Texto: Francisco Serrano
Ilustraciones: Claudia Legnazzi
Cuando llegó a su casa, el profesor Persiles Tarantado se sorprendió: debajo de la puerta había un mensaje de la Oficina de Correos con el aviso de que a la mañana siguiente pasarían a entregarle un par de cajas que le habían sido enviadas desde Rumania.
–¿De Rumania? —se dijo—; ¡qué raro! No conozco a nadie de ese país. Debe tratarse de un error. Pero no: ahí estaba su nombre, mal escrito, pero su nombre, y su dirección, no cabía duda: Excmo. “Excmo, ¿qué querrá decir excmo?”, se preguntó el profesor. Aclaremos que el profesor Tarantado para nada era doctor. Había estudiado química en su ciudad natal, había querido progresar, había viajado a la capital y se ganaba la vida trabajando en un laboratorio de análisis clínicos. Por las noches, sin embargo, en secreto, Persiles Tarantado tenía otra ocupación: había instalado un pequeño laboratorio en su cuarto de baño y se pasaba las horas dedicado a la investigación de la sangre:
A los monstruos
su estructura, su composición, sus funciones. Según él, estaba a punto de descubrir una sustancia maravillosa que mezclada con el plasma sanguíneo lo vigorizaría de tal manera que casi no sería necesario comer. “Algún día”, pensaba el profesor, “publicaré mi descubrimiento y seré reconocido y famoso”. Quizás hasta le otorgaran el Premio Nobel. ¡Haber acabado para siempre con el hambre!
Pero por ahora nadie sabía de sus singulares investigaciones. Pobre, solitario, distraído, el profesor casi no tenía amigos y, desde luego, ninguno que viviera en Rumania.
Esa noche el profesor trabajó en su laboratorio hasta que el sueño lo venció.
Cuando se quedó solo, el profesor Tarantado no supo qué pensar: frente a él había dos enormes cajas de madera de origen desconocido; sintió que un escalofrío le recorría la espalda, pero picado por la curiosidad fue por un desarmador y se puso a levantar la tapa de la caja más grande. Adentro había...
A la mañana siguiente se presentaron dos empleados de la Oficina de Correos. Tocaron a la puerta del profesor Tarantado y le anunciaron que iban a subir las cajas.
–¿Las cajas?, ¿qué cajas...? Ah, sí —masculló don Persiles, todavía medio dormido, pues los empleados llegaron tan temprano que lo habían despertado—. La maniobra fue difícil porque en el edificio no había elevador, las escaleras eran muy angostas y las cajas eran bastante grandes y pesadas.
Los cargadores sudaron para subirlas.
Finalmente depositaron las voluminosas cajas en medio de la sala de la casa del profesor, quien bostezando preguntó: –¿Cuánto es?
–Nada —contestó el empleado—, todo está pagado. Gracias.
– Sí, de nada... Quiero decir, a usted.