aventurero todo cuanto pensaba, veía o imaginaba le parecía
ser hecho y pasar al modo de lo que había leído, luego que vio la
venta, se le representó que era un castillo con sus cuatro torres y
chapiteles de luciente plata, sin faltarle su puente levadiza y
honda cava, con todos aquellos adherentes que semejantes castillos
se pintan. Fuese llegando a la venta, que a él le parecía castillo,
y a poco trecho della detuvo las riendas a Rocinante, esperando que
algún enano se pusiese entre las almenas a dar señal con alguna
trompeta de que llegaba caballero al castillo. Pero, como vio que
se tardaban y que Rocinante se daba priesa por llegar a la
caballeriza, se llegó a la puerta de la venta, y vio a las dos
destraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos
hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta
del castillo se estaban solazando. En esto, sucedió acaso que un
porquero que andaba recogiendo de unos rastrojos una manada de
puercos —que, sin perdón, así se llaman— tocó un cuerno, a cuya
señal ellos se recogen, y al instante se le representó a don
Quijote lo que deseaba, que era que algún enano hacía señal de su
venida; y así, con estraño contento, llegó a la venta y a las
damas, las cuales, como vieron venir un hombre de aquella suerte,
armado y con lanza y adarga, llenas de miedo, se iban a entrar en
la venta; pero don Quijote, coligiendo por su huida su miedo,
alzándose la visera de papelón y descubriendo su seco y polvoroso
rostro, con gentil talante y voz reposada, les dijo:
— No fuyan las vuestras mercedes ni teman desaguisado alguno;
ca a la orden de caballería que profeso non toca ni atañe facerle a
ninguno, cuanto más a tan altas doncellas como vuestras presencias
demuestran.
Mirábanle las mozas, y andaban con los ojos buscándole el
rostro, que la mala visera le encubría; mas, como se oyeron llamar
doncellas, cosa tan fuera de su profesión, no pudieron tener la
risa, y fue de manera que don Quijote vino a correrse y a
decirles:
— Bien parece la mesura en las fermosas, y es mucha sandez
además la risa que de leve causa procede; pero no vos lo digo
porque os acuitedes ni mostredes mal talante; que el mío non es de
ál que de serviros.
El lenguaje, no entendido de las señoras, y el mal talle de
nuestro caballero acrecentaba en ellas la risa y en él el enojo; y
pasara muy adelante si a aquel punto no saliera el ventero, hombre
que, por ser muy gordo, era muy pacífico, el cual, viendo aquella
figura contrahecha, armada de armas tan desiguales como eran la
brida, lanza, adarga y coselete, no estuvo en nada en acompañar a
las doncellas en las muestras de su contento. Mas, en efeto,
temiendo la máquina de tantos pertrechos, determinó de hablarle
comedidamente; y así, le dijo:
— Si vuestra merced, señor caballero, busca posada, amén del
lecho (porque en esta venta no hay ninguno), todo lo demás se
hallará en ella en mucha abundancia.
Viendo don Quijote la humildad del alcaide de la fortaleza,
que tal le pareció a él el ventero y la venta, respondió:
-Para mí, señor castellano, cualquiera cosa basta,
porque
mis arreos son las armas,
mi descanso el pelear, etc.
Pensó el huésped que el haberle llamado castellano había sido
por haberle parecido de los sanos de Castilla, aunque él era
andaluz, y de los de la playa de Sanlúcar, no menos ladrón que
Caco, ni menos maleante que estudiantado paje; y así, le
respondió:
— Según eso, las camas de vuestra merced serán duras peñas, y
su dormir, siempre velar; y siendo así, bien se puede apear, con
seguridad de hallar en esta choza ocasión y ocasiones para no
dormir en todo un año, cuanto más en una noche.
Y, diciendo esto, fue a tener el estribo a don Quijote, el
cual se apeó con mucha dificultad y trabajo, como aquel que en todo
aquel día no se había desayunado.
Dijo luego al huésped que le tuviese mucho cuidado de su
caballo, porque era la mejor pieza que comía pan en el mundo.
Miróle el ventero, y no le pareció tan bueno como don Quijote
decía, ni aun la mitad; y, acomodándole en la caballeriza, volvió a
ver lo que su huésped mandaba, al cual estaban desarmando las
doncellas, que ya se habían reconciliado con él; las cuales, aunque
le habían quitado el peto y el espaldar, jamás supieron ni pudieron
desencajarle la gola, ni quitalle la contrahecha celada, que traía
atada con unas cintas verdes, y era menester cortarlas, por no
poderse quitar los ñudos; mas él no lo quiso consentir en ninguna
manera, y así, se quedó toda aquella noche con la celada puesta,
que era la más graciosa y estraña figura que se pudiera pensar; y,
al desarmarle, como él se imaginaba que aquellas traídas y llevadas
que le desarmaban eran algunas principales señoras y damas de aquel
castillo, les dijo con mucho donaire:
-Nunca fuera caballero
de damas tan bien servido
como fuera don Quijote
cuando de su aldea vino:
doncellas curaban dél;
princesas, del su rocino,
Las mozas, que no estaban hechas a oír semejantes retóricas,
no respondían palabra; sólo le preguntaron si quería comer alguna
cosa.
— Cualquiera yantaría yo —respondió don Quijote—, porque, a
lo que entiendo, me haría mucho al caso.
A dicha, acertó a ser viernes aquel día, y no había en toda
la venta sino unas raciones de un pescado que en Castilla llaman
abadejo, y en Andalucía bacallao, y en otras partes curadillo, y en
otras truchuela. Preguntáronle si por ventura comería su merced
truchuela, que no había otro pescado que dalle a comer.
— Como haya muchas truchuelas —respondió don Quijote—, podrán
servir de una trucha, porque eso se me da que me den ocho reales en
sencillos que en una pieza de a ocho. Cuanto más, que podría ser
que fuesen estas truchuelas como la ternera, que es mejor que la
vaca, y el cabrito que el cabrón. Pero, sea lo que fuere, venga
luego, que el trabajo y peso de las armas no se puede llevar sin el
gobierno de las tripas.
Pusiéronle la mesa a la puerta de la venta, por el fresco, y
trújole el huésped una porción del mal remojado y peor cocido
bacallao, y un pan tan negro y mugriento como sus armas; pero era
materia de grande risa verle comer, porque, como tenía puesta la
celada y alzada la visera, no podía poner nada en la boca con sus
manos si otro no se lo daba y ponía; y ansí, una de aquellas
señoras servía deste menester. Mas, al darle de beber, no fue
posible, ni lo fuera si el ventero no horadara una caña, y puesto
el un cabo en la boca, por el otro le iba echando el vino; y todo
esto lo recebía en paciencia, a trueco de no romper las cintas de
la celada.
Estando en esto, llegó acaso a la venta un castrador de
puercos; y, así como llegó, sonó su silbato de cañas cuatro o cinco
veces, con lo cual acabó de confirmar don Quijote que estaba en
algún famoso castillo, y que le servían con música, y que el
abadejo eran truchas; el pan, candeal; y las rameras, damas; y el
ventero, castellano del castillo, y con esto daba por bien empleada
su determinación y salida. Mas lo que más le fatigaba era el no
verse armado caballero, por parecerle que no se podría poner
legítimamente en aventura alguna sin recebir la orden de
caballería.