Las pruebas de Eetes

A la mañana siguiente, Eetes le entregó a Jasón los dientes de dragón, aunque suponía que antes lo matarían los toros y no llegaría a usarlos. Después, vestido con su coraza, su casco de oro, su escudo y su terrible lanza, recorrió las calles de la ciudad sobre su carro, seguido por una muchedumbre.

Por su parte, Jasón también salió con los Argonautas hacia el lugar convenido. Pero antes de llegar, se untó el cuerpo con el filtro y lo roció sobre el escudo, la lanza y la espada. De inmediato sintió un enorme valor, además de una fuerza increíble. Y cuando estuvo listo, todos continuaron el camino hacia la llanura de Ares, donde se realizarían las pruebas. Allí encontraron a Eetes y a todos los habitantes de la Cólquida. Jasón dejó su lanza junto a los yugos y al arado, y esperó a los poderosos toros, resguardado detrás de su escudo.

Los dos animales aparecieron envueltos en humo y lo golpearon con sus cuernos. Pero el choque no hizo retroceder al héroe ni siquiera un poco. Después, lanzaron una llamarada que lo rodeó. Pero el filtro de Medea lo protegía. Entonces sujetó a las bestias por los cuernos y las hizo poner de rodillas. Después les colocó el yugo y las ató al arado.

Al principio los toros se resistían enfurecidos, resoplando chorros de fuego. Pero pronto comenzaron a marchar. A su paso, el arado abría la dura tierra y Jasón iba tirando los dientes de dragón en los surcos. Al atardecer, la tarea estaba terminada.

Los guerreros terrígenos empezaban a brotar en la tierra como espigas, con sus pesados escudos, sus lanzas y sus cascos brillantes. Jasón recordó las instrucciones de Medea. Entonces recogió del suelo una gran piedra redonda y la lanzó con fuerza hacia ellos sin que ninguno lo viera. Inmediatamente, los terrígenos comenzaron a culparse del golpe entre sí y a golpearse unos a otros. Hasta que fueron cayendo sobre la tierra, como pinos que derriba el viento.

Jasón se enfrentó a los que todavía quedaban vivos. Algunos habían brotado hasta la cintura y otros solo hasta los hombros; algunos se acababan de poner de pie y otros se apresuraban para iniciar el combate. El héroe desenfundó su espada y los atacó. De ese modo terminó con la cosecha de guerreros.

Al ver lo sucedido, Eetes se enfureció. El día llegaba a su fin y las pruebas habían sido superadas. Pero el Rey volvía a la ciudad, meditando de qué modo acabaría con Jasón, pues no estaba dispuesto a entregarle el vellocino de oro.

La recuperación del vellocino

Eetes sospechaba que su hija había ayudado a Jasón. Medea sabía que estaba en peligro. Entonces decidió huir y solo se llevó los frascos con los hechizos. Corrió con la cabeza cubierta por un manto, hasta que atravesó la muralla de la ciudad, sin que los centinelas la reconocieran. Desde allí se dirigió al campamento de los Argonautas.

Apenas llegó, la doncella habló con Jasón y con los hijos de Frixo, y les advirtió sobre el peligro que los amenazaba.

–Huyamos antes de que mi padre nos alcance –les propuso–. Porque si él nos encuentra, estaremos perdidos. Yo haré que recuperen el vellocino de oro.

Después les aconsejó conducir la nave hasta las costas del bosque sagrado de Ares. Durante la noche se apoderarían del vellocino y se irían antes de que Eetes se diera cuenta. Y como todos estaban ansiosos por emprender el regreso a la patria, de inmediato se pusieron en marcha.

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Muy pronto llegaron al bosque de Ares. Jasón y Medea fueron en busca del inmenso roble sobre el que estaba colgada la famosa piel dorada. Pero el dragón vigilante, con su larguísimo cuello y sus ojos que nunca duermen, ya los había visto acercarse y los esperaba.

Mientras se ponía de pie, el movimiento de sus escamas produjo un silbido tan monstruoso que hizo temblar el inmenso bosque. Entonces Medea invocó la protección del Sueño. Y el Sueño, con su dulce encantamiento, hechizó al monstruo, que se fue estirando. Pero todavía mantenía la cabeza en alto y estaba dispuesto a matarlos lanzando sus lenguas de fuego. Por eso, Medea empezó a rociarle los ojos con un líquido, hasta que el olor del filtro hizo efecto. En ese momento, el monstruo apoyó la cabeza sobre el suelo y su inmenso cuerpo quedó desparramado bajo los árboles del bosque. Jasón descolgó el vellocino y, antes de que el dragón volviera a despertarse, emprendieron el regreso hacia la nave.

Los Argonautas se quedaron asombrados observando el vellocino, que brillaba como el rayo de Zeus, hasta que Jasón lo cubrió con un manto y les habló desde la proa.

–Compañeros, no demoremos el regreso –les dijo con voz decidida–. Por el momento estamos a salvo, mas no dudo de que Eetes vendrá a buscarnos. Así que debemos estar preparados.

Los demás le respondieron con un grito de entusiasmo. Después cortaron las amarras y comenzaron a remar.

Un regreso accidentado

El soberbio Eetes descubrió la traición de Medea y con su ejército, que era tan numeroso como las hojas que caen en otoño, fue a buscar a los fugitivos.

Pero el viento que llevaría a los Argonautas de vuelta a la patria soplaba ligero, por obra de la diosa Hera. Y no solo con el viento los ayudó. También les envió otro prodigio, para que encontraran la ruta de regreso: delante de ellos se dibujó un camino de luz celeste, que marcaba por dónde debían navegar. Con esos auxilios y su valentía, lograron escapar.

Navegaron sin descanso y dejaron atrás Corcira, Mélita, Ninfea y la isla de Ámbar. Entraron en el profundo Ródano, que nace lejos, donde están las Puertas de la Noche. Y después de muchos días, llegaron a las islas Estécadas y Etalia. Desde allí se dirigieron rápidamente al mar Ausonio y a la península Tirrena. Lo que les esperaba más adelante era la boca de un canal que ningún navío superaba sin ayuda divina. Porque ahí habitaban Escila y Caribdis.

Caribdis era un monstruo marino que, tres veces al día, tragaba enormes cantidades de agua. Y cada vez que lo hacía, en el mar se formaba un remolino que engullía todo lo que estaba cerca. Pero cuando los barcos intentaban alejarse de su boca, como el paso era muy estrecho, debían acercarse al lado opuesto, donde estaba la gruta de Escila. Y este otro monstruo de seis cabezas se comía todo lo que tenía cerca, con sus seis bocas.

Hera vio a los Argonautas acercarse al peligro y le envió un mensaje a Eolo. Le ordenaba que detuviera los vientos para que no se elevaran las olas, y que solo hiciera soplar el suave Céfiro. Después mandó a llamar a la diosa Tetis, quien viajó desde el mar hasta el Olimpo. Y cuando estuvieron juntas, le comunicó su decisión:

–Tetis, sabes cuánto estimo a Jasón y también a sus compañeros de aventura, y cómo los salvé al cruzar las Rocas Chocantes. Pero ahora les espera el camino que pasa entre Escila y Caribdis. Para superarlo con éxito, necesitarán tu ayuda. Eolo detendrá los vientos, excepto el Céfiro. Tú debes protegerlos de las rocas y de las olas. Y no los dejes acercarse a Caribdis, para que no los arrastre y se los trague. Ni navegar cerca de la horrible caverna de Escila, no vaya a atacarlos con sus horrorosas mandíbulas. Dirige la nave hacia donde haya algún escape de la muerte, aunque sea pequeño.

Así habló Hera, y Tetis le respondió:

–Si las tormentas se calman, te aseguro que salvaré la nave. Iré ya mismo a buscar a mis hermanas, para que me ayuden.

Tetis se lanzó a las profundidades del mar en busca de sus hermanas, las otras Nereidas. Y después, más veloz que un destello, nadó hasta la península Tirrena. Allí encontró a los héroes junto a la nave y les dijo:

–No se demoren en esta costa. Deben partir al alba. Con mis hermanas, los ayudaremos a cruzar entre Escila y Caribdis. Esa es la ruta que les marca la fortuna.

Por eso al día siguiente, apenas comenzó a soplar el suave Céfiro, los Argonautas desplegaron las velas y comenzaron a navegar. Hasta que divisaron un estrecho, que significaba un peligro mortal. Por un lado se veía a Escila, con sus seis enormes bocas. Y por el otro, la inquieta Caribdis arremolinaba el agua, abriendo un embudo que chupaba todo hacia las profundidades. Pero en ese lugar también aparecieron las Nereidas, nadando como delfines alrededor del Argo.

Para esquivar a los monstruos, los Argonautas estaban a punto de chocar contra los peñascos, cuando Tetis tomó el timón y enderezó la nave. Y sus hermanas comenzaron a empujarla de un lado al otro, evitando que las rocas y las violentas olas la destruyeran. Una recibía la nave y, cuando se acercaba a un peñasco, la enviaba hasta los brazos de su hermana. Y así la movían de un lado al otro, como si jugaran con una pelota en la playa.

Durante todo un día, las Nereidas condujeron la nave hasta que por fin pudo salir de ese atolladero y correr a toda vela, aprovechando el viento. Y todo ese tiempo Hera, desde el Olimpo, contempló el espectáculo que, realmente, producía mucho temor.

Ya más tranquilos, llegaron a la isla de Sicilia, donde gobernaba el rey Alcinoo. Allí los Argonautas desembarcaron y fueron muy bien recibidos. Pero en medio del festejo de bienvenida, apareció uno de los ejércitos de Eetes, buscando a Medea.