Relatos de un hombre casado

 

“Velos caídos”

 

 

 

 

 

 

G. Narvreón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

© G. Narvreón

© RELATOS DE UN HOMBRE CASADO - Velos Caídos –

ISBN papel: 978-84-686-8092-7

ISBN pdf: 978-84-686-8093-4

ISBN epub: 978-84-686-8094-1

Impreso en España

Editado por Bubok Publishing S.L

 

 

 

 

 

 

 

 

Dedicatoria

 

A Andrea y a todas las mujeres que comprenden la diferencia entre el amor y los deseos sexuales más primitivos de cualquier hombre.

 

 

G. Narvreón

Índice
Portada
Título
Créditos
Dedicatoria
Índice
Introducción
Capítulo I
Deseos reprimidos
Capítulo II
Lanzado a la aventura
Capítulo III
Un mundo nuevo
Capítulo IV
Fausto, un Adonis de mármol
Capítulo V
Patricio, la primera advertencia…
Capítulo VI
Facundo, un macho bien plantado
Capítulo VII
Repitiendo con Facundo
Capítulo VIII
Marianito, el abogado
Capítulo IX
Encuentro postergado
Capítulo X
Una amistad conveniente
Capítulo XI
El compañero ideal
Capítulo XII
El depredador
Capítulo XIII
Chateando con Jorge
Capítulo XIV
Jorge, un torbellino
Capítulo XV
Transitando por un terreno pantanoso
Capítulo XVI
Jugando al límite
Capítulo XVII
Una decisión inteligente
Capítulo XVIII
Bicho raro
Capítulo XIX
La persona equivocada
Capítulo XX
Velos caídos
Capítulo XXI
Un reverendo idiota
Capítulo XXII
Vox populi
Capítulo XXIII
Decisión inesperada
Capítulo XXIV
Acomodando jugadores

 

Introducción

“...Ya está, lo sé todo...” Fueron las gélidas, tajantes y temibles palabras que emitió Andrea cuando Gonzalo se acercó a la cocina.

 

Solo era cuestión de tiempo y Gonzalo lo sabía; tenía claro, que más allá de sus sentimientos por Andrea y de las múltiples ocasiones en las que había estado a punto de confesárselo, finalmente, de una u otra manera, la verdad saldría a la luz… y ese fue el día…

 

 

 

 

G. Narvreón

 

Capítulo I

Deseos reprimidos

 

 

Imagino que desde siempre lo supe; la atracción que me provocaban los hombres era una realidad. El intentar comprenderlo y el autosatisfacer mis deseos, hicieron que mi paso hacia la adultez resultara complicado y tortuoso.

 

Tal como lo hace cualquier adolescente que comienza a explorar su cuerpo, tocándose el pene para masturbarse, yo, además, comencé a explorar otras zonas que también me resultaban erógenas y luego de debutar con mi primera puñeta, comencé a jugar con mi ano y a percibir sensaciones que también me resultaban sumamente placenteras.

 

Lejos estaba de contar con la información a la que se puede acceder hoy, ni Internet, ni líneas telefónicas de contactos, ni videos; solo alguna revista porno gay en algún puesto de la estación Retiro, que, en algunas ocasiones, al regresar del trabajo, me animé a comprar, hasta allí se limitaban mis posibilidades de acceder a otro hombre. Solo podía ser espectador en un vestuario, antes o luego de los entrenamientos de natación, momentos en los que compartíamos las duchas y caminábamos desnudos, sin ningún tipo de prejuicio.

 

Viene a mi memoria un episodio que me generaría una inmensa curiosidad y una duda, que lamentablemente, jamás pude ni podré despejar.

 

Mi miembro siempre superó el tamaño promedio y se hacía notar. Un día, en el vestuario del club, luego de un entrenamiento, recuerdo que caminaba desnudo hacia las duchas y en sentido contrario, venía el padre de una amiga de la adolescencia; el tipo era altísimo, peludísimo, un tremendo oso; jugaba al básquet y nos enseñaba ese deporte. En el momento de cruzarnos, fue más que notorio como llevó su mirada hacia mi paquete…

 

Esa imagen no la olvidaría jamás, porque me dejó pensando en que quizá, a ese hombre con aspecto de macho, que estaba casado y que tenía dos hijas, le gustase la pija y que quizá, se encamase con otros hombres… ¿Por qué no?

 

En ese entonces, todo me resultaba increíble; viéndolo a la distancia, me doy cuenta de que, probablemente, haya sido así…

 

Al ingresar a la facultad, comencé a escuchar comentarios sobre qué tal o cual docente era gay, cosa que para mí era una novedad, no porque no supiese que existieran, sino porque el hermetismo con el que yo vivía esa parte de mi ser, me había mantenido hasta entonces muy alejado de conocer en carne y hueso a un hombre con esas preferencias sexuales. Recuerdo a un docente apenas unos años mayor que yo, que se partía de lo bueno que estaba y que, aparentemente, vivía su homosexualidad con naturalidad; por cierto, muy valiente de su parte, ya que no era un tema común en ese momento y no existía el grado de permeabilidad ni la aceptación que existe hoy día en la sociedad en relación con este tema.

 

Allí fue donde conocí a Andrea, con quien compartiría mi vida y con quien, luego de un huracán que casi nos devastó, formaría una familia.

 

Transcurría el tiempo y mis hormonas y deseos reprimidos deberían de una u otra forma ser satisfechos. No me alcanzaba con masturbarme viendo alguna imagen en una revista o penetrándome con algún objeto… Necesitaba carne de verdad, necesitaba experimentar la sensación y el sentimiento me produciría al estar desnudo al lado de otro hombre y practicar sexo con él.

 

Finalmente, tuve el camino libre como para cruzar la frontera; solo era cuestión de animarse a hacerlo.

Capítulo II

Lanzado a la aventura

 

 

Aún vivía con mis padres, quienes, como todos los años previo al verano, en el mes de noviembre se irían unas semanas a la costa, por lo que yo me quedaría solo y con la casa a mi disposición.

 

Hacía un tiempo que había comenzado a encontrar en los clasificados de los diarios, anuncios de mujeres y de hombres ofreciendo servicios sexuales; esto me venía dando vueltas en la cabeza y lo veía como la única alternativa como para cruzar la línea e iniciarme en la bisexualidad.

 

Una noche, luego de dar vueltas y vueltas, nervioso, ansioso y temeroso, agarré el diario; leí y volví a leer un anuncio en el que se ofrecía ese tipo de servicios, por la zona de Belgrano, relativamente cerca de donde yo vivía…

 

Finalmente me animé y llamé, sin estar seguro sobre si me atrevería a hablar para contratar el servicio, o si cuando atendiesen, no me animaría a hablar y terminaría colgando, quedándome caliente y frustrado.

 

Me atendió una mujer a quien le conté lo que estaba buscando. Me comentó sobre la tarifa, que me pareció razonable y me dijo que había tres chicos disponibles, describiéndome las características de cada uno. Le dije que me interesaba el morocho peludito… Me pidió que le diese mi número de teléfono y mi dirección.

 

Fueron segundos de muchas dudas… ¿le daba los datos, me lanzaba a la aventura y finalmente cruzaba la línea, o continuaba con esa tremenda carga que, tarde o temprano, debería sacarme de encima.? Finalmente, le pasé los datos que me solicitaba y colgué.

 

Transcurrieron aproximadamente treinta minutos, en los que me mantuve atento, mirando por la ventana y sintiéndome realmente nervioso. Iba a ser mi debut con un tipo al que ni siquiera le había visto la cara y quien le pagaría por tener sexo. No tenía idea sobre comportamientos ni códigos, solo sabía que tendríamos sexo y no mucho más que eso.

 

Finalmente, vi que estacionaba un vehículo frente a casa, del que bajó un flaco. Salí para recibirlo y gratamente, me encontré con un tipo alto, linda cara, pelo negro, tez blanca; llevaba los botones superiores de la camisa desabrochados, por lo que se le podía ver el pecho bien poblado de vellos oscuros. Bastante acertada la descripción que la mina que me había atendido.

 

–Hola, soy Daniel –dijo.

 

–Hola, Daniel… Gonzalo –respondí.

 

–Hola, Gonza… ¿No hay problema de que deje el auto estacionado ahí? –preguntó Daniel.

 

–No, quédate tranquilo, no hay problema –respondí, ansioso porque entrara y para evitar que alguien pudiese vernos.

 

Viéndolo a la distancia, me doy cuenta de lo perseguido que estaba y de la paranoia que me aquejaba. Daniel podía haber sido un amigo como cualquier otro, solo que, como yo sabía que venía para tener sexo, imaginaba que el resto del barrio también lo sabría…

 

Ingresamos a mi casa y me pidió el teléfono para llamar al departamento; no existían los celulares y yo desconocía la manera en como se manejaba esta gente.

 

–Me tenés que abonar ahora, llamo para avisar que está todo ok y listo, nos relajamos –dijo Daniel.

 

–Ok –respondí.

 

Imaginé que estos tipos deberían encontrarse con gente rara, mucho loco suelto, por lo que seguían un protocolo para protegerse y tenían que informar que no existía problema alguno.

 

Le di el dinero, no recuerdo el monto y le indiqué donde estaba el teléfono. Llamó al departamento y mientras que lo hacía, me paré detrás de él.

 

Frente a la mesita donde estaba el teléfono, había un espejo en el que podía ver reflejado a Daniel; no pude resistirme más y temeroso por su reacción, extendí una mano para meterla por debajo de su camisa y la apoyé sobre su pecho peludo.

 

Daniel ni se inmutó y continuó hablando.

 

–Listo –dijo, mientras que colgaba.

 

Imagino que habrá percibido el temblor y el frío de mis manos; era la primera vez que tocaba el cuerpo de un tipo en un contexto sexual. Daniel tomó mis manos con las suyas y las guio, para que recorrieran lentamente todo su torso. Me sentí un adolescente principiante y en verdad, adolescente ya no era, pero principiante sí.

 

–¿Nos quedamos acá? –preguntó.

 

–No, no… vamos a mi cuarto –respondí.

 

Caminamos hacia mi cuarto. Finalmente estaba solo con otro hombre entre cuatro paredes y dispuesto a tener sexo.

 

Nuevamente comencé a franelearle el pecho firmemente, sin temor a su reacción; necesitaba experimentar y percibir que sensación me provocaba el acariciar un pecho firme y peludo.

 

Finalmente, el momento tan anhelado había llegado y ciertamente, me estaba gustando, me estaba calentando y mucho.

 

Evidentemente, Daniel estaba acostumbrado a estas situaciones y me dio el tiempo para que experimentase y para que lo tocase cuanto quisiera; después de todo, le estaba pagando por eso.

 

–¿Ya lo hiciste? –preguntó Daniel.

 

–Es mi primera vez con un hombre, ¿se nota? –pregunté.

 

–Solo que se te nota un poco tenso, relajate, que lo vamos a pasar bien, vas a ver que sí –respondió Daniel.

 

Se acercó hacia mí y me dio un tierno primer beso. Era la primera vez que mis labios tocaban los labios de otro hombre. Apoyó suavemente una mano detrás de mi nuca y comenzó a besarme más intensamente, recorriendo mi boca con su lengua.

 

Súbitamente, sentí que toda la sangre se me subía a la cabeza, que mis mejillas y orejas se ponían colorada y que mi pene sufría una erección espontánea. Lo abracé y nos besamos por largo rato. Comencé a recorrer su cuerpo con mis manos, bajé hacia sus nalgas, olí su cuello, sentí el roce de su barba.

 

Comencé a desprender los botones de su camisa, dejando su torso descubierto y me quité la remera; apoyé mi pecho sobre el suyo y pude percibir su calor. Mi miembro, completamente erecto, parecía explotar. Daniel lo notó, metió una mano por debajo de mi short y tomó mi pene fuertemente con su mano.

 

–¡Opa! Qué tenemos acá –dijo.

 

Bajó mi short y se puso en cuclillas para comenzar a mamármelo. No podía creer el tener a un macho agachado frente de mí, con mi pene dentro de su boca. Desde arriba, veía los pelos de su pecho, su barba sin afeitar, parecía tan macho y ahí lo tenía, mamándomela. Sentí que se me había puesto dura como roca.

 

Daniel subió y nuevamente me besó. Apoyo ambas manos por sobre mis hombros y ejerció presión, como invitándome a bajar. Me arrodillé en el piso, mientras que Daniel bajaba el cierre de su jean y dejaba salir su miembro, que era casi como el mío, carnoso, grueso y largo. Me hizo un gesto, invitándome a que se lo mamara. Cerré los ojos y lo metí en mi boca, intentando hacerlo de la mejor manera que me saliera, mientras que él desabrochaba la cintura y dejaba caer al piso su pantalón.

 

En medio de la exploración, metí más profundo su pene, haciendo que su glande llegase a mi campanilla… sentí una súbita arcada, por lo que me lo saqué de la boca y me incorporé, agitado, con la cara babeada y colorada. Daniel me abrazó y me invitó para que nos acostásemos. Le propuse tirar el colchón sobre el piso como para estar más cómodos.

 

Completamente desnudos, nos tiramos sobre el colchón.

 

Me tiré sobre Daniel y lo abracé, lo besé y comenzamos a revolcarnos, quedando alternadamente yo sobre él y él sobre mí. Sí que se sentía lindo, pecho contra pecho, el calor de otro cuerpo de hombre pegado al mío, los dos penes erectos apretados entre nuestras panzas. Necesitaba que me cojieran, quería sentir un pene real penetrándome y haciéndome vibrar, no aguantaba más.

 

–¡Cojeme! –dije, casi como ordenándoselo.

 

–Dale, claro que sí, me va a encantar hacerlo y ser el primero –respondió Daniel.

 

Me incorporé para agarrar una caja de preservativos que había comprado esperando esta ocasión y le alcancé uno para que se lo colocara.

 

–Se me baja con forrito –dijo.

 

Su comentario me sorprendió y me inquietó. No por el hecho de que se le bajara, cosa que a muchos hombres les sucedía; de hecho, a veces a mí también me sucedía, sino que me sorprendía e inquietaba el hecho de que, en una época en el que el HIV estaba en plena expansión y muy poco conocía la ciencia y la medicina sobre cómo controlarlo o combatirlo, este tipo que se dedicaba a brindar servicios sexuales, me estuviese diciendo que quería cojer, pero sin utilizar protección; todo una locura.

 

–Bueno flaco, pero sin forro, ni en pedo –dije.

 

A pesar de que Daniel parecía una persona súper tranquila, accesible, un tipo común, y educado, sentí cierta incomodidad, porque le había pagado por cojer y eso es lo que quería hacer; si se le paraba o no al ponerse un forro era un problema suyo.

 

Daniel comenzó a calzar el preservativo en su pene y a pajearse para lograr una buena erección. Lo que estaba presenciando, era mucho más de lo que hasta entonces había hecho; tener tirado sobre el colchón a un flaco alto y peludo, dándole a su pija con la mano, sí que estaba bueno.

 

Permanecí mirándolo un rato, hasta que sus palabras me sacaron de la especie de trance en el que me había metido, producto del espectáculo que me estaba brindando.

 

–¿Preferís subirte? –preguntó.

 

Había esperado largo tiempo por ese momento y aún no tenía preferencias en cuanto a las posiciones… solo quería sentirlo dentro de mí.

 

Tomé un tubo de lubricante, esparcí el frío gel a lo largo de su miembro y en mi ano y me posicioné en cuclillas, a la altura de su pelvis. Mientras que Daniel sostenía su pene con una mano, comencé a descender, hasta apoyar su glande en mi ano. Me mantuve en esa posición por unos instantes y continué descendiendo, sintiendo como mi esfínter cedía a la presión y por fin, el miembro de Daniel se introducía entero dentro de mí.

 

Mi ano no era virgen, no obstante, era mi desvirgue con un hombre de carne y hueso; finalmente tenía una pija adentro, que latía, que se percibía tibia y que se sentía hermosa.

 

Comencé a subir y a bajar, concentrándome en sentir cada estímulo, cada roce. Cada nueva penetración, generaba una reacción inmediata en mi pene; la presión de esa pija apretando mi próstata, el calor de su cuerpo, el estímulo visual de tener a un tipo tirado boca arriba, yo sentado sobre él, con su pene dentro de mi ano, me generaba un torbellino de sensaciones, que, hasta ese momento, solo había podido imaginar. La realidad, estaba superando a todo lo esperado.

 

Extrañamente, percibí que una gota de líquido pre seminal asomaba por mi glande, nada común en mí. No quería acabar y si estaba pagando, pretendía un servicio completo.

 

Me incorporé y sentí como el pene de Daniel salía de mi ano.

 

–Te la quiero poner –dije.

 

Daniel se quitó el preservativo, apoyó ambos brazos sobre el colchón, dejando su torso semi incorporado.

 

–Mirá, la verdad es que no lo hablamos, pero no me va mucho que me la pongan –contestó.

 

–Es verdad, no pregunté, solo supuse que pagaba por un servicio completo –repliqué.

 

Daniel se arrodilló, tomó mi nuca con una mano y me besó.

 

–Me caíste bien y me gustás; voy a hacer una excepción –dijo, poniéndose directamente en posición de perrito.

 

Uf… Muy fuerte para mí el tener a un macho entregándose de esa manera. Sentí que mi pija explotaba. Me puse un preservativo, unté mi pene y su ano con lubricante y me posicioné por detrás de él. Lo tomé de las caderas y sentí como mi miembro se deslizaba entre sus nalgas.

 

–Pará, pará… tenés la pija grande y un ano no es una concha… quédate quieto y déjame a mí –ordenó Daniel.

 

Obedecí y me quedé inmóvil, sintiendo mi glande apoyado en su ano y con mis manos aun tomando sus caderas.

 

Daniel comenzó a moverse lentamente, haciendo que mi glande se moviese de un lado hacia el otro entorno a su ano, ejerciendo un poco de presión y retirándose. Mi inexperiencia hizo que me mantuviese quieto, tal como él lo había indicado.

 

Continuó con ese juego, buscando su dilatación, y percibí que, lentamente, mi glande comenzaba a desaparecer dentro suyo.

 

–Dale –dijo Daniel.

 

No me lo debería decir dos veces. Afirmé mis rodillas e hice un movimiento con mi pelvis, logrando que mi pene se enterrase completo dentro de él. Daniel emitió una exclamación. La situación completa me elevó a un nivel de calentura nunca antes experimentado. Sentí que un irrefrenable orgasmo me invadía y en dos o tres movimientos, la carga de mis bolas comenzaba a llenar el preservativo. Pegué un grito de placer, que liberaba el inmenso peso provocada por años de represión.

 

Se la saqué, me quité el preservativo y me tiré boca arriba sobre el colchón. Comencé a tocarme el pene, haciendo que aparecieran las últimas gotas de semen. Daniel se incorporó, se paró a la altura de mis caderas, apoyando cada pie al lado de mi cuerpo, mirándome de frente y comenzó a masturbarse.

 

En segundos, su esperma quedaba depositado sobre mi panza y sobre mi pecho, enredándose entre mis pelos. Realmente fuerte la imagen de un tipo parado frente de mí y eyaculando sobre mi torso.

 

–¿Te gustó?, ¿estuve a la altura de tus expectativas? –preguntó Daniel.

 

–Lindo, linda experiencia –contesté.

 

No tenía ningún parámetro desde donde poder comparar. Salvo por la autoexploración y por el disfrute con una mujer, era mi primera vez con un hombre. A la distancia y comparado con todo lo que más tarde experimentaría, esta primera vez, seguramente no superaba una puntuación de cinco en una escala del uno al diez.

 

–Me permitís ir al baño –preguntó Daniel.

 

–Sí, claro, si te querés duchar, hacelo, no hay problemas –dije.

 

Me incorporé y lo acompañé, le alcancé un toallón, tomé papel higiénico, limpie mi torso, tire el papel en el inodoro y regresé a mi cuarto, subí el colchón a la cama y me puse el short y la remera.

 

Escuché que Daniel cerraba los grifos de la ducha y en minutos ingresaba al dormitorio, con el pelo mojado y con el toallón atado en su cintura; lo dejó caer y comenzó a cambiarse. Se puso el bóxer, el jean y la camisa. Se sentó en la cama para ponerse las zapatillas.

 

–Gonza, la verdad es que muy buena onda la tuya, ¿te vendrías el próximo fin de semana a una fiestita con amigos míos? De onda te lo digo, me refiero a que sin dinero de por medio, mis amigos estarían felices al ver ese pedazo –dijo Daniel.

 

Su comentario sí que me tomó por sorpresa. ¡Era mi primera vez con un macho, por el que incluso había pagado y de repente me estaba invitando a una fiesta sexual con amigos!

 

Si bien su propuesta me resultaba halagadora y me daba la pauta de que, de animarme a salir a en busca de hombres, no me resultaría complicado conseguir con quien tener sexo, su invitación superaba ampliamente los límites que yo estaba dispuesto a cruzar en ese momento y aun, de haberme animado, la reticencia inicial por parte de Daniel para usar preservativos, me hizo sospechar que no se cuidaba responsablemente, por lo que difícilmente lo hicieran sus amigos. Esto, definitivamente puso freno a cualquier tentación como para aceptar su oferta.

 

–Gracias, pero paso –respondí.

 

–Bueno, si cambias de opinión, simplemente llamá a donde llamaste hoy y pedís por mí –dijo Daniel.

 

–Dale, ok –respondí.

 

Lo acompañé hasta la calle, nos saludamos y jamás nos volvimos a ver.

 

Muchas veces pienso en él, e incluso, me pregunto si seguirá vivo; suena medio tétrico decirlo de esa manera, pero sí que eran épocas complicadas como para no cuidarse.

 

Luego de mi primera experiencia con Daniel, tuve algunas otras en las que pagué por sexo y que resultaron mediocres.

 

Afortunadamente, en poco tiempo, surgiría Internet, que traería un mundo nuevo de posibilidades para ser exploradas.

Capítulo III

Un mundo nuevo

 

 

Finalmente, Internet irrumpía en nuestras vidas y de la mano de esta nueva y maravillosa herramienta, comenzaban a aparecer sitios de contactos de todo tipo. En alguno de ellos, comencé a crear mis perfiles, primero, tímidamente y luego sin prejuicios de poner fotos en bolas y de liberarlas a quienes me lo pidieran y lógicamente, a quienes me interesaran.

 

Accedía diariamente, investigando e ingresando a un mundo nuevo que se abría ante mí y que me ofrecía la posibilidad de contactarme con infinidad de hombres que se encontraban en la búsqueda de establecer relaciones con otros hombres, algunos que intentaban satisfacer sus deseos ocultos y reprimidos, y otros que vivían su sexualidad libremente. Esta nueva herramienta, me dejaría ver que no estaba solo en esta aventura, que existían muchísimos pares, hombres que, aun viviendo con mujeres, casados o no, con hijos o sin ellos, disfrutaban al tener sexo con otros varones.

 

Ya no sería necesario pagar por sexo y fundamentalmente, si decidiera o me diese morbo hacerlo, sabría de antemano con quien me encontraría, ya que también aparecían páginas con ofertas de servicios sexuales en las que se incluían fotos.

 

Lentamente, iría descubriendo lo que más tarde entendí que era un verdadero “zoológico humano.”

 

Hasta ese momento, jamás hubiese imaginado la variedad de gustos, morbos y deseos sexuales ávidos por ser satisfechos; algunos de ellos me intrigaban, otros, hasta me producían rechazo…

 

Por ese entonces, Gaydar era mi página de cabecera para establecer contactos, sitio al que ingresaba diariamente, y fue allí donde me cruzaría con infinidad de hombres. La mayoría de ellos, no pasarían de ser contactos a quienes jamás conocería en persona; con otros, tendría algún encuentro furtivo, con unos pocos, mantendría un contacto más fluido y quienes, finalmente, se transformarían en amigarches, con quienes repetiría encuentros.

 

No obstante, más allá de las ganas, de la atracción física y de la química, las distancias, las coincidencias de horarios y muchas veces, el no disponer de lugar en donde hacerlo, hacía que no fuese sencillo combinar y concretar un encuentro, sumado al histeriqueo reinante en estos sitios.

 

Solo para hilar cronológicamente vivencias y experiencias que luego me llevarían a transitar por el terremoto sobre el cual más adelante les hablaré, es que comienzo a escarbar en mi memoria, y surgen infinidad de recuerdos de tipos con los que finalmente me encamé, algunos más lindos, otros no tanto, con más onda, con menos onda, buenos en la cama o no tan buenos…

 

Fabio fue uno de mis primeros amigarches, un osito rubión, peludo, de ojos claros, con quien me encontré en infinidad de ocasiones y quien me hizo explorar y aprender a disfrutar de mi rol como pasivo. Fabio también era un tipo tapado, vivía de manera oculta su sexualidad. Me gustaba verlo en bolas, tener su lomo peludo y rubio frente de mí, con mis patas enroscadas en su cintura; buena persona; linda experiencia, había piel, había química. Solo en una oportunidad pude cojérmelo. Finalmente, y no sé por qué, perdimos contacto y jamás nos volvimos a ver.

 

Otro amigarche fue Roberto, comisario de abordo, que cubría vuelos internacionales, a quien, de vez en cuando, visitaba en su departamento. Roberto era un poco mayor que yo, pero se mantenía en forma y era un gran tipo. Nunca pasó de ser simplemente sexo, ni siquiera explosivo, solo un momento de sexo como para sacarse la calentura. Cuando estaba en Baires me contactaba y lo hacíamos.

 

Coincidió con una etapa en la que mi mujer viajaba dos o tres días al mes por trabajo y yo hacía uso de mi soltería temporaria.

 

Recuerdo a Juan, que vivía a diez cuadras de casa. Una noche, nos cruzamos en el chat y en media hora, lo estaba pasando a buscar con el auto por la esquina de su casa, en la que vivía con sus padres. Un tipazo… su cara me hacía acordar a Baglietto en su juventud, aunque con lomo más morrudo y bien peludo, como me calientan. Con Juan pasé una linda noche, en la que recuerdo que, de manera muy distendida, desnudo y boca abajo se tiró sobre mi cama, entregado como para que me lo cojiera. Lindo tipo, al que, como me sucedió con tantos otros, no sé por qué, jamás volví a ver.

 

Vince, un inglés que vivía en Baires enseñando idiomas; altísimo, fulero de cara, pero con un lomo divino, hermosas patas y una onda increíble. Recuerdo como me calentaba cuando me decía “Be gently Gonza, please, be gently…” mientras me lo estaba cojiendo. Luego se trasladó a la India y seguimos en contacto durante un tiempo, hasta que dejamos de hacerlo.

 

Muchos encuentros furtivos con flacos sobre los que no recuerdo sus nombres ni sus rostros, pero con los que viví situaciones que me marcaron por haber sido las primeras, como el encuentro con uno que vivía en Belgrano, quien fue el primero que se paró, me alzó como pluma y me puso contra una pared para cojerme de parado, mientras que yo lo abrazaba con mis brazos y con mis piernas; solo recuerdo que era rubión, morrudo y peludo.

 

La misma experiencia la repetí con un flaco de aspecto turco, musculoso, morocho, que, a pesar de ser de mi tamaño, me levantó como pluma, me puso contra el placar y me garchó de parado, y a quien luego, le devolví la cojida sobre su cama.

 

Con el transcurrir de mis encuentros y de las experiencias sumadas, comenzaría a darme cuenta de que la belleza física no lo era todo; por supuesto que lo físico es lo que genera “prima facie” atracción o rechazo, aunque mi experiencia me comenzaba a demostrar, que, como expresa el dicho popular “Billetera mata galán” cabía otro que perfectamente podría enunciar “Piel y química matan galán” no me cabe dudas sobre esto y aplicaba perfecto a lo que me sucedería con Fausto.

Capítulo IV

Fausto, un Adonis de mármol

 

 

Nos habíamos cruzado en Gaydar y luego continuaríamos chateando en Messenger. En su perfil, Fausto había puesto una foto en la que estaba parado a orilla del mar, vistiendo una sunga celeste, no se le veía la cara, pero si el lomazo impecable. Era casado, vivía en zona norte, bastante cerca de donde vivía yo y trabajaba en Puerto Madero.

 

Comenzamos a chatear casi a diario, aunque aún no nos conocíamos las caras. Nuestra situación encajaba perfecto, ambos buscábamos un encuentro sexual con otro macho, los dos éramos casados, tapados, vivíamos por la misma zona. Fausto era más tapado y reprimido que yo, no se animaba a nada. Sospechaba que, seguramente, sus experiencias sexuales con otros hombres deberían ser escasas o casi nulas.

 

Luego de tanto chat y ante mi insistencia, sabiendo que diariamente tomaba el tren hacia el centro, logré convencerlo como para que una mañana, camino hacia su trabajo, se bajase en la estación cercana a casa; vivíamos solo a tres estaciones de distancia, por lo que resultaría una buena opción como para que, al menos, nos encontrásemos y tantear si valía la pena hacer el esfuerzo como para concretar un encuentro sexual.

 

Finalmente, combinamos día y hora. Se bajaría del tren y nuestro encuentro duraría lo que tardase en llegar la siguiente formación, ya que Fausto debía seguir camino hacia su trabajo.

 

Llego el día esperado, fui hasta la estación en auto y vistiendo ropa deportiva, el short blanco de rugby que solía usar en esa época, remera de manga corta y zapatillas de running. Estacioné y vi que se iba un tren, caminé apresurado hasta el andén en el que Fausto supuestamente se había bajado.

 

El andén quedó vacío, pero Fausto no estaba. Pensé que quizá, había cambiado de opinión y que no se había animado a bajar. A pesar de la decepción, decidí esperar al siguiente tren.

 

Transcurrieron diez minutos y otra formación se aproximó al andén, nuevamente, una multitud descendió del tren. En mi cabeza tenía una imagen más o menos armada de Fausto, seguramente los podría identificar, aunque realmente, había muchos machos facheros y no iba a parar a cada uno de ellos preguntándoles si se llamaban Fausto.

 

El andén comenzó a vaciarse y vi que, parado, ya casi solo, había un flaco que comenzaba a caminar hacia mí. No podía ser… era demasiado.

 

–¿Gonzalo? –preguntó tímidamente.

 

–Qué haces Fausto –respondí.

 

¡Se partía! Lentes de sol, cabello negro, tez blanca, cara angulosa, de macho destructor, más alto que yo, camisa escocesa en la gama de los azules, pantalón pinzado natural, mocasines náuticos y mochila al hombro. Parecía un modelo de gráfica de relojes o de perfumes… ¡Tremendo!

 

–Finalmente acá estamos –dijo Fausto.

 

–Sí, acá estamos y estás tremendamente fuerte macho –dije.

 

–Callate boludo –dijo Fausto.

 

No había quedado nadie en el andén, por lo que no entendía su temor o su vergüenza. Claramente, Fausto vivía en un tapper y no se atrevía siquiera a insinuar nada por fuera de cuatro paredes o de un chat.

 

–Vamos a casa que estoy solo –dije, sin dar vueltas y tirándome directamente a la pileta.

 

–No boludo, no me tientes que no puedo, el haberme bajado del tren ya hará que llegue tarde al laburo –respondió Fausto.

 

Ya tenía una intriga revelada. El “no me tientes,” me blanqueaba que Fausto tenía interés en encamarse conmigo.

 

–Bueno, como quieras, una pena, estoy re caliente y solito en casa –repliqué.

 

–No, no, yo también estoy al palo, pero no puedo, arreglemos para otro día –dijo Fausto.

 

Noté que se había puesto nervioso, se lo veía como debatiéndose entre ceder a la tentación e inventar algo que justificase su posible ausencia en el trabajo, o quedarse con las ganas e irse en el próximo tren.

 

Escuchamos la bocina del tren que se acercaba al andén.

 

–Ok, una lástima, arreglamos para otro día, pero mirá como me quedo –respondí, dirigiendo mi vista hacia mi bulto, que se notaba claramente hinchado.

 

Fausto miró y no emitió comentario alguno.

 

Llegó el tren y el andén se llenó de gente. Fausto desapareció entre la multitud; yo regresé hacia el auto, con la cabeza partida al medio, pensando en lo fuerte que estaba este pibe y con ganas de garchar con quien fuese como para sacarme la calentura.

 

Llegué a casa y me clavé tremenda paja; necesitaba aflojar tensión. Cada encuentro me llenaba de adrenalina y el no concretar, me dejaba cargado y tenso. Haber tenido a Fausto frente de mí, con la posibilidad de concretar y el no haber podido convencerlo como para que viniese a mi casa, me había elevado la calentura al extremo.

 

Me puse a trabajar con la computadora, intentando olvidarme de él.

 

Pasada una hora, me sorprendió una videoconferencia que solicitaba Fausto. Ya nos habíamos conocido personalmente y, evidentemente, se habían esfumado sus conflictos como para chatear con video incluido. Como él se encontraba en su oficina, mantuvimos silenciados los micrófonos, por lo que nos podíamos ver, pero sin hablar.

 

–¿Qué pasa?, ya ¿me extrañas? –pregunté, burlándolo.

 

–No boludo, llegué a la oficina y de la calentura con la que me quedé, me tuve que meter directo en el baño para clavarme una paja –dijo Fausto.

 

–¡Mirá vos! Yo también me acabo de clavar una, porque me dejaste re caliente –respondí.

 

–Sos un hijo de puta… apareciste en la estación con ese short de rugby ajustado, marcando bulto y mostrando tus patas armadas y peludas –dijo.

 

Bajé la cámara, enfocándola hacia mi bulto, con la clara intención de comerle la cabeza hasta que cediera a concretar un encuentro.

 

–Bueno, bolas, hace un rato tuviste la oportunidad, pero arrugaste –dije provocándolo.

 

–Hagámoslo mañana –contestó Fausto.

 

Sí que me sorprendía. Evidentemente, estaba muy necesitado de concretar un encuentro y no podía demorar más su deseo de estar con un hombre.

 

–¿Misma hora, mismo lugar? –pregunté.

 

–Dale –respondió Fausto.

 

Cerramos chat y me enfoqué en mi rutina, aunque transcurriría el resto del día un tanto ansioso por lo que podría suceder la mañana siguiente. La idea de encamarme con Fausto era más que tentadora, aunque había algo que no me terminaba de cerrar de este flaco; me resultaba un tanto extraño, complicado, como fuera de frecuencia… al menos, fuera de mi frecuencia.

 

Pensé que, después de todo, la idea no era casarme con él, solo tener sexo y si pintaba química y buena onda como para tener continuidad, listo. Vivíamos cerca, eso estaba buenísimo.

 

Luego de una noche tranquila, amanecí con el ruido de las gotas de lluvia que golpeaban la persiana. Me levanté, fui al baño y preparé el desayuno, sintiéndome un poco ansioso por lo que pudiese suceder. Encendí la computadora, abrí Messenger y nada nuevo, algunos mensajes, pero nada de Fausto.

 

Finalmente, había llegado el día. La lluvia había cesado, aunque el cielo se mantenía completamente cubierto. Sabiendo que mi short y mis piernas lo habían calentado, me vestí con ropa similar a la que había usado el día anterior, me dirigí a la estación y permanecí parado en el andén, a la espera de que llegase.

 

Llegó el primer tren; luego de unos minutos, el andén quedó vacío y Fausto no estaba. No me impacienté y pensé que, probablemente, hubiese sucedido lo del día anterior y que llegaría en el próximo, por lo que decidí aguardar. Pasados diez minutos, arribó otra formación, pero Fausto tampoco apareció.

 

Nuevamente comenzaba a caer una leve llovizna; pensando en su posible arrepentimiento, me sentí un tanto molesto. Decidí esperar a la llegada de un tercer tren, pero Fausto jamás apareció.

 

Regresé a casa realmente furiosos, aunque consciente de que le podría haberle surgido un imprevisto y que no había tenido manera de avisarme. Quizá le hubiese surgido algo con la mujer o con el trabajo que lo obligaron a modificar sus planes.

 

Llegué a casa, me senté frente a la computadora y encontré un chat abierto en el que me decía que había tenido que ir a la oficina muy temprano y que le había resultado imposible avisarme.

 

–Ah… que cagada, fui hasta la estación y esperé al pedo tres trenes bajo la lluvia –escribí, notablemente enojado.